Capítulo III
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Y o también creo que algo significa, pero en mí, no estimula nada positivo. No, lo encuentro siniestro.
La estación de policía estaba atiborrada de gente, gritos, enfados y de violencia; tanto de civiles como de oficiales.
El ambiente estaba perfumado de hostilidad.
Sensación que solo invita a no querer ser invitado.
Aunque no resulta así conmigo.... Y es que siento...
un fuerte vínculo ¿Cómo decirlo de otra manera?
... Una rama directa de árbol genealógico.
Una familiaridad que se conecta directamente con mi esencia.
Como si nos emparentara el más antiguo linaje.
Pero volviendo a los acontecimientos que estamos viviendo.
Usted, mi querido lector y yo, claro, si es que soy un "yo".
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La cita no fue instada por la policía, no, no. Fue exigida por las hermanas.
El rostro del inspector Carrizo, estaba trazado por los surcos de la indiferencia y el fastidio.
No quería atenderlas ni mucho menos consolarlas.
Escuchó con tolerancia lo que por “conminada conveniencia”, le demanda la estabilidad de su puesto, aunque con la execración, "en el punta pie de la lengua".
La carrasposa voz de Carrizo, solo se manifestó para repetir el discurso memorizado, que suele utilizar, para dar por terminadas las entrevistas.
-No hay novedades. Hacemos lo posible con los presupuestos que el gobierno da. Recursos que, en tecnología, nos permite llegar hasta donde se puede. –
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No había novedades, no había novedades... Todo estaba en el mismo lugar. Sabían que nada se haría; que estaban solas con un sistema que las dejaba en el desconcierto... En el desamparo.
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El regreso a la casa, era iluminado por un sol de pintura “Naif”, un sol suave, inocente.
El calor era agradable. La luz era de infancia feliz, se sentía bien.
Las flores, de brote silvestre, parecían ordenarse, voluntariamente, a los costados de la senda; precepto de un airecillo, que coreografía una reverencia de caricias a los tobillos.
Invitaba a jugar. Los colores estaban vivos; abejas, por doquier, danzan sus territorios como así lo hacen los colibrís.
Aves cuchichean entre los árboles. Parecían festejar la alegría de un hermoso día.
Pero esto no era así. Toda aquella belleza, todos esos colores, toda aquella feliz vida, todo, todo, todo; en verdad, era una burla, un insulto, un ultraje; una befa al miedo, a la desesperación.
No, no era un hermoso día. Porque así como la belleza está en los ojos de quién observa, no hay entorno que pueda brindar sol; que no sea encapotado por las nubes que ciernen, una angustia que no halla consuelo.
Consuelo que no tiene descanso por la falta de… “respuestas”
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Ya en casa decidieron ocuparse en "ocuparse". Limpiar, pero sin cambiar mucho, sobre todo el cuarto de Alaia. Comprar comida para gatos y provisiones para ellas; hacer las curaciones a la lora y las curaciones a las heridas de Ava.
- ¡Pepa! - farfulla Milena, mientras trata de darle su medicina - hoy te llevo al veterinario.
¡Debo salir, tengo que llevar al veterinario a Pepa, ir al cementerio para charlar con Mamá sobre papá y tengo que ir a buscar algunas cosas a casa! ¿No quieres venir conmigo?
- No, debo estar acá, de por sí, no debería salir. Alaia podría regresar hoy; y acá nadie se queda. Estoy saliendo mucho.
- Sí, entiendo, tienes razón
- ¿Vas a menudo a charlar con mamá al cementerio?
El silencio ocupó el tiempo que, implica meditar la respuesta, con el peso que apareja revelar una intimidad.
-Sí, suelo hacerlo, y desde lo de papá, se me está haciendo urgente ir.
- ¿Por qué?
- Porque tal vez mamá sabe algo, y si está muerto debería saberlo
- Entiendo, bueno, envía saludos.
- Esta bien... Yo le digo.
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Ava no puede evitar sentir contradictoria la conducta de Milena. Negar el concepto de destino, cuando lleva por costumbre dialogar con su madre en el cementerio.
No existe verdad científica que no cuente con su demonio para contradecirla.
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El teléfono de la casa suena. La incertidumbre y el miedo las inmoviliza.
No atienden, las dos se miran pero ninguna ha de hacerlo.
Sonó cuatro veces y luego cesó. Se miraron para reclamarse la inacción, pero volvió a sonar y nuevamente se inmovilizaron.
Para cuando llegó a sonar por cuarta vez, justo cuando Milena se decide por atender, se volvió a cortar. Ya era tarde.
No lo puedo creer - dijo ella - ¿Por qué tienen este número y no el del celular? ¿Quién usa esos teléfonos todavía?... mierda.
- ¿Te diste cuenta?
- ¿De qué?
- Fueron ocho timbres
- De qué hablas, sonó cuatro veces
- No, no, fueron ocho, cuatro la primera y cuatro la segunda.
- Basta, es una estupidez. Me voy, tengo cosas que hacer
- ¿Y si vuelve a sonar?
- Atiendes.
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El día de Ava, fue dedicado a las labores de limpieza; mientras era seguida por los ocho coloridos felinos, en su recorrido por toda la casa.
