VEINTITRÉS #2
—Locke me llamó desde la ambulancia. Sonaba bien, hizo bromas como siempre.
Wells se mueve, me atrae más fuerte contra él, y su aliento agita mi cabello.
—¿Está realmente bien?
—Sí. Costillas magulladas y quemaduras del airbag. Le dieron el alta después de unas horas. Ya estaba fuera cuando terminó la cena.
Wells no dice nada. Su mano sigue moviéndose sobre mi espalda, y el silencio se extiende entre nosotros, pesado pero no incómodo.
Me aprieto más contra él, necesito su calor, el peso sólido de su cuerpo contra el mío.
—Me afectó mucho —admito.
El pecho de Wells sube y baja bajo mi mejilla, constante y lento.
—Me lo imagino. Los accidentes de coche son... —Se interrumpe.
—Sí.
La mano de Wells sigue moviéndose sobre mi espalda, constante y lenta, y después de un rato, el ritmo hace que el silencio pese menos.
—Mi madre murió en un accidente de coche también. Un camión, igual que a tu amigo.
—Dios, Wells. Lo siento mucho.
—Fue muy duro. Tenía nueve años.
No digo nada. Lo abrazo. Eso explica mucho sobre él. Que un niño de nueve años pierda a su madre debe de haber sido catastrófico.
—Mi madre amaba Nueva Orleans. Es la razón principal por la que nunca me he marchado del todo. Esta ciudad es ella.
Su voz es baja, las palabras brotan despacio, y me quedo inmóvil contra él porque reconozco lo que esto significa: una ofrenda.
—Pasó la mayor parte de su vida intentando salvar los huesos de esas casas. Amaba las casas antiguas, las que la gente quería derribar para construir pisos. Las compraba, las restauraba, las devolvía a la vida.
No lo interrumpo. Apenas respiro.
—Hay una mansión en el Garden District llamada Creston House. ¿Has oído hablar de ella?
—Me suena vagamente.
—La compró cuando yo era pequeño y pasó años planeando cómo devolverla a la vida. Murió antes de que estuviera terminada, pero ahora está en el registro histórico y abierta al público. Me emociona que una de las cosas que dejó tenga miles de desconocidos recorriéndola cada año.
Hace una pausa; su pecho sube y baja bajo mi mejilla.
—Me encantaría verla algún día.
—Te llevaré.
No es grandilocuente, no es una promesa envuelta en poesía. Es un hecho, dicho sin más, y de alguna manera eso lo hace más grande. Quiere compartir a su madre conmigo.
Su mano se detiene en mi espalda, y algo aflora para atemperar el momento.
—Solía soñar con tener una madre así —le digo—. Una que quisiera crear, dar vida a todo.
—¿Cómo era tu madre?
La pregunta es sincera. Igual que yo quiero conocerlo mejor a través de sus padres, él quiere conocerme a mí. Y siempre esquivo este tema. Nunca he compartido mi vida familiar con nadie.
Pero nunca me había sentido lo bastante segura para hacerlo. Hasta Wells.
—Cuando estaba en el tejado contando coches, imaginaba una familia perfecta, con una madre que me recibiera al volver del colegio, que me preparara la comida y fuera a mis actos escolares.
Wells se gira hacia mí. Me lleva la mano al rostro y me acaricia el pómulo con el pulgar.
—Supongo que tu madre no era así, ¿verdad?
Su voz es dulce. No me presiona, pero noto que le interesa de verdad. Y por alguna razón, por primera vez en mi vida, no siento el impulso de adornarlo o quitarle importancia. No elegí a mi familia, pero siempre he sentido tanta vergüenza por cómo nos comportábamos.
Cierro los ojos.
—No, no lo era. Mi madre apenas salía de su habitación. Y mi padre era un alcohólico violento.
Ya está. Lo dije. Y me sorprende descubrir que es un alivio. No es toda la historia, pero decir aunque sea eso ya es enorme para mí.
Wells no dice nada. Mantiene la mano en mi rostro, el pulgar recorriendo la línea de mi mandíbula, y el silencio entre nosotros cambia.
Respiro contra su pecho durante un largo rato antes de encontrar las palabras para continuar. Ahora brota de mí sin control. No podría contenerlo aunque quisiera.
—Mi madre tuvo una aventura.
