Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) James
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James

Las manchas se extienden por la lana gris marengo como una burla de todo lo que represento. Perfección. Control. Dominio. Todo arruinado por una rubia imprudente, con fuego en los ojos azules y una boca a la que, está claro, hay que enseñarle modales.

—Sí. Rápido.

Las palabras me salen controladas. He levantado un imperio de miles de millones a base de control, de no permitir jamás que nadie me vea alterado.

Cada reunión del consejo, cada adquisición hostil, cada negociación: entro sabiendo que saldré vencedor porque nunca dejo que las emociones me nublen el juicio.

Pero aquel huracán rubio de lengua mordaz consiguió hacer añicos mi compostura en treinta segundos justos.

La ciudad pasa borrosa al otro lado de las ventanillas tintadas mientras atravesamos el tráfico matutino de Seattle, pero no veo el perfil familiar de la ciudad ni el bullicio de las calles.

Lo único que veo es cómo sentí su hombro al estrellarse contra mi pecho, cómo sus curvas llenaban aquellos vaqueros oscuros que le marcaban el culo.

Cómo se le tensó la blusa de seda color crema sobre unos pechos generosos cuando levantó las manos, exasperada.

La mayoría de las mujeres con las que me cruzo encajan en dos categorías: las que quieren mi dinero y las que quieren mi polla.

Normalmente, ambas cosas. Aquella mujer me miró como si fuera algo que se quitaría de la suela del zapato y, en vez de ofenderme, me descubrí imaginando todas las maneras de conseguir que me mirara de otro modo.

Preferiblemente de rodillas, con esos ojos azules desafiantes clavados en mí mientras yo...

Me muevo en el asiento y me recoloco con discreción.

Esto es justo lo que no necesito: empalmarme por una desconocida cualquiera que probablemente no tiene dónde caerse muerta.

Pero había algo en su fuego, en su negativa a dejarse intimidar, que despierta en mí el deseo de arrancarle capa a capa esa coraza espinosa hasta descubrir qué hay debajo. Siempre me han atraído los desafíos.

El Bentley atraviesa las verjas de hierro forjado de mi finca de Medina y deja atrás unos jardines perfectamente cuidados cuyo mantenimiento cuesta más que el sueldo anual de la mayoría de la gente.

Los arces japoneses bordean el camino circular y sus hojas otoñales forman una alfombra de oro y carmesí que mi equipo de jardinería habrá retirado antes de que pase una hora.

Aquí todo está controlado, cuidado, perfecto.

La casa se alza ante nosotros: 1.115 metros cuadrados de cristal y acero que diseñé yo mismo, un monumento a todo lo que he construido desde cero.

Los ventanales de suelo a techo reflejan la luz de la mañana sobre el lago Washington y, al otro lado del agua, alcanzo a ver la finca mucho más pequeña de mi vecino.

Carter Industries no se limitó a subirse a la ola del avance tecnológico: nosotros la creamos.

Desde el software de ciberseguridad que protege a la mitad de las empresas del Fortune 500 hasta la infraestructura en la nube que impulsa la mayor parte de Silicon Valley, las huellas de mi empresa están en todo lo que importa en el mundo digital.

Y por eso la traición de John Richardson me dolió tan hondo.

—Tardaré veinte minutos —le digo a Davis mientras me abre la puerta; el aire de octubre se nota fresco contra la camisa manchada de café—. Después vamos a la oficina.

—Muy bien, señor. ¿Aviso a la señorita Rachel de que se retrasará?

—Ya se las arreglará.

Rachel Morrison —sin relación con la firma de relaciones públicas— lleva cuatro años como mi asistente ejecutiva y ha aprendido a anticipar mis necesidades casi tan bien como yo anticipo las tendencias del mercado. Si no es capaz de gestionar un retraso de veinte minutos, no vale lo que le pago.

La Sra. Moore me recibe en la entrada principal, con el pelo plateado recogido en el pulcro moño de siempre.

Andará por los sesenta y tantos. La contraté hace cinco años, cuando trabajaba para la mujer de un multimillonario tecnológico, con una oferta que no pudo rechazar: seguro médico completo, un sueldo generoso y esa seguridad laboral que da trabajar para alguien que no toma decisiones impulsivas.

Normalmente.

—Sr. Carter, le he pedido al chef que prepare su plato favorito para el almuerzo —dice mientras me sigue el paso al cruzar el vestíbulo de mármol—.

El equipo ha llamado para confirmar la comida de trabajo, Rachel lleva un rato intentando localizarle por el asunto de Richardson y The Wall Street Journal quiere unas declaraciones sobre la adquisición de Henderson.

El asunto de Richardson. Solo oír su nombre me tensa aún más la mandíbula. John Richardson, mi antiguo socio y el hombre al que un día consideré mi amigo más íntimo. El hombre que malversó doce millones de dólares de Carter Industries a lo largo de dieciocho meses.

El hombre que ahora cumple quince años en una prisión federal y me dejó a mí la tarea de limpiar el desastre que hizo de mi reputación.

