Wells
TREINTA Y DOS
La Resurrección: La Pascua es el paso de la tumba sellada a la abierta, la prueba de que lo que parecía acabado podía volver a la luz. Él le entrega lo último que tenía enterrado, sin que ella se lo pida, y deja que lo sostenga entero.
Llego al jardín de esculturas veinte minutos antes porque, por lo visto, madurar no me ha curado de ser ridículo.
Por alguna razón, esta clase me pone especialmente nervioso.
Llevo cuatro meses haciendo yoga. Ya me siento cómodo en mi propia piel sobre la esterilla y he aprendido la mayoría de las posturas básicas.
Pero esta no es una clase para principiantes. Voy a cantar como una almeja.
Y por si fuera poco, Cera estará aquí.
El cielo aún está tenue cuando aparco, ese gris azulado de las mañanas que hace que la ciudad parezca indecisa sobre lo que quiere ser. El aire es fresco para Nueva Orleans, casi amable, con los restos de la lluvia de ayer todavía aferrados a la hierba y las hojas.
Salgo del coche y me quedo un segundo con la esterilla bajo el brazo, intentando no parecer un hombre que ha pasado las últimas doce horas pensando en esto. Es una clase de yoga, por el amor de Dios, no una fiesta de compromiso.
Pero ella dio el primer paso, y ni de coña me lo tomo a la ligera.
Cruzo la entrada y sigo el murmullo apenas audible de las voces.
Un pequeño grupo se ha reunido en el césped entre las esculturas: gente desenrollando esterillas, recogiéndose el pelo, bebiendo de botellas de agua.
Los árboles se extienden sobre nosotros, oscuros contra el cielo que va clareando, y todo el lugar tiene la reverencia de una iglesia antes de que el predicador empiece a hablar.
Antes odiaba las mañanas como esta.
Encuentro un sitio en la parte de atrás y desenrollo la esterilla. Cae con un golpe suave sobre la hierba húmeda. Me agacho para alisar las esquinas.
Cera entra con la esterilla bajo el brazo y el pelo recogido. Lleva mallas negras, una sudadera verde descolorida y una suavidad en la mirada que me deja sin aire con más eficacia que cualquier puñetazo. Me ve, y su sonrisa llega despacio, ni cautelosa ni cortés.
Auténtica.
Agarro el borde de la esterilla con una mano y me digo que no sea idiota.
Cruza el césped hacia mí.
—Viniste.
—Me prometieron humillación al amanecer.
—Estaba implícito, no prometido.
—Sé leer entre líneas.
Su sonrisa se ensancha, y quiero seguir hablando solo para que no desaparezca. Pero retrocedo y le dejo espacio para desenrollar la esterilla junto a la mía.
Coloca la esterilla y aplana las esquinas con las palmas.
—¿Has hecho yoga al aire libre desde aquel día en el parque?
—No.
—Te va a encantar. Organizan estas clases una vez al mes. Intento no perderme ninguna.
Ninguna presión.
La instructora llama a todos a acomodarse, y Cera se deja caer sobre la esterilla con una gracia natural que no tengo ningún derecho a observar tan de cerca.
Me siento a su lado y cruzo las piernas, intentando parecer alguien que encaja en una clase de yoga al amanecer.
Al menos esta vez las rodillas me bajan un poco más, y no siento dolor de verdad en esta posición.
La instructora empieza con la respiración. Respirar sé, en teoría.
La primera inhalación se me atasca en el pecho porque Cera está a mi lado, porque ayer se sentó frente a mí durante dos horas y me contó retazos de adónde fue, porque yo le conté retazos de dónde he estado, y porque el espacio entre nosotros ya no parece una verja cerrada con llave.
Cierro los ojos y respiro de nuevo. El aire entra más limpio esta vez. Hierba húmeda, tierra empapada de lluvia y un rastro del jabón que usa Cera, lo bastante familiar como para calarme hondo.
