James
La reunión sobre la adquisición de Henderson se alarga más de lo previsto, pero no me importa.
Ver a Avery tomar notas, seguir cómo su mente desmenuza estrategias empresariales complejas, comprobar la naturalidad con la que se gana el respeto de mi equipo ejecutivo…
es casi tan excitante como recordar cómo me observaba anoche.
Casi.
A las tres ya hemos cerrado los últimos puntos de la negociación del acuerdo con Henderson.
Cuando los ejecutivos desfilan hacia la salida, vuelvo a la planta treinta y ocho.
Cojo un café rápido en la sala de descanso y me lo bebo de un trago, deseando que fuera whisky.
Debería estar revisando los contratos de Henderson, pero no puedo dejar de pensar en Avery, sentada en aquel despacho de la esquina, probablemente intentando concentrarse en el trabajo mientras piensa en esta noche.
La invitación que le hice esta mañana no era una sugerencia. Era una promesa.
Me paso por su despacho y encuentro la puerta entreabierta. Está escribiendo, completamente absorta en lo que sea que tenga entre manos. El sol de la tarde entra por aquellos enormes ventanales, le arranca destellos dorados al pelo rubio y le da a la piel un brillo luminoso.
Dios, qué guapa es.
—¿Cómo va todo? —pregunto desde la puerta.
Da un ligero respingo y se le quedan los dedos inmóviles sobre el teclado. Cuando alza la vista, tiene los ojos azules muy abiertos y algo aturdidos, como si llevara un buen rato concentradísima.
—Todo va genial —responde con una voz demasiado animada—. El acceso a las comunicaciones internas ha sido de una ayuda increíble. Estoy preparando una estrategia mediática integral que debería…
—¿Sr. Carter? —Rachel aparece a mi lado con una cartera de piel—. Necesito que firme los contratos de Henderson antes de las cinco.
Miro a Avery, que observa nuestra interacción con curiosidad. Hay algo en su expresión —complicidad, puede que expectación— que me acelera el pulso.
—Claro. —Me dispongo a seguir a Rachel, pero me detengo en la puerta del despacho de Avery—. Continuaremos esta conversación más tarde.
La promesa que encierra mi voz es inconfundible y, por la forma en que contiene el aliento, sé que la ha captado perfectamente.
El resto de la tarde se convierte en una nebulosa de revisiones de contratos, reuniones presupuestarias y llamadas a posibles inversores.
Las responsabilidades habituales de un director ejecutivo, las que normalmente acaparan toda mi atención.
Hoy, sin embargo, me descubro mirando el reloj más a menudo de lo normal, impaciente por que llegue la noche.
A las seis y media, la planta ejecutiva ya está casi desierta. Cojo la chaqueta del traje y me dirijo al ascensor.
El trayecto a casa es inusualmente silencioso. Davis se abre paso entre el tráfico de la tarde mientras repaso las notas de la reunión de Henderson, pero mi mente vuelve una y otra vez a la invitación que le hice esta mañana. ¿Vendrá a la piscina?
—Ya hemos llegado, Sr. Carter —anuncia Davis mientras entramos en el camino circular de la entrada.
De vuelta en casa, voy directo al despacho. La Sra. Moore aparece a los pocos minutos con una bandeja cubierta.
—Su cena, Sr. Carter. Salmón a la parrilla, verduras asadas y el vino que pidió.
—Gracias. —Me acomodo detrás del escritorio, rodeado del cuero y la caoba de siempre, que suelen transmitirme paz. Esta noche, en cambio, todo parece cargado de expectación.
La Sra. Moore deja la bandeja y se retira, y cierra la puerta tras de sí. Me obligo a comer. Los contratos de Henderson requieren mi atención, pero no dejo de mirar el reloj.
Las ocho. Las nueve.
Tengo llamadas que devolver, correos electrónicos que contestar y todas esas tareas mundanas que me siguen a casa cada noche. Pero esta noche me parecen obstáculos que se interponen entre lo que de verdad quiero y yo.
Sobre las nueve y media, la Sra. Moore aparece con una taza de café y su habitual sonrisa eficiente.
