Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) James
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James

La mañana avanza a paso de tortuga. Asisto a tres reuniones, reviso dos propuestas de adquisición y apruebo un presupuesto de marketing que costará más de lo que la mayoría de la gente gana en toda una vida. Pero no tengo la cabeza en nada de eso.

No consigo pensar en otra cosa que en la sensación de tener a Avery enredada a mi cuerpo esta mañana en la ducha. En los sonidos suaves que se le escapaban cuando me hundí en ella. En cómo me miraba, como si yo fuera el único hombre del mundo que importaba.

Y luego, en cómo se le descompuso el rostro cuando corté en seco su pregunta sobre mis padres.

Me froto las sienes e intento concentrarme en las proyecciones trimestrales desplegadas sobre el escritorio. Las cifras se me difuminan unas con otras —fuentes de ingresos, márgenes de beneficio, curvas de crecimiento—; ninguna retiene mi atención como de costumbre.

Unos golpes suaves interrumpen mis pensamientos. La voz de mi asistente suena por el interfono.

—¿Sr. Carter? La Srta. Dawson ha venido a verle.

Se me acelera el pulso.

—Hazla pasar.

La puerta se abre y Avery entra, toda profesionalidad, con ese vestido azul marino que se ciñe a sus curvas.

Pero hay algo distinto en su postura. Más profesional. Más a la defensiva.

—Tenemos que hablar —dice, y cierra la puerta tras ella.

—¿Sobre lo de esta mañana? —pregunto, y me reclino en el sillón de cuero.

—Sobre Luxemburgo. —Se acomoda en la silla frente a mi escritorio y cruza las piernas—. Necesito saber exactamente qué ocurrió antes de mi reunión del lunes con Enclave.

Directa al grano. Debería habérmelo esperado de ella. Avery no pierde el tiempo con cháchara cuando está en modo trabajo.

Exhalo despacio mientras tamborileo con los dedos sobre el escritorio de caoba. No quiero tener esta conversación, pero tiene razón. Si va a representar a mi empresa, necesita conocer toda la historia.

—Fue hace seis meses —empiezo—. Teníamos un contrato con Meridian Defense Systems, un contratista privado que se encarga de la logística de las operaciones militares de la Unión Europea.

Necesitaban una infraestructura de datos segura para gestionar comunicaciones clasificadas entre los aliados de la OTAN.

Asiente y saca una libreta pequeña. Siempre preparada.

—El contrato ascendía a cuarenta y siete millones de euros en tres años —continúo—. Debería haber sido sencillo. Habíamos construido sistemas similares para el Pentágono y para la inteligencia británica. Pero este exigía integrarse con sistemas heredados de la UE que tenían décadas.

—¿Qué salió mal?

Me levanto y camino hasta los ventanales con vistas a la ciudad. Seattle se extiende a mis pies —mi reino, mi imperio—, pero ahora mismo me parece un recordatorio de todo lo que podría perder.

—Nuestros protocolos de seguridad tenían una vulnerabilidad que no detectamos durante las pruebas —admito—. Una puerta trasera que existía en el software de integración antiguo. Cuando el sistema entró en funcionamiento, alguien se aprovechó de ella en la primera semana.

—¿Alguien?

—Espionaje industrial. Podrían haber sido los rusos, los chinos o incluso competidores del sector.

Nunca llegamos a saber quién fue. —Me giro hacia ella—.

Pero accedieron a comunicaciones clasificadas de la OTAN durante seis días antes de que nuestros sistemas de monitorización detectaran la brecha.

Su bolígrafo deja de moverse.

—Seis días de comunicaciones militares clasificadas.

—Sí.

—¿Qué tipo de información?

Me paso una mano por el pelo y siento el peso de aquellas noches en vela de hace seis meses.

—Movimientos de tropas en Europa del Este. Evaluaciones de inteligencia sobre las capacidades navales rusas. Documentos de planificación estratégica para ejercicios conjuntos de la OTAN.

Se queda callada un largo instante, asimilando lo que eso implica. Cuando levanta la vista, hay dureza en sus ojos azules.

—Esto podría haber puesto en peligro operaciones militares activas.

—Podría haber muerto gente —digo sin rodeos—. Y fue un fallo de mi empresa lo que lo hizo posible.

La confesión queda suspendida entre nosotros como una granada sin seguro. Nunca había pronunciado esas palabras en voz alta. Nunca había admitido ante nadie —ni siquiera ante mí mismo— el alcance real de lo que pudo costar mi negligencia.

—¿Por qué no hubo ninguna respuesta pública? —pregunta—. ¿Nada de control de daños, ningún comunicado de Carter Industries?

Esta es la parte de la que no me siento orgulloso. La que me mantiene despierto a las tres de la madrugada, mirando el techo y preguntándome si estoy perdiendo la cabeza.

—Porque me estaba ahogando —admito—. La investigación sobre Richardson lo consumía todo. Redadas del FBI, fiscales federales, prensa en pleno frenesí. Yo peleaba por la supervivencia de mi empresa en suelo estadounidense mientras esto pasaba en Europa.

