Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) Avery
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Avery

Quizá podrías acompañarme a nadar.

Las palabras me resuenan en la cabeza mucho después de que James desaparezca por la puerta y me deje aquí sentada, como si me hubiera caído un rayo. Todavía me hormiguea la mano donde me tocó y aún siento el roce de su aliento en la oreja.

Me aprieto las palmas contra las mejillas para intentar apagar el fuego que arde en ellas. Esto es una locura. Una locura absoluta.

Es mi jefe. Mi empleador. El hombre que me paga miles de dólares para arreglarle la reputación, no para que fantasee con bañarme desnuda con él en su piscina privada.

Pero, Dios, cómo me miró cuando reconocí que no podía apartar la vista. Como si yo fuera exactamente lo que había estado esperando toda su vida.

Me levanto con las piernas temblorosas y me acerco a los ventanales: necesito la distracción de las vistas. La bahía de Elliott se extiende a mis pies, salpicada de transbordadores y veleros, pero lo único que veo es a James saliendo de aquella piscina como una fantasía hecha realidad.

El recuerdo vuelve a golpearme: el agua resbalándole por el pecho, el juego de los músculos de los hombros, la seguridad con la que se movía. Y su tamaño. Incluso desde el otro lado del cristal, incluso con la tenue luz de la piscina, lo vi todo.

Un calor se me concentra en el bajo vientre y tengo que agarrarme al alféizar para sostenerme.

Esto está muy mal. Estoy aquí para hacer un trabajo.

Un trabajo profesional que podría cambiarme por completo el rumbo de la carrera.

Morrison esta vez lleva uno azul marino, con una camisa blanca impecable que hace que sus ojos color avellana parezcan casi verdes.

Me presenta al equipo como su asesora de reputación y noto el cambio inmediato en cómo me miran. Ya no soy otra cara bonita ni una empleada temporal, sino alguien a quien James Carter valora lo suficiente para incluirla en conversaciones estratégicas de alto nivel.

El poder de estar cerca del poder.

Tomo notas mientras hablan de negociaciones contractuales, de los plazos y de los obstáculos normativos.

James resulta impresionante en acción: agudo, resolutivo, capaz de hacer exactamente las preguntas que destapan los problemas de verdad.

Por eso tiene éxito. No es solo inteligencia, es la capacidad de sintetizar información compleja y decidir rápido.

Pero, de vez en cuando, sus ojos encuentran los míos al otro lado de la mesa. Miradas breves, cargadas de significado, recordatorios de nuestra conversación de esta mañana, promesas de lo que podría pasar esta noche si tengo el valor de aceptar su invitación.

Durante una pausa en la conversación, se inclina ligeramente hacia mí.

—¿Qué opinas? —pregunta en voz baja.

Dejo el bolígrafo y me tomo un momento para pensarlo.

—La adquisición de Henderson sitúa a Carter Industries como una empresa con visión de futuro y ambición de crecer.

Es justo el tipo de historia que le encanta a la prensa económica: expansión, innovación y creación de empleo.

Podemos usarla para desviar la atención de lo que quede de la cobertura del caso Richardson.

Asiente, pero hay algo en su expresión que no tiene nada que ver con la estrategia empresarial.

—¿Y los plazos?

—Cuanto antes, mejor. En cuanto se cierre el acuerdo, deberíamos organizarte entrevistas sobre tu visión del futuro de la empresa. Hay que demostrar que no estás anclado en las traiciones del pasado, sino centrado en construir algo más grande.

—Traiciones… —repite, y hay algo casi íntimo en el modo en que pronuncia la palabra. Como si ya no habláramos de Richardson.

La reunión continúa una hora más, pero cada vez me cuesta más concentrarme.

Cada vez que James habla, se me van los ojos al movimiento de su boca y recuerdo lo cerca que lo he tenido esta mañana.

Cada vez que gesticula, reparo en la fuerza de sus manos y me pregunto qué se sentiría al tenerlas sobre la piel.

Cuando los ejecutivos se marchan, estoy tan tensa que siento que podría romperme.

—Ha sido increíblemente instructivo —le digo mientras caminamos hacia el ascensor—. Tener ese contexto me ayudará a elaborar mensajes mucho más certeros.

—Bien. —Pulsa el botón de la planta treinta y ocho—. Quiero que tengas todo lo que necesites para triunfar.

Las puertas del ascensor se cierran y nos dejan a solas en aquel espacio reducido. La tensión de esta mañana vuelve de golpe, amplificada por el encierro y por el recuerdo de su invitación.

—James —empiezo, y me detengo, sin saber muy bien qué quiero decir.

Se vuelve para mirarme de frente, y la intensidad de su mirada me corta el aliento.

—¿Sí?

—Sobre lo que has dicho antes. Lo de nadar.

Suena el timbre suave del ascensor al llegar a nuestra planta, pero ninguno de los dos se mueve hacia las puertas cuando se abren.

—¿Qué pasa con eso?

Inspiro hondo. El corazón me late con tanta fuerza que estoy segura de que lo oye.

—No creo que sea buena idea.

Sonríe.

—¿Por qué no?

—Porque eres mi jefe. Porque esto es un acuerdo profesional. Porque… —Dejo la frase a medias, buscando palabras que no suenen a excusa.

—¿Porque te da miedo lo que pueda pasar?

La pregunta me toca demasiado de cerca. Sí, tengo miedo. Miedo de cuánto lo deseo, miedo de perder el control, miedo de echar a perder la oportunidad que me ha dado.

—Puede ser —susurro.

Da un paso hacia mí, lo bastante cerca para que me llegue su colonia.

—El miedo no siempre es malo, Avery. A veces es la forma que tiene tu cuerpo de decirte que algo importa.

Las puertas del ascensor empiezan a cerrarse y él alarga la mano para detenerlas, pero no aparta los ojos de los míos.

—Piénsatelo —dice en voz baja—. La invitación sigue en pie.

Y entonces se va y me deja de pie en el ascensor, con el corazón desbocado y el cuerpo entero vibrando de deseo.

Vuelvo a mi despacho e intento concentrarme en el trabajo, pero es inútil.

Cada pocos minutos me descubro mirando por las ventanas hacia la bahía, imaginando qué se sentiría al deslizarme en aquella agua templada con él, al notar sus manos sobre la piel, al dejar de fingir que no lo deseo tanto como él parece desearme a mí.