DIECISIETE
Cera
El Doblón: Las krewes acuñan sus propios doblones, monedas estampadas con un emblema y lanzadas a la multitud, valiosas únicamente en el mundo que las creó. El dinero seguía llegando a su cuenta, sellado con un silencio que ella no podía gastar.
Me pongo la peluca y meto los últimos mechones de mi pelo castaño bajo el gorro. El platino cae sobre mis hombros, suave y frío contra la clavícula. Me acerco al espejo y deslizo la primera lentilla. El azul sustituye al reflejo que conozco.
Ahora la base de maquillaje. La difumino por la línea de la barbilla y bajo la garganta, igualando el tono hasta dejarlo listo para la cámara.
Retrocedo y compruebo el resultado. Máscara colocada, camisola puesta, y Peoria me devuelve la mirada.
El portátil está abierto en mi escritorio, la pantalla atenuada en modo de reposo. Lo despierto con el ratón e inicio sesión en OnlyFans. Son las 9:57, faltan tres minutos para nuestra llamada.
Ajusto el ángulo de la cámara y compruebo la iluminación. Todo está bien. Me aliso la seda negra sobre el pecho y espero.
El reloj marca las 10:00.
Actualizo la interfaz de la llamada. La conexión aparece en verde de mi lado, lista para recibir. El indicador de su lado sigue en rojo.
Me recuesto y cruzo los brazos, segura de que se conectará en cualquier momento. Midnight nunca llega tarde. Entrará de un momento a otro.
10:07.
Actualizo de nuevo. Nada.
Un coche pasa fuera y los faros barren la pared de mi dormitorio. Tamborileo con las uñas contra el escritorio, pero me detengo porque el sonido resulta demasiado fuerte en el silencio del apartamento.
10:16.
Abro la aplicación en el móvil y compruebo si tengo algún mensaje. Nada.
Quizá se ha olvidado. Llevamos meses quedando los mismos tres días —martes, jueves y domingo— y nunca se ha olvidado.
El pensamiento me oprime el pecho, pero lo aparto. Pasan cosas, los horarios se cruzan. Puede que le haya surgido algo urgente y haya perdido la noción del tiempo.
10:30.
Cojo el móvil otra vez y escribo un mensaje en el chat de la plataforma.
¿Todo bien?
Me quedo mirando el texto y lo borro. Suena demasiado necesitada, demasiado quejica. Lo intento de nuevo.
¿Llegas tarde esta noche?
Eso suena peor. También lo borro.
El cursor parpadea en el cuadro vacío, esperando a que escriba algo que no me haga sentir pequeña. Cierro el chat sin más.
10:43.
La luz no se pone verde.
Apago la cámara y me quito la peluca, que dejo caer sobre el escritorio. El pelo se me pega al cuero cabelludo, aplastado y húmedo de sudor. Me saco las lentillas una a una y parpadeo hasta que la visión se aclara. Unos ojos marrones me devuelven la mirada desde el espejo, cansados.
Voy al baño y abro el grifo. El agua fría corre sobre las manos y me la echo en la cara.
El rímel se corre por las mejillas en finas líneas negras.
La base de maquillaje se mancha en los dedos.
Me froto con más fuerza mientras veo cómo la mujer que construí para él se diluye y desaparece por el desagüe.
El pintalabios rojo se resiste. Lo limpio con una toalla y la tela queda manchada.
Me apoyo en el lavabo y dejo correr el agua hasta que las manos se me entumecen bajo el chorro.
Cierro el grifo y me seco la cara. La toalla huele a detergente. Me la presiono contra la nariz y respiro hondo varias veces. Vuelvo al dormitorio y me meto en la cama sin encender otra luz. No miro el móvil.
Que le jodan.
Las puertas del ascensor se abren en mi planta y salgo. El café que llevo en la mano está amargo, pero me lo bebo igual. Lo habré dejado demasiado tiempo en la cafetera, o la cafetera necesita una limpieza. Vete tú a saber.
No dormí nada. Cada vez que cerraba los ojos, veía la pantalla negra y el reloj avanzando más allá de medianoche.
Dejo el bolso en el escritorio e inicio sesión en el ordenador para arrancar la secuencia de inicio. Wells tiene el servidor blindado como Fort Knox.
Una vez que todo se carga y meto mis veinte mil contraseñas, abro el archivo de Róterdam y repaso las notas con los comentarios de Wells. Quiere que refine la visualización de riesgos antes de la revisión con los socios el lunes. Abro el borrador y me quedo mirando la pantalla.
El móvil vibra en el bolso. Lo saco, medio esperando un mensaje de Midnight. La pantalla muestra una notificación de la cita con el dentista el martes que viene. Bloqueo el móvil y lo meto de nuevo en el bolso.
La puerta de la oficina se abre detrás de mí. No me vuelvo, pero reconozco el sonido de los pasos de Wells y el leve olor a cigarrillos que siempre lo precede. Se detiene junto a mi escritorio.
—¿Recibiste mis comentarios?
Su voz es plana. Ni enfadada ni cálida. Funcional.
Me vuelvo y asiento.
—Sí. Puedo ponerme con ello ahora y tenerlo listo antes del almuerzo si quieres. A menos que prefieras que trabaje en otra cosa esta mañana.
—Me gustaría que te centraras en esto primero.
Espero a que añada algo. Un comentario sobre el archivo o una pregunta sobre el calendario.
