Capítulo VIII
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M ientras Ava ordenaba la casa, fregaba los pisos, perfumaba los ambientes; los gatos maúllan por doquier, desordenando lo ordenando, ensuciando lo limpiado, incluso con aportes de su “propia producción”.
Inquieta, Pepa, baila. No dejaba de cantar, cotorrear; mientras Milena, se dedica a contemplar el teléfono, pensando en su padre y en el misterio que implica una respuesta, a una pregunta, todavía no bien constituida.
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- ¡Estos animales me están volviendo loca! – a grito manifiesta Ava
- ¿Por qué tanto empeño en limpiar?
- ¿Cómo, por qué? Porque todo tiene que estar limpio, perfumado para cuando Alaia regrese.
- Todavía no tenemos noticias.
- Pero es que ya no queda papel… ¡Ay!... ¡Estos animales!
- ¿No te preguntaste porque solo suena este teléfono?
- Claro que me lo pregunté, cuántas veces te dije, habiendo celulares y toda la tecnología que hoy tenemos ¿Porque siguen llamando a este teléfono?
- Cuando le dimos a la policía nuestros datos ¿Les dimos el número de éste teléfono o de nuestros celulares?
- Ni siquiera sé cuál es el número de éste teléfono. De hecho, nunca antes se había usado. Creía que estaba desconectado. Te confieso que no recuerdo cuando fue la última vez que lo usé, antes de que ocurriera todo esto.
Ava se sienta en el sofá al lado de Milena.
El teléfono suena, las hermanas se miran, la ansiedad se dispara. Milena toma el auricular
- Ven a casa, te estoy esperando, vuelve
- ¡¿Papá?!... ¡papá! ¿Dónde estás papá?
Se cortó
- Ava toma el teléfono, golpea la tecla.
- No hay tono.
Tras ir recorriendo el cable, descubre que no está conectado.
Milena lo observa fijamente
- ¿De dónde sacaste este antiguo aparato?
- Es el teléfono de Papá, es el que teníamos en casa.
- ¿En casa?
- La casilla en la que vivimos cuando éramos chicas.
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Las hermanas se miraron, y llegando a la misma conclusión; se atestiguaron en la misma frialdad glacial. Entonces, Ava se percató, se percató de un cambio en el ambiente.
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- ¿Te diste cuenta? - dice ella
-¿De qué?
- No hay ruido.
Las hermanas miraron a su alrededor y descubrieron, no solo el gran silencio imperante, sino también la ausencia
- Otra vez desaparecieron - dice Ava
Los gatos.... y Pepa.... ¿? - buscaron y buscaron por toda la casa y no encontraron más que el destrozo, los restos que atestiguan su histórica presencia.
El silencio, la gran ausencia y el frío intrusivo de la desolación, del desamparo; condujo a las hermanas al refugio del calor mutuo.
- Ahora sí que lo hicieron.
- ¿Hicieron qué?
- Se esfumaron.
- ¿Pero porque mi pepa?
- Me dijiste que pepa apareció en un momento especial ¿A qué te referías?
- No importa… ya no importa… ¡Ya sé a dónde debemos ir! - Dijo Milena
- Pero estamos esperando la llamada del nuevo inspector - acotó Ava a lo que Milena respondió
- Ya sonó el teléfono, ahora nos toca acudir.
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Les temo… Sí, es extraño, pero de pronto, les temo. Nigrománticas, eso son. Así las veo ahora. Arpías dispuestas a volar para clavar sus garras, para causar mucho daño. Hostiles seres. Hostilidad que viene por mí…
Se hallaron subidas en su escoba de cuatro ruedas, pero no para llegar rápido.
No, no, no. Urgidas estaban, Sí; pero solo para colocar sus cinturones; impulsadas sí, pero por un ímpetu, un ímpetu para predisponerse; comprobar lo inferido para empezar, a lo que luego, es seguro, darán sentencia de muerte.
Viajan lento, despacio; no por la cautela ante el miedo de la muerte, ni tampoco por el miedo a perder la vida (eso que parece lo mismo, pero que no lo es). Viajaron con la sobriedad que se necesita para tomarse el tiempo. Tiempo que implica, templar las emociones ante una decisión tomada.
Vienen por mí.......
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- No creo que siga en pie - comenta Ava
- Es ahí, estoy segura - con aserto, declara Milena
- Esa casilla. - dice Ava armando, en voz alta, un argumento - Ya era vieja en aquel entonces.
Nos mudamos cuando regresaste de tu aventura.
Papá, todas las noches te esperaba en la puerta, borracho, farfullando repetidas veces su lamento, un rezo, a no sé qué deidad, recitando la misma frase:
---Regresa, ven a casa, te estoy esperando, vuelve; repetía y lloraba ---
- Nunca pude perdonar. – Dice Milena, a lo que luego agrega- Él me hizo abortar, y fue tan duro. Una carnicería. En aquel tiempo, no era legal y... Me destrozaron... Por aquello nunca más pude quedar…
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Están llegando, están cerca, lo avizoro; más por lo que siento en el picor de mi ceguera, que los que pudieran presumir de una vista de lince. En aquella caja pútrida de madera, donde hincada está mi existencia, me hallo temblando. Barrunto, que pronto, mi tumba será abordada.
Sabían que se encontraban en el lugar correcto, aunque el barrio les resulta ajeno a sus recuerdos.
Estacionaron cerca de la cuadra, calle donde correspondía el antiguo domicilio.
