Avery
Contemplo el tráfico vespertino de Seattle por los ventanales que van del suelo al techo de mi despacho de la esquina. Tengo el móvil pegado a la oreja y la voz de Savannah llena el espacio entre mis pensamientos contradictorios.
—A ver si lo he entendido bien —dice, y casi puedo oírla arquear las cejas—. Estás sentada en un despacho de la esquina por el que la mayoría de los ejecutivos matarían, trabajando para uno de los hombres más ricos del país, ¿y eres infeliz porque pronto tienes que volver a casa?
—No soy infeliz —protesto, aunque hasta yo noto lo poco convincente que sueno—. Es solo que... estoy hecha un lío.
—Por tener que dejar a James —dice. Savannah me conoce demasiado bien.
—Es complicado, Sav. Esto iba a ser solo un trabajo. Un trabajo buenísimo que resolvería mis problemas económicos y le daría un empujón a mi carrera. Lo que no entraba en los planes era... —Me interrumpo, incapaz de terminar la frase.
—¿Enamorarte de tu jefe multimillonario?
Las palabras me golpean como un puñetazo. Amor. ¿Es eso lo que siento? ¿Este dolor constante en el pecho cuando pienso en marcharme? ¿Esta sensación de estar a punto de arrancarme el corazón?
—Creo que sí —susurro—. Dios, Sav, creo que estoy de verdad enamorada de él.
—¿Y eso es malo porque...?
—Porque vivo en Portland. Porque mi vida está allí. Porque esto es temporal y él... —Señalo el despacho con un gesto, aunque ella no pueda verme—. Él es James Carter. Lo temporal no va con él.
—¿Le has preguntado qué quiere él?
—¿Para qué? Me contrató por un mes. Cuando se acabe, se acabó. Volveré a mi vida normal y fingiré que esto nunca ha ocurrido.
—Pero no puedes fingir que nunca ha ocurrido, ¿verdad? —Su voz adopta ahora un tono suave, comprensivo—. Porque dejarte el corazón en Seattle no ayuda mucho a funcionar con normalidad cuando vuelvas a casa.
Tiene razón. He intentado no pensar en ello, pero la idea de volver a mi piso compartido, a mi tambaleante consultoría y a mi vida corriente sin James me parece imposible.
¿Cómo se vuelve al café solo después de haber probado el champán?
¿Cómo se duerme sola después de acostumbrarse a unos brazos fuertes que te sostienen toda la noche?
—Te echo de menos —le digo, porque es más fácil que admitir que tiene razón—. Echo de menos mi hogar.
—Yo también te echo de menos. Pero, Avery, el hogar no siempre es un lugar. A veces es una persona.
Antes de que pueda responder a esa perla de sabiduría, se abre la puerta de mi despacho. Me vuelvo, esperando ver a Rachel con más expedientes.
Pero quien está en el umbral es James, con el ramo de rosas blancas más bonito que he visto en mi vida.
El corazón se me para.
—Sav, tengo que colgar —logro decir al teléfono.
—¿Es él?
Cuelgo, dejo el móvil a un lado y me quedo mirando a James como si fuera un espejismo.
Se ha cambiado el traje habitual por unos vaqueros oscuros y un jerséy gris que hace que sus ojos color avellana parezcan más verdes que marrones.
Lleva el pelo algo revuelto, como si no hubiera dejado de pasarse las manos por él, y hay algo distinto en su expresión. Más dulce. Más abierta.
—Hola —dice mientras entra en mi despacho y cierra la puerta a su espalda.
—Hola. —La palabra me sale más entrecortada de lo que pretendía—. Son preciosas.
—No tanto como tú. —Se acerca a mi escritorio con esas zancadas seguras que me aflojan las rodillas—. Pero esperaba que te gustaran.
Deja las rosas sobre mi escritorio y me inclino para aspirar su fragancia. Huelen a gloria: dulces, delicadas, perfectas.
—James, ¿qué...?
Me interrumpe tomándome la cara entre las manos para besarme. No son los besos desesperados y hambrientos que hemos compartido antes, sino algo tierno y reverente, como si fuera un tesoro para él. Como si yo importara.
Cuando se aparta, me recorre los pómulos con los pulgares.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por decirme que fuera a ver a mi madre. Por empujarme a enfrentarme a algo que debería haber afrontado hace tres años. —Su sonrisa es dulce, sincera—. La he visto esta mañana.
—¿De verdad? —Noto la emoción en mi propia voz—. ¿Cómo ha ido?
