Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10) Avery
4%
Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10)

Vuelo perdido (Los últimos multimillonarios nº 10)

Por Nomaya Jax

© inepub.com

Avery

—Mierda, mierda, mierda.

Me incorporo de un salto; el pelo rubio me cae sobre los hombros en ondas desordenadas. El pánico me entra en la sangre como agua helada y me deja las manos temblando mientras cojo el móvil. Muerto. Completamente muerto.

Pero nada de eso importa si pierdo el vuelo de vuelta a Oregón.

Me lanzo a toda máquina, con el cuerpo funcionando a pura adrenalina.

Saco ropa de la maleta a tirones: unos vaqueros oscuros que se ajustan a mis curvas, una blusa de seda color crema que me resalta los ojos azules y unos botines que repiquetean contra el suelo de madera de la habitación.

No hay tiempo para una ducha. Me recojo el pelo en un moño deshecho, me doy brillo de labios y cojo la cazadora de cuero.

Mi reflejo en las paredes espejadas del ascensor muestra a una mujer que apenas aguanta el tipo. Las ojeras me ensombrecen los ojos y mi rutina de maquillaje, normalmente impecable, ha quedado reducida a la máscara de pestañas y esa pasada apresurada de brillo.

El vestíbulo del hotel bulle con la energía de la mañana.

Los viajeros de negocios se aferran a sus vasos de café mientras los turistas estudian mapas y las familias lidian con los niños.

Empujo la puerta giratoria y salgo a la acera, donde el aire fresco de octubre de Seattle me llena los pulmones.

El portero le hace señas a un taxi amarillo y yo prácticamente me lanzo al asiento trasero.

—Al aeropuerto, por favor. Y llego tardísimo, así que…

—Sí, sí, ya sé el camino.

El conductor —un hombre de mediana edad con barba canosa de varios días y manchas de café en la camisa de franela— ni siquiera levanta la vista del móvil mientras se incorpora al tráfico.

Me agarro al tirador de la puerta mientras cruzamos el centro a lo que me parece velocidad de tortuga. El taxi huele a tabaco rancio y comida rápida, y el estómago se me revuelve de ansiedad. Consulto la hora en la pantalla de la radio del conductor: las 9:15. Aún llego si nos damos prisa.

Pero no nos damos prisa.

El conductor toquetea con desgana la pantalla del móvil y de vez en cuando levanta la vista hacia la carretera. Nos comemos dos ciclos enteros de semáforo en rojo mientras él desliza el dedo por lo que parece Facebook. Me clavo las uñas en las palmas.

—Perdone, ¿podría concentrarse en conducir? De verdad que necesito coger este vuelo.

—Relájese, señora. Llegaremos.

Que me relaje. Como si todo mi regreso a casa, planeado al detalle —la cena con mis padres, la reunión con un posible cliente nuevo en Portland, la breve escapada de la constante presión económica—, no estuviera pendiendo de un hilo.

En el acceso a la autopista, el taxi gira a la izquierda en lugar de a la derecha.

—Espere, ¿adónde va?

Me inclino hacia delante con la voz afilada por el pánico.

—El aeropuerto está para el otro lado.

—Por aquí se tarda menos.

Ni siquiera levanta la vista del móvil.

Pero no se tarda menos. Serpenteamos por barrios residenciales mientras el conductor sigue absorto en el móvil y toma otro desvío equivocado que nos adentra aún más en terreno desconocido. Veo pasar los minutos: las 9:28, las 9:31, las 9:35, y el pecho se me cierra con cada segundo que pasa.

Cuando vuelve a equivocarse de camino, claramente sin prestar atención mientras escribe un mensaje, algo se me rompe por dentro.

—Pare.

Mi voz suena peligrosamente serena.

—¿Qué?

—Pare. Déjeme bajar. Ahora.

—Señora, si no estamos ni cerca…

—¡He dicho que pare!

Las palabras me brotan de la garganta, alimentadas por seis semanas de profesionalidad educada y toda una vida de que nadie me tome en serio.

—¡No ha apartado la vista del móvil en todo el trayecto, se ha equivocado de camino tres veces y me quedan quince minutos para coger el avión!

La lógica es absurda —ir corriendo al aeropuerto es una locura—, pero la rabia se ha impuesto a la razón. Prefiero cruzar Seattle a la carrera que quedarme sentada, impotente, en este taxi con semejante idiota distraído al volante.

