Capítulo III #2
Cenaron pizza napolitana, pedida a domicilio; una botella de cerveza negra fue la panacea para que los ánimos no zozobren.
Sentadas en el piso del dormitorio de Alaia, se despachan a gusto las porciones, mientras los gatos se encuentran jugando en el dormitorio; a lo que ellas, evocan audaces picardías que, en la adolescencia, solían aventurarse.
La primera carcajada fue campana para el recreo; era la pausa que necesitaban para alejarse un poco de la presente angustia.
- Bueno, ¿qué era eso que me querías contar cuando llegaste? - pregunta Ava, mientras emprendía un trago, del pico, de la botella.
Sí, bueno, lo que te voy a contar es extraño. Lo primero que hice fue llevar a Pepa al veterinario, que dicho sea de paso, te comento, según el doctor ha mejorado mucho y que, por suerte, le volverán a crecer esas bonitas plumas de colores que tan bien lucía.
El asunto es que debía ir a casa, como te dije, para buscar ropa, regar las plantas, y ver que todo estuviera en orden.
Ya encaminada, en mi auto, veo a alguien conocido en la parada del semáforo, era el inspector Carrizo en su coche ¿Te acuerdas, el viejo cara de culo que nos atendió hostilmente en la comisaría?
Bueno, el asunto es que yo lo vi pero el a mí no.
Resulta que estaba haciendo el mismo camino que yo; en ese momento pensé que venía a casa.
Decidí no adelantarme mientras siguiera la misma ruta.
Y no vas a creer a dónde se dirigía, a la casa de Daria, mi vecina la inválida. Estaban varios patrulleros en el lugar para cuando ambos arribamos, yo a mi casa, claro.
Afuera, en el jardín, el que está en la entrada a su vivienda, se veía; de un montón de escombros y cenizas, salir humo ¿Te acuerdas que vimos cuando lo estaba amontonando?
Bueno, me imagino que, después de hacerlo, lo prendió fuego.
El asunto se vio siniestro por algo más…
La silla de ruedas, sola, frente a los restos de la fogata.
Mira, no aguanté más, salí de casa y pregunté a un oficial…
y "chismorreó". Chismorreó que Daria había desaparecido; que una vecina que la conocía vio la silla de ruedas frente al fuego y se asustó.
Salió para ver que ocurría; vio la silla, llamó a la casa, y como nadie contestó; decidió llamar a la policía....
- Muy generoso el oficial por contarte, todo. Chismoso el hombre. Después hablan de nosotras.
- Me volví de inmediato a casa. No vaya a ser que me reconociera, ese inspector con cara de escuerzo.
- Otra desaparición - pensativa, balbuceó Ava.
-¿Cómo?... No... ¿Qué tiene que ver con nosotras? No te hagas la cabeza.
- ¿Pero no te das cuenta?... tiene que ver. Desde el momento que es tu vecina, los gatos, su desaparición.
- Los gatos no desaparecieron nena.
-¿Fuiste al cementerio? ¿Hablaste con mamá? ¿Le preguntaste?
- Sí, fui
- ¿Y?
- Le mandé tu saludo
- No fue eso lo que te pregunté
- Sí, lo hice
- ¿Y?..... ¿?
- Nada… ¿Qué pretendías? ¿Que se levantara de su tumba y tendríamos una charla sobre las almas y el inframundo?
- No, claro, entiendo
- Sin embargo
- ¿Que?
- Hice otra pregunta
- ¿Otra pregunta?
- Sí, no sé por qué pero, me nació hacerla.
- ¿Y cuál fue?
- ¿Cómo seguir?... - Ava comprendió muy bien el sentimiento que impulsó aquel interrogante ¿Cómo seguir? ¿Qué hacer? Milena continuó
- Fue cuando ocurrió
- ¿Ocurrió?
- Se levantó un viento fuerte, muy fuerte; casi me arroja al suelo. Volaron papeles, hojarasca. El zumbido de los árboles parecía murmurar un idioma profundo, desconocido. Un crepitar fuerte de piedra se escuchó; terminé en cuclillas, resistiendo la embestida, y de pronto... se detuvo
- ¿Se detuvo?
- Como si nada hubiera ocurrido, el día volvió a como estaba; soleado, las aves cantaban, las abejas zumbaban, y ahí, frente a mí, la mitad de la lápida de mamá se hallaba en el suelo, partida en varios pedazos. Las pocas letras que quedaron en pie, de lo que habíamos mandado colocar...
– Milena trata de evocar aquellas palabras, pero Ava interrumpe, rememorando, en voz alta, aquellas formas en metal, incrustadas en la piedra
- Quien abra la puerta de nuestros corazones sabrá que siempre estarás allí-
- A mí me pareció cursi
- Sí, puede ser, pero de lo que quedó en pie, pude leer: "Quien abra La puerta - sabrá"
- ¿Una puerta? ¿Y qué? ¿Le vas a sumar alguna Cruz? ¿Una dirección o un teléfono para llamar a alguna iglesia? ¿Cuánto sale la dádiva que tenemos que dejar?
