James
Lo veo en sus ojos antes incluso de que abra la boca. Avery está furiosa. Esperaba cierta distancia después de lo de anoche, quizá una conversación profesional sobre los límites, pero no esta ley del hielo en toda regla.
No me gusta.
No me gusta el golpe seco con el que cierra la puerta de su despacho cuando paso por delante.
No me gustan sus respuestas breves y mecánicas en las reuniones.
No me gusta cómo me ha mirado esta mañana, como si fuera transparente, cuando la he saludado como un ser humano civilizado.
Y, sobre todo, no me gusta que esto me afecte tanto.
A las seis y media, he leído cuatro veces el mismo párrafo del informe trimestral y sigo sin saber de qué va. Dejo la carpeta sobre el escritorio de caoba y me masajeo la tensión del cuello. Lo único que me ronda la cabeza es la reina de hielo que ahora vive al final del pasillo.
No tiene derecho a estar enfadada conmigo. Yo no pedí que Tessa llamara. Que esa llamada interrumpiera lo que estaba ocurriendo entre nosotros no le da permiso a Avery para tratarme como si hubiera cometido un delito federal.
He construido un imperio sin permitir jamás que nadie me dictara mis actos ni mi agenda. No le rindo cuentas a nadie. Entonces, ¿por qué su desaprobación se me clava como un cuchillo entre las costillas?
El trayecto a casa transcurre en silencio y me dirijo directamente a mi despacho: necesito mantener la cabeza en el trabajo y no en Avery.
Unos golpes suaves interrumpen mis cavilaciones. La Sra. Moore aparece en el umbral, con el pelo plateado perfectamente arreglado y su inseparable bloc de notas en la mano.
—Sr. Carter, ¿está listo para cenar? Elena ha preparado su plato favorito: lubina a la parrilla con risotto de limón.
Miro el Rolex y vuelvo la vista a los papeles desperdigados, que no han captado ni un ápice de mi atención desde que he llegado a casa. De pronto se me ocurre algo que me hace tensar la mandíbula con determinación.
—En realidad —digo mientras me pongo de pie y me aliso la corbata—, creo que esta noche cenaré con Avery.
Sus cejas se alzan casi imperceptiblemente.
—Muy bien, señor.
Tengo que abordar esta situación con Avery antes de que se nos vaya más de las manos. El camino hasta el comedor se me hace más largo de lo habitual. Oigo el suave tintineo de los cubiertos antes de llegar a la puerta: ya está cenando.
Cómo no.
El comedor resplandece con la cálida luz de las velas y la araña de cristal está atenuada para crear ese ambiente íntimo que, según Elena, mejora la experiencia gastronómica.
En la larga mesa de caoba caben doce personas, pero Avery se ha colocado cerca del centro, con la postura rígida por la hostilidad que apenas contiene.
Se ha cambiado el severo vestido negro que llevaba en el trabajo; ahora luce una blusa de seda color crema que le vuelve luminosa la piel y unos vaqueros oscuros que se ciñen a sus curvas de una forma que me seca la boca.
El pelo rubio le cae en ondas sueltas sobre los hombros y atrapa la luz parpadeante.
Está absolutamente impresionante. Y absolutamente furiosa.
—Ah, ¿ahora cenas conmigo? —dice sin levantar la vista del plato, con la voz cargada de sarcasmo—. Solo llevo aquí casi una semana.
Camino hasta el extremo opuesto de la mesa y me acomodo en la silla tapizada de cuero, sin prisa por desplegar la servilleta de lino.
Elena se ha superado: la lubina, a la parrilla y en su punto; el risotto, cremoso y perfumado con hierbas frescas; los espárragos, de un verde intenso y tiernos.
La presentación es digna de un restaurante, como siempre.
—¿Eso es sarcasmo, Srta. Dawson? —pregunto mientras corto el pescado.
Por fin alza la mirada; esos ojos azules echan chispas.
—Tómatelo como quieras.
El desafío de su voz me enciende la sangre; no es ira, aunque también la haya. Es algo más oscuro. Más primitivo. Siempre me han atraído los retos, y Avery Dawson lo es, sin duda.
—Quería disculparme por lo de anoche —digo, aunque las palabras me suenan ajenas al pronunciarlas. Yo no me disculpo. Nunca.
—¿De verdad? —Deja el tenedor en la mesa—. Porque no lo has mencionado hasta ahora. Esta mañana te has comportado como si no hubiera pasado nada.
Me encojo de hombros.
—No creí que quisieras hablar de ello.
Se ríe, pero en su risa no hay ni rastro de humor.
—Claro. Mejor finjamos que no pasó nada. Para ti es más fácil, no me cabe duda.
Su tono me crispa todos los nervios. La falta de respeto. La presunción. Esa forma de mirarme como si fuera algo que acaba de quitarse de la suela del zapato.
—Estás aquí para trabajar —le recuerdo, con la necesidad de sentirme al mando pese a haberla besado anoche—. Esto es un contrato profesional, no un acuerdo personal.
—Exacto. —Se inclina hacia delante y la luz de las velas le baila sobre las facciones—. Y por eso tenemos que hablar de que no me dijeras ni una palabra de la filtración de datos de Luxemburgo.
