Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) James
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James

El silencio se extiende entre nosotros como un abismo lleno de tres años de palabras no dichas. Mi madre mantiene el rostro cuidadosamente impasible, pero veo el dolor que hay debajo: el mismo dolor que le causé yo cuando elegí una sala de juntas en Tokio en lugar del lecho de muerte de mi padre.

—¿Puedo pasar? —pregunto con la voz más ronca de lo que pretendía.

Me estudia el rostro un largo instante, pero asiente.

—Supongo que sí.

La casa huele exactamente igual: a lavanda y vainilla, con el aroma tenue de las rosas que tanto le gustaban a papá entrando desde el jardín.

Nada ha cambiado y, sin embargo, todo parece distinto.

Más pequeño, de algún modo, aunque puede que solo sea que ahora lo veo con unos ojos adultos acostumbrados a vestíbulos de mármol y techos altísimos.

La sigo hasta la cocina, la misma en la que me vendaba las rodillas raspadas y me echaba sermones sobre los deberes. Se acerca a la encimera y se sirve una taza de la cafetera que ya está puesta. A mí no me ofrece.

—Bueno —dice, apoyada en la encimera con los brazos cruzados—, ¿qué te trae por aquí, James? ¿Otro intento de reconciliación movido por la culpa que abandonarás en cuanto te suene el teléfono?

Las palabras me golpean como un puñetazo, pero me merezco cada una de ellas.

—No —respondo sin más—. Estoy aquí porque me equivoqué. En todo.

Levanta una ceja, claramente escéptica.

—¿En qué te equivocaste, exactamente?

—Me equivoqué al elegir los negocios por encima de papá. Al pensar que el dinero podía arreglarlo todo. Al dejarte sola para afrontar su muerte mientras yo perseguía contratos.

La taza le tiembla un poco entre las manos, pero la voz le sale firme.

—¿Tienes la menor idea de lo que fue aquello? ¿Estar sentada en esa habitación de hospital, viendo cómo tu padre se apagaba mientras no paraba de preguntar por ti? ¿Llamarte una y otra vez, suplicándote que volvieras a casa?

—Mamá…

—Organicé su funeral sola, James. Sola. Elegí el ataúd, escribí la esquela, llamé a todos los parientes que teníamos para decirles que el hombre al que respetaban y querían había muerto —se le quiebra un poco la voz—.

Y cuando por fin apareciste, con cara de preferir estar en cualquier otro sitio, me di cuenta de que había perdido a mi marido y a mi hijo.

El dolor de su voz casi me hace caer de rodillas. Llevo tres años sabiendo que le fallé, pero oírlo así, dicho en voz alta —toda la magnitud de lo que le costaron mis decisiones—, lo vuelve real como nunca antes lo había sido.

—Lo sé —digo en voz baja—. Y lo siento. Lo siento muchísimo, joder, mamá.

Se estremece al oír la palabrota y me doy cuenta de lo distinto que debo de parecerle. El hijo que crió no habría dicho tacos en su cocina. Aunque, bien pensado, el hijo que crió tampoco habría faltado a la muerte de su padre.

—Sentirlo no lo devuelve —dice, pero ahora hay menos veneno en sus palabras. Más agotamiento que rabia.

—No, no lo devuelve. Pero es lo único que tengo. —Me paso la mano por el pelo, más vulnerable de lo que me he sentido en años—. Lo echo de menos. Todos los días. Y a ti también.

Deja la taza y me mira de verdad por primera vez desde que he entrado.

—Estás distinto —dice despacio.

—¿Distinto en qué?

—No lo sé. —Inclina la cabeza y me estudia con la misma intensidad con la que intentaba averiguar si le mentía sobre haber comido galletas antes de cenar—. Hay algo en tus ojos. Una… chispa, supongo. Algo que no estaba ahí hace tres años.

Pienso en Avery, en cómo me ha mirado esta mañana cuando le he hablado de papá. En cómo me hace querer ser mejor que el hombre que eligió los negocios por encima de todo lo que importaba.

—Puede que sí —admito.

Asiente.

—¿Estás saliendo con alguien?

La pregunta me pilla desprevenido. En todos los escenarios que había imaginado para esta conversación, nunca me vi hablando con mi madre de mi vida amorosa.

—Sí —respondo al fin—. Se llama Avery.

—Háblame de ella.

No es una petición: es esa orden maternal que no admite discusión. El mismo tono que usaba cuando quería saber qué tal me había ido el día en el colegio o por qué llegaba a casa más tarde de la hora.

—Es brillante. Testaruda. Guapa de una forma que a veces me hace olvidar cómo se respira. —Me descubro sonriendo a pesar de la gravedad de la conversación—. Hace que quiera ser el hombre que papá y tú criasteis, y no el que llegúe a ser.

—Parece especial.

—Lo es. —La sonrisa se me borra cuando la realidad vuelve a caer sobre mí—. Pero se marcha a finales de mes. Su contrato con mi empresa termina y volverá a Portland.

—¿Y vas a dejar que se vaya sin más?