- ¡No seas tarada!... Solo quedó un papel pegado en la piedra con un dibujo
- Una cruz y una calavera.
- No, no, no y no. No es una iglesia, no había ninguna imagen religiosa, solo había un círculo y dentro de ella una flor.
- Ya sé, una curandera que hace tatuajes con dones de adivina
- Sí, ya sé que suena estúpido, pero te aseguro que...he visto esa imagen antes y no logro recordarlo…
El teléfono del comedor sonó en ese momento, ambas se levantan y corren; pero para cuando llegan, éste dejó de sonar.
- No puede ser, se cortó
- Esperemos, por ahí llaman otra vez.
- Escuchaste - Dijo Ava - sonó cuatro veces y se cortó
- ¡Basta!..... Esperemos.
No volvió a sonar. Se quedaron dormidas en el comedor, envueltas en frazadas sobre los colchones que Ava, recuperó del dormitorio de Alaia y acompañadas del calor de los ocho pequeños felinos.
*
El timbre, destierra abruptamente, del mundo onírico a Ava.
Cuando suena por segunda vez, supo darse cuenta donde estaba, que su hermana seguía durmiendo y que, los gatos se encuentran explorando los rincones del comedor.
Cuando por tercera vez suena, recuerda la importancia que tenía atender el teléfono.
Y justo, tras el trastabillo que provoca el nudo accidental de las frazadas con sus piernas; al tiempo, que una cuarta vez suena, lo que suponía el conteo final de aquellos llamados; el tubo en sus manos, confirma el hecho de aquel pronóstico, tras escuchar, el eco acústico del corte, del otro lado de la línea.
- ¿Por qué a este número y porqué solo cuatro veces...? Deberíamos tener un contestador automático, así dejan el mensaje ¿O es que sí lo tiene la línea? Hace tanto que no uso estos teléfonos. Con el celular es todo más fácil.
¡ARRIBA HAY QUE LEVANTARSE!
*
La mañana transcurrió, y aunque Ava y Milena se esforzaban, no había forma de calmar la mente.
*
-No puedo seguir así. Me voy a volver loca. Debo hacer algo… Además debo buscar un trabajo, ya no está papá para ayudarme.
¡Mierda él me lo advertía! Pero no puedo, necesito quedarme acá para cuando vuelva Alaia. ¡Ay! Papá cuánta falta me haces....
- Sí, sí, lo entiendo. Yo también. Debo volver al local, hay que ganarse el pan.
- dijo Milena, interceptando el soliloquio - Te propongo que, te quedes en tu casa.
No te preocupes por la plata, yo voy a trabajar, quédate y busca que hacer, ocúpate para no pensar tanto, digo, mientras esperas.
Yo tengo que regresar a trabajar a mi local.
Tengo que ponerme a vender. Hay que seguir.
El teléfono - dice Ava, continuando la construcción de pautas y demandas emocionales - tengo que estar pendiente del teléfono. Y a las señales, estoy segura.
- Sí, claro, yo también lo siento así. Tranquila
El teléfono suena. Ambas se lanzan sobre él. Terminan en el suelo, siendo Milena quien logra hacerse del tubo.
- ¡¿SI?!
-- Nos comunicamos de puerta abierta para decirle que tiene la reserva confirmada para el día domingo 16 de agosto. Muchas gracias - - se cortó en ese instante
- Cortó -
-¿Quién era?
- No sé, cortó
- ¿Pero que dijo?
- Que tenemos una reserva confirmada para el 16 de agosto
- ¿Qué?... ¿Pero de qué? ¿A dónde?
- No sé, no sé, solo dijo.... De puerta abierta.
- ¿Que?
En ese momento Pepa cotorrea y dice
- Toc, toc, toc, Carta... Carta
Tres golpes a la puerta fueron dados, y la misma palabra fue dicha - Carta, a lo que luego prosiguió la entrada de un sobre por la rendija destinada para el correo
Ava la tomó y tras examinarla se queda pasmada, inmóvil.
-¿Qué es? ¿Qué pasa?
- Mira el sobre, dijo ella ofreciéndolo
En el papel del sobre se podía observar una rosa dentro de un círculo.
- Es la misma - manifestó Milena
- ¿La misma?
- Sí, la misma que había visto en el cementerio, y ahora me doy cuanta. Claro, sabía que lo había visto antes, es el mismo dibujo que estaba en el sobre dirigido a Daria.
Abre el sobre. Del papel liberado, pronto se leyó una invitación con números de mesa para un almuerzo, en una dirección alejada de la ciudad: y que, por calidad, denotaba pertenecer a un salón serio; y aparentemente posesionado como un establecimiento caro.
- Son reservas a nombre de nosotras dos, claramente lo dice acá...
- Tenemos que ir
- No, yo no debo dejar la casa sola, debo esperar a...
- ¿Ava, no sientes que debemos ir?
- Sí... sí, tienes razón debemos ir... ¿Cómo supo Pepa lo del cartero, si esta no es su casa...?
Milena la mira, ambas comparten el mismo silencio a la que, la razonable duda las instala.