—Mejor de lo que esperaba. No ha sido perfecto —tenemos mucho por resolver—, pero es un comienzo. —Se apoya en el borde de mi escritorio, lo bastante cerca para que me llegue su colonia—. Quiere conocerte.
Esa simple frase me aprieta el pecho con emociones que no sé nombrar.
—¿De verdad?
—Le he hablado de ti. De cómo haces que quiera ser mejor. —Sus ojos buscan los míos—. De cómo me haces recordar quién era yo antes de olvidar lo que era confiar en alguien.
—James... —empiezo, pero él niega con la cabeza.
—Déjame terminar. Por favor. —Me toma las manos entre las suyas y me acaricia los nudillos con los pulgares—. Mi madre ha dicho hoy algo en lo que no dejo de pensar. Ha dicho que me veía distinto. Que tenía una chispa en los ojos que no estaba hace tres años.
—¿Y tú qué le has contestado?
—Que quizá la hubiera. Por ti. —Se lleva una de mis manos a los labios y deposita un beso suave en la palma—. Avery, no quiero que te marches.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros, sencillas, sinceras y aterradoras.
—Mi contrato termina pronto —digo en voz baja.
—Que le den al contrato. —La intensidad de su voz me hace estremecer—. No hablo de prolongar tu contrato de consultoría. Hablo de algo permanente. Quédate conmigo. Trabaja conmigo. Construye algo conmigo.
El corazón me late con tanta fuerza que estoy segura de que puede oírlo.
—¿Qué estás diciendo?
—Te estoy diciendo que quiero ofrecerte el puesto de directora de Comunicación de Carter Industries, con todos los beneficios de un cargo ejecutivo y participación accionarial en la empresa. —Se levanta y empieza a dar vueltas detrás de mi silla.
—Pero, más que eso, te estoy diciendo que te quiero.
La confesión me deja sin aliento.
—Te quiero —repite, y se detiene justo delante de mí—. Adoro tu mente brillante, tu cabezonería y esa forma que tienes de no dejarte intimidar por nadie. Me encanta que veas al hombre que podría llegar a ser, en lugar de quedarte solo con el que soy.
Las lágrimas me nublan la vista.
—James…
—Sé que es una locura. Sé que solo nos conocemos desde hace unas semanas.
Pero también sé que, si pienso en ti subiendo a un avión de vuelta a Portland, siento que me falta el aire.
—Apoya una rodilla en el suelo junto a mi silla y me coge las manos entre las suyas—.
Quédate conmigo, Avery. No por el trabajo, ni por el dinero, ni por nada de eso. Quédate porque te necesito.
La vulnerabilidad de su voz resquebraja algo dentro de mí.
—¿Estás seguro? —susurro—. ¿Estás completamente seguro de que quieres esto? ¿De que me quieres a mí?
—Nunca he estado tan seguro de nada en toda mi vida.
—Levanta las manos y me toma la cara entre ellas—.
La verdadera pregunta es: ¿me quieres tú?
¿Me quieres de verdad, no solo a la versión de fantasía, sino a mí tal como soy, con todos mis problemas de control, mis barreras emocionales y mi tendencia a trabajar demasiado?
¿Lo quiero? ¿A este hombre que me hace sentir guapa, brillante y necesaria? ¿Que me reta en lo profesional y me enciende en lo personal? ¿Que acaba de ofrecerme todo aquello con lo que nunca me atreví a soñar?
—Sí —suspiro—. Sí, te quiero. Sí, me quedo.
La sonrisa que se le extiende por el rostro es radiante y le transforma por completo la expresión. Se levanta de golpe y se apodera de mi boca, besándome con una pasión que me hace curvar los dedos dentro de los tacones.
Me levanto para ir a su encuentro, cierro los puños sobre su jersey y tiro de él para acercarlo más. El beso se intensifica, se vuelve desesperado.
Me desliza las manos hasta la cintura y me sube sin esfuerzo al borde del escritorio. Los papeles se desparraman, las rosas ruedan a un lado, pero nada de eso me importa. Lo único que me importa es sentir a James entre mis muslos, cómo su boca se mueve contra la mía como si me estuviera reclamando.
—Mía —gruñe contra mis labios—. Ahora eres mía.
—Tuya —acepto sin aliento, y le rodeo la cintura con las piernas.
Esto es una locura. Estamos en mi despacho en plena tarde y cualquiera podría entrar. Pero, mientras las manos de James se enredan en mi pelo y su boca me deja un rastro de fuego por el cuello, me doy cuenta de que me da igual.