Capítulo V #2
De pollera negra, muy corta, y un corpiño que, apenas podía sostener, fugitivos senos; senos que, balconeantes, apenas en volumen, competían con una cicatriz, cuyo registro de cesárea, fluctuaba como serpiente en un palpitante abdomen.
La víctima, que no dejaba de moverse por el estrés postraumático, no permitía que Milena pudiera colocar un poco de hielo en el amoratado ojo; ojo que aspiraba a achicarse bajo un cerro de hinchazón, sobre aquel colorido rostro.
Mientras Ava, trata, torpemente, de tranquilizar el desánimo de la socorrida, sin percatarse, que el suyo no era un apacible lago.
La muchacha, que rompe en llanto cada vez que la furia se arrincona en la fatiga, revela el verdadero peso de su congoja, el bienestar de su hijo; un pequeño de tres meses al cuidado del padre; un delincuente drogadicto que la hace trabajar, amenazando con su vida, y la del pequeño.
- ¡No sé, no sé, no sé…! ¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?
...! ¡Es un animal! - Ava, trae un vaso frío de jugo exprimido que tenía en la heladera.
- ¿No tienes vino?... me hace bien, me ayuda
- ¿Sos prostituta? - pregunta Milena
- No, maestra jardinera - Si claro, con esta pinta que podría estar haciendo
- ¿Cuál es tu nombre?
- Sisa
- ¿Sisa, quieres que llamemos a alguien?
- No gracias…. Estoy perdida… No sé qué es lo que voy hacer.
Hoy era la noche, tenía todo listo. Solo necesitaba para el pasaje, tengo a mi padre y mi madre que me esperan en la provincia.
Él no sabe nada… Solo tenía que volver… Darle el dinero; él saldría, como siempre lo hace, y yo aprovecharía para irme con mi bebé… Pero ahora, no sé.
- ¿Tu hombre es tu proxeneta? ¿Dónde lo tiene?- pregunta Milena - Se llama Amaru, pero le dicen trenzas, es que le gusta usarlas, tiene gustos raros.
En un departamento del complejo habitacional que se encuentra cerca de aquí.
- Sí, ya sé dónde - acota Ava, a lo que luego pregunta - ¿y en qué cuarto?
- El 8
Las hermanas se miran y comprenden de inmediato cual era la tarea
- Vamos - profirieron a coro
- Pero ¿cómo para qué? ... ¿qué podríamos hacer?... Él es una bestia. Siempre tiene el arma sobre la mesa, para recordarme quien manda. Vivo con tanto miedo... No entienden, él es muy peligroso.
- No te preocupes, algo vamos a inventar.
*
***
Esperaron a que se hiciera más tarde... y partieron con la única dueña de cuatro ruedas y un motor.
***
*
- ¿Qué vamos a hacer?- pregunta Ava a Milena con tímida voz de murmullo, ya que no quería que Sisa las oyera.
La dueña del volante y del auto, que escucha una pregunta, por ella, ya preguntada, mira, sin mirar, el camino de la oscura ruta, con una respuesta en la punta de su lengua que ya traía añejada; desde que la propuesta se transformó en acción.
- No tengo ni puta idea… creo, vamos… solo a charlar
- ¿Charlar? Pero es un drogadicto armado ¿Que estás diciendo?
- No… tengo… puta…idea.
Llegaron, golpearon la puerta y, mientras ambas esperan, Sisa, se fue escabullendo en busca de su bebé mientras, ellas, acumulan sus cabezas de argumentos que, a embudo de sus bocas, destilarían en procura de distracción.
- Es una muy mala idea.
La puerta se abre, y ante ellas, un enorme hombre se presenta con dos trenzas que enmarcan una cara de pocos amigos; cuyo, montado ajuar de retrato, lucia: calzoncillos, musculosa blanca, con agujeros de polillas, avíos decorativos, donde dedos cuelgan la jactancia del poder; medias blancas y rojos navideño, montadas a chancla de dedo y una galleta de la fortuna entre las manos, de esas que traen un mensaje.
- Hola - Dijo Milena a lo que Ava agregó, como eco, más apagado, la misma palabra.
- ¿Qué quieren?
*
No hubo tiempo de inventar una respuesta, de construir diálogos coherentes, ni siquiera el comienzo de una palabra.
Un disparo le destapa la cúpula de la cabeza, llevándose las trenzas y regando con sangre sus corpóreas figuras, vistiéndolas por completo de un cuadro de Jackson Pollock.
