Avery
La habitación de invitados es más grande que todo mi piso allá en casa.
Me hundo en la cama extragrande; el edredón de algodón egipcio es tan suave que parece flotar en una nube.
La habitación está decorada en tonos grises y blancos suaves, con unos ventanales enormes que dan al lago.
Hay una zona de estar con un sillón de piel color crema y unas orquídeas blancas frescas en la mesilla que huelen a perfume caro.
Pero no dejo de pensar en el contrato que acabo de firmar. Cincuenta mil dólares, más una bonificación de diez mil. La cifra no deja de rebotar en mi cabeza como una bola de pinball. Saco el móvil y me quedo mirando la pantalla, intentando asimilar lo que acaba de pasar.
«¿De verdad acabo de aceptar vivir un mes en casa de James Carter?»
La parte práctica de mi cerebro está dando saltos de alegría. Este trabajo resolverá la mayoría de mis problemas económicos. Pero hay otra parte de mí —la que se ha fijado en cómo su colonia me hace flojear las rodillas— que no deja de gritar que esto es terreno peligroso.
Reviso las llamadas perdidas. Siete de mamá y tres de Savannah. Mamá va a poner el grito en el cielo cuando le diga que me quedo otro mes en Seattle. Savannah va a querer saber hasta el último detalle de por qué he perdido el vuelo.
Llamo primero a mamá.
—Avery Marie Dawson, ¿dónde te has metido? —Su voz suena tensa de preocupación—. Llevo toda la mañana llamándote. Has perdido el vuelo, ¿verdad?
—Mamá, estoy bien. Estoy a salvo. Y sí, he perdido el vuelo, pero…
—Lo sabía. Me dio mala espina que no llamaras. ¿Estás en el aeropuerto? ¿Cuándo sale el siguiente vuelo?
Respiro hondo.
—Eso es justo lo que tengo que contarte. Hoy no vuelvo a casa. Me han ofrecido un trabajo. Un trabajo buenísimo. Me quedaré otro mes en Seattle.
Silencio. Después:
—¿Un mes? Avery, ¿qué clase de trabajo exige que te quedes fuera un mes, y sin avisar?
—Gestión de crisis. Es a lo que me dedico, mamá. El cliente necesita ayuda inmediata y el sueldo es… —Hago una pausa; no quiero decirle cuánto exactamente, porque me hará preguntas para las que todavía no estoy preparada—. Está muy bien pagado.
—No me gusta nada. No conoces a nadie en Seattle. ¿Dónde vas a quedarte?
—El cliente se encarga del alojamiento. Es todo muy profesional. —La mentira me sale con facilidad, aunque en James Carter no hay nada que resulte profesional.
Hablamos otros diez minutos. Su preocupación va transformándose poco a poco en un entusiasmo cauteloso cuando consigo convencerla de que esta oportunidad podría ayudar mucho a mi carrera. Para cuando cuelgo, ya está planeando presumir de mí ante su club de lectura.
Ahora toca la llamada que de verdad estaba deseando hacer.
Savannah responde al primer tono.
—Tía, ¿qué demonios ha pasado? Tu madre me ha llamado histérica porque no contestabas al móvil.
—Sav, no te vas a creer el día que he tenido. —Me acomodo contra las almohadas y por fin me permito sonreír—. Iba en el coche con el taxista más incompetente.
—¿En serio? ¿Qué pasó?
—Pues me cabreé tanto que me bajé del taxi y me puse a caminar hacia el aeropuerto. Una estupidez, ya lo sé, pero estaba furiosa. En fin, que estaba al teléfono intentando llamarte cuando literalmente me choqué contra un tío en la acera.
—Dime que no te hiciste daño.
—No, pero le destrocé el café entero. Salpicó por todas partes: por todo el traje, que al parecer era de un diseñador carísimo. Y, Sav, el tío estaba buenísimo, pero se portó como un auténtico capullo.
—¿Cómo de guapo estamos hablando?
—De absurdamente guapo. Alto, de pelo oscuro, con unos ojos color avellana increíbles. Pero era un arrogante: no paraba de hablar de su preciadísimo traje y de que tenía que mirar por dónde iba.
—Uf, típico de ricachón.
—¿Verdad? Pero espera, que aquí viene lo más fuerte. Al chocar, a los dos se nos cayeron los móviles y, sin darnos cuenta, cogimos el del otro en vez del nuestro.
Suelta un grito ahogado.
—No puede ser.
—Sí. Así que estoy sentada en el aeropuerto —porque, por supuesto, he perdido el vuelo— y me doy cuenta de que tengo el móvil equivocado. En el fondo de pantalla aparecía él con una morena guapísima.
—Oooh. ¿Era su novia?
—Su ex, por lo visto. Pero, Sav, cuando descubrí de quién era el móvil que tenía, casi me muero. —Hago una pausa para darle dramatismo—. James Carter.
Silencio. Después:
—Espera. ¿James Carter, el James Carter de Carter Industries?
—¿Lo conoces?
—Avery, ¿lo dices en serio? Nada, solo uno de los hombres más poderosos del sector tecnológico del país. Sale todos los años en la lista de Forbes. Espera, que lo busco en Google.
Oigo el repiqueteo de sus dedos sobre el teclado.
—¡Ay, Dios mío, Avery! ¡DIOS MÍO! ¿Te chocaste con James Carter?
—Sí.
—No me lo puedo creer… Espera, ¿cómo recuperaste tu móvil? Dime que has vuelto a verlo.
