Avery
Estoy mirando el panel de salidas por enésima vez cuando se me acerca una mujer. Es mayor, unos sesenta años quizá, con el pelo plateado recogido en un moño impecable y ese aire refinado que grita dinero.
Levanto la vista desde mi incómoda silla de plástico, inmediatamente a la defensiva.
—¿Quién pregunta?
—Soy la Sra. Moore. Trabajo para el Sr. Carter.
Tiene una voz profesional pero amable, el tono de quien lleva años gestionando situaciones difíciles.
—Me ha pedido que la busque. Si quiere recuperar el móvil, tendrá que venir conmigo.
Oír su nombre me provoca algo en el estómago que no sé definir.
—Si la ha enviado él, ¿por qué no le ha dado el móvil para que los intercambiemos y acabemos de una vez con esto?
La expresión de la Sra. Moore no cambia.
—Eso tendrá que hablarlo directamente con el Sr. Carter.
Pongo los ojos en blanco; la frustración vuelve a bullir dentro de mí.
—Mire, le agradezco que haya venido hasta aquí, pero tengo que volver antes de que salga mi vuelo. Es dentro de unas horas y no puedo perderlo otra vez.
—Por supuesto —responde con suavidad—. Si me acompaña, la traeremos de vuelta con tiempo de sobra.
Hay algo en su tono que da a entender que no se trata de una petición, pero estoy demasiado cansada y demasiado desesperada por recuperar el móvil como para discutir. Cojo la chaqueta de cuero y el bolso y la sigo por el laberinto de puertas de embarque y restaurantes de la terminal.
El coche que espera fuera es un Range Rover negro que reluce como si acabara de salir del concesionario.
El interior huele a cuero y a una colonia sutil que me recuerda al hombre con el que he chocado esta mañana.
La Sra. Moore me abre la puerta y me deslizo en el asiento de atrás, intentando no pensar en lo mucho más suave que es ese cuero que mi propia cama.
Seattle se difumina tras las ventanillas tintadas mientras atravesamos barrios cada vez más caros.
Las casas se vuelven más grandes; el paisajismo, más elaborado, hasta que empezamos a pasar por zonas que solo he visto en revistas.
Se me encoge el estómago con cada kilómetro, porque empiezo a entender hasta qué punto James Carter juega en otra liga.
Cruzamos unas verjas de hierro forjado y se me corta la respiración.
La mansión que se alza ante nosotros parece sacada de Architectural Digest. Cristal, acero y líneas depuradas que deberían resultar frías, pero que de algún modo consiguen transmitir poder y elegancia a la vez.
Son tres plantas de ventanales del suelo al techo que reflejan el lago del fondo, y alcanzo a ver un césped perfectamente cuidado que baja hasta lo que debe de ser una orilla privada.
—Pero qué co...
Me contengo antes de terminar la palabrota, pero la Sra. Moore me mira por el retrovisor con lo que podría ser una sonrisa.
Trago saliva e intento mantener la fachada de indiferencia que llevo luciendo desde esta mañana. Pero cuesta cuando estás contemplando una casa que podría comprar y vender tu pueblo entero. Solo la entrada circular es más grande que el piso que comparto con Savannah en Portland.
La Sra. Moore aparca cerca de la entrada principal, donde unas enormes puertas dobles aparecen flanqueadas por setos ornamentales perfectamente recortados.
—El Sr. Carter la espera en su despacho —dice mientras me abre la puerta.
La sigo por el recibidor y toda la compostura que creía conservar se evapora por completo.
El vestíbulo se eleva tres plantas de altura, con una escalera de caracol que se curva con elegancia a lo largo de una pared.
El suelo es de una especie de mármol oscuro que lo refleja todo como un espejo, y de las paredes cuelgan obras de arte originales.
Una lámpara de araña de cristal, digna de un palacio, recoge la luz de la tarde y proyecta arcoíris danzantes sobre las paredes color crema.
—Por aquí, por favor —dice la Sra. Moore, y me lleva más allá de lo que parece un salón formal.
Recorremos un pasillo con más obras de arte: piezas que reconozco de las clases de historia del arte, cuadros que deberían estar en un museo.
Mis botines repiquetean sobre el mármol y el sonido reverbera en ese espacio inmenso.
Soy dolorosamente consciente de lo fuera de lugar que debo de parecer con mis vaqueros y la blusa arrugada.
La Sra. Moore se detiene ante unas puertas de caoba y llama con suavidad.
—Adelante.
Su voz atraviesa la madera, grave y autoritaria, y se me acelera el pulso por mucho que me esfuerce en seguir enfadada.
Abre las puertas y entro en algo que solo puede describirse como un centro de mando disfrazado de despacho.
La habitación es enorme, con ventanas que ofrecen una vista panorámica del lago Washington.
Un escritorio de caoba del tamaño de un coche pequeño domina el espacio, flanqueado por estanterías empotradas que van del suelo al techo.
Toda la estancia huele a abrillantador de madera caro y a esa misma colonia sutil del coche.
Y detrás del escritorio, como en su propio elemento en este templo del dinero y del poder, está sentado James Carter.
Se ha cambiado de ropa desde esta mañana. El traje manchado de café ha dado paso a un conjunto gris marengo que parece pintado sobre su cuerpo. Sigue llevando el pelo oscuro perfectamente peinado, y esos ojos color avellana que no he conseguido olvidar se clavan en mí.
