James #3
Ahora se inclina hacia delante, entusiasmada con su trabajo, y me descubro cautivado por la pasión de su voz. Por eso es tan buena en lo que hace: no solo entiende los mecanismos de las relaciones públicas, también entiende la psicología humana.
—¿Y el ángulo personal? —pregunto—. Richardson no era solo mi socio. Éramos amigos.
Un destello de compasión le asoma en los ojos.
—Eso lo hace más difícil, pero no imposible. Una traición personal puede jugar a nuestro favor si la enfocamos bien.
—¿En qué sentido?
—Demuestra que eres humano. Accesible. Alguien que confía en sus amigos y colegas. —Hace una pausa y sopesa las siguientes palabras—. La alternativa es parecer una máquina fría y calculadora que no deja que nadie se le acerque.
La descripción se acerca a la realidad más de lo que me gustaría.
—¿Y crees que eso es malo?
—¿Para los negocios? A veces. La gente quiere trabajar con alguien con quien pueda identificarse, alguien que entienda la lealtad y la amistad. —Sus ojos buscan los míos—. Aunque esa amistad se haya traicionado.
Hay algo en su tono que me hace pensar que no habla solo de Richardson. Algo personal que se guarda.
—Hablas como si tuvieras experiencia con la traición.
Se pone a la defensiva al instante.
—Estamos aquí para hablar de tu reputación, no de la mía.
—Me parece justo.
Pero archivo el dato para más adelante. Avery Dawson tiene secretos, y pienso descubrirlos todos.
Pasamos los siguientes veinte minutos hablando de estrategia: contacto con los medios, posibles entrevistas, maneras de resaltar el crecimiento y la innovación continuos de Carter Industries.
Es brillante: toma notas con trazos rápidos y eficaces mientras hace preguntas certeras sobre plazos y actores clave.
Pero, por debajo de la conversación profesional, corre una atracción que ninguno de los dos puede ignorar. Cómo se muerde el labio cuando piensa. Cómo se me va la mirada a su boca cuando habla.
Por fin deja el bolígrafo y me mira a los ojos.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Por supuesto.
Vacila y se le sonrojan las mejillas.
—¿Siempre nadas desnudo, señor Carter?
La pregunta queda suspendida entre los dos, cargada de todo lo que ambos recordamos de anoche. Ella mirándome. Yo mirándola mirarme. Cómo echó a correr al darse cuenta de que la había pillado.
Me reclino y me permito una sonrisa lenta.
—Llámame James —digo, con la voz más grave que hace un instante—. Y sí. Siempre.
El rubor se le intensifica, le baja por la garganta y desaparece bajo el cuello de la blusa. Quiero seguir ese rubor con la lengua, ver hasta dónde llega.
—Eso es... —Carraspea—. Es toda una rutina.
—Soy un hombre de costumbres. —Dejo la taza de café, me inclino hacia delante y acorto la distancia entre los dos.
—No pretendía mirar. —Las palabras le salen atropelladas—. Solo bajé a por agua, vi movimiento y yo...
—¿Y tú qué?
Traga saliva con dificultad.
—No pude apartar la mirada.
No me sorprende. La sinceridad de su voz, la forma en que me mira, como si quisiera estar en cualquier parte menos aquí y a la vez no quisiera marcharse nunca... es embriagador.
—Me alegro de que no lo hicieras.
Abre mucho los ojos.
—¿En serio?
—Mucho. —Me levanto y ella tiene que echar la cabeza hacia atrás para sostenerme la mirada. La postura la hace parecer vulnerable—. La mayoría habría apartado la vista de inmediato. Tú no.
—Debería haberlo hecho.
—Pero no querías.
No es una pregunta, y los dos lo sabemos. La verdad se le lee en la cara, en el subir y bajar acelerado de su pecho, en las pupilas dilatadas hasta volverse más negras que azules.
—No —susurra—. No quería.
La confesión queda flotando entre nosotros, cruda, sincera y jodidamente peligrosa. Todos mis instintos me gritan que acorte la distancia, que la acorrale contra el escritorio y le demuestre exactamente lo que esa confesión provoca en mí.
Pero es mi empleada. Esto es un acuerdo de negocios. Y he aprendido por las malas lo que pasa cuando dejo que los sentimientos personales se metan en las relaciones laborales.
Así que, en lugar de eso, doy un paso atrás.
—Deberíamos centrarnos en el trabajo —digo, aunque la voz me sale más ronca de lo que pretendo.
El alivio disimula enseguida la decepción que le cruza el rostro. Asiente y reúne la compostura como si fuera un escudo.
—Sí. Por supuesto. El trabajo.
Pero cuando alarga la mano hacia el bloc de notas, se la atrapo con la mía. Tiene la piel suave, cálida, y no la aparta de inmediato.
—¿Avery?
—¿Sí?
Me inclino hasta tener la boca a unos centímetros de su oído, lo bastante cerca para que note mi aliento en la piel.
—La próxima vez que no puedas dormir, las luces de la piscina se quedan encendidas hasta medianoche. Quizá podrías acompañarme a nadar.
Le suelto la mano y me dirijo hacia la puerta, y la dejo ahí sentada, sonrojada y con la respiración agitada. Tengo una reunión del consejo, pero no consigo pensar en otra cosa que en cómo me miraba: como si estuviera muerta de hambre y yo fuera lo único capaz de saciarla.
Este va a ser el mes más largo de mi vida.