James
La semana pasa como un sueño del que no quiero despertar.
Avery se mueve por mi vida como si este fuera su sitio y, por primera vez en mucho tiempo, me descubro esperando con ilusión algo que no sean los informes trimestrales y las reuniones del consejo.
Se ha quedado en mi habitación casi todas las noches, con sus cosas desparramadas por mi espacio de maneras que deberían irritar mi necesidad de orden y que, sin embargo, no lo hacen.
Su taza de café junto a la mía por las mañanas.
Sus libros apilados en mi mesilla. El tenue aroma de su perfume impregnado en mis almohadas.
Nunca he vivido con una mujer. La idea de compartir mi espacio, mi rutina y mi entorno cuidadosamente controlado con otra persona siempre me había parecido asfixiante. Pero con Avery todo resulta natural. Como si siempre hubiera estado aquí.
Durante el día trabajamos juntos: ella se ocupa de la estrategia mediática mientras yo me concentro en los preparativos del contrato con la OTAN.
Cenamos juntos casi todas las noches, a veces en casa y a veces en restaurantes.
Hablamos de todo y de nada, y me descubro contándole cosas que nunca le he contado a nadie.
Bueno, casi todo.
Sigue habiendo un peso que me oprime el pecho, algo de lo que no consigo librarme.
Enclave International aún no ha respondido a su presentación.
Llevamos siete días de silencio, y veo cómo la tensión se le acumula en los hombros, cómo consulta el teléfono cada vez con más frecuencia, la ligera rigidez alrededor de sus ojos cuando cree que no la estoy mirando.
Está nerviosa. Demonios, yo también. Pero es demasiado profesional para dejarlo ver, y yo soy demasiado orgulloso para admitir que la espera me está matando.
Y luego está lo otro. La fecha de caducidad que pende sobre nosotros. Su contrato con Carter Industries termina a finales de mes.
Pensarlo me oprime el pecho de una manera que no comprendo.
Nunca he sido el tipo de hombre que necesita a nadie.
Construí un imperio sobre los cimientos de la autosuficiencia, sobre no depender jamás de otra persona para nada que importara.
Pero, en algún momento entre aquel primer día en mi despacho y ahora, Avery se ha convertido en algo que no puedo categorizar ni controlar.
Hace que quiera ser distinto. Mejor. Menos el consejero delegado calculador y más el hombre que era antes de olvidar lo que era confiarle a alguien partes de mí.
Son las seis y media de la mañana y ella sigue dormida a mi lado, con el cabello rubio extendido sobre la funda blanca de la almohada.
La primera luz que se filtra por las cortinas ilumina la curva de su hombro, el suave subir y bajar de su respiración.
Duerme profundamente, completamente relajada, de un modo que me dice que aquí se siente segura. Conmigo.
Me inclino y le poso los labios en la piel tersa del hombro. Se remueve un poco y de sus labios escapa un sonido suave que me tensa algo en lo más hondo del vientre.
—Buenos días, preciosa —murmuro contra su piel.
Se vuelve entre mis brazos, todavía con los ojos cargados de sueño, y me dedica esa sonrisa que se ha convertido en lo mejor de mi día.
—Buenos días. ¿Qué hora es?
—Es temprano. Tenemos unas dos horas antes de salir hacia la oficina.
—¿Dos horas? —Se estira y la sábana resbala y deja al descubierto la curva de un pecho—. ¿Qué tenías pensado?
La pregunta parece bastante inocente, pero hay algo en su voz, una invitación que me enciende la sangre.
Podría perderme otra vez en ella, dejar que la conexión física ahogue los pensamientos que llevan días dando vueltas en mi cabeza como buitres.
Pero, en lugar de eso, me descubro atrayéndola hacia mí y rodeándola con los brazos de una forma que no tiene nada que ver con el sexo y todo que ver con la necesidad de aferrarme a algo real.
—Solo esto —digo—. Solo... esto.
Debe de percibir algo en mi tono, porque se incorpora un poco para mirarme de cerca y sus ojos azules me escrutan el rostro.
—¿James? ¿Qué ocurre?
La pregunta queda suspendida entre nosotros y, por un instante, pienso en esquivarla. Hacer una broma, cambiar de tema o besarla hasta que olvide que la ha hecho. Es lo que habría hecho hace dos semanas.
Pero es Avery. Y ha dejado claro que, de todas formas, ve a través de mis muros. Por fin quiero abrirme con ella como no suelo hacerlo.
—Mi padre murió hace tres años —digo de pronto.
Se queda completamente inmóvil entre mis brazos.
—Lo siento.
—Llevaba meses enfermo. Cáncer. Los médicos decían que le quedaba tiempo, que era controlable, que podíamos luchar contra ello.
Me quedo mirando el techo, incapaz de sostenerle la mirada.
—Pero luchar significaba citas y tratamientos y sentarse en habitaciones de hospital que olían a desinfectante y a muerte.
Su mano encuentra la mía bajo las sábanas y entrelaza los dedos con los míos.