—Encárgate de todo —la interrumpo mientras subo ya las escaleras de dos en dos.

—Muy bien, señor.

Su voz se pierde a mis espaldas cuando llego al rellano del segundo piso.

Mi suite principal ocupa toda la tercera planta; se accede por un ascensor privado o por la escalera de caracol, que es la que prefiero cuando necesito pensar.

Me quito la chaqueta y la camisa arruinadas y las lanzo hacia el cesto de cuero del rincón. Irán directas a la tintorería; no porque crea que las manchas puedan salir, sino porque el mero intento me concede un instante para imaginar lo que me gustaría hacerle a la mujer que las arruinó.

El café ha calado hasta la piel y ha dejado un residuo pegajoso que conserva el leve aroma de su perfume. Algo ligero y floral que no encaja en absoluto con su lengua afilada. Algo que me hace pensar en una inocencia escondida bajo toda esa actitud.

Mi reflejo en el espejo del baño muestra a un hombre con aspecto de haber salido de una pelea. El pelo algo revuelto de pasarme las manos por él, la mandíbula tensa de frustración, los ojos color avellana todavía encendidos de rabia y de algo más oscuro. Algo más hambriento.

A los treinta y dos años, he aprendido a reconocer las señales de mi propia excitación, la forma en que mi cuerpo responde a los desafíos.

Cómo me pongo duro cuando imagino acorralar a una mujer contra la pared y demostrarle exactamente quién manda.

Me ha pasado en salas de juntas, cuando algún ejecutivo cree que puede intimidarme, y me pasa ahora, mientras pienso en lo que me gustaría hacerle a esa rubia de lengua mordaz.

Arrancarle esos vaqueros que le marcan las curvas. Sujetarle las muñecas por encima de la cabeza mientras exploro cada centímetro de piel que escondía bajo la blusa.

El agua fría me golpea la cara y el pecho y me devuelve de golpe a la realidad.

Me echo más y se lleva por delante tanto el café como la excitación indeseada que no me deja pensar con claridad.

El agua me resbala por el torso, por unos músculos ganados a base de disciplina y horas en el gimnasio privado de la planta baja.

El control a través del dominio físico: me ha funcionado bien en los negocios y en la cama.

Pero a aquella mujer no parecían impresionarle ni mi tamaño ni mi autoridad.

Lo que solo consigue que la desee más.

Me seco y paso al vestidor. Elijo una camisa limpia —de algodón italiano blanco, con mis iniciales bordadas en los puños— y la combino con un traje gris carbón que mi sastre terminó la semana pasada.

La tela cae como el agua cuando me enfundo la chaqueta, y me abrocho unos gemelos de platino grabados con el logotipo de Carter Industries.

Perfecto. Intocable.

Mientras me ajusto la corbata, el teléfono vibra con otro mensaje de Rachel. Pero, al alargar la mano, me doy cuenta al instante de que ese no es mi teléfono.

La funda parece idéntica a la mía —de cuero negro, con una ranura para tarjetas en la parte trasera—, pero la pantalla es más pequeña. En lugar de mi tono personalizado suena un pitido genérico.

Me da un vuelco el estómago al entender lo que eso significa. Durante el encontronazo, en ese momento en que los dos andábamos a gatas recogiendo los teléfonos del suelo, ella debió de coger el mío mientras yo cogía el suyo.

Lo que significa que, en algún lugar de Seattle, una mujer con fuego en la mirada tiene acceso a toda mi vida.

La pantalla se ilumina con una llamada entrante. «Mamá» parpadea en la pantalla, acompañado de la foto de una mujer mayor, de ojos amables y pelo rubio encanecido. Tiene los mismos rasgos delicados que la mujer con la que choqué.

Me quedo mirándola, sin saber si contestar o dejar que salte el buzón de voz.

La llamada se corta antes de que decida, pero enseguida aparece un mensaje: «Avery Marie Dawson, por favor, dime que estás bien y que has podido subir al vuelo.

Estoy muerta de preocupación porque antes no me has contestado».

Avery Marie Dawson.

El nombre me golpea. Lo reconozco, y ese reconocimiento me acelera el pulso por razones que no tienen nada que ver con su físico.

Aparece otra notificación: una actualización del estado del vuelo de Alaska Airlines. Vuelo 447 a Portland, salida prevista a las 10:30. Miro el reloj: las 11:15. Imposible que haya cogido ese vuelo, no después de nuestro encuentro a las 9:45.

Lo que significa que se ha quedado tirada. Sola. Sin teléfono.

Me dejo caer en el sillón de cuero negro junto a la ventana. Su teléfono me pesa en las manos más de lo que debería, cargado de posibilidades que apenas empiezo a entender.

El fondo de la pantalla de bloqueo es una foto suya con otra mujer; las dos se ríen, con los brazos sobre los hombros de la otra, en lo que parece algún tipo de festival al aire libre.

En la foto parece más joven, despreocupada, nada que ver con la mujer tensa y furiosa que me he encontrado esta mañana.

Lleva el pelo suelto sobre los hombros y un vestido de verano que deja al descubierto unas piernas interminables.