Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) Avery
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Avery

Me despierto con la suave presión de unos labios en el hombro.

Por un instante me siento desorientada: sábanas de seda en lugar de algodón, el olor de una colonia cara en vez de mi habitual vela de lavanda, la luz del sol entrando por unos ventanales de suelo a techo dignos de una revista de arquitectura.

Entonces los recuerdos regresan de golpe. James. Las esposas. La forma en que me hizo deshacerme bajo su cuerpo hasta que no recordaba ni mi propio nombre.

—Buenos días. —Su voz retumba contra mi cuello, ronca de sueño.

Me giro entre sus brazos y lo miro parpadeando entre el pelo revuelto. A la luz de la mañana parece distinto: de algún modo más joven, con el cabello oscuro despeinado y la barba ensombreciéndole la mandíbula. Los ángulos afilados de su autocontrol parecen más suaves, más humanos.

—Hola —susurro, de pronto tímida a pesar de todo lo que hicimos anoche.

Su pulgar me recorre el pómulo y veo un destello de vulnerabilidad cruzarle el rostro antes de que vuelva a hablar.

—Siento lo de la otra noche. Haber salido corriendo y haberte dejado en la piscina para contestar la llamada de Tessa. —Las palabras le salen forzadas, como si no estuviera acostumbrado a disculparse—. Estuvo mal.

Se me oprime el pecho al oír su nombre.

—¿Qué quería?

Se le endurece la mandíbula.

—Quiere que vuelva con ella.

Los celos me arañan el pecho antes de que pueda evitarlo. Odio que me importe. Odio que la idea de verlo con otra me dé ganas de arrancarle los ojos.

—¿Y tú quieres volver con ella? —La pregunta se me escapa antes de que pueda censurarla.

—No. —La respuesta es inmediata—. En absoluto.

El alivio me inunda, pero no logro dejarlo pasar del todo.

—Seguías teniéndola de fondo de pantalla el día que intercambiamos los móviles por accidente.

Hace una mueca.

—Como ya te dije, tenía intención de cambiarlo. Me traicionó con John. Le ayudó a robarme. No quiero saber nada de ella.

El dolor de su voz es crudo, sin defensas, y algo dentro de mí se rompe por él. Sin pensarlo, me incorporo y poso los labios sobre los suyos: un beso suave y delicado, nada parecido al ansia posesiva de anoche.

Se derrite en el beso, me sujeta la nuca con la mano y, durante un instante, solo somos dos personas que encuentran consuelo la una en la otra.

Cuando nos separamos, reúno valor.

—Háblame de tus padres.

El cambio es instantáneo. Todo su cuerpo se pone rígido. Se aparta, y la distancia entre nosotros de pronto parece de kilómetros.

—Tenemos que prepararnos para ir a trabajar —dice, con esa voz controlada de director ejecutivo que me da ganas de zarandearlo.

Y, así sin más, las murallas vuelven a levantarse.

Lo observo salir de la cama; cada línea de su cuerpo desnudo es un estudio de perfección masculina.

Hombros anchos que se afilan hasta una cintura estrecha, músculos que hablan de horas en un gimnasio privado y un culo que debería ser ilegal.

La luz de la mañana resalta los planos definidos de su espalda mientras se dirige al baño, y el calor se me acumula en el vientre a pesar de la frustración.

¿Qué lo ha convertido en lo que es? ¿De dónde viene esa necesidad de controlarlo todo, de mantener a todo el mundo a distancia en cuanto se acercan demasiado? ¿Cómo puede mostrarse tan tierno un segundo y cerrarse por completo al siguiente?

He vislumbrado al hombre que hay bajo la armadura: en la piscina, cuando me habló del software que estaba desarrollando; hace un momento, cuando se disculpó conmigo. Pero cada vez que intento profundizar, se retira.

El rumor de la ducha al abrirse me saca de mis pensamientos. El vapor empieza a arremolinarse alrededor del marco de la puerta del baño y, sin acabar de decidirlo, salgo de la cama y cruzo el frío suelo de mármol.

El baño es un monumento al lujo: mármol por todas partes, una bañera en la que cabrían cuatro personas y una cabina de ducha hecha enteramente de cristal. A través del vapor veo la silueta de James, con el agua cayendo en cascada sobre su poderoso cuerpo.

Se me acelera el pulso cuando deslizo la puerta de cristal y entro.

Se vuelve al oír el ruido, con gotas de agua prendidas de las pestañas oscuras. Abre mucho los ojos al verme; las pupilas se le dilatan mientras su mirada me recorre el cuerpo desnudo.

—Avery —susurra.

Me acerco, lo bastante para sentir en la piel el agua de los varios rociadores.

—¿Qué estamos haciendo, James?

Sus manos me encuentran la cintura y me atraen hacia él hasta que no queda espacio entre nosotros. Siento cada línea dura de su cuerpo, la prueba de su deseo apretada contra mi estómago.