Tallaba con energía los aparatos del baño, los azulejos hermosamente decorados por mandalas; diseñadas con flores rojas y azules.
Las cerámicas negras del piso y los entramados, de original diseño beige, de la cocina.
Reorganizó, con ojo técnico la ubicación de cada uno de los condimentos que, pudo por fin colocar, en aquellos ocho frasquitos tan artesanalmente matizados y que, nunca había sacado de su caja de regalos, desde que cumplió los 23 años; y que su hermana le había dado, hace tres años atrás.
El tendido de la cama del cuarto de Alaia fue la última tarea.
Instalada, junto con los ocho cachorros, en el lecho auxiliar que acomodaría junta a la de Alaia; para que Milena no durmiera en el sillón del living, Ava, evoca la voz de su hermana
- Tú y yo debemos estar juntas - En ellas se refugió, eran las palabras que le abrigaban contención, la voz de su hermana, el último pariente que le quedaba.
- ¿Dónde está mi niña? ¿Qué te están haciendo mi amor? ¿Por qué no estuve contigo mi bebé? ¿Dónde está mi luna? ¿Mi luna? ¡Luna!... ¡Luna!... ¿Por qué no estás en mi cielo?
Los pequeños felinos la observan. Sus ojos, enormes, parecen querer consolarla, Ava también los mira, eran muy bellos, muy tiernos.
Torpes, trepaban uno sobre otro buscando alcanzar el origen del brote de agua, que de ella emana.
La risa nació pronto entre sus lágrimas, el gorjeo, que las acompaña, confundía al paladar; su saliva con la salina que emigra desde sus ojos.
- Está bien... juguemos, dijo ella; se tapó, con ambas manos la cara, para luego mostrar un rostro desencajado en pos de asustarlos, y así, luego, perseguirlos.
Era un esfuerzo para hacerse fuerte; fuerte para soportar la espera.
Porque ella sentía que debía esperar, debía hacerlo.
Porque Alaia volvería. No sabía por qué pero, en el fondo, esa era la sensación.
Sensación que, a veces, traicionaba por los arrebatos de un razonamiento que volvía incoherente aquella idea, aquella espera, su propia existencia.
Ava, decide ejercer la terquedad.
- ¡Cantaré la canción más hermosa del mundo!... esa que todavía nadie ha cantado - Se decía- Pero cuando sacó sus manos de sus ojos. Cuando pronto, sus ojos, se hicieron vista para entregarse al juego; los pequeños gatos no estaban, habían desaparecido.
Era fantástico. Ava creyó que era fantástico que hubiesen escapado en tan poco tiempo. Eran torpes, todavía se movían trastabillando. Decidió buscarlos, sería fácil, seguramente estarían bajo la cama, en el ropero… detrás de la cortina… No, no... No estaban
¿Tal vez en el pasillo?.. Tampoco… ¿El comedor, en la cocina, en las macetas, en el patio, en el jardín?.... No... No… ¿?
- Que feo está mi jardín - pensó, no pudo evitar comparar con el jardín de la casa de Milena, el de su hermana era un edén, el suyo era el Congo de África.
Bueno - dijo - el Congo de África es como debió ser el Edén....
- Solo falta tarzán, porque la mona soy yo. ¿Dónde están? ¿Dónde se metieron? No pudieron desaparecer ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede sucederme esto? ¿Ni siquiera ocho gatos de mierda puedo cuidar? Apenas pueden caminar y desaparecen ante mí
¿Cómo es que me pasa esto?
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El resto de la tarde, tarde que, humilde, se despide como día para ceder el trono a la noche; Ava, vive su transición, sentada en una pequeña banqueta plegable, en un rincón del comedor.
Su mirada, expectante en el éter, en el vidrio de sus ojos, sin cambio en las dimensiones de su retina sobre una realidad que ya creía debía ser un sueño, la instó a esperar.
Despertaría, se decía, es cuestión de tiempo.
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Milena llegó, estaba ansiosa, parecía traer una noticia desconcertante. Sin notar como estaba su hermana repartió todo lo que cargaba en una silla y la mesada, Pepa estaba mejor, por lo menos se la escucha sonora, quejándose por los bruscos movimientos con que fue colocada su jaula.
- No vas a creer lo que pasó, tengo que contarte - tomó una silla y se sentó frente a Ava, que no había reaccionado, en nada, ante el tempestuoso ingreso de su hermana; empero, al finalizar sus palabras, al darse cuenta del estado de su hermana, temió por alguna novedad sobre su sobrina, o sobre su padre.
- ¿Qué pasa?
- Los gatos.... Desaparecieron... No los encuentro, no los encuentro por ningún lado.
La desesperación de Ava comenzaba a templarse en pánico. Milena tomó sus manos
- ¿De qué estás hablando?
- los gatos no están, desaparecieron
- ¿los gatos?
-¡Sí, todos, los ocho, no están, los busqué por todos lados!
- Ava ¡Ava! tranquila.... Están debajo de la silla, de tu silla
Ahí estaban, amontonados, durmiendo, encimados; creando un mismo acompasar de respiración, de ronroneo.
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