Avery
Me despierto furiosa.
No molesta. No irritada. Furiosa. Estoy tumbada en el centro de una cama de matrimonio enorme que parece más una trampa que un lujo, con las sábanas enredadas en las piernas como las malas decisiones que me han traído hasta aquí.
Tengo la boca seca y la cabeza me retumba; no por el alcohol, sino por el puro vaivén emocional.
¿En qué demonios estaba pensando? Dejar que me besara. Dejar que me tocara así. Dejar que me enredara con él.
Agarro el borde de la manta y aprieto con fuerza, como si pudiera estrujar el recuerdo de anoche hasta sacármelo del cuerpo.
La piscina. El calor en sus ojos. Cómo me sostuvo la cara entre las manos, como si fuera algo valioso.
Cómo me derretí contra él, como si hubiera esperado ese beso toda la vida.
Y entonces… salió corriendo. Por una llamada. De otra mujer.
Me incorporo tan deprisa que se me nubla la vista.
—Increíble —murmuro, y saco las piernas de la cama.
¿Quién demonios es Tessa?
El nombre lleva dando vueltas en mi cabeza desde que la Sra. Moore lo pronunció anoche. James no se volvió a mirarme, no me dio ninguna explicación, no se disculpó. Simplemente… desapareció dentro de la casa, con la toalla caída sobre esas caderas absurdamente perfectas, para contestar su llamada.
Y yo me quedé allí como una idiota, tiritando en un bikini rojo que ahora me pesa como una letra escarlata.
Cojo el móvil de la mesilla, abro Google y teclo más deprisa de lo que mi cerebro puede seguir.
Tessa + James Carter
Se me cae el alma a los pies. La pantalla se inunda de imágenes: fotos nítidas y relucientes de los dos en alfombras rojas, abrazados como si fueran el Gatsby y la Daisy de nuestros tiempos.
Él, con su esmoquin hecho a medida; ella, con un vestido de diseñador de espalda descubierta. Sonrientes. Enamorados.
Y entonces caigo en la cuenta.
El fondo de pantalla. La morena de la pantalla de bloqueo de su móvil. La que vi antes de darme cuenta de que nos habíamos cambiado los teléfonos. La que él dijo que era su ex. Por poco no estrello el móvil contra la pared.
—Eres una maldita idiota, Avery —susurro mientras me levanto y me pongo la bata de un tirón. Me la ato con fuerza, como una armadura, y me dirijo al baño a zancadas.
El vapor de la ducha se riza en el aire, pero no me calma en absoluto.
El agua está demasiado caliente y me froto hasta dejarme la piel en carne viva, intentando borrar el recuerdo de su boca sobre la mía.
El tacto de sus dedos apretándome la cintura.
Su voz junto a mi oído: «No tienes ni idea de lo que me haces».
Y una mierda. Todo mentira.
Cuando por fin bajo, llevo un vestido negro y botas de tacón, con el pelo recogido en una coleta impecable. Llevo la cara lavada, pero con aire profesional. Sin brillo de labios. Sin colorete. Sin un gramo de dulzura.
James ya está en la cocina, dando sorbos a una taza de café como si fuera el dueño del universo. Lleva un traje Armani gris pizarra, cortado a la perfección, y los puños de la camisa blanca impecable asoman lo justo para lucir unos gemelos de platino que probablemente encargó él mismo.
Dios, ¿por qué tiene que ser tan obscenamente atractivo?
—Buenos días, preciosa —dice con una voz suave como el pecado—. ¿Has dormido bien?
Esbozo una sonrisa tensa y cojo la prensa francesa de la encimera para servirme una taza sin mirarlo.
—Mmm —respondo—. He dormido bien. La mejor noche hasta ahora.
Suelta una risita. Una risita.
Me dan ganas de tirarle el café encima. Se apoya en la isla y me observa como si aquí no pasara nada. Como si yo no hubiera sido un simple daño colateral de su drama nocturno.
—¿Lista para ir a la oficina? —pregunta con despreocupación.
Doy un sorbo al café.
—La verdad es que hoy prefiero conducir yo.
Parpadea.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida —replico, y me vuelvo para coger el bolso del taburete—. Gracias por el coche, por cierto. Viene muy bien cuando quiero evitar viajes incómodos con mi jefe.
