Wells
TREINTA
La Vigilia Pascual: La Semana Santa termina en una iglesia a oscuras donde una sola llama nueva entra y se transmite de cirio en cirio hasta que toda la sala resplandece. Él permaneció expuesto ante todas las miradas y ni una sola vez buscó la salida.
Las familias se reparten por el césped bajo las guirnaldas de luces. Los niños rodean el gimnasio al aire libre, probando los aparatos, subiéndose a cosas de las que Lin tendrá que bajarlos.
Las reformas han atraído a toda la manzana al patio, y aquí de pie en primera fila, con un micrófono en la mano, siento todas las miradas clavadas en mí.
Odio esto.
No hablo en público. He pasado la mayor parte de mi vida adulta asegurándome de que nadie pueda encontrarme, verme ni mencionar mi nombre donde no corresponde. Ese instinto lo llevo tan dentro que podría ser genético.
Pero aquí estoy de todos modos, porque esto es importante y me enorgullece.
No porque Ridge pensara que sería bueno para la empresa. De hecho, ninguno de mis hermanos está siquiera aquí. Esto nunca fue por ellos, nunca para aparentar, nunca parte del engranaje de la imagen familiar.
Esto va del edificio y del barrio, y, lo más importante, de los niños que mañana cruzarán la puerta y encontrarán un lugar que los espera, un lugar que la semana pasada no existía.
Levanto el micrófono. —Hola.
Me doy cuenta de que el micrófono no está encendido. Alguien detrás de mí levanta un dedo y luego asiente. Doy unos golpecitos en la parte de arriba y tres chasquidos retumban por los altavoces.
—Gracias por estar aquí.
Me sale la voz firme, lo cual me sorprende.
—El Sol House es un centro de bienestar juvenil. Es gratuito, abierto cinco días a la semana por las tardes y los fines de semana. Los niños del barrio pueden venir aquí a moverse, aprender, crear y estar al aire libre con personas que no van a fallarles.
Hago una pausa. Alguien de las primeras filas asiente. Una niña pequeña tira de la manga de su madre y señala los columpios.
—Esto no existiría sin el equipo que lo construyó.
Lin Tepple y su personal hicieron realidad este lugar.
Charlton Grant y su visión le dieron vida.
Los contratistas que restauraron el edificio lo hicieron rápido y bien.
Quienes financian los programas creen en lo que estamos haciendo aquí, y se lo agradezco.
Cambio el peso de pierna. El micrófono me resbala en la mano.
—El Sol House es para niños que necesitan un lugar seguro donde refugiarse. Eso es todo. De eso se trata.
Recorro la multitud con la mirada. Y entonces la veo. Al fondo, su cabello capta la luz de las guirnaldas. Sus ojos marrones se clavan en mí.
Cera.
Las palabras que estaba a punto de decir se desvanecen. Aprieto el micrófono con fuerza y pierdo el hilo de mis pensamientos.
Está aquí.
Alguien tose en la primera fila. Me obligo a respirar.
—Nos alegra que estén aquí. Las puertas se abren mañana a las tres. Espero que este lugar sea un refugio para todo el barrio durante generaciones.
Bajo el micrófono y se lo paso a Lin, que lo coge sin decir nada.
La multitud aplaude. Algunos se acercan a las mesas de comida. Los niños corren hacia los columpios.
Me quedo donde estoy. Una parte de mí todavía intenta terminar el discurso que empecé. La otra intenta no volver a mirarla, y fracasa.
Sigue allí, al fondo, de pie junto a una pareja con un cochecito.
Lleva un vestido blanco de tirantes finos que deja al descubierto esa clavícula que tanto me gusta. El pelo le cae suelto sobre los hombros. Está más morena, más radiante, y la salud que desprende es tan evidente que me duele el pecho.
Su mirada va de mí al edificio que tengo detrás, y vuelve a mí. Nunca pensé que regresaría a Nueva Orleans. Pasé los últimos meses de este proyecto convencido de que se había ido para siempre y de que jamás pisaría este lugar.
Un niño pequeño choca contra su pierna y ella lo sujeta sin apartar la mirada de mí.
Alguien me toca el hombro. Me vuelvo y veo a Bob West, del Krewe of Argentum, que viene a felicitarme. Le doy las gracias. Le estrecho la mano. Respondo a su pregunta sobre los aparatos del gimnasio.
Durante todo ese rato, soy consciente de dónde está ella.
Sigue al fondo. Sigue mirando.
La multitud se mueve y la pierdo de vista un momento. El corazón se me acelera aún más. Recorro el patio con la mirada, intentando que no se note demasiado.
Entonces la veo de nuevo.
Ahora camina hacia el edificio, despacio, con la mano rozando la barandilla restaurada de los escalones del porche.
Debería acercarme y hablarle. Los dos sabemos que el otro está aquí, así que no hacerlo sería incómodo.
Salgo del césped y empiezo a abrirme paso entre la gente.
Ella cruza el césped y se detiene frente a mí. Alarga la mano y me da una palmada en el brazo. El contacto es breve, cálido, familiar de un modo que me oprime el pecho.