—No lo sé —dice, y apoya la frente en la mía—. Pero no quiero parar.

Yo tampoco. Esa es la aterradora verdad. Este hombre que guarda sus secretos como tesoros de Estado, que puede cerrarse emocionalmente en un latido, que representa todo aquello de lo que debería huir... no me canso de él.

—Entonces no pares —susurro, y me pongo de puntillas para atrapar su boca con la mía.

El beso estalla entre nosotros y con él se derraman toda la tensión, la confusión y la necesidad desesperada. Sus manos me suben por la espalda, sus dedos se enredan en mi pelo mojado mientras me hace retroceder hasta pegarme a la pared de mármol.

La piedra fría contra la piel ardiente me arranca un jadeo y él se lo traga, hundiendo la lengua en mi boca. El agua corre entre nuestros cuerpos y lo vuelve todo resbaladizo, urgente.

Su boca baja hasta mi cuello y sus dientes rozan ese punto sensible que hace que me fallen las rodillas. Me arqueo contra él, le exploro con las manos los duros planos del pecho y sigo el rastro de vello oscuro que conduce hasta donde más lo deseo.

—Dime qué quieres —murmura contra mi garganta, repitiendo la orden de anoche.

—A ti —digo en un suspiro, sin que ya me importen el orgullo ni el instinto de protegerme—. Siempre a ti.

Me levanta sin esfuerzo, le rodeo la cintura con las piernas y él se coloca en mi entrada. El glande me provoca y me arranca un gemido de necesidad.

—Eres jodidamente perfecta —susurra.

Sostengo su mirada y veo mi propia hambre desesperada reflejada en aquellas profundidades oscuras. Entra en mí despacio, me llena por completo, y los dos gemimos ante la exquisita sensación.

—Qué estrecha eres —gruñe, y sus caderas marcan un ritmo constante que me hace ver las estrellas.

El agua corre sobre nuestros cuerpos mientras se mueve dentro de mí, cada embestida más profunda que la anterior. Echo la cabeza hacia atrás contra el mármol, con el cuerpo completamente a su merced mientras me deshace con precisión metódica.

Su boca encuentra uno de mis pechos; la lengua rodea el pezón endurecido antes de succionarlo con la fuerza justa para arrancarme un grito. Las dos sensaciones —su polla golpeando ese punto dentro de mí que me nubla la vista, su boca adorando mi carne sensible— me elevan cada vez más alto.

—James… —jadeo, clavándole las uñas en los hombros—. Voy a…

—Córrete para mí —exige, y el ritmo se vuelve implacable—. Déjame sentir cómo te rompes.

Sus palabras me empujan al abismo. Me rompo en pedazos a su alrededor, con el cuerpo convulso mientras una oleada de placer tras otra me recorre entera. Él llega segundos después y hunde la cara en mi cuello mientras se vacía dentro de mí.

Seguimos pegados el uno al otro un largo rato, los dos respirando con dificultad; el único sonido es el repiqueteo constante del agua contra el mármol. Poco a poco me baja hasta que vuelvo a apoyar los pies en el suelo y me sujeta cuando las piernas amenazan con fallarme.

Lo que viene después debería resultar incómodo, pero entre nosotros se instala una extraña paz. Coge el carísimo gel de baño y nos lava a los dos con delicadeza, los dedos recorriéndome la piel como si fuera sagrada.

Cuando los dos estamos limpios, cierra el grifo y me envuelve en una toalla más suave que nada de lo que yo tenga en casa. La suya le cuelga baja en las caderas y tengo que obligarme a no quedarme mirando las gotas de agua prendidas del vello de su pecho.

—Avery… —empieza, pero niego con la cabeza.

—No —digo en voz baja—. No le des más vueltas. Todavía no.

El alivio le cruza fugazmente las facciones y asiente.

Nos vestimos en un silencio cómodo, con el peso de las preguntas que no hemos formulado suspendido entre nosotros.

Él vuelve a enfundarse en otro traje impecable, hecho a medida, y yo elijo un vestido tubo azul marino que me hace sentir segura y profesional.

Pero mientras lo observo ajustarse la corbata frente al espejo, no consigo quitarme de encima la sensación de que los dos estamos fingiendo.

Fingiendo que lo que ha pasado entre nosotros no lo cambia todo.

Fingiendo que los muros que él no deja de levantar no acabarán aplastando esto que hay entre nosotros antes de que tenga ocasión de crecer.

El trayecto hasta la oficina transcurre en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Pero cuando su mano encuentra la mía sobre la consola central y entrelaza los dedos con los míos, me permito un instante de esperanza.

Quizá no tengamos que tener todas las respuestas ahora mismo. Quizá baste con reconocer que, sea lo que sea esto que hay entre nosotros, ninguno de los dos está dispuesto a renunciar a ello.

Aunque deberíamos.