—Lo visitaba cuando podía. Pero siempre había reuniones, siempre había acuerdos que no podían esperar, siempre había algo más urgente que sentarme junto a su cama y verlo hacerse cada día más pequeño y más débil.
Las palabras me saben amargas en la boca.
—En vez de eso, le eché dinero al problema. Los mejores médicos, habitaciones privadas, tratamientos experimentales. Pensaba que el dinero podía arreglarlo. Que podía comprarle más tiempo mientras yo me ocupaba de todo lo demás.
—No es algo fuera de lo normal —dice ella en voz baja—. Cada persona afronta las crisis de una manera distinta...
—Mi madre me llamó un martes —la interrumpo, porque necesito soltarlo antes de perder el valor—.
Me dijo que papá preguntaba por mí. Que los médicos creían que quizá había llegado el momento de que la familia...
de que nos reuniéramos. Pero yo estaba en mitad del acuerdo más importante de mi carrera.
Un contrato en Tokio por valor de doscientos millones de dólares, y las negociaciones estaban en un punto crítico.
Avery me aprieta la mano con más fuerza.
—Le dije que estaría allí para el fin de semana. Que papá era fuerte, que aguantaría bien unos días más. Que aquel acuerdo aseguraría el futuro de la empresa y que ¿no era eso lo que él querría? ¿Que yo triunfara?
El silencio se alarga entre nosotros, cargado con el peso de lo que estoy a punto de confesar.
—Murió el jueves por la mañana. Mientras yo estaba en una sala de juntas en Tokio, discutiendo las condiciones del contrato y las previsiones del mercado, mi padre exhaló su último aliento sin nadie más que mi madre para sostenerle la mano.
—Oh, James. —Se le quiebra un poco la voz.
—Tuvo que encargarse sola de todos los preparativos del funeral. Tuvo que llamar a los familiares, redactar la esquela y elegir el ataúd mientras yo iba en un avión en algún punto sobre el Pacífico, corriendo de vuelta hacia una despedida que ya me había perdido.
Por fin la miro, y el dolor de sus ojos está a punto de desarmarme.
—Cuando entré en la funeraria, me miró como si fuera un extraño. Como si no reconociera al hombre que tenía delante.
—¿Qué te dijo?
—Que yo no era el hijo que ella había criado. Que el hijo que había criado lo habría dejado todo para estar junto a su padre moribundo. Que el hijo que había criado entendía que hay cosas más importantes que el dinero. —Las palabras se me atascan en la garganta—. Tenía razón.
Avery se mueve y se apoya en un codo para verme bien la cara.
—¿Has hablado con ella desde entonces?
—Lo he intentado. No responde a mis llamadas.
Tampoco contesta a los mensajes ni a los correos.
Le envié flores por su cumpleaños y me las devolvieron.
—Me paso la mano libre por el pelo, frustrado por la impotencia de todo esto—.
Elegí los negocios por encima de la familia y ahora no tengo ni una cosa ni la otra.
—James, mírame.
La miro a los ojos a regañadientes.
—Cometiste un error. Uno muy grave, sí, pero no deja de ser un error. No eres un caso perdido por una decisión terrible que tomaste en un momento imposible.
—¿Ah, no? Porque desde donde yo estoy, lo parece bastante.
—¿Cuándo fue la última vez que intentaste ponerte en contacto con ella?
—Hace una semana. Le dejé un mensaje en el buzón de voz y nunca me devolvió la llamada.
Avery se queda callada un momento, asimilando lo que acaba de oír. Cuando vuelve a hablar, su tono es suave, pero firme.
—Las llamadas son fáciles de ignorar. Los mensajes son impersonales. Detrás de las dos cosas puedes esconderte. —Ahora se incorpora del todo y la sábana cae por completo, pero parece que no se da cuenta o no le importa—. Tienes que ir a verla. En persona.
—No querrá verme.
—Puede que no. Pero merece la oportunidad de decidirlo ella misma. Y tú mereces la oportunidad de decir todo lo que necesites decir, aunque no te perdone.
—¿Y si me cierra la puerta en las narices?
—Entonces al menos sabrás que lo intentaste. Al menos sabrás que esta vez la elegiste a ella en lugar de una sala de juntas.
La lógica es impecable, pero la idea de conducir hasta la casa de mi infancia y volver a ver la decepción en los ojos de mi madre me cierra el pecho de puro pánico.
—No sé si podré hacerlo.
—Sí que puedes. —Avery se acerca y me rodea con los brazos. Siento sus pechos desnudos contra el mío, cálidos y suaves, y parte de la tensión abandona mi cuerpo—. Eres lo bastante fuerte para sobrevivir a una conversación con tu madre.
La abrazo con más fuerza y hundo el rostro en su pelo. Para alguien que ha pasado años controlando todos los aspectos de su vida, esta sensación de estar completamente expuesto, completamente vulnerable, debería aterrorizarme. En cambio, es un alivio.
—¿Cómo te has vuelto tan sabia? —pregunto.
—En la universidad leí muchos libros de autoayuda —responde, y le noto la sonrisa en la voz.
Estoy a punto de contestar cuando su móvil vibra en la mesilla. Luego vuelve a vibrar. Y otra vez.