La clase avanza despacio al principio. Empezamos como siempre con el perro boca abajo, luego una estocada baja. Sigo como puedo, que no es lo mismo que seguir bien.
Cera se mueve a mi lado como si su cuerpo y su respiración llevaran años hablando el mismo idioma.
Durante el guerrero dos, me mira.
Mi rodilla delantera, por lo visto, ha decidido rebelarse.
Se inclina ligeramente hacia mí sin romper la postura.
—Dobla más esa rodilla.
—Creía que lo estaba haciendo.
Me corrijo, y el muslo empieza a temblarme de inmediato.
—Ahí está —dice.
Para cuando llegamos a la postura del árbol, estoy sudando en lugares que prefiero no nombrar. Cera planta un pie en la esterilla y levanta el otro hacia la cara interna de la pantorrilla, con las manos juntas ante el pecho. Está tan quieta como los árboles que nos rodean.
Levanto el pie, me tambaleo una vez y lo vuelvo a bajar.
Me mira.
—Inténtalo otra vez.
—Ya lo intenté. Eso fue todo el espectáculo.
—Otra vez.
La instructora dice algo sobre que el equilibrio viene de la mirada, no del agarre. Clavo los ojos en una escultura frente a mí, levanto el pie otra vez y logro mantenerme erguido tres segundos enteros antes de inclinarme hacia un lado.
El yo de antes habría hecho una broma y se habría escondido detrás. El yo de antes tenía mil rincones oscuros y los llamaba personalidad. Ahora tengo menos lugares donde esconderme. Algunos los tapié yo mismo.
—Lo estoy intentando —digo.
Su expresión cambia, apenas un poco.
—Lo sé.
Pasamos el resto de la clase en silencio. El sol sube más y hace brillar la hierba húmeda. La gente a nuestro alrededor respira, se estira y ríe bajito cuando sus cuerpos se niegan a obedecer. La ciudad despierta más allá de los árboles, pero aquí dentro, la mañana sigue en calma.
Al final, nos tumbamos en las esterillas. Miro hacia las ramas mientras la instructora nos guía hacia la quietud. La mano de Cera descansa sobre la esterilla a unos centímetros de la mía. Lo bastante cerca para tocarla, no lo bastante para hacerla mía.
No me muevo.
Puede que sea lo más difícil que haga en toda la mañana.
Cuando la clase termina, la gente enrolla las esterillas y se dirige hacia el camino. Cera se queda sentada, con las piernas cruzadas y el rostro vuelto hacia el sol. Me incorporo a su lado y cojo la botella de agua.
—No estuvo mal —digo.
Abre un ojo.
—Menuda manera de empezar un domingo por la mañana, ¿eh?
Lo mejor de este domingo es verla, pero eso no lo digo.
—Lo fue.
—Casi te caes en la postura del árbol.
—Los árboles se caen todo el tiempo. Es natural.
—Normalmente después de tormentas o enfermedades.
—Prefiero no tomármelo como algo personal.
Se ríe, y el sonido me atraviesa antes de que pueda prepararme. He echado de menos esa risa de formas que no tienen sentido, desde antes de conocer el nombre real que la acompañaba, desde que perdí todo derecho a pedirla.
Ahora me la regala a la luz de la mañana, sin reservas, y no sé cómo sostener algo tan precioso sin apretar demasiado.
Así que no aprieto. Doy un sorbo a mi agua y la dejo estar.
Al cabo de un minuto, se pone de pie.
—Hay algo en lo que he estado trabajando. ¿Te lo enseño?
Me pongo de pie con ella.
—¿Estoy a punto de presenciar sufrimiento avanzado?
—Posiblemente. Todavía no es elegante.
Deja el agua a un lado y se coloca en el centro de su esterilla.
—Es una postura de bailarina. Puedo hacerla, pero intento mantenerla más tiempo sin pelear con mi propio cuerpo constantemente.
Ya sé lo suficiente para imaginármela. Un pie en el suelo, el otro levantado detrás, una mano sosteniendo el tobillo mientras el cuerpo se abre hacia delante.