Se le tensa la mandíbula, y ahí está: la primera grieta en la máscara de James Carter. Parece… molesto. Y quizá un poco divertido. Como si no esperara que le plantara cara. Mala suerte. Bienvenido a la verdadera yo.
Salgo de la cocina sin decir una palabra más.
El BMW blanco que me ha prestado está aparcado en el camino circular de la entrada. Me siento al volante, ajusto el asiento e introduzco la dirección de Carter Industries aunque ya me la sé de memoria. Solo para sentir que controlo algo.
El trayecto transcurre en silencio. No suelto el volante en ningún momento, con las manos tensas, mientras repaso una y otra vez lo de anoche. Cuando entro en el aparcamiento subterráneo de Carter Industries, soy una olla a presión a punto de estallar.
Subo en el ascensor hasta la planta treinta y ocho sin cruzar la mirada con el asistente que me sujeta la puerta. En cuanto llego a mi despacho, cierro de un portazo y echo el pestillo.
Ahora mismo no quiero que James me moleste. Dejo el bolso, enciendo los dos monitores y me sumerjo en el trabajo.
La rabia sigue ahí, hirviendo a fuego lento bajo la superficie, pero la entierro bajo una montaña de productividad. Seguimiento de medios, análisis de sentimiento en redes, métricas de reputación: despacho los datos de la mañana como una máquina.
Pero cuanto más profundizo, más claro me queda que algo no encaja.
Hay una mención a un incumplimiento de contrato en el extranjero enterrada en la cobertura de hace seis meses. Casi se me pasa por alto: una referencia fugaz en una revista especializada suiza.
Un contrato de seguridad de datos con un contratista privado de defensa en Luxemburgo. Me detengo, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Eso no aparece en ninguno de los informes que me dio James. Ni comunicados de prensa. Ni memorandos internos. Ni estrategia de respuesta a la crisis.
Nada.
Lo cual es una locura, porque el artículo apunta a que la brecha pudo comprometer datos clasificados de clientes vinculados a los protocolos de defensa de la UE.
Esto no es solo una cuestión de mala imagen: es el tipo de titular que puede cerrarles el acceso a los contratos públicos durante años.
Si Carter Industries perdió un acuerdo europeo de defensa por incumplimiento, el daño no se queda en un solo contrato; pone en entredicho toda su infraestructura y su credibilidad en gestión de riesgos.
Sigo bajando por la página. El corazón me late con más fuerza.
La fuente: Enclave International. Un grupo pequeño de vigilancia tecnológica, muy respetado en el sector. Neutral, independiente e imposible de doblegar una vez que le hincan el diente a una historia. Y no se limitaron a publicar un artículo. Publicaron tres, cada uno más demoledor que el anterior.
El informe final se cierra con las palabras de un alto cargo de supervisión europeo: «Carter Industries no cumplió los estándares internacionales de seguridad establecidos en el acuerdo de soberanía de datos. Ya no la consideramos un socio fiable para nuestra estrategia de defensa».
Se me corta la respiración. Esto no es un escándalo. Es una bomba reputacional lista para estallar en cuanto vuelva a salir a la luz.
Echo la silla hacia atrás de un empujón y empiezo a dar vueltas por el despacho. Los tacones de mis botas repiquetean contra el suelo de madera y cada paso resuena como una campana de alarma.
¿Por qué no me lo contó?
Me contrató para limpiar la imagen de Carter Industries. Llevo aquí varios días. ¿Fue un descuido? ¿O decidió ocultármelo a propósito?
Dejo de caminar, apoyo las dos palmas sobre el escritorio y clavo la mirada en el monitor. Vuelvo a leer el artículo. Y otra vez. No se puso en marcha ninguna estrategia de control de daños. La empresa no respondió. Ni un desmentido.
Lo cual, en el mundo de las relaciones públicas corporativas, es lo más parecido a una confirmación que puede haber.
Cojo el teléfono y marco el número principal que aparece en la web de Enclave. Suena tres veces y salta el buzón de voz. Pruebo con otro número, el del redactor jefe. Otra vez el buzón.
La frustración se me acumula como una presión detrás de las costillas. Pruebo con la línea general.
Una mujer responde al tercer tono.
—Enclave International, buenos días.
—Hola, soy Avery Dawson, consultora de comunicación de crisis de Carter Industries. Me gustaría concertar una reunión para hablar de la cobertura del contrato de Luxemburgo que publicaron el trimestre pasado.
