Voz Arcana Capítulo VI
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Capítulo VI

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N o querían dar comienzo a una tarea que, intuían extenuante; por lo menos emocionalmente.

Postergar por temor a aquello que se anhela, resulta justificable, solo por la excusa de no hallarse preparadas; y como no conocían un método para conseguirlo, decidieron ocuparlo con los quehaceres de la casa: las compras, la limpieza, darles de comer a los animalitos.

Pepa (devenida a albina) condujo a que, Milena, pensara en hacer una consulta; en pos de hallar explicaciones que pudieran justificar el repentino cambio de plumaje.

Mientras Ava, dirigía el tránsito de los, matizados, felinos al cuarto de Alaia; gracias al irresistible alimento con que, sabia, los podía controlar: trocitos pequeños de hígado.

Es que Ava, además de procurar protegerlos de depredadores; quería revivir íntimamente la cercanía con su hija, a la vez de contar  con una compañía que no la juzgara.

Sentada en almohadas, en el medio del cuarto, Ava juega a evocarla en los rincones.

Los pequeños gatos, mientras, trepan por  su vestido buscando alcanzar su rostro.

Un pequeño, tiznado de cenizas, en el intento por mantenerse en equilibrio en el rellano de su cabeza, termina cayendo en sus manos.

Los ojos enormes, cetrinos, del animalito; se posaron en los suyos; mientras, su olfato, inquiere el aire que la rodea, con  el inquieto dilatar y contraer de las  fosas nasales, que componen la pequeña y húmeda trufa negra que, a saeta, apunta a su rostro.

Aquel inocente cachorro, la invita a abandonar el lúgubre sentir dónde estaba zozobrando.

La ternura la conquista.

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- Espero que esta tarea – murmuró al cachorro, alarmada por las posibilidades - no implique que cada uno de ustedes sea sacrificado cada vez que tengamos que cumplir con una misión.

Milena regresó con la mercadería para preparar la cena y con las vitaminas  para atender, lo que tal vez sea, el desteñido  de Pepa.

La aspirante a cacatúa no se resiste a beber de la cuchara lo recetado; mientras Ava, prepara una ensalada para acompañar la carne que, ya estaba, desde la sartén, prometiendo un, gusto, delicioso a degustar.

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Comen, beben y luego se miran a los ojos un largo rato.

Deciden salir al fondo de la propiedad, el aire puro les era requerido.

Se sentaron en  bancos de cemento que nunca fueron usados, y que acompañaban una mesa del mismo material; que tampoco había cumplido  su destino, por lo menos, hasta ese momento.

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¿Saben? Los bancos y mesas abandonados en  jardines  que nunca se cultivaron, son cómo los buenos momentos que se olvidan, descuidados por la búsqueda de utópicos paraísos

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Una taza de té fue la pausa y la preparación que necesitaban para dar inicio.

- Si esto es verdad. Si mágicamente aparece una palabra nueva, solo espero que nos dé tiempo para organizarnos. - Expresa Milena, mientras extendía el papel– ¿Notaste que está diferente?

-¿Diferente?... ¿A qué te refieres?

- Se lo ve amarillo pajizo. Parece un pergamino maltratado. Creo que tendríamos que resguardarlo en una carpeta. Bajo llave, en algún cajón.

- Puede que tengas razón - responde Milena - Déjame leer. - No había nada, salvo una mancha de humedad en su centro -

- Qué extraño- comenta Ava

- pareciera que…. Sí, está húmedo, incluso creo que está mojado

- ¿Mojado? No digas tonterías déjame ver. Sí, es verdad, está mojado, pero... ¿Y eso que significa?

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Una gota cae en ese mismo lugar, luego otra, y otra.

Las hermanas miran al cielo. Un fuerte destello las encandila tanto, que las deja inocentes ante el fuerte trueno que estalla ante ellas.

El sobresalto fue  tan impetuoso que, por un momento, ambas abandonan el vínculo con la gravedad que, todo mortal, tiene con el suelo.

La lluvia se desata, la violenta precipitación las obliga a buscar refugio bajo el alero de la casa, techo que,  las recibe completamente empapadas

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¿Trajiste el papel? – inquiere, sonoramente Ava, a lo que Milena responde, afirmando con la cabeza un sí, que pronunció tardío, y al que suma un: - No entiendo nada-

El teléfono de línea suena, Milena corre y atiende.

- ¿Hola?

Una voz de hombre suena del otro lado de la línea

- Ven a casa, te estoy esperando, Vuelve. -

- ¡Hola!... ¿Papa?.... ¡Papa!

La llamada se cortó. Milena busca su bolso

- ¿Qué pasa?

- ¡Es papá! Me acaba de llamar

- ¡Papa!

- Sí

- ¿Pero cómo? ¿De dónde? ¿Está vivo?... No puede ser

- Vamos

-¿A dónde?

- A mi casa

- ¿A tu casa?

- Si

- No puedo

Las miradas se encontraron en un fuerte atascamiento, en la clara terquedad de una decisión, que no permite discusión.

- Debo quedarme acá  - explica Ava, queriendo explicar su justificación - no puedo irme, ella... Ella puede volver...  lo siento, además....

- No crees que fuera papá

- No es eso, es que...

- No importa, yo me voy.