Se arrima al bordillo con un suspiro de fastidio.

—Son dieciocho con cincuenta.

Me lo quedo mirando.

—Está de broma.

—Hablo en serio, señora. Aun así tiene que pagar.

Le lanzo un billete de veinte arrugado, con los ojos azules echando chispas.

—Es el peor conductor con el que me he cruzado en mi vida.

—Váyase al infierno, señora.

—Seguro que va allí de vacaciones —le grito, y cierro de un portazo tan fuerte que el taxi entero se estremece.

El aire fresco de Seattle me golpea las mejillas encendidas mientras saco el móvil del bolsillo de la cazadora, agradecida de que por fin tenga batería suficiente para encenderse.

Necesito llamar a Emma, mi mejor amiga allá en casa, y desahogarme por este desastre de mañana.

Los pulgares me vuelan sobre la pantalla mientras marco y los botines me repiquetean a toda prisa contra la acera cuando echo a trotar.

Estoy tan concentrada en el móvil, tan consumida por la furia y el pánico, que no veo al hombre que viene hacia mí hasta que es demasiado tarde.

El choque es espectacular.

Mi hombro se estrella contra su pecho con fuerza suficiente para hacernos perder el equilibrio a los dos.

El móvil se le sale volando de la mano y repiquetea contra el cemento, y el vaso de café estalla en una lluvia de líquido hirviendo y fragmentos de cerámica.

El café abrasador le salpica la camisa, la chaqueta y los pantalones perfectamente planchados.

—¡Joder!

Su voz es un gruñido grave, profunda y autoritaria incluso cargada de rabia.

Me pongo de pie a toda prisa, con el corazón desbocado por motivos completamente distintos.

El hombre que tengo delante es absolutamente guapísimo…

y absolutamente furioso. Lleva el pelo castaño oscuro perfectamente peinado a pesar del caos y sus ojos color avellana arden con una intensidad que me da un vuelco el estómago.

Es alto, de hombros anchos que llenan la chaqueta de su carísimo traje.

Incluso cubierto de café, parece recién salido de la portada de una revista.

—Lo siento muchísimo, no estaba…

—Debería mirar por dónde va.

Su voz es gélida, cada palabra pronunciada con precisión milimétrica mientras evalúa los daños de su ropa. El café ha salpicado lo que sin duda es un traje carísimo: la tela tiene esa caída perfecta que grita diseñador.

—¿Tiene usted idea de lo que acaba de hacer?

—He dicho que lo siento…

—Sentirlo no me arregla el traje. —Se sacude las manchas húmedas con movimientos bruscos, frustrados—. Es un Armani. Hecho a medida. Tengo una reunión en veinte minutos.

Su arrogancia me golpea como una bofetada. Aquí estoy yo, viviendo la peor mañana de mi vida, y a este capullo engreído le importa más su precioso traje que la mínima decencia humana.

—Mira, ha sido un accidente. Ya me he disculpado. ¿Qué más quieres?

—Quiero que prestes atención a lo que te rodea en vez de caminar como si la acera fuera tuya. —Sus ojos color avellana me recorren con evidente desprecio—. Algunos tenemos sitios importantes a los que ir.

La condescendencia de su tono me hace hervir la sangre.

—¿Sitios importantes? ¿Te crees que eres el único que tiene que llegar a algún sitio? Acabo de perder el vuelo por culpa de un taxista incompetente y ahora, encima, tengo que aguantar que te comportes como si te hubiera arruinado la vida por un café derramado.

Una chispa de sorpresa le cruza la expresión, pero desaparece antes de que pueda asegurarlo. Se agacha a recoger su teléfono y yo me apresuro a coger el mío, que ha salido disparado por el cemento. Al menos parece intacto.

—La próxima vez prueba con descafeinado —añado, incapaz de resistirme a una última pulla—. Pareces tenso.

Suelta una risa seca, sin asomo de humor.

—Increíble.

—Sí, tú sí que lo eres. —Giro sobre los talones y me alejo, con el pulso acelerado por el encontronazo.

A mi espalda lo oigo gritar algo, pero no miro atrás. Tengo un aeropuerto al que llegar y un vuelo que coger como sea, aunque la parte racional de mi cerebro sepa que es inútil. Pero la lógica me abandonó en el instante en que choqué con ese hombre insufrible y guapísimo.