Hay una pausa al otro lado de la línea. Después:
—Lo siento, nuestro equipo editorial no concierta reuniones externas por el momento.
No es la respuesta que quería oír.
—Con todos mis respetos, creo que querrán hacer una excepción con esto. No llamo para discutir los hechos. Llamo para aportar contexto. Una aclaración.
—Lo agradezco, pero nuestra investigación ya ha concluido…
—Entonces abran una nueva —digo con un tono más cortante de lo que pretendía.
Exhalo despacio y bajo la voz—. Mire. No pretendo manipularlos.
Les ofrezco acceso. Una reunión privada.
Extraoficial, si hace falta. El lunes, a las diez de la mañana.
Concédanme treinta minutos y les daré lo que necesitan para cerrar la historia.
La línea queda en silencio.
Vuelvo a caminar hacia la ventana y me obligo a respirar con calma.
—Ha dicho Carter Industries, ¿correcto? —pregunta la mujer por fin.
—Sí.
Vuelve a titubear. Después:
—A las diez. La esperamos. Por favor, sea puntual.
—Gracias.
Cuelgo y me quedo ahí de pie, apretando el móvil como si fuera un arma. Es una victoria. Y de las grandes. Pero no siento ninguna satisfacción.
Esto no va solo de que James me haya mentido.
Si lo de Luxemburgo estalla mientras soy su consultora de reputación, mi nombre quedará ligado al fracaso.
Cualquier cliente potencial buscará «Avery Dawson» en Google y encontrará artículos sobre cómo no fui capaz de salvar a Carter Industries de su mayor escándalo.
Esto podría acabar con mi carrera antes de que empiece de verdad.
Porque ahora tengo un problema completamente nuevo: James.
Dijo que quería ayuda. Dijo que necesitaba mi experiencia. Firmó un contrato de cincuenta mil dólares, me abrió las puertas de su casa, me dio acceso total a su equipo directivo.
Y aun así… no me habló de esto.
Vuelvo al escritorio y me dejo caer en la silla, como si mi columna se hubiera rendido por fin en su intento de mantenerme erguida.
El cuero cruje suavemente bajo mi peso. Miro la pantalla y parpadeo para aliviar la tensión detrás de los ojos.
Por esto no hay que mezclar lo personal con lo profesional.
Porque ahora mi corazón y mi cabeza están en guerra.
El beso de anoche, eso sí fue real. Lo sentí en cada centímetro del cuerpo.
Hacía años que no me besaban así. Y durante un minuto pensé que quizá James no era como los demás.
Que tal vez, detrás del dinero, del control y de esa imagen cuidadosamente construida, había un hombre en el que podía confiar de verdad.
Y luego salió corriendo a hablar con su ex. Con Tessa.
¿Y esta mañana? Ni una palabra. Ni una explicación. Solo un «buenos días, preciosa», como si no hubiera pasado nada. Como si no me hubiera quedado ahí, empapada y a oscuras, preguntándome qué demonios acababa de permitirme sentir.
Y ahora esto.
Un fracaso estratégico de alcance internacional. Mi primer impulso es recorrer el pasillo y plantarme delante de él. Exigir respuestas. Preguntarle qué pasó en Luxemburgo. Por qué se vino abajo el contrato. Por qué no hubo ningún comunicado público.
Pero me contengo.
Si me presento ante él enfadada, no seré capaz de separar la traición profesional de la personal.
No ahora. No mientras el recuerdo de su boca sobre la mía siga marcado en mi piel.
Tengo que ser más lista que eso. Tengo que abordarlo como lo haría con cualquier cliente: con estrategia y con la cabeza fría.
Pero una parte de mí sigue doliendo. No por el escándalo. Por él.
Vuelvo a mirar el artículo en la pantalla y entrecierro los ojos.
Si quiero salvar este trabajo —y proteger lo que queda de mi cordura—, necesito entender qué pasó realmente en Luxemburgo. Necesito hechos. Cronologías. Contratos. Y los necesito antes del lunes.
Porque si esta reunión con Enclave sale mal, no solo será malo para Carter Industries. También lo será para mí.
¿Y James? Puede que sea el hombre más poderoso de la ciudad. Pero ahora mismo es mi mayor lastre.