—Así que lo ignoraste.

—Esperaba que se olvidara. —Las palabras me saben a fracaso—.

La prensa europea pasó a otros escándalos.

Tuvimos que pagarle una indemnización a Meridian Defense para evitar que nos demandaran por incumplimiento de contrato.

Pensé... pensé que, si no llamábamos la atención, acabaría quedando en ruido de fondo.

Cierra la libreta de golpe.

—James, esto no es ruido de fondo. Es un escándalo capaz de acabar con una carrera, y está esperando el momento de resurgir.

Si Enclave International decide volver a publicar esta historia, no solo perjudicará a Carter Industries.

Podría desencadenar investigaciones del Congreso.

Demandas internacionales. Cargos penales.

Lo sé. Llevo meses con ese peso encima, aplastándome.

—¿Por qué no me lo contaste desde el principio? —pregunta, ahora con la voz más suave.

—Porque me daba vergüenza. —La confesión me sale en carne viva—. Construí esta empresa sobre una reputación de seguridad y fiabilidad. Dejé que las emociones me nublaran el juicio y pudo haber muerto gente por mi culpa.

Me estudia la cara un largo instante y veo que algo cambia en su expresión. Comprensión, puede ser. O lástima. No sé qué es peor.

—Puedo trabajar con esto —dice al fin—. Es grave, pero no insuperable. Tendremos que construir un relato en torno a la responsabilidad corporativa, las lecciones aprendidas, la mejora de los protocolos de seguridad. Presentarlo como una etapa de crecimiento y no como un fracaso.

—¿Crees que Enclave se lo creerá?

—Creo que Enclave quiere la verdad. Y si les damos acceso exclusivo a la historia, en nuestros términos, podremos controlar cómo se cuenta. —Se pone de pie y se alisa el vestido—. Necesitaré copias de todos los contratos, memorandos internos, evaluaciones de seguridad. Todo.

Asiento.

—Haré que Rachel saque los expedientes.

Ella asiente y se dirige a la puerta, pero se para con la mano en el pomo.

—Todo el mundo comete errores, James —dice sin volverse—. Incluso tú.

Después se marcha y me deja a solas con el peso de mis fracasos y el recuerdo de su comprensión.

Cuando se va intento centrarme en el trabajo, pero la cabeza se me va una y otra vez. No a Luxemburgo, ni a Enclave International, ni a las estrategias de control de daños. A esta mañana. A cómo me miró cuando me preguntó por mis padres.

«Háblame de tus padres».

Una pregunta tan simple. De esas que la gente normal comparte tomando un café o en una cena. Pero para mí es un campo de minas de culpa, remordimiento y heridas que nunca cicatrizaron del todo.

Me descubro echando mano del móvil antes de ser del todo consciente de lo que hago. El pulgar se me queda un largo instante sobre el contacto guardado como «Mamá». Tres años. Hace tres años que no hablamos.

Pulso la tecla de llamada antes de que pueda arrepentirme.

Suena una vez. Dos. Tres.

—Hola, has llamado a Margaret Carter. Ahora mismo no puedo atenderte, pero deja un mensaje y te devolveré la llamada en cuanto pueda.

Su voz suena exactamente igual. Cálida, refinada, con ese leve acento sureño que nunca llegó a perder del todo después de mudarse a Seattle hace cuarenta años. Oírla es como recibir un golpe físico.

Suena el pitido y, durante un instante, no sé qué decir.

—Mamá, soy... soy James.

Se me quiebra un poco la voz al pronunciar mi propio nombre.

—Sé que ha pasado mucho tiempo. Es que... estaba pensando en ti. Quizá podríamos...

Me detengo. ¿Qué estoy haciendo? Dejó clara su postura, y sus palabras me resuenan en la cabeza.

«No eres el hijo que crié, James».

Cuelgo sin terminar el mensaje. Hay heridas que nunca cicatrizan, por mucho dinero que ganes o por mucho éxito que alcances.

Hay errores que te persiguen para siempre.

Hace tres años me dio a entender sin rodeos que no quiere saber nada de mí.

Y no puedo culparla. No después de lo ocurrido. No después de la decisión que tomé.

Me levanto y camino hasta la estantería que recorre la pared del fondo de mi despacho.

Entre primeras ediciones encuadernadas en piel y premios del sector hay una única fotografía enmarcada.

Es antigua, con los colores algo desvaídos, y muestra una versión más joven de mí mismo con el brazo alrededor de mi padre: un hombre con mi mismo pelo oscuro y la misma mandíbula decidida, aunque de algún modo más dulce. Más bondadoso.

Cojo el marco y recorro con el pulgar el cristal sobre su rostro.

—Siento haberte fallado —susurro a la imagen—. Siento no haber podido salvarte.

Las palabras flotan en el despacho vacío, sin respuesta. Como siempre.