White Mountain (Black River 2) Prólogo
1%
White Mountain (Black River 2)

White Mountain (Black River 2)

Por Ruby Jean Cottle

© inepub.com

Prólogo

El cielo nocturno sobre la White Mountain reluce con estrellas silenciosas.

Opi inspira hondo, respirando el aroma de la tierra aún mojada por el calor de finales de verano.

Con las rodillas pegadas al pecho, se sienta en un saliente del pico, rodeándose las piernas con los brazos como si estuviera calmándose.

El cielo no solía ser nada más que un telón de fondo para ella. Bonito pero abstracto, liso e inexorable. Ahora, es una profundidad infinita de la que puede surgir cualquier cosa imaginable. Todo es posible, y es incapaz de decidir si le encanta o detesta la idea.

Han pasado cuatro semanas desde que el orbe vino a buscarla.

No se había encontrado consciente cuando la había elevado hacia el cielo y le había alterado la química del cuerpo.

Fue más tarde, mientras su hermana, Dusty, le describía lo que sucedió, cuando Opi lo vio claro.

Tal vez no se lo hubiese creído; no obs tante, en cuanto la depositaron de vuelta en el suelo, fue capaz de sentir una presencia tan poderosa, tan sobrenatural, que incluso sin recuerdos supo de alguna forma que la habían cambiado para siempre.

Una nueva ráfaga de viento le agita el largo cabello y después se le cuela por debajo del camisón de algodón.

Presiona los pies desnudos contra la roca fría y áspera como si esta pudiera evitar que cayera en picado hacia el éter.

Pero entonces el hambre le retuerce las entrañas y la ancla a su cuerpo y a sus necesidades básicas.

Sangre.

Se pone de pie e intenta deshacerse de esa sensación. Es demasiado pronto. Debe ser capaz de esperar como los demás.

Apretando los dientes, empieza a bajar la montaña hacia casa.

La antigua casa victoriana está en silencio cuando llega.

Su padre se acostó hace horas, y Dusty se escabulló para ver a Will en cuanto pudo.

Opi vacila, insegura de si pasar el resto de la noche encerrada dentro.

Sin embargo, el rico aroma de las plantas, las frutas y las hortalizas maduras que se encuentran en el huerto al otro lado de la casa es un recuerdo demasiado impactante de lo que ha perdido.

Su camino de la vida, que en el pasado estaba muy claro, ahora es tenebroso y gris.

Escala hasta la ventana abierta de su dormitorio, agarrándose con las manos y los pies descalzos a los toldos y alféizares desconchados. Cuando se está metiendo dentro, no se percata del olor de alguien en la habitación oscura hasta que es demasiado tarde.

A sus ojos les toma unos segundos ajustarse; entonces, ve la silueta sentada en el filo de la cama, con los hombros desplomados y la cabeza gacha. Sin girarse, él acerca la mano a la lámpara en la mesita de noche y la enciende.

—Papá —dice ella, un poco sin aliento.

Cuando él se gira, se fija en su camisón y tiene que mirar dos veces. Ella no sabe qué se esperaba. Tal vez que llevara ropa para una fiesta u otro tipo de escapada nocturna.

Él sacude la cabeza a la par que frunce el ceño:

—Cariño. Sé que Dust me dijo que necesitabas un poco de espacio tras todo lo que hablamos de vuestra madre, pero ¿escaparte? Venga ya, chica. Viste cómo me sentí cuando lo hizo tu hermana. Es hora de que me cuentes lo que está sucediendo.

Opi no sabe si son los latidos del corazón de su padre acelerándose o su propia adrenalina lo que le despierta los sentidos, pero en vez de oír sus palabras, se concentra en el sonido de su sangre moviéndose y arremolinándose en su cuerpo.

La oye fluir hasta la aorta, circular por las arterias y llegar a los capilares, suministrando oxígeno, limpiando, antes de recorrer venas que la llevan de vuelta al corazón. Es hipnótico.

El sonido se adentra en sus oídos y le llena la cabeza, convirtiendo sus pensamientos en humo.

Su padre se pone de pie, frunciendo más el ceño mientras la examina. Sin embargo, Opi está demasiado preocupada por los puntos de pulso de sus muñecas que retumban como bombos, despertando algo profundo en ella.

En un instante, se encuentra delante de él, con un brazo agarrándolo del cuello para inmovilizarlo mientras que con el otro se lleva su muñeca a la boca. Él grita, pero su voz suena muy lejana.

Se le levanta el labio superior y, sin pensarlo dos veces, le muerde la muñeca, disociándose de lo que está ocurriendo a la par que se deja llevar por una corriente de sangre.

Durante un segundo, no hay nada más que rojo y un sentimiento de alivio. No obstante, de pronto su espalda choca contra la pared y se le quedan las manos y la boca vacías mientras se desploma en el suelo.

En la otra punta de la habitación, Eli Blake ayuda con delicadeza a su padre, vestido con un pijama, a sentarse en una vieja silla de madera que hay en una esquina.

—Chris —dice Eli con urgencia al tiempo que lo examina.

Al padre de Opi le cuelga la cabeza, pero mantiene la mirada fija en ella, parpadeando, desorientado y confundido. Tiene la cara blanca.

—Oiga —suelta Eli, dándole palmaditas en la mejilla para lla mar su atención.

Chris consigue apartar los ojos de Opi y, en cuanto ve a Eli, la ira sale a la luz.

—Tú —espeta entre fuertes jadeos—. ¿Qué les has hecho? Todo esto empezó contigo…

—Está bien —afirma Eli, sujetándole el rostro con las dos manos.

