White Mountain (Black River 2) 1. Presión
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Tres meses más tarde

Opi se encuentra tumbada en la cama con las piernas colgando del borde y los pies plantados en el suelo.

Al otro lado de la ventana abierta, el cielo resplandeciente pinta el bosque de amarillo, naranja y rojo.

Con cada ráfaga de viento, un puñado de hojas se desprende de sus ramas y, desde su perspectiva, Opi las ve caer y las pierde de vista mientras giran en espiral con lentitud.

Aunque no es en eso en lo que se centra.

En medio del espectáculo, los árboles de hoja perenne se man tienen inmóviles como centinelas. El tiempo que pasa no significa nada para ellos. Opi exhala poco a poco, tratando de encarnar la calma serena de estos.

«Puedo esperar —se dice a sí misma—. Solo otra hora más o así. Ya he llegado bastante lejos».

El aire fresco se desliza por el interior y el exterior de su dé bil cuerpo, cubriéndola del aroma a descomposición y pino dulce . Y aun acalorada, se le pone la piel de gallina, se estremece y los pies empiezan a rebotarle contra el suelo, inquietos.

Se sienta y se encuentra con la pared en blanco al otro lado de la cama.

A la luz del día, es más fácil ver los contornos donde en el pasado hubo carteles.

Su recuerdo rellena los huecos antes de que pueda detenerlo: salvia, hierba dulce, milenrama y corteza de sauce.

La mayoría de las ilustraciones habían pertenecido a su abuelo, al que le interesaba más cultivarlas que cocinar o la medicina, o eso creía ella.

No obstante, luego encontró un póster en el que se leía: plantas nativas, sanación nativa enrollado y escondido en su despacho, y volvió a sentir toda su pérdida de nuevo y se preguntó qué podría haberle enseñado mientras crecía y qué conocimiento habría estado reservando solo para ella.

Desliza la vista hacia el enorme baúl junto a su armario donde su antigua yo reside ahora.

Tal vez hubiera tirado la mayoría de sus cosas antiguas si no hubieran pertenecido a su abuelo en el pasado.

Pero, en este caso, no creía que tuviera el derecho.

Sin embargo, tener el baúl en su habitación supone una carga tan grande en su corazón como sobre el suelo de madera que cruje.

Intentando no volverlo a mirar, se acerca al armario y abre las puertas de par en par.

Lo único que no había quitado de en medio eran sus vestidos, ni siquiera los de estampados de flores.

Desde el principio, había decidido que eran demasiado prácticos con la alta temperatura de su nuevo cuerpo para cambiarlos por otra ropa.

Ahora, concibe el vestirse más como un requerimiento que como una forma de expresión personal, así que cierra los ojos y saca uno al azar.

Abre un ojo y se encuentra uno de algodón azul claro cubierto de pequeñas margaritas.

El vestido es corto y tiene mangas caídas suaves y la cintura fruncida; no es ideal para finales de octubre, pero se distancia de la elección, se quita el camisón y se lo pone.

Se peina con los dedos el cabello largo y castaño dorado y presta atención a su hermana, esperando que esté lista para marcharse también.

El sonido de los dedos aún golpeteando el teclado hace que Opi suelte un suspiro de frustración.

Va dando zancadas hasta la puerta y recorre el pasillo para ir a la habitación de Dusty; no se molesta en llamar antes de entrar. Su hermana tal vez no tenga prisa por alimentarse esta mañana, pero Opi desde luego que sí, como siempre.

—¿Lista? —pregunta desde el marco de la puerta.

—¿Eh? —suelta Dusty, distraída con algo en la pantalla de su portátil.

—Dust —dice Opi. Su hermana se vuelve hacia ella y Opi le sonríe, tratando de relajarse lo suficiente para ocultar su impaciencia—. Es hora de irse.

Dusty vuelve a mirar la pantalla.

—Ay, mierda. Dame dos minutos. —Empieza a moverse y se pone un top de manga larga que se remete por los vaqueros.

Opi observa a su hermana; todavía le sorprende la gracia de sus movimientos, seguros y confiados, y cómo las curvas de su cuerpo hacen que la ropa le quede perfecta.

Baja la vista a sus propias piernas, que sobresalen por debajo del vestido, y se siente como un cachorro grandullón en comparación.

Es toda extremidades larguiruchas y torpes.

Atrás quedaron los días en los que había vivido feliz y sin complejos.

Opi sabe que no tiene derecho a molestarse con Dusty.

La quiere más que a nadie. Sin embargo, todo lo relacionado con su hermana es un recordatorio: su transformación la hizo volver a la vida otra vez, encontrarse a sí misma, mientras que todo lo que a Opi le gusta ba sobre ella misma quedó reducido por aquello en lo que se ha convertido.

Dusty mete unos libros en su mochila y luego el portátil.

Opi se aclara la garganta.

—¿Alguna novedad?

Dusty suspira.

—¿Aparte de los millones de teorías conspiranoicas e historias cada vez más descabelladas?

—Sacude la cabeza—. Parece imposible saber lo que es cierto y lo que no.

