Wells (El legado Stone) DIECINUEVE
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DIECINUEVE

Cera

La mañana después: Pasada la medianoche, las carrozas desaparecen, las calles quedan barridas, y lo que parecía eterno simplemente termina, dejando solo basura y un extraño silencio.

Ella despertó en una calle barrida donde antes había existido todo un mundo, sin más prueba de que hubiera ocurrido que el dolor.

Despierto primero, tumbada sobre el costado derecho.

Las sábanas están enredadas a los pies de la cama, una almohada en el suelo, el tenue aroma de la colonia de Wells mezclado con cigarrillos impregnándolo todo. El aire está cálido, quieto. Anoche teníamos demasiada prisa para preocuparnos por el ventilador de techo.

Su brazo descansa bajo mi cuello, y su pecho presiona contra mi espalda, subiendo y bajando en un ritmo tan lento que puedo contar cada respiración. Su calor se filtra en mí.

Las otras dos veces, se levantó y se fue antes de que las sábanas se enfriaran, volviendo a su actitud profesional. Dice que esta vez será diferente. Lo creeré cuando estemos en la oficina mañana y siga mirándome como a una persona.

Su respiración sigue uniforme. Su brazo sigue donde está. La habitación se mantiene en silencio a nuestro alrededor, solo el zumbido apagado del tráfico y el edificio acomodándose al domingo con un crujido sordo.

Me giro boca arriba, con cuidado de no despertarlo, y lo observo a la luz del día.

Tiene el cabello oscuro despeinado, cayéndole sobre la frente, lo que le hace parecer años más joven. Sus pestañas oscuras reposan sobre las mejillas.

Se mueve, y su brazo se tensa alrededor de mí un segundo antes de que cambie su respiración.

No me muevo. Dejo que despierte a su ritmo.

Su brazo libre pasa por encima y cae sobre mí, con los ojos todavía cerrados. Su mano se tensa contra mi vientre, y luego se queda quieto, como si estuviera ubicándose.

—Buenos días —susurro.

Su voz suena ronca de sueño.

—Buenos días.

—Sabes, estaba preparada para ofenderme muchísimo si desaparecías antes del café.

Exhala, y su aliento cálido me hace cosquillas en la piel.

—Lo consideré.

—¿Y?

—Estaba dormido.

Sonrío.

—Difícil irse cuando estás durmiendo.

—Eso es lo que estaba pensando.

Su mano se mueve, trazando una línea lenta por mis costillas. Cierro los ojos y me permito disfrutarlo.

—¿Qué hora es? —pregunta.

—Ni idea.

—¿No te importa?

—Ni un poco.

Se incorpora detrás de mí, apoyándose sobre un codo. Todavía tiene los ojos pesados de sueño, y una comisura de su boca se curva levemente.

—¿Siempre eres tan animada por la mañana antes del café?

—Te quedaste.

—Suenas sorprendida.

—Supongo que estoy esperando a que vuelva tu versión fría.

Su expresión vacila, luego se cierra.

—Te dije que esto sería diferente.

Todavía no sé qué hacer con este giro inesperado, así que no digo nada. Alargo la mano y le aparto el pelo de la frente, y él se inclina hacia mi caricia como si la hubiera estado esperando.

Pienso brevemente en Midnight. Es domingo, la noche en que solemos llamarnos, pero no he hablado con él desde el martes. Me pregunto si hemos terminado o si volveré a saber de él.

—¿Café? —pregunto.

—Estaría bien.

Me deslizo fuera de la cama y encuentro mi bata en la silla. Wells se incorpora, con la sábana arremolinada en la cintura, y me observa mientras me ato el cinturón.

—Quedas bien en mi cocina —digo.

—Todavía no he estado en tu cocina.

—Estoy fantaseando.

Saca las piernas de la cama y se pone de pie para coger sus pantalones. Observo cómo se le tensan los músculos de los hombros, cómo se mueve con determinación aunque no tenga adónde ir.

En la cocina, lleno la cafetera francesa mientras él se apoya en la encimera, con los brazos cruzados, todavía sin camisa. La luz de la mañana ilumina el tatuaje de sus costillas, y necesito todo mi autocontrol para no recorrer la tinta con los dedos.

—Sabes a cigarrillos —digo.

Levanta una ceja.

—Hablando de eso, necesito uno.

—Pues tendrás que salir fuera. Sabes, deberías dejar esa mala costumbre. Te va a matar.

—Todos tenemos que morir.

—Encantador.

Lleno dos tazas y le paso una.

—La nata está en la nevera, el azúcar aquí —digo, acercándole el pequeño cuenco de cerámica.

—Me gusta solo —dice con media sonrisa, dando un sorbo—. Está delicioso. Gracias.

—De nada.