No dice nada más. Su mirada pasa de largo hacia la pantalla del escritorio y luego vuelve a mi cara.
La verdad es que todo ha sido muy raro desde Florida.
A veces es cálido y coqueto, otras veces tan frío que me pregunto si hice algo para cabrearlo.
Estoy harta de intentar anticiparme a él o a lo que sea que quiera de mí.
Expectativas, oigo decir a Locke.
—Te los envío en veinte minutos.
—Bien.
Se dirige a su despacho y cierra la puerta.
Me vuelvo hacia el monitor y paso las notas a un borrador de correo. Los dedos se mueven sobre las teclas, pero tengo el cerebro embotado.
Termino el correo y pulso enviar. El sonido confirma que se ha enviado. Me quedo mirando la pantalla e intento concentrarme en la siguiente tarea.
Mi teléfono vuelve a vibrar. Lo saco, molesta. Una notificación de la aplicación del banco llena la pantalla.
Depósito: 6.000,00 $
Parpadeo, hago clic en la fecha para ver si es el pago del mes pasado. La fecha es hoy.
Es el pago de Midnight. Siempre paga el mes completo por adelantado el día uno. Anoche fue el último día del mes que ya había pagado.
Abro la aplicación y vuelvo a comprobar los detalles de la transacción para ver cuándo se inició. El depósito se procesó a las 3:17 de la madrugada, horas después de que me dejara plantada.
Todavía no me ha enviado ningún mensaje ni me ha explicado por qué faltó a nuestra llamada. Pero pagó.
Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo en el escritorio. Juro que no puedo con estos hombres que no saben si están dentro o fuera.
Francesca de Finanzas pasa con una pila de carpetas hacia la sala de descanso. La oficina sigue su ritmo a mi alrededor, como si nada, mientras yo estoy aquí sentada con un dinero que dice una cosa y un silencio que dice otra.
Me despierto el sábado por la mañana igual de cansada que ayer. Supongo que es buen momento para hacer algunos recados.
La campanilla sobre la puerta suena cuando entro en la tintorería. Lo primero que me llega es el olor a vapor y ese producto químico tan característico de aquí. Siempre hace bochorno aquí dentro, haga el tiempo que haga.
Una mujer detrás del mostrador levanta la vista, con el teléfono encajado entre la oreja y el hombro, mientras extiende la mano. Dice algo en un idioma extranjero. Quizá francés.
—¿Ticket?
Se lo entrego y la veo desaparecer entre las perchas. Las luces fluorescentes del techo zumban. Me cambio de pie y saco el móvil para ver la hora. Debería pasar por el súper después de esto. Quizá parar en algún sitio a comer. Hacer algo que parezca normal.
La campanilla vuelve a sonar.
Miro hacia atrás y me quedo helada.
Cas entra por la puerta, ticket en mano, con las gafas de sol en la cabeza. Se detiene cuando me ve.
—Cera.
Por supuesto. Joder, por supuesto.
Me vuelvo hacia el mostrador y me esfuerzo por que mi voz suene desenfadada.
—Hola.
Se acerca más, lo suficiente para que pueda olerle la colonia. Es la misma marca de siempre, Ralph Lauren Polo 67. Seguramente el mismo frasco que le regalé en Navidad. Capullo.
—No sabía que seguías viniendo aquí.
—Está en la misma manzana que mi apartamento —digo—. ¿Tú también vives por aquí?
—No, me mudé a la zona alta. Los viejos hábitos son difíciles de romper. Ya conozco cómo funciona esto, así que...
Zona alta. Claro. Porque se mudó del apartamento que compartíamos hace cuatro meses, seis días después de que perdiera mi trabajo, y encontró un sitio mejor, pero sigue volviendo a nuestro barrio.
La dependienta vuelve con mi ropa envuelta en plástico. La cojo y pago, con la atención fija en la transacción.
—Oh, una bolsa más. Espera —me dice antes de volverse hacia Cas—. ¿Ticket?
Se acerca al mostrador y se lo entrega.
Acabamos los dos de pie, uno junto al otro, mientras la dependienta desaparece de nuevo.
—Tienes buen aspecto —dice.
Lo miro. Está sonriendo, relajado y cercano, la misma expresión que solía poner cuando quería algo.
—Gracias.
—¿Cómo has estado?
—Ocupada. ¿Y tú?
—Igual. El trabajo es una locura. Pero bien. Es muy bueno verte.
Sonrío pero no le correspondo. Porque no es bueno verlo.
La dependienta vuelve con sus camisas y mi segunda bolsa, que solo tiene una camisa. Podría haber pasado sin esta camisa hasta la próxima vez.
Le da dos billetes de veinte y le dice que se quede con el cambio. Qué caballero. Ambos nos giramos hacia la puerta. La empujo y salgo a la luz del sol. El brillo me hace entrecerrar los ojos.
Cas me sigue hasta la acera. Espero que se despida y se vaya en la otra dirección. Pero no: se detiene a mi lado.
—¿Un café? Diez minutos. Por los viejos tiempos. Quiero ponernos al día.
Lo miro. Su expresión es abierta, esperanzada, como si los últimos cuatro meses no hubieran existido. Como si no me hubiera dejado tirada, peleando por cubrir el alquiler y montándome una cuenta de OnlyFans para sobrevivir.
—Eso suena como una frase que la gente usa justo antes de tomar una decisión terrible.
Sonríe.
—¿Entonces es un sí?