James #2
Sus manos se afanan con mi camisa con desesperada eficacia, me la sacan de la cinturilla del pantalón y sus palmas me queman el pecho. La beso otra vez —más profundo, más brusco— mientras sus piernas me ciñen la cintura y me atraen hacia donde más me necesita.
—James —susurra contra mi boca.
La levanto de la mesa, me rodea con las piernas y la llevo por la casa, pasando junto a las columnas de mármol y los ventanales altísimos, rumbo a mi santuario privado.
Se aferra a mí como si no pudiera evitarlo, y su boca encuentra ese punto sensible justo debajo de la oreja que me arranca un gemido.
La puerta del dormitorio se cierra a nuestra espalda con un chasquido definitivo.
La cama extragrande domina la estancia. La siento en el borde y abro el cajón de la mesilla. Las esposas son caras: acero forrado de cuero, no dejan marca, pero la sujetarán justo donde yo la quiero.
Abre mucho los ojos al verlas. Pero no hay miedo en ellos, solo expectación mezclada con desafío.
—¿Confías en mí? —pregunto con una voz más ronca de lo que pretendía.
—No debería —susurra, aunque ya tiene las manos en la hebilla de mi cinturón—. Pero confío.
Es todo el permiso que necesito. Le agarro las muñecas, se las llevo por encima de la cabeza y aseguro primero una y luego la otra al cabecero de hierro forjado que encargué a medida precisamente para esto.
Ella prueba las ataduras y el movimiento la hace arquearse de un modo que casi acaba con mi autocontrol.
Le quito los vaqueros despacio, saboreando cada centímetro de piel que va quedando al descubierto. Las bragas de encaje a juego ya están húmedas, y verla así —abierta sobre mi cama, inmovilizada y deseándome— hace que la polla me palpite, casi dolorosamente, contra la cremallera.
Me quito la ropa deprisa y veo cómo se le abren los ojos al contemplar mi cuerpo desnudo. Entreno con disciplina religiosa, y la admiración de su mirada hace que cada hora de gimnasio haya merecido la pena.
—Eres preciosa —le digo mientras me arrodillo entre sus muslos—. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad?
Se estremece cuando le recorro con los dedos la cara interna del muslo, sin llegar a tocar donde más me necesita. Alza las caderas en busca de contacto, pero me contengo.
—Dime qué quieres —ordeno.
—A ti —jadea—. Te quiero a ti.
—Sé más concreta.
Se le encienden aún más las mejillas.
—Quiero tu boca sobre mí. Tus manos. Todo.
Premio su sinceridad: engancho los dedos en el encaje, lo aparto y la dejo completamente expuesta.
Es preciosa: rosada, húmeda y lista para mí.
La saboreo primero con la punta de la lengua, un roce apenas perceptible que la hace gritar y tirar de las ataduras.
Luego me entrego a adorarla como merece, con todo lo que he aprendido del cuerpo de las mujeres a lo largo de los años, para desarmarla pieza a pieza.
Se retuerce debajo de mí y jadea mi nombre. La llevo al límite despacio, sin tregua, hasta que maldice, suplica y se deshace por completo.
—Por favor —solloza—. James, por favor, necesito…
—¿Qué necesitas? —pregunto contra su piel ardiente.
—A ti. Dentro de mí. Ahora.
Me coloco en su entrada y el glande apenas la penetra. Está tan estrecha, tan perfecta, que me cuesta todo lo que tengo no embestirla de golpe.
—Mírame —le exijo.
Sus ojos se clavan en los míos: fuego azul y necesidad desesperada. Me hundo en ella de una sola embestida larga y ella grita. La siento increíble. Hecha para mí.
Me retiro y vuelvo a entrar, esta vez con más fuerza, hasta marcar un ritmo que la hace jadear con cada embestida. Sus pechos se balancean con cada movimiento y me inclino para atrapar entre los dientes uno de sus pezones endurecidos.
—Más —jadea—. Más fuerte.
Le doy lo que quiere, lo que los dos necesitamos. Mis caderas golpean las suyas con fuerza creciente y el cabecero aporrea la pared con cada embestida. Ella me responde golpe por golpe; su cuerpo acepta todo lo que le doy y exige más.
La tensión crece entre nosotros como un cable pelado, chisporroteante y peligroso. Noto que está a punto de estallar: sus músculos internos se estremecen en torno a mí, los sonidos entrecortados que se le escapan con cada penetración profunda.
—Córrete para mí —le gruño al oído—. Ahora.
Se deshace con un grito que rebota en los ventanales y todo su cuerpo se convulsiona en torno a mí. Verla así —la espalda arqueada, la boca abierta, completamente perdida en la sensación— me empuja al límite.
La sigo hasta el abismo, hundiéndome hasta el fondo mientras me vacío dentro de ella y su nombre se me arranca de la garganta como un grito de guerra.
Cuando el mundo deja de dar vueltas, abro las esposas con los dedos temblorosos y la atraigo contra mi pecho. Ella se acurruca contra mí de inmediato y su cuerpo encaja con el mío como si nos hubieran diseñado para esto.
Ninguno de los dos habla. Hay demasiadas cosas flotando en el aire: qué significa esto, qué pasará a partir de ahora, cómo nos miraremos a la cara mañana.
Pero, por ahora, me limito a abrazarla y siento cómo se le calma el latido contra mis costillas y cómo se le acompasa la respiración mientras el agotamiento la vence.
Se duerme antes que yo, con una expresión serena que nunca le había visto.
La observo durante un largo rato: el arco de sus pestañas, la curva de su boca, el modo en que la luz de la luna que entra por los ventanales le vuelve la piel de porcelana.
Por primera vez en meses, tengo la mente en silencio. Nada de controlar los daños, ni de adquisiciones hostiles, ni de gestionar la reputación. Solo su calor contra mí y el ritmo constante de su respiración.
Cierro los ojos y me dejo vencer por el sueño, con una mano enredada en su cabello dorado y la otra apoyada en la curva de su espalda, donde le corresponde estar.
Mañana tendremos que lidiar con la realidad. Esta noche, ella es mía.