James
Me despierto con una erección.
No es de extrañar, teniendo en cuenta que en el sueño que acabo de tener aparecía cierta rubia en pijama de seda, pegada al cristal de la cocina, mirándome con esos ojos azules que parecen atravesar las barreras que he levantado con tanto cuidado.
Me estaba mirando.
En cuanto emergí de la última vuelta y vi su silueta en la cocina, a contraluz de la suave iluminación interior, supe exactamente lo que había visto. Cuánto tiempo llevaba allí de pie. Cómo se le quedó el cuerpo completamente inmóvil cuando nuestras miradas se encontraron a través del cristal.
La mayoría de las mujeres habrían apartado la vista, avergonzadas al verse descubiertas. Avery Dawson me sostuvo la mirada tres segundos enteros antes de salir corriendo.
Salgo de la cama y me acerco a la ventana que da a la piscina. El sol de primera hora de la mañana se refleja en la superficie del agua y todavía puedo imaginarla allí: la curva de sus caderas bajo aquel pijama azul marino, la forma en que se llevó el vaso a los labios sin apartar los ojos de mí.
Me desea.
Siempre se me ha dado bien leer a la gente; es lo que me ha hecho triunfar en los negocios.
Pero, con Avery, la atracción es tan evidente que resulta casi enternecedora.
No tiene ni idea de lo transparente que es, de cómo se le aceleró el pulso en la garganta cuando ayer me acerqué a ella en mi despacho, de cómo se le dilataron las pupilas cuando nuestros dedos se rozaron al intercambiar los teléfonos.
Los múltiples chorros de la ducha me golpean los hombros y la espalda y se llevan el cloro del baño de anoche.
Llevo años nadando desnudo; es una de las pocas libertades que me permito en una vida construida sobre el control y las restricciones.
La piscina es privada, rodeada de setos altos y de árboles colocados estratégicamente. Nadie me había visto nunca.
Salvo que ahora ella sí.
Y, en lugar de sentirme invadido o molesto, me excita pensar en ella observándome mientras me movía por el agua, viendo cada centímetro de mi cuerpo.
Imagino que la respiración se le aceleraría cuando salí de la piscina.
El rubor que debió de extenderse por sus mejillas cuando comprendió lo que estaba viendo.
Me acaricio una vez, dos veces, imaginando esos ojos azules clavados en mí como anoche. Pero me obligo a parar. Tengo una empresa que dirigir y una nueva empleada que necesita entender muy bien para qué clase de hombre trabaja.
Después de vestirme —traje gris marengo, corbata azul marino y gemelos de platino—, bajo a mi despacho.
La Sra. Moore ya ha dejado el periódico de la mañana sobre el escritorio, junto a una taza de café a la temperatura exacta.
La sección de negocios de The Wall Street Journal trae un pequeño artículo sobre el próximo informe trimestral de Carter Industries y las especulaciones sobre nuestras previsiones de crecimiento.
Ni una palabra sobre Richardson ni sobre el escándalo de la malversación. El trabajo de Avery aún no ha empezado, pero que se hable de nosotros en términos de éxito futuro y no de fracasos pasados ya es buena señal.
Voy por la mitad de la lectura cuando el móvil vibra con un mensaje de Rachel: «Los archivos de la adquisición de Henderson están listos para que los revise. ¿Quiere que se los envíe al despacho o prefiere revisarlos en la sede del centro?»
El acuerdo con Henderson. Tres meses de negociaciones para comprar una empresa de ciberseguridad más pequeña que nos daría acceso a contratos públicos por valor de cincuenta millones de dólares al año.
Es justo el tipo de expansión que hará que los inversores se olviden de cualquier problema pasado con mi criterio.
Le contesto: «Al despacho. Además, que alguien prepare la sala de reuniones contigua a mi despacho como espacio de trabajo provisional. Equipo tecnológico completo: ordenador, impresora y línea telefónica. Que esté lista dentro de una hora.»
«¿Para la Srta. Dawson?»
«Sí.»
Casi puedo ver la ceja alzada de Rachel al otro lado del teléfono.
Lleva siendo mi asistente el tiempo suficiente para saber que no suelo asignar un despacho propio a consultores de corta duración.
La mayoría trabaja en salas de reuniones de hotel o en mesas provisionales junto al personal júnior.
Pero Avery no es como los demás consultores.
Y no está trabajando en un proyecto cualquiera.
A las ocho y media estoy repasando los documentos de la adquisición cuando oigo movimiento en el pasillo. Voces femeninas: la Sra. Moore y alguien más. Avery.
Miro el reloj. Ha llegado temprano. Bien. Respeto la puntualidad, sobre todo en quienes trabajan para mí.
Un golpe suave en la puerta del despacho interrumpe la lectura.
—Adelante.
La Sra. Moore aparece seguida de Avery, y verla me corta el pensamiento a mitad de frase.
Va vestida de manera profesional, con una falda de tubo negra que se ciñe a sus curvas y una blusa color crema que hace que su piel parezca luminosa.