—¿Necesitará algo más esta noche, Sr. Carter?
—No, gracias. Disfrute de la velada.
Asiente y desaparece, camino de sus habitaciones de la segunda planta. La casa se sume en ese silencio que normalmente me resulta tranquilizador. Esta noche, en cambio, lo noto cargado de expectación.
A las diez, ya no puedo seguir fingiendo que trabajo.
Me pongo un bañador —una concesión al pudor, al menos al principio— y bajo a la piscina. El aire nocturno es fresco, perfecto para nadar. Me quito el bañador y me zambullo desnudo, como siempre.
El agua está a la temperatura exacta. Nado largos; cada brazada consume parte de la energía inquieta que llevo acumulando todo el día.
Veinte largos. Treinta. Cuarenta.
Salgo a la superficie cerca de la parte menos profunda, me aparto el pelo mojado de la frente y me quedo de piedra.
Está de pie al borde de la piscina, con un bikini rojo que me deja la boca seca. El color contrasta a la perfección con su piel pálida, y la forma en que la tela se ciñe a sus curvas me borra de la cabeza cualquier pensamiento racional.
Parece nerviosísima y juguetea con los lazos de las caderas, pero está aquí. Ha venido.
—No estaba seguro de que fueras a venir —digo, mientras me mantengo a flote a un par de metros de donde está ella.
—Yo tampoco. —Su voz apenas supera un susurro—. Esto es una locura.
—Las mejores cosas suelen serlo.
Se sienta en el borde de la piscina, con las piernas colgando en el agua. Quiero esas piernas alrededor de mi cintura, quiero sentir su piel contra la mía.
—El agua está perfecta —le digo mientras me acerco nadando—. Entra.
Se mete despacio en la piscina y tengo que agarrarme al borde para no alargar la mano hacia ella de inmediato. El bikini rojo le queda aún mejor mojado: se le pega a los pechos y le resalta cada curva.
—Y bien —dice, intentando claramente llenar ese silencio cargado—. ¿Cómo te metiste en el mundo de los negocios? Quiero decir, ¿qué te llevó a querer construir un imperio?
Me acerco flotando, lo bastante cerca para ver las gotas de agua prendidas de sus pestañas.
—Empecé con el desarrollo de software en la universidad. Escribí un programa que simplificaba la gestión de inventarios para pequeñas empresas. Lo vendí por dos millones cuando tenía veintidós años.
—¿Veintidós? —Abre mucho los ojos—. A los veintidós, la mayoría de la gente todavía está intentando averiguar qué quiere hacer con su vida.
—¿Y tú? ¿Cómo acabaste en relaciones públicas?
Parece relajarse un poco y se adentra más en la piscina.
—Siempre se me ha dado bien leer a la gente, entender lo que necesitaba oír. Después de la universidad empecé en una pequeña empresa de Portland.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco. Y antes de que preguntes: sí, soy hija única, y no, mis padres todavía no entienden muy bien a qué me dedico.
—Se ríe, pero hay algo melancólico en esa risa—.
Mi madre llama todas las semanas para asegurarse de que como lo suficiente y para preguntarme cuándo voy a conseguir un «trabajo de verdad» con prestaciones.
—Al menos tienes una madre que se preocupa por ti.
Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas, cargadas de mucho más peso del que pretendía. Se le suaviza la expresión, que se vuelve más dulce, más curiosa.
—¿Y tus padres? ¿Son…?
—No vamos a hablar de eso. —Me acerco y la acorralo contra la pared de la piscina—. Estamos hablando de ti.
Se le corta la respiración cuando apoyo las manos a ambos lados de ella y la atrapo entre mi cuerpo y los azulejos lisos. Desde tan cerca, puedo ver cada destello dorado de sus ojos azules y percibir su ligero perfume floral incluso por encima del cloro.
—James… —susurra, pero suena más a súplica que a protesta.
—No tienes ni idea de lo que me haces —le digo con voz ronca—. Llevo todo el día pensando en esto. En ti.
Separa ligeramente los labios, y esa es toda la invitación que necesito. Capturo su boca con la mía y sabe incluso mejor de lo que había imaginado. Dulce, cálida y dispuesta.