La pregunta llega cargada de esa incredulidad maternal tan característica que insinúa que estoy siendo espectacularmente estúpido.

—Es complicado…

—No, no lo es. —Se sirve otra taza de café y esta vez me prepara una a mí también, con la nata justo como recuerda que me gusta—. Tienes miedo. Eso es lo complicado.

Acepto el café, sorprendido por el gesto.

—Claro que tengo miedo. Antes destruí todo lo que toqué. Mi relación contigo, con papá…

—A eso me refiero exactamente. —Se sienta frente a mí—. Tienes tanto miedo de volver a fracasar que te aseguras el fracaso al no intentarlo.

—¿Y si lo echo a perder? ¿Y si me convierto en el mismo cabrón egoísta que…

—Basta. —Su voz es firme, pero no dura—. El James que no estuvo cuando murió su padre no estaría sentado en mi cocina a las siete de la mañana, con cara de no haber dormido en semanas porque está muerto de miedo de perder a alguien a quien ama.

La palabra «amor» queda suspendida entre nosotros y comprendo que tiene razón. Amo a Avery. Por completo, desesperadamente, de una forma que me aterra porque me vuelve vulnerable.

—El hombre que crié lucharía por lo que importa —continúa—. Haría lo que hiciera falta para mantener cerca a la gente que quiere.

—¿Aunque eso signifique admitir que la necesito?

—Sobre todo entonces.

Extiende la mano por encima de la mesa y cubre la mía con la suya; es el primer contacto físico que tenemos en tres años.

—Tu padre me necesitaba, James. Yo lo necesitaba a él. Eso no es debilidad. Eso es lo que hace que la vida merezca la pena.

Su contacto me abre algo por dentro y, por un momento, dejo de ser un director ejecutivo multimillonario. Solo soy un hijo que echa de menos a sus padres y que lleva tres años ahogándose en el remordimiento.

—No sé cómo hacer esto —admito—. Cómo tener una relación sin controlarlo todo.

—Aprendes. Cometes errores. Te disculpas cuando le haces daño y confías en que ella hará lo mismo.

Me aprieta la mano.

—Pero no dejes que se vaya solo porque tengas miedo.

—¿Y si dice que no?

—¿Y si dice que sí?

La posibilidad me atraviesa el pecho como una descarga de esperanza.

¿Y si Avery se quedara? ¿Y si le ofreciera algo permanente, no una simple ampliación de contrato, sino un puesto de verdad?

Directora de Comunicación, tal vez. O socia.

Algo que la convirtiera en parte esencial de Carter Industries en lugar de una consultora temporal.

Algo que la mantuviera a mi lado.

—Veo que la cabeza te va a mil —dice mamá con algo parecido a una sonrisa—. Ya estás planeando cómo convencerla.

—Puede.

Doy un sorbo al café y sabe exactamente igual que cuando tenía doce años.

—¿Te gustaría... te gustaría conocerla?

—Me encantaría.

La sonrisa se vuelve más sincera.

—Pero, James...

—¿Sí?

—No esperes tres años para traerla. Algunos ya no nos hacemos más jóvenes.

El reproche, aun siendo suave, escuece, pero me lo merezco.

—No esperaré. Te lo prometo.

Nos quedamos un momento en un silencio cómodo, bebiendo café y dejando que tres años de dolor empiecen a curarse. No es perdón, todavía no. Pero es un comienzo.

—Siento lo de papá —digo por fin—. Siento no haber estado allí. Siento que tuvieras que pasar por eso sola.

—Lo sé.

Su voz es suave, comprensiva.

—Y, James... él sabía que lo querías. Incluso al final, incluso cuando preguntaba por ti, lo sabía.

Sus palabras me caen encima como una absolución que no sabía que necesitaba. Se me cierra la garganta y tengo que mirar a otro lado antes de perder del todo la compostura.

—Estaría orgulloso de ti por haber venido hoy —añade—. Por haber elegido a la familia en vez de la reunión de la junta a la que seguramente estás faltando.

—Siempre habrá otra reunión de la junta —digo, y repito algo que papá me decía cuando era joven e impaciente—. Pero solo hay una familia.

—Ahora sí pareces el hijo que crié.

Me acabo el café y me pongo de pie. Tengo que volver con Avery. Volver con la mujer que, para empezar, me dio el valor de venir aquí.

—Debería irme —digo—. Pero ¿puedo... puedo llamarte? Llamarte de verdad, no solo dejarte mensajes de voz que vas a ignorar.

—Me gustaría.

Me acompaña hasta la puerta.

—Y, James... cuando le pidas a esa chica que se quede, no lo plantees como un asunto de negocios. Que sea porque la necesitas.

—¿Eso lo dice la sabiduría maternal?

—Eso lo dicen treinta y cinco años de matrimonio.

Entonces me abraza, fuerte y breve, y me doy cuenta de cuánto echaba de menos el sencillo consuelo de los brazos de mi madre.

El trayecto de vuelta a la oficina es distinto. Más ligero, de algún modo, como si por fin se me hubiera quitado de encima un peso que llevaba tres años cargando.