Capítulo IV
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E l horizonte era una línea limpia, delicada y pura.
Dividía un cielo azul con un campo dorado.
Desunir que insta apreciar lo alto e infinito, de lo que, insignificante, se encuentra, quien lo está apreciando.
El sonido del motor murmura que, el viaje sobre aquella tierra blanca, casi sin polvo, era lo más parecido a volar que se ha sentido. Sí, así lo compartía, las hacía sentir.
Milena lleva el volante, era su auto, no dejaba que nadie lo manejara; Ava no presentó ninguna queja al respecto, pero temía que, tres horas de conducir, pudieran ser un fastidio para ella.
No pronunciaron palabra, ni escuchaban música que, pudiera explicar que no lo hicieran. El silencio era tácito, justificado por la confianza que evita la incomodidad de tener que quebrantar aquello que ambas preferían.
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Una cerca de metal y madera dio el cambio al paisaje que les informa, habían llegado al destino pautado. Un gran arco les daba la bienvenida - -Puerta Abierta - - Se podía leer en letras grandes y rojas que, además, se presentaban en relieve.
Milena estacionó, ambas bajaron y se dirigieron a los escalones de lo que, presumía, era la entrada principal.
Ante ellas, sobre una plataforma elevada a un metro y medio de altura; se hallaba edificada una Casona, de paredes pálidas; compuestas por extensos arcos que rodean una galería, acollarándolas por completo.
Columnas de diseño helénico sostienen cabreadas de madera gruesa, rústica y oscura; dónde un techo de lajas a la vista, apreciables desde su interior, servían de base a tejas españolas de un, natural, amable anaranjado.
El interior era rústico. Todas las puertas estaban abiertas, así como sus ventanas de metal y madera; con sus grandes postigos verdes.
Mesas y sillas del mismo material, igual de textura y tono, hacían juego con las cabreadas y que, contrastan muy bellamente con el tenue amarillo del piso de lajas de terracota.
Habían poca personas y se los veía tan relajados, tan cómodos en el ambiente; que las instaban a que hicieran lo mismo; empero, solo las ponía en alerta.
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No podían estar cómodas, no querían estarlo: ambas pasan un mal momento, un terrible momento y aquello propone una traición.
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- Tarjeta de invitación por favor.-
Fue lo que dijo un niño de unos diez años, vestido con camisa blanca, pantalón de vestir negro y relucientes zapatos muy bien lustrados.
Sus ojos oscuros y si tez morena, más el perfecto Pompadour, de una abundante cabellera que caía ladeado a su oreja izquierda; daba ternura y misterio al lugar.
La mesa, la ubicación, la luz del sol que no deja nada a oscuras.
El céfiro que las acaricia desde las grandes aberturas; apabullan con su propuesta de “calmar sus almas”; intención, mas no logro.
- ¿Podrían decirme sus nombres? - dijo aquel formal mozo.
- Milena... Ava - Respondieron, no queriendo recurrir a sus apellidos, para no sabotear una belleza que les resulta sospechosa.
No lo inmutó, sonrió y se retiró agradeciendo y proponiendo aceptar lo que se les brindaba.
Su ida fue tras anunciar una pronta atención, dejando sobre la mesa un par de cartas dobladas con la rúbrica de la flor en un círculo, y sus nombres en el dorso de un papel pálido y grueso, que invitaba ser leído.
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Estaba implícito que, aquel papel, debía ser desplegado, lo proponía; pero se rehúsan, se resisten (Nos resistimos) Ellas temían novedades que las sacara de la incómoda "comodidad" de los afelpados asientos - extraña paradoja la de preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer.
- Y que en mi caso, es porque, reconozco, en todo esto, un poder que escapa a mi omnisciencia.
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El ulterior silencio, estaba sostenido por el relevamiento visual que hacían de su entorno. Ava terminó primero, finalizando, su pesquisa, en el rostro de Milena.
- No me gusta el final del cuento de la flor y la luna. -Dijo ella
- No se llama así el cuento- respondió Milena
- ¿Y cómo se llama?
- No sé, pero ese no es el nombre
- ¿Y cómo lo sabes?
- Lo sé, lo siento. Ese es un título muy feo
- Bueno… igual no me gusta.
Dijo esto, sin dejar de indagar, casi en el límite de la discreción, cada uno de los rostros de los mozos y los comensales del lugar.
- ¿tu vecina aceptó pasar por tu casa?
- Sí, y atender a los gatos también.
- Y si tiene como diez gatos en su casa, seguro que lo hará
- ¿Por qué no quisiste que cuidara a Pepa?
- Muchos gatos
- ¿Dónde la dejaste?
- También tengo vecino, y que además es amante de las aves.
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Una mujer, pequeña, corpulenta, de tez morena, pelo negro, atado como cola de caballo; vestido aflorado con un jardín de colores amarillos y rojos; Trajo como plato de entrada un par de empanadas salteñas, una salsa picante en un pequeño recipiente de arcilla que, a emular de remo, lucía una dorada cucharita.