Se derrite contra mí, alza los brazos para rodearme el cuello y gimo al sentir el contacto. Sus pechos se aprietan contra mi torso, separados solo por una tela fina que bien podría no existir.
Profundizo el beso y la aprieto con más fuerza contra la pared. Ella responde con un deseo tan intenso como el mío. Me rodea la cintura con las piernas, y sentir nuestros cuerpos perfectamente alineados está a punto de hacerme perder el control.
Tengo el pene completamente erecto, apretado contra ella a través del agua, y por la forma en que jadea contra mi boca, nota exactamente lo que me está provocando.
—¿Sr. Carter?
La voz de la Sra. Moore atraviesa la noche y nos separamos tan deprisa que Avery casi se hunde.
—Tessa está al teléfono —dice la Sra. Moore en voz alta desde las puertas de cristal, procurando no mirar en nuestra dirección—. Dice que es urgente.
—Maldita sea. —La palabra me sale como un gruñido.
Miro a Avery, apoyada contra la pared de la piscina, con los labios hinchados por nuestro beso y los ojos muy abiertos, llenos de deseo y de mortificación.
—Ahora vuelvo —le digo mientras nado hacia las escaleras.
Cojo una toalla de la caseta de la piscina y me la enrollo a la cintura antes de dirigirme a la casa. La Sra. Moore ya ha desaparecido dentro.
El teléfono me espera sobre el escritorio del despacho y lo cojo sin mirar quién llama.
—¿Qué quieres, Tessa?
—Hola a ti también. —Su voz es sensual, estudiada. El mismo tono que usaba cuando quería algo—. Te echo de menos, James. Esperaba poder pasarme esta noche.
—No. Estoy ocupado.
—¿Ocupado? —Hay sorpresa en su voz, como si le resultara inconcebible que yo no estuviera disponible—. Son las diez y media de un martes por la noche. ¿En qué podrías estar tan ocupado?
—Eso no es asunto tuyo.
Un silencio. Luego:
—¿Hay otra persona?
La pregunta me toca justo donde no debe.
—Lo nuestro terminó hace meses, Tessa. No tienes derecho a preguntarme eso.
—No te lo pregunto como tu exnovia, sino como alguien que se preocupa por ti. —Su voz se vuelve más queda, más vulnerable—. James, te juro que nunca ayudé a John a traicionarte. Sé que crees que sí, pero…
—Estás mintiendo. —Las palabras me salen sin emoción alguna—. Siempre se te ha dado bien mentir, pero no lo bastante.
—No digas eso, James.
—¿Por qué? —Me río, pero no hay humor en mi risa—. Es la verdad. Y ¿por qué has llamado al fijo de casa? Tienes mi número de móvil.
—Porque no contestabas al móvil.
—Quizá eso debería decirte algo. Quizá no quiero hablar contigo.
—Por favor, James. Necesito verte. Solo una hora. Deja que te lo explique…
—Lo nuestro ha terminado, Tessa. Los dos lo sabemos.
Cuelgo antes de que pueda responder, con la mandíbula apretada por la frustración. Lo último que necesito esta noche es que mi exnovia manipuladora intente colarse de nuevo en mi vida.
Vuelvo a salir y la expectación crece otra vez a pesar de la interrupción. Pero cuando llego a la zona de la piscina, está vacía.
El agua permanece inmóvil, alterada solo por el suave movimiento del sistema de circulación.
—Maldita sea.
Me quedo allí un largo momento, con el agua goteándome del pelo, mirando la tumbona vacía donde ella había dejado la toalla.
Aún conservo su sabor en los labios, pero el silencio es como una puerta que se cierra de golpe.
He llevado negociaciones de miles de millones de dólares y, sin embargo, he conseguido estropear la conversación más importante de la noche.
La llamada de Tessa ha llegado en el peor momento, joder.
Pero mientras vuelvo hacia la casa, con la toalla enrollada a la cintura, no consigo librarme de la sensación de que acabo de perder algo importante. Algo que no sé si volveré a tener la oportunidad de conseguir.