El paseo de quince minutos hasta el aeropuerto de Sea-Tac se convierte en una caminata rápida de media hora, salpicada de algún que otro trote cuando la ansiedad se me dispara.

La cazadora de cuero se me va calentando sobre la piel y noto el sudor acumulándose en el nacimiento del pelo, pese al frescor de la mañana.

El bullicio familiar del aeropuerto me recibe como una burla: los viajeros se mueven con determinación mientras yo me acerco al mostrador de Alaska Airlines con la certeza desalentadora de la derrota.

—Vengo a facturar para el vuelo de las diez y media a Portland —le digo a la agente, aunque ya sé la respuesta por las crueles letras rojas del panel de salidas: SALIDO.

La sonrisa comprensiva de la mujer me confirma mis peores temores.

—Lo siento, pero ese vuelo salió hace una hora más o menos. Puedo pasarla al siguiente, eso sí. Sale a las 16:45.

Seis horas. Seis horas sentada en este aeropuerto, repasando mentalmente cada paso en falso de la mañana.

—Vale. Sí. Gracias. —Le entrego la tarjeta de crédito y veo desaparecer otros doscientos dólares de mi cuenta, ya maltrecha, por los gastos de cambio de billete.

Encuentro un rincón tranquilo junto a los ventanales que dan a la pista y me desplomo en una incómoda silla de plástico.

Mi cuerpo tiene por fin permiso para derrumbarse de agotamiento, y el bajón de adrenalina me arrolla como un camión.

Tengo que llamar a mi madre y decirle que llegaré más tarde de lo previsto.

Saco el móvil y me quedo paralizada. Este no es mi teléfono.

La funda es idéntica —de cuero negro, con una ranura para tarjetas—, pero la pantalla es más grande y, al darle la vuelta, veo un pequeño arañazo junto a la cámara que esta mañana no estaba ahí, eso seguro.

Siento un aleteo de pánico en el pecho cuando pulso el botón de inicio y aparece una pantalla de bloqueo desconocida.

El fondo de pantalla me corta la respiración.

Es una foto del hombre con el que he chocado, pero está sonriendo.

Tiene el brazo alrededor de una morena despampanante, de facciones perfectas de modelo y labios carnosos.

Parecen íntimos, cómodos, como una pareja que lleva años junta.

La mujer es impresionante, con esa belleza natural y sin esfuerzo que de pronto me hace tomar conciencia de mi pelo revuelto y de mi maquillaje puesto a toda prisa.

Aunque mi mente racional registra que tengo que averiguar cómo devolverle el teléfono, me descubro estudiando la foto.

Hay algo magnético en la forma en que mira a la cámara, una seguridad que irradia incluso a través de la pantalla.

El mismo hombre que se ha portado como un capullo conmigo parece de verdad feliz en esta imagen; la sonrisa le transforma el rostro entero.

El teléfono vibra entre mis manos y aparece una notificación de mensaje: «Sr. Carter, su reunión de las diez se ha trasladado a las diez y media. ¿Le cambio la hora de la comida con los inversores? - Rachel»

Carter. Así que se llama así.

Aparece otro mensaje: «James, llámame. Tenemos que hablar de la adquisición de Henderson. - M. Richardson»

Y después otro: «Señor, el coche le espera fuera del Starbucks de Pine Street. - Davis»

James Carter. El nombre me resulta familiar, me cosquillea en el fondo de la memoria como algo que debería conocer pero que no consigo ubicar. Los mensajes siguen llegando; su asistente, Rachel, parece especialmente alterada.

Me quedo mirando el teléfono que tengo entre las manos y me doy cuenta de que sostengo el salvavidas de alguien, de un día muy importante y muy complicado.

Alguien que seguramente está tan frustrado como yo al descubrir que tiene mi móvil, con el protector de pantalla agrietado y la funda llena de tarjetas de crédito que no puedo permitirme reponer.

La hermosa mujer de la foto me sonríe desde la pantalla de bloqueo. Me pregunto si seguirán juntos, ese James Carter y su despampanante novia. Me pregunto cómo sería estar con un hombre que lleva trajes hechos a medida y tiene asistentes.

Me pregunto por qué me importa.