—Ignóralo —murmuro contra su cuello.
Pero la vibración no cesa, insistente, urgente. Suspira, alarga la mano para cogerlo y entrecierra los ojos ante la pantalla.
—Es Sarah Smith, de Enclave. —De pronto su voz suena despierta, sin el menor rastro de sueño—. Está llamando.
Se me tensa todo el cuerpo. Ha llegado el momento. Siete días de espera y por fin tenemos la respuesta.
—Contesta —digo.
Desliza el dedo para aceptar la llamada y pone el altavoz.
—Sarah, buenos días.
—Avery, espero no llamar demasiado temprano. Sé que aún no son ni las siete, pero quería pillarte antes de que empezaras el día.
—No es nada temprano. ¿Qué me dices?
Se produce una pausa que parece durar una eternidad.
—Vamos a retirar el reportaje de Luxemburgo.
El alivio que me recorre es tan intenso que hasta me marea.
—Y no solo eso —continúa Sarah—, queremos publicar una exclusiva sobre la licitación de Carter Industries por el contrato de la OTAN.
El enfoque: aprender del fracaso, implantar mejores protocolos de seguridad, convertirse en una empresa más fuerte gracias a los errores del pasado.
Es una narrativa potente y creemos que nuestros lectores la recibirán bien.
—Eso es... —Avery me mira con los ojos brillantes de triunfo—. Es una noticia fantástica, Sarah. ¿Cuándo querríais publicarlo?
—La semana que viene. Necesitaremos algunas entrevistas de seguimiento, fotos de vuestras instalaciones de seguridad y ese tipo de cosas. Pero, Avery, ha sido un trabajo brillante. Has convertido una amenaza capaz de hundir la empresa en una historia de redención. Estoy impresionada.
Cuando cuelgan, Avery se lanza sobre mí, me rodea el cuello con los brazos y me besa con fuerza. Saboreo su alivio, su alegría, el orgullo por lo que ha logrado.
—Lo hemos conseguido —susurra contra mis labios—. Lo hemos conseguido de verdad.
—Lo has conseguido tú —la corrijo, sosteniéndole el rostro entre las manos.
Me besa otra vez, un beso suave y dulce, y luego se aparta con una sonrisa.
—Tengo que arreglarme. Deberíamos celebrarlo esta noche.
Sale de la cama, coge una bata de la silla y se dirige al baño. La veo salir, todavía digiriendo la noticia, sintiendo aún las réplicas de nuestra conversación sobre mi padre.
Al oír el agua de la ducha, sus palabras me resuenan en la cabeza: Tienes que ir a verla. En persona.
Tal vez tenga razón. Tal vez esconderme detrás de llamadas sin respuesta y flores devueltas no sea más que otra forma de elegir el camino fácil en lugar del correcto. Quizá ha llegado el momento de dejar de ser un cobarde y afrontar las consecuencias de mis decisiones.
Me visto deprisa y cambio el traje habitual, hecho a medida, por unos vaqueros oscuros y un jerséy gris. La ropa informal me resulta extraña después de años de armadura, pero de algún modo encaja con lo que estoy a punto de hacer.
Dejo una nota para Avery sobre la encimera de la cocina: «Reunión de emergencia. Nos vemos luego en la oficina».
No es del todo mentira. Esto es una emergencia, a su manera. Solo que no de las que ocurren en las salas de juntas.
El trayecto dura cuarenta y tres minutos con el tráfico de la mañana. Cuarenta y tres minutos de dudar de mí mismo, de ensayar mentalmente posibles conversaciones, de preguntarme si no estoy a punto de empeorar las cosas en lugar de arreglarlas.
Mi madre sigue viviendo en la casa donde crecí, una modesta construcción colonial de dos plantas, con porche delantero y un jardín que ella misma cuida. Me quedo un buen rato sentado en el coche, al otro lado de la calle, mirando el lugar que antes era mi hogar.
Su Honda está en el camino de entrada. Está despierta: veo luces encendidas en la cocina. La misma cocina donde me preparaba tortitas los sábados por la mañana y me ayudaba con los deberes en la mesita junto a la ventana.
Antes de que me abandone el valor, salgo del coche y recorro el camino de siempre hasta la puerta. Las rosas que plantó papá antes de caer enfermo están en plena floración, tal como a él le habría gustado.
Levanto la mano para llamar, pero dudo. ¿Y si Avery se equivoca? ¿Y si hay errores que de verdad son imperdonables?
Pero entonces pienso en cómo me miró Avery esta mañana cuando le hablé de mi padre. No con reproche ni con asco, sino con comprensión.
Tal vez yo merezca esa misma oportunidad con mi madre.
Llamo.
Oigo pasos que se acercan desde dentro. La luz del porche se enciende. Oigo el leve ruido de la cadena al soltarse y del cerrojo al girar.
La puerta se abre y ahí está mi madre, en bata y zapatillas, el pelo ya canoso recogido en la misma coleta que lleva desde que tengo memoria. Durante un instante, nos limitamos a mirarnos.
—James —dice al fin, con voz cuidadosamente neutra.
—Hola, mamá.