Lo digo con voz plana, casi clínica, como si fuera una enfermedad, no una elección. Así aprendí a pensarlo, para que no me destruyera.
—Yo fui el producto de eso.
Wells no dice nada, pero me estrecha con más fuerza.
—Mi padre descubrió que yo no era su hija biológica cuando tenía unos cuatro años.
Ya bebía antes, pero después de eso se refugió en el alcohol.
Cuando volvía a casa, era peor que cuando no aparecía.
Mi madre no podía mirarme sin ver el error que le había costado todo, así que se encerraba en su habitación y me dejaba apañármelas sola.
La mano de Wells deja de moverse en mi espalda.
—Yo era el sucio secretillo, la mentira hecha carne, aquello que ambos tenían que ver cada día y que les recordaba que la familia ya estaba rota antes de que yo naciera. Supongo que debería agradecer los pocos años que tuvimos antes de que mi padre lo descubriera y mi madre tuviera que enfrentarlo.
Se me cierra la garganta, pero mantengo la voz firme.
—Eso no es culpa tuya, Cera.
—Lo sé, en el fondo. Lo sé. Nuestra familia probablemente habría sobrevivido a la aventura si ella no le hubiera mentido.
Fue la mentira lo que nos hundió, y siguió ahí incluso después de que mi padre lo descubriera.
La protegimos, la guardamos entre nuestras paredes, y la he llevado a cuestas desde entonces.
Wells no habla. Me atrae hacia él, y su calidez firme me ancla en un lugar al que nunca me había atrevido a ir hasta este preciso instante.
—Conmigo no cargas con nada de eso. No me voy a ninguna parte. Eres más fuerte de lo que crees.
—Nunca se lo había contado a nadie.
Hundo la cara en el hombro de Wells.
Wells se mueve y me acuna la nuca con la mano. Me sostiene contra él, y su respiración se mantiene acompasada, dándome un ritmo al que ajustar la mía.
Tras un largo silencio, abre la boca para hablar. Algo empieza a tomar forma, pero lo frena y se lo traga. Sea lo que sea, queda atrapado tras algo que no puedo ver.
—Estoy aquí —dice, sin más.
Algo en cómo lo dice me llama la atención, una familiaridad que no logro ubicar.
Estoy aquí. No me voy a ninguna parte. He oído esas mismas palabras en ese mismo orden antes, en otra oscuridad, en una voz que no era la suya.
Se me corta la respiración. Por un segundo, casi levanto la cabeza para preguntarle por qué suena a algo que ya conozco de memoria.
Pero lo dejo estar, porque indagar resulta peligroso de un modo que no quiero nombrar esta noche.
El agotamiento me golpea de pronto, ese que llega después de cargar con algo pesado demasiado tiempo y por fin soltarlo. Se me aflojan las extremidades y me hundo en él, en su calidez envolviéndome.
El sueño tira de mí, arrullándome en la seguridad de sus brazos.
Levanto la cabeza lo justo para besarlo.
—Duerme bien, que no te piquen los chinches.
La respiración de Wells también se ha ido acompasando, y noto que está al borde del sueño. Su voz llega pastosa, desprotegida como nunca la había oído.
—Tú también, Peoria.
Me despierto de golpe, con la respiración entrecortada. Me quedo inmóvil.
El nombre queda suspendido en la oscuridad entre nosotros, y tardo un segundo en procesar lo que acabo de oír, aunque mi alma supo de inmediato que todo estaba mal. El corazón me martillea en las costillas mientras me mantengo inmóvil en sus brazos.
Wells es Midnight. La revelación cae mal, y luego cae como verdad. ¿Lo sabía? En la aplicación, en la entrevista, cada noche desde entonces... ¿sabía exactamente quién era yo desde el principio?
Entonces recuerdo el cambio en Midnight después de que nos acostáramos, cómo su cuenta desapareció justo después de la segunda vez.
Siempre tuve la sensación de que lo nuestro se volvió demasiado íntimo demasiado rápido, pero lo achaqué al destino, o a alguna otra mierda que la gente se cuenta sobre el amor.
La respiración de Wells se hace más profunda contra mi pelo, su cuerpo hundido en el sueño, ajeno a lo que acaba de decir, ajeno a que acaba de convertirse en lo mismo que destrozó a mi familia antes de que yo pudiera caminar.
Tengo que largarme de aquí. Ahora.