Es guapísimo. Peligrosa e injustamente guapísimo, tanto que mi cerebro olvida por un momento por qué se supone que estoy enfadada con él.
—Srta. Dawson.
Se pone de pie cuando entro y vuelvo a darme cuenta de lo alto que es. De cómo le llenan los hombros esa chaqueta carísima. De cómo su presencia parece dominar la habitación entera.
—Gracias por venir.
La Sra. Moore se retira en silencio, cierra las puertas tras ella y me deja a solas con él.
—No es que tuviera mucha elección —digo—. Tiene mi móvil.
—Y usted tiene el mío.
Señala una de las sillas de cuero que hay frente al escritorio.
—Siéntese, por favor.
Me quedo de pie, en parte por tozudez y en parte porque no estoy segura de que las piernas vayan a sostenerme si intento moverme. Estar en la misma habitación que él resulta distinto a nuestro encontronazo de esta mañana. Más intenso.
Él tampoco se sienta: se apoya en el borde del escritorio con una elegancia despreocupada que me seca la boca. El movimiento le tensa la camisa sobre el pecho y me obligo a mirarle la cara.
Gran error. Esos ojos color avellana me estudian como si fuera un problema que intenta resolver.
—He investigado un poco después de nuestro encuentro de esta mañana —dice en voz baja—. Avery Marie Dawson. Veinticinco años. Licenciada por la Escuela Medill de Northwestern. Especializada en gestión de crisis y rehabilitación de imagen.
Me pongo rígida.
—¿Me ha investigado?
—Investigo a todo el que me interesa.
La manera en que pronuncia «interesa» hace que suene a algo muy distinto de la simple curiosidad profesional.
—Su trabajo con Morrison tengo un BMW blanco que debería servirle.
Me quedé mirando el contrato. Mi cerebro práctico luchaba contra todos mis instintos, que gritaban que aquello era una mala idea. Vivir en su casa. Trabajar para un hombre que me acelaraba el pulso con una simple mirada.
Pero eran sesenta mil dólares. Sesenta mil dólares capaces de cambiarlo todo.
—Es una oferta realmente generosa —me oí decir.
—Ya se lo he dicho: trato bien a mis empleados. Y de verdad necesito su ayuda.
Había algo casi vulnerable en aquella confesión, una grieta en su armadura impecable que lo hacía parecer más humano. Más peligroso, porque ahora empezaba a vislumbrar al hombre que se escondía bajo la fachada de multimillonario.
Cogí la pluma antes de poder cambiar de opinión.
El contrato era exhaustivo, pero sencillo. Un mes de servicios exclusivos para Carter Industries. Cláusulas de confidencialidad. Alojamiento incluido. Una remuneración que me hizo temblar un poco las manos al estampar mi firma.
—Excelente.
Cogió el contrato y lo guardó en una carpeta. Luego abrió el cajón del escritorio y sacó mi teléfono.
—Creo que esto es suyo.
Le tendí su teléfono y nuestros dedos se rozaron en el intercambio. El roce me recorrió el brazo como una descarga eléctrica y, por cómo se le oscurecieron los ojos, él también la había sentido.
Estaba mirando mi familiar pantalla de bloqueo cuando me di cuenta de que la suya seguía mostrando la foto de aquella mañana. La hermosa morena de sonrisa perfecta.
—¿Es su novia? —pregunté antes de poder contenerme.
Bajó la vista al teléfono y su expresión se cerró.
—Mi ex.
Deslizó el dedo por la pantalla y cambió el fondo por la foto de un elegante deportivo negro.
—Llevo un tiempo queriendo quitar esa foto.
Había algo tan tajante en su tono que la conversación parecía cerrada, pero no pude evitar sentir curiosidad por aquella mujer que había sido lo bastante importante para acabar en su fondo de pantalla. ¿Qué había pasado entre ellos? ¿Por qué parecía que mencionarla le doliera físicamente?
—La Sra. Moore le enseñará la casa —dijo mientras se colocaba detrás del escritorio y alargaba la mano hacia una pila de papeles.
Así de simple: quedaba despachada. El hombre que sesenta segundos antes había estado lo bastante cerca para tocarme se había refugiado tras su máscara profesional.
Estaba a mitad de camino de la puerta cuando su voz me detuvo.
—Avery.
Me volví, sorprendida de que hubiera usado mi nombre de pila.
—¿Sí?
No levantó la vista de los papeles que fingía leer.
—Llame a su madre.
Aquella frase tan simple me golpeó con más fuerza de la que debería. Había visto los mensajes preocupados de mi madre y entendía que estaría frenética desde que me salté nuestra llamada de aquella mañana.
—Lo haré —dije en voz baja.
Asintió una sola vez, sin mirarme, y salí del despacho.
La Sra. Moore me esperaba en el pasillo y, si había notado el aire cargado que acababa de dejar atrás, era demasiado profesional para comentarlo.
—¿Quiere que la acompañe a su habitación, Srta. Dawson?
La seguí de vuelta por el pasillo de mármol, con la cabeza dando vueltas a todo lo que acababa de pasar. Había venido a recuperar mi teléfono. Y ahora me había comprometido a ser empleada de James Carter y a vivir en su casa el mes siguiente.
A trabajar codo con codo con un hombre que me hacía sentir cosas que no tenía ningún derecho a sentir.
Estaba metida en un buen lío. En un lío enorme, hermoso y peligroso.
Y lo peor de todo era que me parecía que lo estaba deseando.