Voz Arcana Capítulo II #3
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Capítulo II #3

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Reitero, que en ninguno de estos extraños acontecimientos, yo he sido el responsable. Y reconozco mi incertidumbre. A veces ¿saben?...  creo escuchar una melodía, una canción, o simplemente… otra voz relatando esta historia.

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-  ¿Qué haces con ese gatito entre las manos?

- Apareció en la cocina, y además creo escuchar otros

- ¿Donde?

- No sé, los escucho

Ava y Milena revisaron la casa. Los pequeños felinos fueron  apareciendo en distintos lugares.

En la alacena, el guardarropa,  la cómoda. Debajo de la mesa del comedor, en una lámpara, una maceta, en el jardín.

Incluso bajo la tapa del inodoro.

Ocho  gatitos de múltiples colores aparecieron por arte de magia.

-Son sus hijos - dijo Ava.

- Sí, pienso igual -  respondió Milena – pero… ¿por qué?

- No lo sé, pero no puedo dejar de pensar que todo tiene que ver con Alaia

- Y con Papá.

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Y conmigo

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- Tengo que volver a casa -  reflexiona en voz alta Ava; mientras junta a todos los gatitos

- ¿Te los vas a llevar?

- Sí, maté a su mamá y no puedo ahora abandonarlos, además debo estar allí para cuando Alaia regrese.

Milena comprende de inmediato. La ayuda; busca una caja y colocan allí a todos los gatitos, incluso toma a su lora.

- ¿Qué haces con Pepa? -

- Debo cuidarla y ya no me interesa estar regresando todo el tiempo,  así que mejor la llevo. Nosotras tenemos que estar juntas.

Mientras salen con el auto, pudieron notar que algo sucedía en la casa de Daria; ella, en su silla de ruedas, iba amontonando cajas. Se podía apreciar que, en ellas, había ropa, trofeos, calzados; todo tipos de cosas; que iba colocando en el parque, frente de su hogar.

- Deben ser las cosas del hermano

- Seguramente. No la mires. Esa familia da escalofríos.

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Habían traído un colchón al dormitorio de Alaia, habían decidido dormir juntas, en el cuarto de la pequeña; los gatos, todos, estaban desparramados sobre  el lecho de  ambas, aunque alguno siempre se encontraba en el suelo. Un plato de leche, que Ava había dejado, pronto terminó por reunirlos

- ¿Cómo están tus heridas?

- Mejor, aunque duelen

- Habrá que cambiar algunos vendajes

- Déjalo así, mañana en todo caso.... ¿Cómo seguía el cuento?

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Ese bendito cuento. No sé porque pero me trae nervioso; no comprendo que hay en él

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- La flor y la luna......

La luna no aparecía, se habrá quedado dormida, pensó el hombre; cansado de llamarla emprendió  el viaje que, sabía, la traería al cielo.

Siempre supo que ella valía su esfuerzo, porque era la razón para que el amor se expandiera sobre la tierra, ya que la luna daba movimiento al mar, al agua, por lo tanto a la vida, era símbolo de inspiración para las almas; la luna era aquel que lejos estaba, pero que estaba para nosotras.

Así, el hombre buscó lo que siempre buscaba para atraerla. Es que para él, la luna poseía un  valor mucho más importante que para los demás.

Con su larga vara de remo, se impulsó por el ancho río y navegó.

Llegó al páramo que tanto conocía, y  bajó para luego internarse en la selva.

Subió a la cima del más alto monte, y estando en su cumbre, sacó una semilla azul de su faltriquera, para luego hundirla  en la roja tierra, la sembró.

De su obre vertió agua y comenzó a cantar la canción más hermosa, aún, no conocida.

Una hermosa flor nació y creció rápidamente.

Ocho colores,  relucían de ella para luego extenderse brillante hasta el cielo.

Entonces la luna apareció, enorme y redonda

Luego, cuando la luz volvió a la flor, una mujer hermosa se materializó, etérea, sobre ella.

- Batù, hijo -

- Hola madre, contestó el hombre

- Batù, deja de buscarme

- Pero madre, te extraño, no me pidas que no te busque, sin ti el amor no existe, sin la luna ¿cómo podré sentir tu amor?

- Batù, la luna está...

Las hermanas se quedaron un tiempo en silencio; entre saltos sobre la vereda del iris,  como una audaz pillería que burla la oscuridad de las pupilas.

El silencio contaba con la, apenas audible, instrumentación de violines; que los pequeños gatitos interpretaban con sus maullidos; mientras, de a poco, se iban amontonando sobre la generosa frazada.

-¿Y? - preguntó Ava, que no pudiendo sostener más su incógnita, quebrantó, altisonante, aquello que, a relato, se pretendió armonizado.

- Y nada, ese es el cuento  - respondió su hermana.

- No puede ser, así no puede terminar.

- Es que no se pudo terminar, mamá murió y papá nunca más quiso contar cuentos.

- Pero entonces, no fue porque crecimos

- No, no fue por eso. Mamá murió y nada fue igual desde entonces - El silencio se volvió a instaurar, pero esta vez sin instrumentos de cuerda.

- Te diste cuenta – dice Ava, mientras contempla a los cachorros amontonados.

- ¿De qué?

- Bueno, no son de ocho colores pero, si son ocho gatitos.

- Tenías que dar rienda suelta a esa necesidad tuya

- ¿De que estas hablando?

- De una respuesta mágica que contemple todo lo que está sucediendo. Deja de buscar significado a todo, y duerme, que es tarde.