Y por supuesto, un vino tinto frío y dos vasos, para calmar el picor.
El segundo plato, plato principal, trató de un delicioso cordero hecho a la estaca con papas y batatas cocinadas al horno.
La propuesta vino acompañada por dos bandejas de ensaladas y tres tipos de salsas para untar, a voluntad, sobre la carne.
Finalmente un postre de campo: queso, dulce de batata y membrillo.
Luego de una relajada pausa, se las invitó con un té o en su defecto café; a lo cual se negaron, ya que según Ava - el cuenco del ombligo, se volvió colina.
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No es que se hubiera arrasado con cada plato servido, solo comieron de cada uno; como para dejar apetito, en procura del alcance del deguste de todo.
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Las invitaron al jardín, llevaron sus respectivas cartas, que aún se negaban a leer.
Sentadas en bancos de hierro fundido, con exquisitos detalles: volutas, hojas y copetes.
Disfrutaron, aun con dejo de desconfianza, de la frescura del aire y los agradables aromas silvestres.
En aquella comodidad, bajo la sombra de un frondoso álamo, rodeadas de un tupido matiz de nomeolvides; sintieron el letargo, en la estela, del proceso de digestión.
Por un minuto descansaron de la congoja que anidaba en sus pechos.
Sin embargo, de a poco, montado en una brisa, un lamento llega tímidamente hasta el oído de Milena.
Un segundo, sacó de su descanso a su hermana.
Para cuando llegó el tercero, ya no venía sola sino que ganó, en presencia, sobre el canto de las aves.
Y ya no era una o dos, eran varias. Sobresaltadas, miraron y vieron a su alrededor como todos los presentes, se hallaban atacados por mares de lágrimas; mientras sostienen cartas con ambas manos.
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Los autos salían raudos de aquel lugar, casi generando accidentes, como huyendo de lo más aterrador.
Movidos por el miedo, por la angustia; espasmo muscular de negación en los párpados, en el corazón; ante la incandescencia de una verdad.
El polvo levantado iba asentándose como un pañuelo que cae en una despedida.
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Las hermanas, de pie, bajo un pórtico, observan quietas e inmóviles. Se hallan sorprendidas y asustadas por el papel que cada una sostenía en sus manos; papel que querían soltar, romper, quemar, a su vez que no quemarían, ni romperían, ni decididamente soltarían.
- Me siguen por favor - comentó aquel pequeño del peinado Perfecto Pompadour, de una abundante cabellera, que caía ladeado a su oreja izquierda. Ellas lo siguieron
- ¿Cuál es tu nombre? Preguntó Ava
- Me llamo Kuntur –
Las hermanas se miraron. El misterio se tornó "místico - ancestral"
Las condujo a una enorme cocina. El pequeño Kuntur, las dejó a cargo de la encargada; una anciana pequeña, de trenzas gemelas de raíz. Era un cabello blanco marmolado. Llevaba en brazos a un gato, de un gris tan suave, que parecía celeste.
- ¿Tienen sus cartas? - Preguntó el pequeño
Ellas se las mostraron, rápidamente se las saca de las manos, lo cual las alteró, sin embargo se contuvieron.
Kuntur se disponía a retirarse cuando la encargada pareció consultarle, secretamente algo; este le señaló todo, los platos, las ollas, las piletas, las hornallas y el piso; la mujer sonríe y hace una reverencia como si agradeciera; Kuntur se retiró.
Me dicen Mama Huaco - dijo la anciana presentándose, mientras acaricia al relajado felino, a lo que Ava y Milena responden con sus nombres.
Ambas, expresaron su preocupación por las cartas que el pequeño Kuntur les había arrebatado; sin embargo, Mama Huaco, les explicó que antes de recuperarlas tenían que lavar los platos, las ollas, y limpiar la cocina.
- No, eso no nos corresponde; nosotras somos invitadas
- ¿Y estuvo rico? - preguntó Mama Huaco
- Sí - respondió Milena
- Delicioso - aseveró la encargada afirmando la respuesta anterior
- Sí, sí, delicioso - dijo Ava
- ¿Fue mágico? - preguntó Mamá Huaco
A lo que entre ambas respondieron
-Sí, muy rico y mágico pero nosotras... pero… - Mamá Huaco no las dejo terminar
- Para crear y sostener la magia, la ilusión- hay que dominar muy bien la realidad, y la realidad es que, como se cocinó, también se debe lavar.
Milena quiso protestar pero, Ava, la convenció que no lo hiciera.
Mientras se dirigían a comenzar la tarea, le explica, que todo lo que sucedía, hasta ese momento, lindaba con lo sobrenatural; que todo lo vivido era una experiencia irreal, por lo tanto, tal vez; estén por vivir algo trascendental, algo que podría implicar el regreso de Alaia, así como el de Ioannis.
Milena se mostró pesimista al respecto, pero terminó aceptando la propuesta; esos papeles, la reacción de todas esas personas, la sobrecogió tanto, como para no querer recuperar su carta
¿Qué podría decir para provocar, en ella, una reacción como la que tuvieron los demás?