Luego me empuja con una sonrisa.
—¡Mírate! Vi esto antes y no até cabos, pero joder. Esto es increíble, Wells.
El empujón es suave y juguetón, y resquebraja algo entre nosotros que llevaba meses sellado.
No me muevo. No sé qué hacer con la ternura de su expresión, ni con el hecho de que me haya tocado.
—Ha sido una experiencia interesante. No tenía ni idea de todo lo que implica restaurar un edificio mientras convences a toda una junta directiva para que apruebe el proyecto.
—Debería haberlo sabido.
—¿Sabido qué?
—Desde el momento en que entré aquí la semana pasada. Cuando conocí a Lin. Cuando me habló del centro y los programas. Dijo que era un krewe, así que nunca pensé que fueras tú.
Niega con la cabeza, todavía sonriendo, y su expresión se suaviza.
—No puedes atribuirme el mérito —digo—. Fue idea tuya. Yo solo la puse en manos de personas que pudieron hacerla realidad.
—A ver si lo he entendido. Dejaste de fumar, empezaste a hacer yoga y ahora te plantas delante de multitudes a dar discursos.
Su tono es burlón, pero percibo algo más bajo la superficie, aunque no lo diga en voz alta.
—Discurso. Uno solo, no exageremos.
—Es genial, Wells.
—Gracias.
Mira el edificio y luego vuelve a mirarme.
—La renovación es preciosa.
—Charlton Grant —digo—. De Savannah. Es arquitecto especializado en patrimonio histórico. A mi madre le encantaba restaurar casas antiguas. Me enseñó a respetar lo que ya existía. Grant se aseguró de que el edificio conservara su esencia.
Cera asiente mientras sus ojos recorren el porche, la pintura fresca, los detalles que sé que está catalogando sin darse cuenta.
Por un segundo, ese día vuelve a mí como un recuerdo completo: ella parándose en la acera, señalando un edificio que todos los demás habían descartado, su entusiasmo al describir lo que podría llegar a ser mientras yo la observaba.
No le digo que lo empecé la semana siguiente a aquel paseo, ni que continué después de que se marchara, levantándolo ladrillo a ladrillo mientras creía que estaba al otro lado del mundo y que nunca sabría que lo había hecho.
—Ven. Quiero que veas el interior.
—Le eché un vistazo la otra noche con Lin, pero me encantaría verlo otra vez.
Le toco la espalda sin pensar y la guío hacia el edificio.
Se deja guiar entre la multitud. Su vestido me roza el brazo, y el contacto golpea más fuerte de lo que debería, más intenso y resonante de lo que tiene derecho a ser después de todo lo que ha pasado.
Subimos los escalones del porche. La puerta principal está abierta de par en par. Dentro, los suelos brillan bajo las lámparas, las paredes están acabadas, todo está limpio y nuevo, y huele a pintura fresca y abrillantador de madera.
Un niño pasa corriendo a nuestro lado entre risas. Su amigo lo persigue hacia la sala multimedia.
Cera se detiene cerca de la entrada del estudio de yoga. Observa por la puerta abierta los suelos de corcho, las paredes de espejos, las esterillas y bloques apilados a un lado.
—¿Sabes? Envié una solicitud antes de saber que esto era tuyo.
—No es mío. Es de los niños. Yo solo soy la cara visible, supongo.
—Y tú lo hiciste realidad.
—Tuve algo que ver, sí. Entonces, ¿vas a dar clases aquí?
—Todavía no me han contestado, pero me encantaría formar parte de esto.
Cruza la sala y camina hacia el centro. Sus pies descalzos no hacen ruido en el suelo. Alza la vista hacia el techo, hacia las vigas a la vista, y veo cómo su rostro se transforma en algo que no sabría nombrar pero que reconozco al instante.
Se vuelve hacia mí.
Una mujer de cuarenta y tantos años entra en la sala. Se presenta como Maya, una de las orientadoras de bienestar. Cera pregunta por los programas, y Maya le explica el horario, los grupos de edad y los talleres rotativos.
Maya menciona a un niño llamado Darnell que se ha convertido en una especie de embajador de los críos del barrio. Es callado, dice, pero le gusta el gimnasio.
Conocí a Darnell cuando vine a hacer la inspección final el otro día. Es un niño del barrio que estuvo rondando por la valla durante toda la obra, me contó el contratista. Me cayó bien desde el primer momento.
—Está junto a la canasta —digo—. ¿Quieres conocerlo?
Cera asiente. —Me encantaría.
Salimos afuera, donde Darnell está tirando a canasta con otro niño. Me ve y me saluda con la mano.
—Sr. Wells.
—Darnell. Te presento a la señorita Cera. Da clases de yoga aquí cerca.
Darnell mira a Cera con leve curiosidad y luego vuelve a mirarme.
—¿Haces yoga?
—Ahora sí.
Sonríe. —¿Se te da bien?
—Todavía no.
Cera se ríe, y el sonido es tan natural que algo se afloja en mi pecho.