Sobre todo, ahora que… cualquier cosa es posible.

Aunque hay literalmente cientos de subforos dedicados a historias de orbes en el cielo.

Una se imaginaría q ue sería algo tabú, pero internet está plagado.

Mucha gente incluso afirma que los orbes, las naves o lo que fuera bajaron e interactuaron o interfirieron en ellos.

Aun así, nadie habla de algo parecido a lo que nos ocurrió a nosotras.

—Se atusa el pelo en el espejo de encima de su tocador antes de sostenerle la mirada a Opi a través del reflejo—.

Si aún no sintiera… la presencia… en algún lugar ahí fuera…

, no me creería ni mis propios recuerdos.

Pero… —Dejó que las palabras se fueran apagando.

—Sí —contestó Opi, fingiendo que la presencia era por lo que le estaba preguntando. Aguardó un segundo antes de aclarar—: ¿Y de mamá?

—Ah —responde su hermana, suavizando la voz—. No aparece en internet.

A pesar de que han pasado más de cinco años desde que las abandonó, solo hace un par de meses que descubrieron el motivo.

Por supuesto, ambas habían intentado buscarla en internet antes, aunque un poco vacilantes, pues ella se había marchado porque ya no las quería en su vida.

Ahora, saben que se fue porque quería protegerlas, no abandonarlas. Al menos, eso es lo que parece.

—Pero sí que he tenido otro recuerdo —añade Dusty.

Opi aguarda, tratando de no mostrar con cuánta desesperación se aferra a ellos.

—Fue anoche, en el bosque. Llevaba horas corriendo y casi había llegado a casa, pero me paré a recuperar el aliento.

Me apoyé en un árbol para equilibrarme y, cuando lo toqué, pum, ahí estaba, con mamá en el pasado.

Parecía mediodía. Ella se encontraba confundida.

Se hallaba en un sendero que había más abajo de la casa; sin embargo, de pronto, se perdió.

No reconoció nada y no pudo encontrar el camino de vuelta.

—Igual que nosotras —susurra Opi.

Dusty asiente.

—También sintió que algo la estaba observando.

—¿La presencia?

Dusty se encoge de hombros.

—No lo sé. Aunque cuantos más recuerdos tengo de ella, más convencida estoy de que no comenzó a perder la noción del tiempo o a desorientarse hasta justo antes de que se marchara.

Tal vez unos pocos meses, no mucho más. Parecía…

sorprendida por ello. Como si le hubiera preocupado que quizá le ocurriera algún día, pero no tan pronto. Como si pensase que tendría más tiempo.

—¿Y tú no…? ¿Estás segura de que no se convirtió en lo mismo que nosotras? ¿Que no cambió?

Dusty asiente.

—Se marchó porque creía que se le estaba deteriorando la mente, justo como a su padre. Se fue porque no quería que nosotras tuviéramos que vivir con ella así.

Opi traga saliva, sin saber qué decir.

—La encontraré —añade Dusty, que se lleva la mano ausente al pequeño diamante que se encuentra en el hueco de su garganta y lo retuerce entre los dedos.

Se había ofrecido a compartir el collar de su madre después de encontrarlo, pero Opi le dijo que se lo quedara.

Era para Dusty. La mera idea de tenerlo alrededor del cuello la hacía pensar que se podía atragantar—.

Eso es lo que quieres, ¿verdad? —le pregunta—. Que la encuentre.

Opi duda.

—Eso creo…

—¿Pero?

—Pero, aunque ese fuera el motivo por el que se marchó, no tuviera los medios ni nada…

Hacernos pasar por eso… Podía haber escrito.

Precisamente ella sabe muy bien lo que es perder a un progenitor.

Podría habernos dado algo. Cualquier cosa.

Durante todos estos años. Aunque solo fuera la certeza de que no fue nuestra culpa.

Y como sabemos que no fue su mente, sino la presencia o lo que sea que se encuentre en esta montaña, lo que la desorientó así y la hizo perder la noción del tiempo, ¿no debería haber dejado de suceder cuando se marchó?

Ella tendría que haberse dado cuenta de que en realidad no estaba perdiendo la cabeza al alejarse de aquí.

La ira ha invadido a Opi, y se da cuenta de que tiene las ma nos cerradas y apretadas. Cuando las extiende, ve que se ha he cho unas marcas profundas en las palmas con las uñas.

Dusty se acerca a ella, contemplando las heridas, y luego la rodea, de pronto con el rostro ensombrecido de preocupación.

—Tus colores —dice Dusty—. Son rojos y… Respira, Op. Intenta respirar.

Opi la fulmina con la mirada, deseando que a su hermana no le resultara tan fácil verle en la cara todas sus emociones privadas.

Perdió el control esa única noche, pero desde entonces no ha permitido que se le desate el hambre voraz e implacable.

Es un secreto suyo y únicamente suyo, y le molesta la habilidad recién desarrollada de su hermana que amenaza con arrebatarle aquello también.

Se ha estado portando bien, justo como ellos desean que haga.