Capítulo VII
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S e sentaron en el fondo del jardín, como anidando para dar calor a la esperanza. Pepa era testigo, aunque dormitaba con sonora apnea, en una rama del limonero.
Los bancos de cemento y cerámica se ofrecieron fríos, como la mesa, y como el aire.
Un céfiro agradable circula, y las estrellas fueron las elegidas; con roles de adolescentes, para que fueran testigos.
La luna estaba ausente - Oportuno aval para la pillería -
Un pequeño candil, muy bonito, de bronce. Alumbra. Y el papel, el trozo abierto, desplegado. Y ellas, ellas sintiendo la hora de las brujas. Las hermanas, se acurrucan.
Nada, nada.... Hasta que el céfiro apagó la vela y hasta que, pronto, ella misma la enciende.
Entonces, la nada pasó a ser algo. La llama se extiende fina por el aire hasta que haciendo un halo llega hasta el papel y lo prende.
Hizo fuego en él, pero no lo consume, aunque viva, viva se mantiene.
Cambia suavemente a rojo, amarillo, azul y verde; la flama se hace delgada formando, en su cabo, una copa que se abre a cuatro pétalos.
Era una flor que iluminaba, que danza ante los rostros fascinados de las hermanas.
Finalmente, esta, se fue apagando hasta llegar a ser un fino hilo de humo, de pálido color grisáceo.
El papel, mantiene la forma pero, no así su composición, ya que, ahora era de marfil ceniza, que un tímido hálito del céfiro se roba.
Silencio, estrellas y silencio. Y la noche se hizo de espera. Ambiente de espera, una espera que en sueño se convierte.
Un único sueño que, en las hermanas, despertó las voces que, a los oídos de sus consciencias, no llega.
Cuando el gallo delata un tímido sol, los perros discuten a lo lejos, y los gatos, desde la puerta, maúllan por atención.
Pepa baja a la mesa y escucha, lo que en sueños, las hermanas casi gritan sin coherencia, sin lógica.
Entonces, Pepa chilla, y dando en voz humana, imita, lo que ellas, en sueños, dicen.
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- ¡¡¡Donde viven los animales!!!
¡¡¡Los animales!!!
¡¡¡Vive ella!!!
¡¡¡Vive!!!
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Ava y Milena amanecieron en el jardín, el parloteo de Pepa, las despierta, aunque con renuencia y dolor de cuello.
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Ellas nunca sabrán que no fue mérito de la albina lora la creación de esas palabras, sino ellas mismas, que en sueños, pronunciaron en voz alta el mensaje, o la pista que habían estado esperando y que, ella, solo las repitió.
No importará que lo sepan o no, ya que lo que importa, es que ahora tienen lo necesario para avanzar. O por lo menos una idea de ello.
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Deciden tomarlo con calma, son muy fuertes las experiencias cada vez que toman las riendas sobre una línea de acción.
Darse una buena ducha era lo primero, desayunar mate con tostadas era lo segundo, además de alimentar a los demandantes felinos y limpiar sus generosas regalías secrecionales.
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- Debemos pensar a qué se refiere, antes de que ocurra algo extraño.
- ¿Te das cuenta que ya no tenemos más papel...? ¿No debería esto significar que, Alaia y papá, deben aparecer?
- Sí, supongo. Sigamos. Las palabras, las que Pepa dijo son:
-Donde viven los animales, vive ella, vive.-
- ¿A qué animales se refiere? ¿De qué está hablando? Los gatos viven acá. Pepa vive acá
-¡Los animales que encontraron!... ¡CLARO!... ¿Tenemos el número del inspector Carrizo?
- Sí, es una tarjeta
- ¿La tienes?
- Sí, pero
- ¿Pero qué?
- No sé dónde
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Milena y Ava revolvieron toda la casa buscando la tarjeta del inspector que, finalmente, apareció sobre la mesa, cerca del mismo teléfono de línea.
Milena hizo la llamada, Ava estaba muy nerviosa, tanto, que no podía siquiera sostener el tubo.
El llamado fue atendido por una oficial, una joven policía que, con forzada voz mecánica, pretendía dominar el oficio profesional que le habían enseñado, pero que, por esfuerzo, suena como un contestador automático, realizado por una primeriza inteligencia artificial.
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- Con el inspector Carrizo por favor –
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Se produjo un silencio extraño, una pausa que anuncia una respuesta delicada, respuesta que zahiere la situación de espera, pero que formalmente libera el dique emocional de la ansiedad, cuando una respuesta de, “engranaje oxidado” comunica una novedad fuera de cálculo.
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- El oficial Carrizo a muerto... dígame si podemos ayudarla.
El viaje del tubo de la oreja, al aparato telefónico, sonó a ejecución de guillotina.
- Espero que tu vecina pueda cuidar a Pepa también. Tenemos que ir a la comisaría.
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La aprensión en el volante del vehículo, lindaba, en las manos de Milena, con las fuerzas necesarias para sujetar a un animal salvaje, al que se debía someter.
Su absoluta atención en el camino y su velocidad al límite de sus dominios, era reflejo de su afán por el autocontrol.
-¡No puede ser que muriera! ¡¿Por qué?! – cuestiona, a gritos Ava. Pregunta lanzada al éter, reclamando la razón; como una reacción dicotómica, a esa antigua dualidad entre lo lógico y fantástico; y qué ignotos seres superiores, toman caprichosamente como decisión.