Se coloca en posición. Es hermoso cuando lo hace. Todo lo que hace sobre una esterilla es hermoso.
Me mira.
—¿Puedes ponerte delante de mí?
Mi corazón tropieza.
Hago exactamente lo que me pide sin responder con palabras. Me coloco a unos metros delante de ella con las manos sueltas a los lados.
Me estudia un segundo, y entiendo la prueba antes de que diga nada. No es si puedo sostenerla. Es si puedo esperar.
Levanta el pie derecho por detrás y lo atrapa con la mano derecha. El brazo izquierdo se extiende hacia mí, la palma abierta.
—Solo dame la mano —dice.
Levanto la mano, palma hacia arriba, y me detengo a medio camino entre los dos. Ella es quien cierra la distancia. Sus dedos se deslizan sobre los míos, y todo mi cuerpo se aquieta con el esfuerzo de ser digno de esa elección.
Presiona el pie contra la mano y se inclina hacia delante. Mantengo la mano firme. No tiro de ella ni intento ajustarla. No me convierto en la razón por la que mantiene la postura.
Inspira, eleva el pecho y se estabiliza.
—Ahí está —digo en voz baja.
Su boca se curva con concentración.
—Es la primera vez que consigo colocar todo en su sitio y mantenerlo.
Está sonriendo, orgullosa de sí misma. Sus dedos se aprietan alrededor de los míos. No mucho. Lo suficiente.
—Eres firme —dice.
Miro nuestras manos.
—Estoy trabajando en ello.
Mantiene la postura durante otra respiración, luego otra. Su equilibrio vacila, y todos mis instintos se disparan a la vez, pero mantengo los pies plantados y la mano exactamente donde ella la puso. Se ajusta. Encuentra su propio centro de nuevo.
Luego suelta el tobillo y baja riendo, sin aliento.
Suelto cuando ella lo hace. Mira mi mano, luego a mí. Sus ojos permanecen en los míos, y lo que hay entre nosotros gira, silencioso, como un pestillo que cede desde dentro.
El jardín se ha vaciado a nuestro alrededor. Algunas personas hablan cerca del sendero, pero están lo bastante lejos como para que sus voces se confundan con la brisa entre los árboles. Cera enrolla su esterilla con manos cuidadosas, y yo hago lo mismo, aunque no sabría decir si la mía queda recta.
Echamos a andar sin decir nada.
El sendero serpentea entre las esculturas, pasando hojas húmedas y formas de bronce que atrapan el sol nuevo. Cera camina a mi lado, la esterilla bajo un brazo, lo bastante cerca como para que su hombro casi roce el mío. Ese casi ocupa más espacio dentro de mí de lo que solía ocupar el contacto.
Solía pensar que desear significaba alcanzar.
Solía pensar que el amor era lo que un hombre tomaba cuando la puerta se entreabría, porque le aterraba que volviera a cerrarse.
Cera me enseñó el daño que puede hacer ese tipo de hambre. O tal vez me lo enseñé a mí mismo, y ella pagó la lección.
Se detiene bajo un roble cuyas ramas se abren amplias sobre el sendero. La luz del sol se filtra en finas líneas doradas sobre su rostro. Me detengo con ella y mantengo las dos manos en mi esterilla porque no voy a tomar nada que ella no haya dado.
—Iba en serio lo que dije en el café —dice—. No busco lanzarme a nada.
—Lo sé.
—Y no puedo con secretos disfrazados de protección.
—Eso también lo sé.
Entonces se vuelve del todo hacia mí.
—Necesito que el suelo bajo mis pies sea real, Wells.
Las palabras se asientan en mi pecho, y son merecidas.
—Lo es —digo—. Y cuando no lo sea, te lo diré antes de que pises ahí.
Sus ojos escudriñan los míos.