Lleva el pelo rubio recogido en una coleta impecable y se ha maquillado lo justo para resaltar esos preciosos ojos azules.
Tiene todo el aspecto de la consultora competente que es.
Pero veo el recuerdo de anoche en el ligero rubor de sus mejillas y en que tarda un instante en sostenerme la mirada.
—Sr. Carter —dice la Sra. Moore—, la Srta. Dawson está lista para empezar a trabajar.
—Gracias.
Me pongo en pie y me abrocho la chaqueta del traje.
—Avery. ¿Ha dormido bien?
La pregunta es bastante inocente, pero por cómo entreabre los labios sé que está pensando en lo mismo que yo. En cómo me miró anoche. En cómo le devolví la mirada.
—Muy bien, gracias. —Su voz suena firme, profesional. Pero hay un deje entrecortado que ayer no estaba.
La Sra. Moore se excusa y cierra la puerta del despacho tras de sí, dejándonos a solas. El silencio se extiende entre nosotros, cargado de todo lo que no estamos diciendo.
—Confío en que el alojamiento sea de su agrado.
Rodeo el escritorio hasta quedarme delante de él, lo bastante cerca para captar el sutil aroma de su perfume, algo ligero y floral que me da ganas de hundir la nariz en su cuello.
—Todo es precioso. Gracias. —Aprieta una cartera de piel contra el pecho como si fuera una armadura—. Estoy lista para empezar con el análisis de reputación.
—Excelente. Iremos al centro, a la sede de Carter Industries. Mi equipo le ha preparado allí un despacho provisional. —Miro el reloj—. Deberíamos irnos. Tengo una reunión del consejo a las once.
Enarca un poco las cejas.
—¿Un despacho provisional? ¿Para un contrato de un mes?
—Creo en darles a mis empleados todo lo que necesitan para triunfar. —Estudio su reacción y advierto la sorpresa en su cara—. Necesitará acceso a nuestras comunicaciones internas, a los informes financieros y a mi equipo directivo. Y para eso hay que estar allí.
—Por supuesto. Tiene sentido. —Se recoloca la cartera entre los brazos—. ¿Voy en mi coche o...?
—Irá conmigo. —La decisión suena más autoritaria de lo que pretendía, pero no la suavizo—. Davis nos llevará a los dos. Considérelo parte de sus beneficios como empleada.
Algo titila en sus ojos azules: conciencia, quizá expectación.
—De acuerdo.
Veinte minutos después, estamos instalados en la parte trasera de mi Bentley mientras Davis sortea el tráfico matutino de Seattle.
La mampara está subida y nos da privacidad, pero soy dolorosamente consciente de cada respiración suya, de cada pequeño movimiento mientras repasa las notas de su carpeta.
Está sentada lo bastante cerca como para que su perfume llene el reducido espacio y me cuesta concentrarme en los documentos de la adquisición de Henderson que debería estar revisando.
En lugar de eso, me descubro mirando cómo se le mueven los dedos sobre las páginas y me imagino qué sentiría al notarlos en mi piel.
—La Sra. Moore ha mencionado la adquisición de Henderson —dice sin apartar la vista de sus notas—. ¿Tiene relación con la rehabilitación de la reputación? ¿Nuevos negocios para desviar la atención de los problemas del pasado?
Es lista. Ya va tres pasos por delante.
—En parte. Henderson Cybersecurity está especializada en contratos gubernamentales. Cerrar esos acuerdos demostraría que las agencias federales siguen confiando en Carter Industries a pesar de la malversación de Richardson.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Cincuenta millones al año, una vez asegurados los contratos.
El bolígrafo se le queda quieto sobre el papel.
—Es una cantidad considerable.
—Lo es todo. —Cierro mis carpetas y me giro del todo hacia ella—. Esta adquisición consolidará a Carter Industries como una empresa intocable o, si fracasa, se convertirá en otro ejemplo de mi supuesta falta de criterio.
Me sostiene la mirada.
—No fracasará.
La seguridad de su voz me extiende un calor por el pecho.
—Pareces muy segura.
—Lo estoy. —Se coloca un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—. Cuando termine, el mundo empresarial verá a James Carter como alguien que aprendió de la traición y salió más fuerte de ella. El acuerdo con Henderson parecerá la brillante jugada estratégica que en realidad es.
—¿Y si los medios hacen preguntas incómodas sobre Richardson? ¿Sobre cómo permití que se acercara tanto a las finanzas de la empresa?
Aprieta la mandíbula de forma casi imperceptible.
—Entonces les diremos la verdad: que confiaste en alguien a quien considerabas un amigo y que, cuando traicionó esa confianza, actuaste con rapidez y determinación. Eso demuestra fortaleza, no debilidad.
Hay algo personal en su tono, algo que sugiere que entiende la traición a un nivel que va más allá de la experiencia profesional. Archivo esa observación para explorarla más adelante.