Me apoyo en la encimera de enfrente. Nos quedamos en silencio un momento mientras él observa mi apartamento. La luz que entra por la ventana le favorece de forma casi injusta. Parece diferente aquí, descalzo y sin camisa en mi espacio.

Ahí está otra vez, esa casi sonrisa, la que asoma cuando algo le divierte pero no quiere rendirse del todo. Me encanta esa expresión.

—¿Te molesta que fume?

—No te voy a mentir. No me hace mucha gracia. Además, es malo para ti.

—Llevo fumando prácticamente toda mi vida. No lo voy a dejar.

—Eres un cabezota —digo.

—Tú también.

—Cierto.

Vuelve a coger su café, y nos quedamos ahí en silencio, bebiendo sin llenar el espacio con palabras innecesarias. El silencio no es incómodo. Nos lo hemos ganado.

Pienso en los cigarrillos, la terquedad, en cómo lo observa todo y no revela nada. Hace un año, habría sumado todo eso como señales de alarma y habría salido por la puerta. Ahora lo archivo como cosas con las que puedo vivir.

—¿En qué piensas?

—En que es un domingo precioso y deberíamos salir a disfrutarlo.

Su mirada se afila sobre mí.

—Define disfrutar.

—No lo sé. Un paseo, yoga en el Fly, comer fuera.

—Hmm —es todo lo que dice. No insisto para sacarle una reacción todavía.

Deja su taza y cruza hasta donde estoy. Su mano se posa en mi cadera, el pulgar rozando el borde de mi bata, y echo la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Eres un problema —dice.

Sonrío, orgullosa de que me ponga esa etiqueta de advertencia.

Su mano sube por mi espalda, y el calor de su palma se filtra a través de la fina seda de mi bata. No me besa, y nos quedamos así durante varios segundos, él mirándome como nunca me había mirado. Mis muslos se aprietan solos, y ahí está, el problema del que acaba de advertirme.

—Dime algo —dice.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Doy un sorbo al café para ganar tiempo. La pregunta suena simple, pero no lo es, no para mí.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que sea.

Podría esquivarlo, hacer una broma, cambiar de tema, darle una versión pulida de mí misma que no arriesga nada. No lo hago.

—Antes daba clases de yoga.

Inclina ligeramente la cabeza.

—¿Dabas? Pensé que dijiste que ibas los miércoles a dar clase a los niños.

Se acuerda. De verdad escucha.

—Eso sigo haciéndolo. Me refería a por dinero de verdad. Daba cinco clases a la semana en un estudio en Marigny, y me encantaba.

—¿Por qué lo dejaste?

—El tiempo, sobre todo. Las razones habituales por las que la gente deja las cosas y se olvida de retomarlas.

Me observa, esperando.

—Pienso volver a hacerlo, algún día. Mi sueño sería mudarme a Costa Rica y dedicarme a eso a tiempo completo.

Wells no me tranquiliza ni me dice que puedo empezar de nuevo cuando quiera. Solo asiente, asimilándolo.

—¿Qué más? —pregunta.

—Odio pedir ayuda. Prefiero quemarlo todo antes que admitir que necesito algo de alguien.

—Ya me he fijado en eso. No somos tan diferentes, ¿sabes? Yo soy igual.

—Y cuento cosas cuando estoy nerviosa. Pasos, respiraciones, coches. Cualquier cosa que pueda convertir en números.

Sus dedos buscan los míos y se entrelazan sin presión.

—¿Qué estás contando ahora?

—Nada.

La verdad me sorprende. No estoy contando nada. Solo estoy aquí, sentada con él, hablando.

Surge el viejo impulso de hacer una broma, de quitarle importancia a esto, de dar un paso atrás antes de que llegue a algún lugar que no puedo controlar.

Lo dejo estar y no me muevo, dejando que siga mirándome.

Wells no dice nada. Me aprieta la mano una vez, un reconocimiento silencioso, y el silencio entre nosotros ahora está lleno, no vacío.

Terminamos el café en la misma calma tranquila. Luego se levanta, me lleva con él, y volvemos al dormitorio.

Wells se abrocha la camisa bajo la suave luz del día que se filtra por mis ventanas, y lo observo desde el umbral. Su chaqueta está sobre el respaldo de mi sofá, donde aterrizó anoche, y sus zapatos están debajo de la mesita, uno de lado.

Coge el móvil de la encimera, mira la pantalla y se lo guarda en el bolsillo. El gesto es cotidiano, de esos que la gente hace cien veces al día, pero me aferro a él de todos modos, a la imagen de él aquí en mi espacio, moviéndose sin ninguna prisa por irse.

—Siento tener que dejarte en este domingo tan bonito, por tentadoras que sonaran tus actividades.

—Intenta no pasarte todo el día destrozándote la vista frente a seis pantallas —digo.

—Los fines de semana solo uso cuatro.

—Eso no ha sido el alarde que creías.

