Capítulo VI #4
- Imagina que, en el pasado, recogiste una rosa; y que al hacerlo, sus espinas te lastimaron; ese dolor no permitió que, su belleza, su perfume, fuera una grata experiencia.
Desde entonces en, cada presente, te dedicaste a sanar aquella lesión, es decir: buscar lo perdido.
Al hacerlo, te has ido quedado con el perfume y el encanto de cada nueva rosa que has ido recogiendo; por lo tanto, has hecho un bucle en el tiempo, trocando el dolor por la dicha.
- Tuvo que ser una espina muy hija de puta para dejar tanto trauma ¿No te parece?
- Tal vez no fue el mejor ejemplo
- No tengo la más remota idea qué me estas queriendo decir
- ¡El pasado ya no existe, lo que nos queda de ello es una sensación y es eso lo que podemos cambiar, al hacerlo, cambiamos el pasado!
- Mira que eres rebuscada, cursi y rebuscada.
- No, al contrario, todo es muy simple, lo hacemos rebuscado
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Pepa comenzó a emitir gorjeos y sonidos agudos, hasta que, estos, se transformaron en palabras
¡Teléfono, teléfono! – fueron las que, finalmente, se le escucha decir.
y
El teléfono suena
***
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- La verdad – acota, estupefacta, Ava, agregando. - Pepa, resulta una especie de ave fénix, cotorrera, con poderes adivinatorios.
Milena se dirige al teléfono, mientras Ava se queda a disfrutar un poco de los rayos del sol.
- Habiendo celulares y llaman a un teléfono de línea. Como si estuviéramos en otro tiempo. -
Milena, desde el umbral de la casa da un aviso:
- ¡Llamó el inspector Carrizo, quiere que, ya, vayamos a la comisaría!
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***
La oficina del oficial Carrizo olía a tufo de viejo; tufo entremezclado con olor a cigarro y humedad, con polvo ya añejado.
La luz que brota de la ventanilla clausurada, detrás del asiento vacío del inspector, baña de crema amarilla el rostro de Ava y Milena.
Ambas, sentadas, aguardan malas noticias, noticias que el propio ambiente les presumía.
En la sujeción de sus manos, las hermanas, buscan la aprensión necesaria para no caer al abismo.
Mecánicamente, el inspector llega con la apática parsimonia del profesional.
Sin mirarlas se sienta, ojea papeles. Y en la medida que, acontecía la coherencia de un discurso, a través de su arenosa voz; sus ojos se fueron anclando en ellas.
***
*
- Cuando comencé a trabajar en la policía tenía ilusiones. Una esposa y un… hermoso hijo. Pero lo duro, lo desagradable de este oficio, me fue volviendo reservado, osco y pesimista. No quería llevar la mierda de todos los días a la pureza de mi hogar.
Debido a la presión cotidiana, acepté la fórmula que usaban mis compañeros: Darnos antes de volver a casa un enjuague bucal de alcohol. Empecé con un vaso y terminé con la botella que arruinó la relación con mi mujer y mi hijo.
Una tarde volví a casa y la encontré vacía. Me volví más oscuro.
Los años pasaron y nunca pude recuperarlos.
Después de aquello, sobrellevaba mi trabajo con una petaca en el bolsillo.
Una tarde respondí un llamado por, unos tiros en un local, un robo a mano armada.
Algo ya común en el oficio. Un solo herido.
Cuando llegué el delincuente estaba huyendo.
Pude verle la cara, y lo estaba por dejar ir; porque la verdad, no me importaba.
Pero entonces vi a mi hijo, tirado en el suelo con la pierna partida, bañada en sangre por una herida, y me volví loco.
Habían lastimado a mi hijo, mi niño, la mierda lo había alcanzado. Yo que quería evitarlo y no pude.
Resultó que el daño a vasos sanguíneos principales provocó una hemorragia masiva.
Estaba borracho, tan furioso que lo dejé ahí, abandonado, por perseguir al hijo de puta que lo había baleado. No pedí ayuda, no avisé. Para cuando lo rescataron ya era tarde para controlar la hemorragia. La amputación tuvo que ser necesaria.
Él no me lo perdona, nunca más me habló… Me desprecia.
No pudimos agarrar al maldito que le disparó. Nunca. Hasta que lo encontramos con un disparo en la nuca; el trenzas, si señoras, el que entre sus cosas tenía la medalla de su hijita.
Anoche hubo novedades.
En un tinglado, donde, este delincuente, se reunía con otros drogadictos, traficantes, y ladrones; donde los agarramos a todos, realizando un rastrillaje buscando a su hija; encontramos algo.
Debajo de una chapa, cubierta de cenizas, hallamos un montón de pequeños esqueletos de animales y, entre ellos, unas prendas que, creo, pertenecen a su hija.
- ¿Esqueletos? - pregunta Milena
- Siete para ser exactos
- ¿Y qué prendas eran? - Pregunta Ava, a lo que el inspector responde
- Una cinta, una blusa y una pollera
*
***
El reconocimiento de las prendas dio positivo, Ava no tuvo la menor duda al verlas.
Sin embargo no comprendía lo que esto significaba, y si bien quiso preguntar al inspector, Milena no se lo permitió; el inspector se percató de esto y lo agradeció mucho, ya que no tenía buena expectativa al respecto.
***
*
Ava, enojada, confundida, viaja en el asiento del copiloto mientras, Milena, conduce muy concentrada.
- ¿Por qué no me dejaste preguntar?
- Es como preguntar al sapo porque vuelan los teros.
- ¡Ay!... ¡deja de usar lenguajes o metáforas tan complicadas!... No te entiendo ¡Se más clara!
- Si todo está pasando, es porque nosotras hacemos que pase. Él no tiene las respuestas.
- Está bien, está bien… Tienes razón
*