James #2
El Bentley entra en el aparcamiento subterráneo del edificio de Carter Industries: cuarenta y dos plantas de acero y cristal que albergan desde el desarrollo de software hasta los despachos ejecutivos.
Mi ascensor privado nos lleva directamente a la planta treinta y ocho, donde Rachel nos espera con su habitual sonrisa eficiente.
—Sr. Carter, buenos días. Srta. Dawson, bienvenida a Carter Industries. —Rachel le tiende una mano de manicura perfecta—. Soy Rachel Morrison, la asistente ejecutiva del Sr. Carter.
—Gracias. Estoy deseando trabajar con su equipo.
—He preparado el despacho de la esquina del ala ejecutiva, tal como pidió —continúa Rachel, dirigiéndose a mí—. Está completamente equipado, con conexión segura a internet y acceso a todos los archivos que especificó.
—¿El despacho de la esquina? —La sorpresa se le nota en la voz.
Me vuelvo y la veo mirar hacia el pasillo que Rachel señala. El despacho de la esquina es un espacio privilegiado, reservado normalmente a vicepresidentes o socios sénior. Tiene ventanas en dos paredes y unas vistas que abarcan tanto el estrecho como el horizonte de la ciudad.
—¿Algún problema? —pregunto.
—Es solo que... me parece mucho para una consultora temporal.
—Ya te lo he dicho: cuido de mis empleados. —Echo a andar hacia el despacho y ella se pone a mi paso—. Además, vas a trabajar codo con codo conmigo durante el próximo mes. Tiene sentido que estés cerca.
El despacho resulta impresionante incluso para mis estándares.
Rachel se ha asegurado de que esté equipado al detalle, desde material de oficina de primera calidad hasta flores frescas sobre el escritorio de caoba.
El equipo informático incluye dos monitores y una potencia de procesamiento que cuesta más que el coche de la mayoría de la gente.
—Esto es increíble —susurra Avery mientras se acerca a las ventanas que dan a la bahía de Elliott—. Solo la vista...
—¿Te gusta?
Se vuelve hacia mí y, por un instante, la máscara profesional se le cae del todo.
—James, esto es... Nadie me había preparado nunca un espacio de trabajo así.
Oír mi nombre de pila en su boca me atraviesa como una oleada de calor. La forma en que lo pronuncia, sin aliento, casi con reverencia, hace que quiera volver a oírlo. Preferiblemente mientras la tengo debajo de mí.
—Cuido de las personas que trabajan para mí. —Doy un paso hacia ella—. Y las cuido muy bien.
Traga saliva con fuerza y saca la lengua para humedecerse los labios.
—Debería... debería ponerme a trabajar —consigue decir.
—Claro. Pero antes, café. Supongo que tomas café, ¿no?
—Sí. —Una leve sonrisa le asoma a los labios—. Aunque prometo no derramártelo encima esta vez.
Me río: una risa de verdad, no la risita pulida que uso en las reuniones de negocios.
—Me he cambiado de ropa desde entonces. Este traje es bastante menos caro.
—¿Solo bastante? —Alza una ceja a modo de desafío, y ahí está el fuego que recuerdo de ayer. La chispa que me hizo querer poseerla por completo.
—Bueno, no es un Armani hecho a medida. —Señalo la zona de asientos del rincón de su nuevo despacho—. ¿Nos sentamos?
Se acomoda en uno de los sillones de cuero y cruza las piernas de un modo que me seca la boca. El movimiento le sube la falda y deja al descubierto un tentador tramo de muslo.
Pulso el botón del interfono del teléfono de su escritorio.
—Rachel, ¿puedes pedir que traigan café para dos al despacho de la Srta. Dawson? Y esos bollos del comedor ejecutivo.
—Por supuesto, Sr. Carter.
Mientras esperamos, me acomodo en el sillón de enfrente. A esta distancia distingo el pulso acelerado en la base de su cuello y cómo juguetea nerviosa con la carpeta.
—Pareces nerviosa —observo.
—No estoy nerviosa.
La negación le sale demasiado rápido, y los dos lo sabemos.
—¿No? Entonces, ¿cómo lo llamarías?
Ella me sostiene la mirada sin apartarla.
—Precavida.
—Curiosa elección de palabras. ¿Precavida con qué?
Antes de que pueda responder, aparece uno de los asistentes júnior con el servicio de café en una bandeja de plata. Espero a que volvamos a estar solos antes de servir café para los dos.
—¿Leche? ¿Azúcar?
—Solo, está bien así.
Cómo no. Lo toma todo puro, sin rebajar. Eso me gusta de ella.
Le paso la taza y me aseguro de que nuestros dedos se rocen al hacerlo. El contacto me recorre como una descarga eléctrica y, por cómo se le corta la respiración, sé que ella también lo siente.
—Bueno —me recuesto en la silla y la estudio por encima del borde de la taza—, ¿cuál es tu primera valoración?
—¿De la crisis de reputación? —Vuelve a su tono profesional, pero veo lo que le cuesta.
—Para empezar.
Deja la taza y abre el portafolio; de dentro saca un bloc de notas lleno de una letra pulcra.
—Anoche hice una primera investigación. La situación de Richardson es compleja, pero manejable. La clave está en cambiar la narrativa de «¿Cómo permitió James Carter que ocurriera esto?» a «Mirad con qué rapidez y determinación lo ha resuelto James Carter».
Lista. Muy lista.
—Sigue.
—A los medios económicos les encantan las historias de redención, sobre todo cuando el protagonista es alguien a quien ya han coronado como un triunfador. Tenemos que presentarte no como víctima de una traición, sino como un líder que detectó un problema y lo resolvió.