—Ha mandado a su ama de llaves o algo así a recogerme al aeropuerto. Y, Sav… —Respiro hondo—. Me ha ofrecido un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Gestión de crisis. Al parecer, su empresa tiene problemas de reputación porque su socio malversó dinero. Quiere que lo arregle.
—¿Cuánto te paga?
Se lo digo y pega un grito de verdad.
—¿Cincuenta mil dólares? ¿Por un mes? Avery, eso es una locura.
—Lo sé. Ya he firmado el contrato.
—Espera, ¿dónde estás ahora mismo?
Echo un vistazo a la lujosa habitación de invitados.
—Su casa.
—¿Su casa? ¿Te vas a quedar en casa de James Carter? —Su voz sube unas tres octavas—. Avery, ¿te das cuenta de lo disparatado que suena esto?
—Dicho así, sí, suena completamente de locos. —Respiro hondo otra vez—. Pero he venido a hacer un trabajo, Sav. Nada más.
—Sí, claro. Solo prométeme que lo harás con cabeza. Los tipos ricos como él no suelen ofrecerle a una desconocida cincuenta mil dólares y techo sin esperar algo a cambio.
—Necesita mi experiencia. Yo salvé a Morrison su entusiasmo se me contagia pese a los nervios. Cuando colgamos, ya me ha hecho prometer que la llamaré todos los días para contarle las novedades.
Dejo el móvil en la mesilla y vuelvo a recorrer la habitación con la mirada. Empiezo a asimilar la realidad de mi situación. Voy a vivir aquí, en esta mansión, trabajando codo con codo con un hombre que me acelera el pulso con solo mirarme.
Unos golpecitos suaves en la puerta interrumpen mis pensamientos.
—Adelante —digo.
La Sra. Moore entra con una bandeja pequeña.
—He pensado que quizá le apetecería un té. La cena estará lista en una hora.
—Gracias. —Acepto la delicada taza de porcelana e inspiro el aroma del Earl Grey—. Sra. Moore, ¿puedo preguntarle algo?
—Por supuesto.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para el Sr. Carter?
—El mes que viene hará cinco años. —Su expresión se suaviza un poco—. Es un buen jefe. Justo, pero exige excelencia.
—¿Cómo es? Quiero decir, cuando no está en modo trabajo.
Se lo piensa un momento.
—El Sr. Carter es una persona muy reservada. Trabaja mucho, probablemente demasiado. No deja que la gente se le acerque.
Hay algo en su tono que me hace pensar que ahí hay más de lo que cuenta, pero no insisto.
—La dejo para que se instale —dice, y se dirige hacia la puerta—. La cena es a las siete. La acompañaré al comedor cuando esté lista.
Cuando se va, exploro el baño contiguo y casi me desmayo.
Es más grande que la mayoría de los dormitorios, con una ducha acristalada que tiene rociadores de efecto lluvia, chorros corporales y unos mandos que parecen sacados de una nave espacial.
El mueble del lavabo está tallado en una sola pieza de mármol y hay un suelo radiante que me calienta los pies descalzos.
A las siete, la Sra. Moore me acompaña por la casa hasta el comedor. En la mesa cabrían fácilmente doce personas, pero solo hay un cubierto puesto en el otro extremo. Las copas de cristal atrapan la luz de otra enorme lámpara de araña y unas flores frescas forman un elegante centro de mesa.
Tomo asiento y me siento ridículamente pequeña en aquella sala inmensa.
La chef, una mujer amable llamada Elena, trae un plato tras otro.
Una crema de calabaza con aceite de trufa que sabe a otoño.
Salmón cocinado a la perfección, con una costra de hierbas y limón que se deshace en la boca.
Verduras asadas que no sé cómo están crujientes y tiernas a la vez.
Todo es digno de un restaurante, el tipo de cena por la que en casa gastaría la compra de una semana entera.
—Esto es increíble —le digo a la Sra. Moore cuando viene a ver cómo estoy—. Dígale a Elena que es la mejor comida que he probado en mi vida.
Asiente.
—Le alegrará oírlo.
Voy por la mitad del mousse de chocolate cuando la curiosidad puede conmigo.
—¿El Sr. Carter va a acompañarme en la cena?
La Sra. Moore se detiene mientras retira el plato de la ensalada.
—El Sr. Carter trabajará hasta tarde esta noche. Cuando está ocupado, suele comer en su despacho.
—Ah. —Me siento extrañamente decepcionada—. Es que había pensado que, como soy una invitada...
—Srta. Dawson —me interrumpe con un tono todavía educado, pero con un filo que antes no tenía—, el Sr. Carter es uno de los hombres más poderosos de Seattle. Dirige una empresa multimillonaria. ¿Por qué iba a tener tiempo de cenar con todos los consultores que contrata?
Sus palabras me escuecen más de lo que deberían.
—Solo había pensado que quizá...
—No es su amigo, querida. Es su jefe. Le sugiero que no lo olvide.
Termina de recoger los platos y me deja sola en el enorme comedor, y el mensaje no podría estar más claro. Aquí no soy una invitada. Soy una empleada y tengo que comportarme como tal.
Después de cenar me retiro a mi habitación y paso una hora deshaciendo la maleta. Mi ropa parece ridícula colgada en el enorme vestidor, al lado de las pocas prendas de diseño que ya estaban allí, que debió de dejarse alguna invitada anterior. La idea me revuelve el estómago.