El amigo de Darnell nos pregunta si queremos jugar, y le digo que quizá luego. Los niños vuelven a lo suyo.
Volvemos adentro. Cera se detiene junto a la sala de manualidades y observa las mesas preparadas con materiales. Una niña pequeña ya está sentada allí, coloreando.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Cera.
La niña levanta un dibujo de una casa rodeada de flores.
—Es precioso.
La niña sonríe radiante y vuelve a lo suyo.
Seguimos caminando. Le enseño a Cera el rincón de lectura, la sala de meditación, el trastero donde se guarda el material extra.
Luego doblamos la esquina y vemos a Lin. Al ver a Cera, se le ilumina la cara con una sonrisa.
—Cera. Iba a llamarte el viernes, pero esto ha sido una locura.
—Vosotros dos ya os conocéis.
—La semana pasada —dice Cera—. Lin me hizo una visita rápida.
Lin asiente. —Y no he dejado de darle vueltas desde entonces. Mira, sé que das clases en Om por las mañanas, pero si te interesa, me gustaría ofrecerte el puesto de instructora principal aquí por las tardes.
Cera abre mucho los ojos.
—¿Instructora principal?
—Sí. Diseñarías el programa de yoga, formarías a otros instructores, darías clases tú misma. Está financiado. Treinta horas a la semana, horario flexible. Puedes seguir con tus clases de la mañana en el otro centro si quieres.
—Sí.
La palabra sale rápida, segura, sin vacilación.
Lin sonríe.
—Genial. Quedamos la semana que viene para repasar los detalles.
—Perfecto.
Lin se excusa para atender algo cerca de la mesa de comida, y me quedo ahí, observando el rostro de Cera mientras asimila lo que acaba de pasar.
Acaba de aceptar dirigir el corazón de este lugar, la parte que era el núcleo de su sueño para un espacio así.
Mantengo la expresión neutra porque no quiero que vea cuánto me afecta esto.
Esto es suyo ahora, no mío.
Me excuso para hablar con una pareja de Argentum. Cera se aleja, pero la sigo viendo por el patio.
La multitud se dispersa en oleadas lentas y naturales tras unas horas.
Los niños se van primero. Una madre saca a su hija de los columpios; la niña protesta, pero la sigue de todos modos. A un grupo de chicos que rodea la cancha de baloncesto los llaman; gruñen y siguen a la multitud hacia la verja.
El ruido disminuye.
Me quedo cerca de los escalones del porche, viendo cómo todo se asienta. Lin y Maya apilan vasos cerca de la mesa de comida. Otro miembro del personal dobla sillas y las mete dentro.
La casa renovada se alza sólida a mi espalda. Los niños se han ido, pero el espacio aún conserva su calidez. El aire huele a hierba y a verano tardío de Nueva Orleans.
Esta es la mejor noche que recuerdo en mucho tiempo.
No lo digo en voz alta ni dejo que se vuelva dramático o pesado. Pero la verdad cala de todos modos.
El viejo Wells nunca se habría plantado frente a un micrófono ni habría invitado a una multitud a algo que le importara. Nunca habría dejado que nadie viera lo que le importaba.
Esa versión de mí se ha ido. O tal vez ha madurado. Pero ya no está aquí.
Al otro lado del patio, Cera habla con Lin. Se ríe de algo que él dice, y su risa suena natural, sin reservas. Ya pertenece aquí. Cuando todo estaba tomando forma, me entristecía pensar que ella no vería esto ni podría formar parte de ello. Y al final se hizo realidad.
Lin se excusa para ayudar a Maya con las mesas, y Cera camina hacia la entrada, donde su bicicleta descansa apoyada en la barandilla.
Cruzo el césped y la alcanzo mientras endereza el manillar.
—¿Puedo llevarte a casa?
Me mira, luego vuelve a mirar la bicicleta.
—Solo vivo a unas manzanas. Puedo ir en bici, pero gracias.
Miro más allá de las luces del patio. La calle al otro lado de la verja está a oscuras. Algunas farolas rompen las sombras, pero no bastan.
—¿Puedo acompañarte, entonces? No quiero que vayas sola a estas horas.
Las palabras salen serenas. No es una orden ni un intento de control, sino una petición.
Cera me estudia. La pausa se alarga lo suficiente para percibir lo que le cuesta, el esfuerzo visible de decidir si dejarme entrar de nuevo, aunque sea solo un poco.
Luego asiente.
—De acuerdo.
El alivio me recorre, silencioso y punzante.
Cruzamos la verja y salimos a la calle. El ruido del patio se desvanece a nuestra espalda. El aire es más fresco aquí, lejos de las luces y del calor que dejó la multitud.
Cera lleva su bicicleta entre nosotros. El suave clic de la cadena al girar llena el silencio.
Caminamos uno al lado del otro. Cerca, pero sin tocarnos. La bicicleta ocupa el espacio donde estarían nuestras manos.
No intento llenar el silencio. No le pregunto adónde fue ni qué pensó cuando se marchó ni si me perdona.
Esos pensamientos le pertenecen a ella. Tal vez algún día quiera compartirlos. Tal vez no.