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Milena, toma su bolso y sale rauda; mientras ocurre esto, Ava se dirige al cuarto de Alaia; necesita un refugio, un resguardo que la abrigue, un calor de seguridad, de tranquilidad, de esperanza. Y es así que fue a buscarlo en las sábanas y frazadas de su hija.

Ahí, en el suelo, entre  muñecos de peluche y  gatos;  ella se entrega al lamento, al llanto desenfrenado; mientras los pequeños felinos se acurrucan sobre ella,  como si un instinto ancestral los condujera a dar calor a aquello que tirita, aunque, en este caso, era un tiritar de angustia.

Afuera, la tormenta se precipita con violencia. Las luces del auto de Milena, entran por la ventana, para despedirse con una suave caricia, en su recorrido por el cuarto de Alaia.

Se escucha una gota estallar, era un estallido con presencia, frente de dónde ella, se encuentra.

Tras de un par de guiños de “candil”, la luz la abandona.

Luego otra gota cae en el mismo lugar, luego otra, y otra, y otra más; luego otras se suman. El cuarto se estaba empapando de una lluvia abundante; mientras fuera, desde la ventana, se podía apreciar como la tormenta, coexiste con su escampe.

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Para cuando Milena llegó, la lluvia había cesado. Aparcado el auto, entró corriendo a su casa, encendió las luces y, a viva voz, llamó a su padre; lo buscó por todos lados. Sus pasos, pronto, fueron zancadas.

Ya resignada, su pecho, aún cargaba ansiedad, intriga; su cuerpo no daba más, y tras dejarse caer sobre el sillón, al momento de tocarlo, la luz se fue.

El malestar se hizo sonoro con su mejor improperio.

Salió a la calle y comprobó que en toda la cuadra no había luz, en toda, menos en la casa de su vecina.

La casa de Daria estaba totalmente iluminada.

De inmediato pudo ver cómo, ella, se desplaza en su silla de ruedas.

No lo dudó, se dirigió a su puerta. Estaba decidida a preguntar sobre  lo que había ocurrido; lo que fuera, estaba segura que tenía que ver con ellas.

La luz es tan destellante que molesta a la vista, parecía que, la casa, poseyera toda la corriente eléctrica del barrio. Iba a tocar, pero prefirió no hacerlo, tomó el picaporte y verificó que, la puerta, estaba sin llaves. Abrió, y al hacerlo, descubre que algo andaba mal.

Dentro, la casa estaba a oscuras pero, fuera, podía ver por la ventana que estaba totalmente iluminada.

-Está sucediendo - la afirmación, pronunciada en voz alta, era el aval que argumenta  la existencia de que algo fantástico ocurre. No había dudas, eso significa que cualquier cosa era posible, y Milena estaba dispuesta a explorar las posibilidades

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Ava no encontraba la manera de abrir la puerta.

Incluso, la única ventana estaba clausurada completamente.

El agua subía y no parecía decrecer a pesar de las lógicas filtraciones que deben existir.

El cuarto de Alaia se  convirtió en una prisión, en un enorme estanque de agua que no dejaba de llenarse.

Afuera la tormenta descampó por completo, incluso el cielo se presenta estrellado, en cambio, dentro, la lluvia no cesa.

Lo que debiera ser un cielo raso, ahora era un cumulonimbus amenazando con truenos y relámpagos;  azotando con un diluvio que debiera ser bíblico, ya que la vertiente de agua, que ofrecía, era fantástica.

Los gatos estaban subidos en varios lugares, mesa, escritorio armario. Mientras Ava seguía luchando con la puerta que parecía soldada.

- Es imposible abrir. Pero si no la podíamos mantener cerrada y ahora no la puedo, ni siquiera, aflojar.- busca su celular pero, este, estaba en el comedor

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- ¡¿Daria estás acá?! .. – llama, con enérgica voz Milena, mientras explora - .

¡Bueno, sé que estás, porque te vi!.....

¡Te vi desde mi casa!.... ¡Y quise saber cómo estás!

¡Mira, todos vimos llegar a la policía, y por los vecinos supimos, o más bien creímos que, habías desaparecido!

.... ¡y como te llevabas muy mal con tu hermano, pensamos que!

.. ¡Bueno que él te había hecho algún daño! –

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En ese instante, frente a ella, apareció aquel extraño hombre  que había visto en la casa.

Milena se queda dura, como un retrato antiguo (sin sonrisa)

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- Hola - dijo con gran esfuerzo - disculpe por entrar así...... Yo.... Buscaba a Daria

- ¡Daria!... Mi hermana...

- ¿Usted es su hermano?

- ¿Dónde está? no la encuentro... La busco pero no la encuentro...

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Camina como un demente, perturbado; se sumerge en la oscuridad para luego emerger en un lugar diferente. El aire se espesa, el ambiente se embebe de una lóbrega angustia; él no regresa.

Sin embargo, sitiada por una absoluta oscuridad, Milena, prefiere su presencia que aquel silencio

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¡¿No me dijo como se llama?!..... ¡¿Cuál es su nombre?!

¡Faryd!... Así se llama mi hermano - Un rostro se materializó en la oscuridad, pero era extraño, fantástico, su piel resplandece,  se transparenta; sus ojos eran rojos, su boca, cuando hablaba también lo era.

Parecía que un magma, ardiente, de volcán, se encontraba dentro de su cráneo. Era ella, era Daria.