La dejo mirar. Ya no hay máscara que sostener, ni sombra donde esconderme, ni una versión de esto en la que gano ocultando las partes feas y esperando que me agradezca la forma de la mentira.
—No puedo prometer que siempre sabré lo correcto a tiempo —digo—. Pero puedo prometer que no construiré otra vida sobre algo que me da miedo decir en voz alta.
Su respiración la recorre despacio.
—Así que empezaré ahora —digo—. La mañana que saliste de mi apartamento y desapareciste, rastreé tu teléfono.
Me dije que era porque tenía miedo de que te hubiera pasado algo, y quizá lo era.
Pero también era exactamente lo que nunca confiarías en que dejara de hacer, y lo hice de todos modos, y nunca lo supiste.
Te lo cuento porque deberías oírlo de mí en lugar de descubrir más tarde que me callé una cosa más.
Se queda muy quieta. Me obligo a sostenerle la mirada y no apartar los ojos de lo que acabo de poner en sus manos.
—No te pido que lo aceptes —digo—. Te digo que es la última vez que te enterarás de algo después de los hechos.
Eso es todo lo que ofrezco. No suelto un discurso sobre lo que quiero ni enumero todo lo que he echado de menos.
Cera da un paso hacia mí.
El corazón me late con tanta fuerza que casi bajo la vista para asegurarme de que no ha hecho algo vergonzoso.
Me toma la mano, no para mantener el equilibrio esta vez, no para una postura de yoga. Sus dedos se deslizan entre los míos, y observa nuestras manos entrelazadas como si estudiara la verdad que encierran.
—Te dije que no buscaba meterme en nada —dice.
—Lo recuerdo.
Su pulgar roza una vez el interior de mi muñeca.
—Entonces supongo que importa que no esté cayendo.
Sus palabras me oprimen el pecho.
—¿No?
—No.
Sus ojos se alzan hacia los míos.
—Elijo dónde pongo los pies.
No me muevo y me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración. Me quedo ahí, inmóvil, mientras se pone de puntillas y me besa.
Durante un segundo, solo existo en el impacto de su boca sobre la mía bajo la luz de la mañana. Luego vuelvo en mí lo suficiente para responderle sin tomar el control. Llevo mi mano libre hacia su mejilla, lo bastante despacio como para que pueda apartarse antes de que la toque. No lo hace.
Sus dedos se cierran con más fuerza en torno a los míos.
Cuando se aparta, su frente descansa contra la mía. Su respiración se estremece, y la mía también.
—Todavía estoy enfadada contigo —susurra.
Se me escapa una risa ronca.
—Como debe ser.
—Y puede que lo esté durante un tiempo.
—Naturalmente.
—Pero no quiero seguir viviendo al otro lado de esto.
Las palabras me atraviesan despacio, demasiado grandes para una respuesta rápida. Le acaricio el pómulo con el pulgar.
—Entonces caminaré donde me dejes.
Sus ojos brillan, pero su boca se curva.
—Eso suena sospechosamente obediente.
—Soy nuevo en esto.
—Necesitarás práctica.
—He estado yendo a yoga. Ahora entiendo lo que es la práctica.
Se ríe, y le beso la comisura de la boca porque está lo bastante cerca, porque no se ha apartado.
Esta vez me devuelve el beso sin dudarlo.
Para cuando retomamos el paseo, el jardín está más iluminado y la ciudad más allá se ha despertado del todo. Los coches circulan por la calle. Alguien ríe cerca de la entrada. Un pájaro canta desde lo alto de las ramas.
Cera mantiene la mano en la mía.
No me digo que la he recuperado. Esto no funciona así.
No es un lugar al que regresar ni algo que recuperar. Es una mujer que camina a mi lado porque miró la verdad, me miró a mí y decidió dar un paso más.
Al borde del jardín, me mira.
—¿Café?
Miro nuestras manos entrelazadas.
—¿Otra vez?
—A menos que tengas que irte a otro sitio.
—No —digo—. Estoy exactamente donde quiero estar.