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- ¿Qué pasó? ¿Acaso fuimos nosotras? ¿Fue su trabajo, que lo coloco en esa situación....? ¿Es mera casualidad?
- ¡No!... no hay casualidad, eso es seguro. Pero tampoco nosotras lo causamos. Por lo menos estoy segura que no lo elegimos.
Ya estamos llegando, aparcamos y averiguamos que pasó. Seguramente tiene que ver con lo nuestro. Además tenemos que preguntar sobre los animales
No quisieron dar información de la causa de muerte de inspector Oscar Carrizo.
Empero, la extraña conducta de quien las atendió, sugiere que se trata de algo incómodo, y que, hasta no tener claras las circunstancias no podían oficializar una información, y mucho menos a personas ajenas al servicio policial.
Por otro lado, el caso de Alaia, había pasado a un nuevo inspector que, justamente, había sido amigo del difunto; y que en este momento no podía atenderlas ya que se encontraba en el entierro del fallecido.
- ¿Cuál es el cementerio? - Preguntó Ava
Aunque hubo reticencia, la dirección fue otorgada, así que, sin perder tiempo se subieron al auto y partieron.
- Tiene que ser por nuestra causa, digas lo que digas, todo esto no puede ser de otra forma
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El cementerio del vecindario, tenía ya sus parcelas tan ocupadas que, sus inquilinos dormían de costado.
El laberinto de cemento, metal, cerámica y madera; complicaba el ceremonioso respeto de los “padecientes” (amigos y familiares) que pretendían acercarse hasta el último lecho de, “a quien”, no volverían a ver; por lo menos en este plano.
Dar un último adiós, o el último reclamo, significa una última oportunidad para hacer concreto lo que, abstracto, se aloja en aquellos que aun moran en este páramo de tierra, cemento y agua.
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No era un grupo grande, pero era notorio sí; que era grande el mundo emocional que, en este se emancipaba ante las reglas del decoro exigido.
Ava y Milena que, a lo lejos, observaban.
Pudieron identificar al inspector, gracias a la descripción que les habían dado en la comisaría.
Era notorio que tenía una relación con la familia, ya que se encontraba cerca de la exmujer del fallecido, así como del hijo.
Hijo, ya convertido en un hombre de aproximadamente unos treinta años, cuyo desplazamiento revela una pierna protésica.
Estaban decididas a abordar al inspector, sea como sea; así que aguardan por el momento oportuno.
Sucedió cuando se dio por terminada la ceremonia; y que los recorridos por salir, del cementerio, dieron la ocasión para que, ellas, lo pudieran abordar.
- Disculpe que lo moleste. Mi nombre es Milena y ella es mi hermana Ava-
Sin perder tiempo, Ava aclara sus intenciones
- Soy la mamá de Alaia
El inspector reconoce de inmediato el caso, así que tras asirse del brazo, de cada hermana, las conduce a un lugar apartado.
- Acabo de tomar el caso, pero debo decirles que es mi prioridad, ya que fue la carpeta que encontré en el bolsillo del saco cuando...
- ¿Cuándo qué? - Pregunta Ava
- Cuando encontramos colgado a Oscar, en su departamento.
- ¿Se ahorcó?
-Sí, dejó una carta, había ido a ver a su hijo. Tuvieron una discusión muy fuerte. La nota estaba dirigida a él. Pedía su perdón. Además aclaraba, que era totalmente responsable de este último acto.
No debería contarles esto, pero no sé por qué no puedo evitarlo....
- ¿Él lo sabe? – pregunta Milena, señalando con su mirada al turbado joven.
- Sí, no lo podíamos ocultar, de todas maneras, está bajo investigación.
- ¿Pero qué tiene que ver su hijo con Alaia? ¿O solo fue casualidad que llevase la carpeta en su bolsillo?
- No puedo dar información de un caso que está en proceso.
- ¡¿Cómo que no puede?! – Ava, explota -¡Ya nos contó bastante! ¡¿No le parece?! ¡Le exijo que continúe!
Milena trata de apaciguarla
- Ava, por favor, tranquila, estamos en un cementerio y debemos ser respetuosas con el dolor, Tienes que entender eso. – Ava se contiene, lo que permite que el inspector aproveche para justificar su actitud
- Deben entender, que no puedo revelar más. – entonces Milena toma la palabra
- Señor, le ruego que nos diga si el difunto inspector descubrió algo más o sabe usted algo más. Porque nosotras podríamos aportar información si, usted, nos brinda datos sobre lo último realizado por el inspector Carrizo.
- Los datos de los animales lo condujo al centro de asistencia dónde, Fabio, trabaja...
- ¿Fabio?
- Fabio Oscar Carrizo, es el nombre del hijo de Óscar. Trabaja en un centro de asistencia dónde usan animales como ayuda terapéutica, él es asistente terapéutico en ese lugar. Por eso él fue a verlo. Supongo que lo sintió como una oportunidad para charlar.
- Tenemos que hablar con él - dice Ava a Milena, el inspector se opuso rotundamente.
- ¡Usted no entiende! - grita, furiosa, Ava - ¡Se trata de mi hija!
- Disculpe inspector, no sé cómo se llama.- interfiere Milena, tratando de encontrar aguas tranquilas
- Sí, sepan disculpar mi mala educación, mi nombre es Acarí Apu
- Que nombre raro
- Es quechua