Esa seguridad solo hace que él se cabree más, se sobresalte y trate de apartarle las manos.

Opi observa horrorizada, con la sangre fresca corriendo por ella, intensificando cada sensación mientras se percata de lo que acaba de hacer.

—Está bien —repite Eli con una voz muy baja y calmada y manteniéndole a Chris la mirada.

La ira se disipa de los ojos de su padre. Se le suavizan los rasgos hasta que toda emoción se desvanece por completo.

—Eso es —murmura Eli—. Todo está bien.

Ahora, Chris tiene la mirada distante, tranquila. Eli lo controla por completo.

Opi abre la boca para decir algo, pero no hay palabras suficientes para expresar su arrepentimiento, su gratitud, su vergüenza. Tiene el corazón tan encogido que parece que se le está convirtiendo en piedra.

—Cuando vino a ver a Ophelia —prosigue Eli—, ella estaba durmiendo como un tronco.

Chris asiente.

—Ha estado muy distante últimamente —añade—.

Al igual que Dusty. Pero eso es normal. Los adolescentes se distancian.

Muchas emociones, hormonas y todo eso. Solo es una fase.

No está preocupado por no verlas comer o porque sus hábitos hayan cambiado.

Después de todo, parecen muy sanas. Fuertes.

Solo necesitan tiempo…, espacio. Están centradas en las clases y en sus vidas.

Eso le da la oportunidad de centrarse usted en la suya. Y le parece genial.

Chris vuelve a asentir.

—Sí. Solo es una fase. Están muy sanas. Fuertes.

—Está agotado. Va a beber un montón de agua y luego se va a volver a la cama.

Opi observa cómo Eli deja caer las manos de la cara de su padre. Un escalofrío le recorre el cuerpo sobrecalentado mientras Chris se levanta despacio, con las rodillas flaqueándole, y después se marcha de la habitación sin mirarla. Sin ningún recuerdo de lo que ella acaba de hacer.

—De nada —dice Eli, que ahora está centrado en ella.

Eso vuelve a Opi más loca de lo que se sentía hacía unos segundos.

Alza la vista hacia él mientras Eli se pasa una mano por e l pelo rapado con las cejas alzadas.

En parte, espera que él le sonría, pero no hay ni un atisbo de humor en su expresión.

De alguna forma, eso la hace sentir aún peor; el corazón le late con fuerza y el miedo se apodera de ella.

Él da un paso hacia Opi.

—No —suelta ella, sacudiendo la cabeza mientras cierra los ojos con fuerza.

Sigue desplomada contra la pared, con el cuello en un ángulo extraño y el cuerpo flojo bajo ella como una muñeca de trapo.

Se endereza para sentarse en un intento de recuperar su dignidad.

Sabe que hay miles de cosas que debería decir en ese instante —«Gracias», «Lo siento»—, pero su vergüenza gira como un molinillo, caliente y caótico, deshaciéndose de cualquier razón.

De pronto, siente unas manos cálidas sobre las rodillas y, cuando abre los ojos de golpe, se encuentra con un verde penetrante. Eli se encuentra arrodillado delante de ella; es la personificación de la seguridad en sí mismo y el autocontrol.

—Ophelia, ¿te encuentras bien?

—Yo… —Trata de coger aire mientras él la mira con los ojos entrecerrados, examinándole el rostro—. No debí tomar suficiente de Mali la última vez —miente—. No volveré… No volverá a pasar.

—Todavía estás aprendiendo —le responde, asintiendo como si estuviera intentando convencerse a sí mismo—. No hemos debido dejarte sola esta noche. Creíamos que, como te alimentaste hace unos cuantos días, estabas… Ophelia, tienes que avisarnos cuando pienses que no mantienes el control, ¿vale?

Asiente, pero eso la hace sentirse más pequeña. Patética. Puede sentir cómo empieza a temblarle la barbilla mientras las lágrimas calientes le recorren las mejillas. Está acorralada. Indefensa. Justo lo contrario que la sangre que le corre por dentro con fuerza.

«La sangre de mi padre», se recuerda, de pronto con náuseas al pensar en ello. Se le retuercen las entrañas como si tratara de vomitarla.

Eli exhala despacio y, después, estira los brazos para limpiarle las lágrimas de las mejillas con los dedos callosos. La observa como si fuera una niña.

Ella traga saliva, aparta sus manos y empieza a ponerse de pie.

—No permitiré que vuelva a pasar —se repite—. Creo que se puede afirmar que he aprendido la lección.

Él se levanta a su lado, demasiado cerca, demasiado alto, demasiado preocupado, demasiado atento.

—Vete ya —suelta ella.

Él arruga el entrecejo con una intensa preocupación.

Durante un segundo, Opi quiere suplicarle que no se lo cuente a Dusty —cualquier cosa para evitar que su hermana la mire de esa manera también—, pero es inútil. Con su conexión, no hay secretos entre ellos, y, por defecto, eso le da a Eli total acceso a presenciar los peores momentos de Opi.

Los más débiles.

—Vete —suelta otra vez, sin saber si está a punto de combustionar de repente o de encogerse sobre sí misma.

Eli se queda allí, pero entonces, a una velocidad repentina y compasiva, desaparece por la ventana.

Opi se queda mirándolo, preguntándose cómo se supone que va a enfrentarse al día siguiente. Antes de esa noche, parecía que una entidad extraña se le había metido bajo la piel y había cambiado quién era y quién se suponía que iba a ser. Ahora, estaba claro que no había ninguna criatura adicional.

La depredadora era ella.