Sus palabras me caen como un cubo de agua helada.
—¿Eso lo has encontrado tú? —La pregunta sale más brusca de lo que pretendía.
—Sí. —Su sonrisa es todo dientes y ni un gramo de calidez—. Y he concertado una reunión con Enclave International para el lunes por la mañana. De nada.
La miro fijamente desde el otro extremo de la madera pulida y noto algo frío que se me instala en el estómago.
—¿Lo has hecho sin consultarme?
—Por supuesto. Es mi trabajo, ¿recuerdas?
—Clava el tenedor en el risotto como si este la hubiera ofendido personalmente—.
Me contrataste para gestionar tu crisis de reputación, pero solo me has contado la mitad de la historia.
Primero, el desfalco de Richardson; ahora, este desastre europeo.
¿Cómo quieres que diseñe una estrategia si no dejas de pillarme desprevenida con tus omisiones?
Aprieto tanto la mandíbula que me sorprende que no se me partan los dientes.
Lo de Luxemburgo… Esperaba que esa pesadilla en concreto siguiera enterrada.
Después de todo lo de Richardson, después de la investigación del FBI y del circo mediático, dejé que otros incendios ardieran mientras me centraba en controlar los daños.
La prensa europea había pasado página y andaba ya con otros escándalos. Pensaba que estaba zanjado.
—He tenido que lidiar con varias crisis a la vez —digo con cautela—. Esa se me pasó.
Deja la copa de vino y cruza los brazos; la seda de la blusa se le tensa sobre los pechos de una forma que no debería distraerme ahora mismo.
—No se te pasó, James. Decidiste no mencionarlo.
Que use mi nombre de pila con ese tono acusador hace que algo oscuro se me retuerza en el pecho.
No tiene ni idea de con qué he estado lidiando.
Las noches en vela. Los investigadores federales.
El cuestionamiento constante de mi criterio, de mi liderazgo, de mi capacidad para dirigir la empresa que construí desde cero.
—¿Podemos no diseccionar mis fracasos durante la cena? —pregunto mientras doy un sorbo al burdeos que Elena ha elegido para acompañar el pescado.
—No. Tenemos que hablar de esto, porque cada día que ocultas información es un día más que pierdo el control del relato. No puedo proteger tu empresa si sigues ocultándome detalles fundamentales.
Aprieto la copa de vino entre los dedos. Su voz es dura, tajante, cargada de una indignación justa que me da ganas de hacerle cosas que nos dejarían a los dos de piedra.
—Estás jugando con fuego, Avery.
—¿Ah, sí? —Se levanta de golpe y la silla chirría contra el suelo de madera—. Porque, desde donde yo estoy, el que ha cruzado la línea eres tú. Me contrataste para un trabajo y luego saboteaste mi capacidad de hacerlo bien.
Me levanto despacio, con deliberación, sirviéndome de cada centímetro de mi metro noventa para cernerme sobre ella. Pero, en lugar de achicarse como hace casi todo el mundo cuando le dedico toda mi atención, ella alza la barbilla y me sostiene la mirada sin pestañear.
—No me gusta tu tono —digo en voz baja mientras rodeo la mesa hacia ella.
Se ríe: una risa afilada, sin aliento.
—¿Perdona?
—Estás en mi casa. Trabajas para mí. Yo firmo tus nóminas. —Me detengo justo delante de ella, lo bastante cerca para oler ese ligero perfume floral que me ha estado volviendo loco toda la semana—. Tú no me dictas las condiciones.
Le destellan los ojos con algo entre la furia y otra cosa…, algo que me acelera el pulso.
—¿Y eso significa que tengo que agachar la cabeza y aceptarlo cuando me mientes? ¿Cuando desapareces en mitad de la noche para hablar con tu exnovia después de besarme así, como si…, como si…?
Le agarro la muñeca.
El contacto me recorre el brazo como una descarga eléctrica. Ella inspira de golpe, pillada a contrapié, pero no se aparta. Al contrario: se acerca más y respira cada vez más deprisa.
—Esta actitud tuya —murmuro mientras le recorro con el pulgar los delicados huesos de la muñeca y noto su pulso acelerado— hace que quiera domarte.
Entreabre los labios y se le dilatan las pupilas.
—Primero tendrías que atraparme.
Desafío aceptado.
La atraigo contra mí y le atrapo la boca con la mía: duro, posesivo, reclamándola como mía. No se resiste. Al contrario, me responde con la misma fuerza: me agarra la camisa a puñados y abre la boca bajo la mía con un hambre igual a la mía.
La giro hacia la mesa y la subo encima de un solo movimiento, y me coloco entre sus muslos. Los platos salen despedidos —el cristal y la porcelana cantan al deslizarse sobre la madera pulida—, pero me importa un comino la presentación perfecta de Elena.
Me clava los dedos en los hombros mientras le subo las manos por los muslos y le saco la blusa de seda de los vaqueros. La tela es suave; se la quito por la cabeza sin ceremonias y dejo al descubierto un sujetador de encaje color champán que me hace la boca agua.
Es perfecta. Pechos generosos, cintura estrecha, una piel de seda cremosa que pide a gritos que la marque.