Tal vez eligieron hacerlo así como una excusa; no porque estaban inseguras del lugar donde debió estar montada aquella casilla; sino porque temían lo que pudieran hallar.
Optaron por caminar. Ya sea para buscar alguna señal que se los indicara, o una señal que se manifieste, o mejor aún, lo que querían encontrar.
En la caminata silenciosa de las hermanas, ambas, se fueron desprendiendo la una de la otra; desprendiendo de aquello que las unía, para entrar en sus propios pesares, en un propio universo.
Milena se halló fascinada con el cielo, en éste fluctúan nubes de muchos colores, casi, como un río corre.
Ava en cambio, se perdía en un suelo que se transformaba en piedras de cristales de diferentes tamaños, arenosos unos, gruesos otros, o conformando rocas transparentes de agua.
Las plantas, los arbustos y los árboles nacen, crecen, proliferan, y o, desaparecían en el mismo lugar.
Aquello transcurre en su propio tiempo, un tiempo veloz, diferente al que ellas, a pasos, habitan.
Cuando se detuvieron se buscaron, fue un reflejo no convenido, verificado sólo con la yema de sus dedos. Ya no se sentían las mismas, todo lo demás tampoco lo era.
Un gran barbecho se les presenta con sibilina insipiencia.
Ambas, al abandonar su quietud en un mismo paso, dan inicio a una fantástica materialización, que incipiente, brutal y dinámica, se erigía como un animado céfiro, que distribuye, con gracia, la hojarasca de otoño.
El andar de cada paso era a su vez el regreso a la infancia, infancia feliz, feliz de madera, felicidad de chapa y barro; donde solían correr, reír y magullarse.
Aquellas niñas de siete y cinco años se detuvieron, Milena, miró al cuarto de sus padres, se halló demandada. Entonces convino, con su hermana, separarse.
Milena entró al dormitorio, en él había visto a alguien que conoce. Era aquel pequeño del peinado perfecto Pompadour, vestido completamente de blanco
No lo puedo evitar, me siento asustado, me siento con ira, angustia, temor; La desesperación me invade. Es nuevo para mí, se trata de un sentimiento nuevo, me siento vulnerable.
No puedo permitir que me destruyan
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Ava, en su andar, generaba la cola de un cometa, un viento del cual emergen niños que aparecían de sus pequeños pasos como un polvo que crecía. Corren por doquier; empero, frente a ella, sólo había una mujer parada sobre un arenero. Es su madre.
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Un demonio seguramente, una especie de poder que se manifiesta por invocación para destruirme
¡No lo voy a permitir!
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Kuntur está frente a la pequeña Milena, cada paso que da hacía él, el ambiente se condensa, decrece la luz, y vuelve frío el aire.
Kuntur sonríe, un brillo nace de su interior, refulgencia brillante, que se abre camino, su rostro se fractura, crece en grieta, cuartea todo su ser. Entonces, de él, se erige en humo negro, volcánico. Una nube se conforma en columna negra de cenizas.
Truenos y relámpagos van dando forma a una figura, la figura de Ioannis.
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Debo atacar, arremeteré mi ira. Me defenderé
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Se velaron los ojos de lágrimas y odio de la pequeña.
Ioannis se arrodilla, obsequia sus brazos, se da en ofrenda
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¿Qué clase de aquelarre es este? No, no, no. El hueso se parte, se hace polvo, yo estoy suelto, soy humo, humo bajo tierra, ¡Estoy vulnerable! ¡¿Que me va a pasar?!
¡Seré ira! ¡Seré venganza!
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Milena, serás mi marioneta. Tú y yo, ahora, somos uno.
Nos lanzamos al ataque, arremetemos con mordidas y arañazos.
Pero…mientras ejecuto mi supremacía, con iracundo desenfreno, me voy dando cuenta de que algo sucede.
Me encuentro con la muralla de un poder que no logro superar.
Se trata de algo que escapa a mi entendimiento, y que paulatinamente comienza a socavarme ¡Me están venciendo!
Ante mi asombro veo, impotente, como los hilos de mi dominio se cortan como finas hebras de algodón.
A través del desgarro de mi ira, ella, abandona su niñez, adolece, adolece tanto que madura hasta su adultez, hasta la fatiga de una ancianidad, que aún no le corresponde tener, y que yo declaro: no tendrá ¡No lo permitiré!
¡No llegarás a tenerla! ¡Y lo sabe porque le di cuerda al reloj de su tiempo en esta tierra…
! Y si me voy te llevaré conmigo y lo sabes... ¡lo sabes!
Llora…. llora ingrata, sí, llora por el miedo que implica saberlo. Milena repliégate... Alójate entre la inmanencia de la ruina y la desolación
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Lo brazos de Ioannis me están tomando, y no lo digo como metáfora, nada de lo que estoy diciendo lo es, sus brazos dan acuno a mi desamparo. En ellos, anida el germinar de una blanca y pequeña nube, nube que espuma la forma del neonato que soy
Milena me toma, abraza mi desamparo. Soy vulnerable entre sus manos. Estoy perdido, me pierdo. Me estoy desvaneciendo en su pecho....
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Ese no es mi fin... Lo siento... Todavía cuento con la otra niña, Ava.
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Aquella mujer sonríe, es notorio la ternura que aparejan sus lágrimas. Mientras extiende sus brazos hacia ella, develaré sus muñecas cercenadas, haré brotar su sangre.