Sus ojos sonríen, y cruza hasta donde estoy. Su mano se posa en mi cintura, atrayéndome, y me besa. Es lo bastante lento como para que me quede en los labios después de que se aparta.

—Te llamo luego —dice.

Abre la puerta, se vuelve una vez y se va.

Me quedo ahí después de que la puerta se cierra con un clic, mirando el espacio vacío donde estaba. El apartamento es diferente ahora, más luminoso. La taza que usó está en la encimera junto a la mía. Las sábanas siguen revueltas en mi cama. Su olor aún flota en el aire.

Paso la tarde sin prisa. Quito las sábanas y las meto en la lavadora, me doy una ducha larga y dejo que el agua caliente alivie el agradable dolor de mis músculos.

Al final sí voy al Fly a una clase de flow por la tarde, sola. Echo de menos no tener a mi compinche cerca, sobre todo con tanto que contarle, pero Locke vuelve de Vegas esta noche.

Cuando llego a casa, me preparo un chai y me siento en el sofá con el portátil, con la intención de revisar correos o quizá echar un vistazo a ofertas de trabajo por costumbre.

Abro una pestaña del navegador y me detengo. OnlyFans es una de las páginas frecuentes que aparecen en la pantalla en blanco. Casi había olvidado que hoy es domingo y que tengo una llamada con Midnight.

No sé qué esperar, pero como pagó el mes entero, pienso conectarme. Eso sí, no voy a esperarlo una hora entera como el jueves.

Que me haya dejado plantada casi alivia la culpa que sentía por «ver» a dos hombres. Qué manera más irónica de expresarlo, porque nunca llegué a verlo. Él sí me vio a mí.

Entro por curiosidad, a ver si me escribió algo. Ya sé que no, porque me habría llegado una notificación al móvil. Pero no puedo evitar comprobarlo.

Doy un sorbo al té y lo dejo en la mesita.

La página carga y la repaso mecánicamente: mensajes, notificaciones, lista de suscriptores.

Nada.

Parpadeo ante la pantalla; mi cerebro tarda más que mis ojos en procesar. Su perfil debería estar justo ahí, su nombre de usuario, nuestro hilo de mensajes. Ha desaparecido.

Actualizo la página. Sigue sin aparecer nada.

Entro en mi lista de suscriptores y recorro los nombres. Busco su nombre de usuario a mano, lo escribo en la barra de búsqueda.

Sin resultados.

Abro la pestaña de mensajes y busco el hilo. La conversación que llevábamos semanas manteniendo, la que se convirtió en algo que esperaba con más ganas de las que quería admitir.

Me echo hacia atrás, con las manos suspendidas sobre el teclado, y pulso actualizar por tercera vez.

La página se recarga con los mismos espacios vacíos.

Se me enfrían los dedos contra el portátil. Algo se hunde bajo mis costillas, un vuelco inesperado, y se me seca la boca.

Esto no es un fallo técnico. Eliminó la cuenta. No solo me dejó plantada el jueves por la noche. Se ha borrado por completo.

Cierro el portátil y lo dejo en la mesita de café. Me quedo mirando la tapa cerrada.

El apartamento aún huele levemente a Wells. El calor de esta mañana sigue bajo mi piel. Tengo todas las razones para estar bien, mejor que bien. Pasé la noche con un hombre que de verdad me gusta, uno que se quedó, que me besó de despedida como si lo sintiera.

Pero aquí sentada, mirando el espacio donde solía estar Midnight, me siento ridícula. Me avergüenza que duela, que se fuera sin dar explicaciones, sin siquiera un triste «ha sido divertido, pero me tengo que ir».

Igual que Cas. Igual que mi padre. Igual que todas las personas que alguna vez creí que me querían.

Me levanto del sofá y llevo la taza al fregadero. El té ya está frío, imposible de beber, así que lo vierto por el desagüe y enjuago la cerámica bajo el grifo. El agua sale fría, luego tibia, luego caliente. La veo girar en espiral hacia el desagüe y me digo que estoy bien.

Era solo un acuerdo, una transacción. Dinero a cambio de actuación, exactamente lo que yo decía que era. Al menos él fue honesto sobre lo que significaba para él. Entonces, ¿por qué me sienta tan mal?

Seco la taza y la guardo en el armario, luego lavo la suya. El jabón huele a limón y corta el olor a café que aún se aferra a la porcelana. Mis manos se mueven solas, guardan cosas, crean orden donde no hay ningún desorden real que arreglar. Es lo único que ayuda.

Cuando la cocina queda impecable y no hay nada más que ordenar, abro el portátil una vez más. Escribo su nombre de usuario en la barra de búsqueda, despacio, como si las letras pudieran hacerlo volver. Sin resultados.

Un hombre al que nunca vi, desaparecido como si jamás hubiera estado aquí. La única prueba de que existió es el dinero en mi cuenta y la forma del vacío que dejó.