QUINCE #2
En casa, me ducho y me cambio, pido comida a domicilio y me acomodo en el sofá con el libro que llevo semanas sin conseguir terminar.
Mi teléfono suena justo después de las ocho.
Miro la pantalla y veo que es Wells.
—¿Hola?
—¿Llegaste bien a casa?
La llamada me pilla desprevenida, la pregunta aún más.
—Logré sobrevivir a la aterradora distancia entre el aeropuerto y la puerta de mi casa.
No se ríe, pero noto un cambio en su respiración.
—Bien. Solo quería saber que llegaste bien.
Me llevo la palma a la frente mientras una enorme sonrisa me ilumina el rostro. Nadie se preocupa por mí.
—Gracias por preguntar.
—Por supuesto. Que tengas buena noche, Cera. Nos vemos el lunes.
—Tú también, Wells.
Cuelga, y me quedo ahí sentada, con el teléfono aún en la mano, intentando quitarle importancia al momento. No funciona.
Espero fuera del probador con tres corbatas que Locke me lanzó por encima de la puerta hace cinco minutos.
—Parece que estoy a punto de venderte un seguro.
Miro la raya diplomática azul marino que le cuelga del hombro.
—Estás bien.
—Bien es lo que dice la gente cuando ya has perdido. Sabes que yo no hago bien.
Vuelve a entrar, y me apoyo en el espejo, con las bolsas de las dos últimas tiendas a mis pies. Llevamos horas en esto. Locke tiene una conferencia de operadores bursátiles en Las Vegas dentro de poco, y por lo visto todo su guardarropa lo ha ofendido personalmente.
La puerta se abre de nuevo y sale con pantalones gris marengo y camisa blanca, sin corbata esta vez.
—¿Mejor?
—Mucho mejor. Esto va más contigo, sin duda.
Se gira hacia el espejo y se ajusta los puños.
—También necesito ropa para la noche. Es Las Vegas. Pienso salir a cazar.
—Dices eso siempre.
—Y siempre tengo razón. Soy un tigre, voy al acecho, Cera.
Me sonríe a través del espejo y vuelve a entrar para cambiarse.
Me acerco al perchero junto a la ventana, rozando con los dedos telas que no estoy aquí para comprar. La luz del sol entra a raudales por el cristal, ruidosa tras la calma de mi apartamento esta mañana.
Locke sale con su ropa, cargado de perchas.
—Bien, hora del veredicto. ¿Nos lo quedamos o lo devolvemos?
Señalo los pantalones gris marengo y dos de las camisas.
—Esos. Deshazte del resto.
—¿Incluso la azul?
—Especialmente la azul.
Suspira, dramático y herido, y deja lo descartado en el mostrador.
Pasamos a la siguiente tienda, y Locke coge una corbata cubierta de diminutas formas geométricas.
—¿Qué opinas?
—¿Vas a una conferencia o a un baile del instituto? Rotundamente no.
La devuelve a su sitio. En la caja, mientras la empleada le cobra, Locke se vuelve hacia mí.
—Entonces. Has estado sospechosamente callada toda la tarde. Estaba intentando no preguntar, pero está claro que no vas a soltar prenda, asííííí que… —Alarga las íes en «así», como si eso de alguna manera negara su entrometimiento.
—Llevo dos horas dando consejos de moda. ¿Eso es estar callada?
—Sabes a qué me refiero. Callada sobre el viaje de trabajo. —Entrecierra los ojos al decir la última parte, como si fuera un código para otra cosa.
Me apoyo en el otro extremo del mostrador mientras la dependienta pasa sus compras.
—¿Quieres que te diga que tenías razón?
Locke entrega la tarjeta sin dejar de mirarme, ahora con una enorme sonrisa.
—Lo sabía.
Sonrío a mi pesar.
Salimos de la tienda y Locke nos guía hacia la zona de restaurantes. Él pide un batido, yo un café, y nos sentamos en una mesa cerca de la fuente donde unos niños tiran monedas y gritan.
—Bien —dice Locke—. Ahora que la Judy del mostrador no nos escucha. Quiero detalles. No te guardes nada.
Rodeo la taza con las dos manos.
—Como seguramente has adivinado, Wells y yo nos acostamos. Otra vez. Y tenías razón, no había ninguna razón lógica para que yo fuera, así que no sé muy bien qué más decir, salvo que me gustó y me parece bien que invente excusas para llevarme a sitios. ¿Qué tal eso?
Locke arquea las cejas, pero no parece sorprendido.
—¿Y?
—Y esta vez no fue solo sexo.
Locke se inclina hacia delante, el batido olvidado.
—¿Qué significa eso? Estás siendo increíblemente vaga.
Intento encontrar la manera de decirlo. Wells besándome antes de salir del hotel. La llamada de anoche solo para asegurarse de que había llegado bien. Las coordenadas en sus costillas, y cómo me habló de sus hermanos sin dudar.
—Es diferente a como es en el trabajo. Hablamos. De verdad hablamos. Debajo de toda esa brusquedad, hay un hombre realmente interesante, y me está gustando conocerlo.
Locke me observa, y su expresión cambia a algo que no logro descifrar.
—Supe desde el momento en que me contaste lo de tu entrevista que te gustaría. Lo supe.
—La verdad es que me gusta mucho.
Locke sonríe de verdad.
—Me alegro mucho por ti. Me encanta verte dándote permiso para sentir algo así. Se acabó la culpa por Midnight, el misterioso. Hablando de eso, ¿rompiste con él?
—Locke, como tú mismo dijiste, no hay ruptura porque no estamos saliendo. Es un acuerdo de negocios. Así que no, no he roto con él. De hecho, tenemos una llamada esta noche.
—¿Y ya no te sientes culpable? ¿Has hecho las paces con la situación, que uno sea real y el otro una fantasía?
—Más o menos. Todavía le tengo cariño a Midnight, sea quien sea, pero ahora entiendo mejor lo que hay entre nosotros. De todos modos, ha estado raro últimamente.
Inclino la taza y observo cómo gira el café.
—Empiezo a pensar que también tienes razón en eso. Quizás esté casado.
—¿En serio? Entonces quizás sea el momento perfecto. ¿Qué hace diferente?
—Es difícil de explicar. Se está alejando, pero no.
Un niño grita emocionado junto a la fuente por una moneda que ha lanzado, y espero a que pase el ruido.
—Seguimos hablando tres veces por semana, y me sigue pagando como acordamos. Pero varias noches no quiere, ya sabes... nada de nada. La otra noche me dejó apagar la cámara y solo quiso que nos durmiéramos juntos.
Locke deja el batido en la mesa.
—Interesante.
—Sí. Dejé de intentar averiguar qué significaba. Así que las cosas se están enfriando por ese lado, justo cuando esto que tengo con Wells empieza a tomar forma.
Jugueteo con la tapa de la taza.
—Aunque mañana podría quedarse en nada.
—¿Por qué dices eso?
—Después de la primera vez en el trabajo, fue como si nada hubiera pasado. No sé qué esperar mañana.
—Ah, ya veo. En su defensa, lo entiendo.
Locke remueve lo que queda de su batido.
—No es que podáis coquetear y escaparos al cuarto de la limpieza todos los días. Tenéis trabajo que hacer y compañeros alrededor.
Tiene razón en eso.