Cayó sólido como un poste frente a ellas, revelando a Sisa con un Smith y el bebé en brazos, berrea de espanto.
- Vamos - Dijo Sisa. Corrió hasta el auto. Ambas, asustadas, hacen lo mismo, aunque con la dificultad que un espasmo muscular entorpece la maniobra de las piernas.
*
Luego de conducir por una hora, Sisa se baja con su bebé en la terminal de micros. Les había contado a las hermanas, que pudo hacerse de un dinero que, “el trenzas”, guardó con mucho recelo, y que más allá de sus precauciones, no pudo evitar que descubriera el recoveco dónde lo escondía.
- Ahora podré cuidar de mi hijo, darle una casa y unos abuelos que lo esperan con mucho entusiasmo.
*
***
El coche, en que viajan Milena y Ava, las traía de regreso: investidas de un yelmo de estupor y desconcierto.
No se habían percatado del espontaneo decorado de sangre y sesos, que aún conservaban en el rostro y la ropa, así como la instantánea violencia de un espasmódico salón de belleza que les dejaba orgánicos matices en el cabello.
La noche estaba solitaria, no había señal de luna, es que el cielo estaba encapotado.
***
*
- No es que no te quise llevar - dijo Milena cortando el silencio que hacía tiempo venían llevando.
- ¿Cómo? - Reacciona diciendo Ava. Ambas no dejaban de mirar el camino
- La noche que me fugué, no quise llevarte conmigo en el tren, al principio lo intenté, tú me obligaste. Es que descubriste lo que estaba por hacer, y me dijiste que si no te llevaba ibas a gritar, avisar que me estaba escapando
- Pero me abandonaste en la estación de trenes, me dejaste sola en la oscuridad
- No te podía llevar...... Sí, estuve mal, lo sé, pero luego me arrepentí, me sentí culpable; era joven, tonta, una idiota. Tienes razón, por favor
-¿Por favor qué?
-Perdóname...
- Me dolió que no dijeras nada, como si aquello no hubiera ocurrido.- Lo siento, lo siento, hice todo mal, soy un desastre.
- Pero lo que más dolió fue ver cómo papá se entregaba al alcohol, como se abandonó; dejó de interesarse por la vida, por mí.
Tuve que hacerme cargo de todo, tuve que pedir ayuda para conseguir comida, pidiendo a vecinos, a una iglesia, llegué a robar, estuve sola.
Me dejaron sola, no le importé a nadie, tuve mucho miedo; miedo a terminar en la calle, en un orfanato.
- No lo sabía.
- Solo quiero encontrar a Alaia ¿Dónde está mi hija?... ¿Qué tienes ahí? - Ava se quedó mirando el pecho de Milena
- ¿Donde?
- Ahí, en el escote
Milena se espanta, piensa que se trataba de alguna parte del cerebro o una oreja del trenzas. Frenó tan bruscamente que casi pierde el control del vehículo.
- ¡Quítalo! ¡Quítalo por favor! - Grita como loca Ava toma de su escote una galleta de la fortuna, para dejarla sobre el tablero del auto.
- ¿Qué es eso? - pregunta Milena.
- Creo que es la galleta de la fortuna que tenía en la mano el trenzas, cuando Sisa le voló la cabeza, debió caer en tu escote.
- Ava la toma y la rompe, saca el papel y se lo entrega a Milena.
- ¿No, porque yo?
- Es tuyo, cayó entre tus tetas, tenés que leerlo, es para ti.
- Bueno... Pero luego...
*
***
Se levantaron tarde, el almuerzo se rindió ante el desayuno; y aunque las horas de sueño parecían compensadas, la fatiga sigue inalterable. Miraban el papel que las había conducido a sobrevivir una experiencia con sabor a pólvora y sangre.
***
*
- Así se nos presentaran las misiones, supongo – reflexiona Ava, a lo que Milena agrega
- Sí, imagino que sí. Hay que ver en que coincide, lo que el papel muestre, con la realidad que se nos presenta-
La actividad del desayuno que, en guarnición había sumado más pan con manteca, tomó pausa ante una reflexión que, debido a las circunstancias transitadas, merecía la concentración pura de ambas cabezas.
- Como con el número del cuarto “del trenzas” o el número de gatos.
- Escuché su voz – acota Ava
- ¿La de Alaia?