Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Epílogo
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Epílogo

Dos años después…

Si alguien me hubiera dicho dos años atrás que terminaría viviendo en las Tierras Altas de Escocia, casada con un highlander enorme, testarudo y absolutamente convencido de que podía resolver la mitad de nuestros desacuerdos cargándome sobre el hombro, habría pensado que estaba completamente loco.

Si además me hubiera dicho que estaría embarazada de ese mismo hombre, sentada en el jardín de la fortaleza MacKay mientras mi mejor amiga ―también atrapada más de seiscientos años antes de nuestro nacimiento― esperaba a su segundo hijo, probablemente habría recomendado que lo encerraran.

Y, sin embargo, allí estaba.

Apoyé ambas manos sobre mi vientre y contemplé cómo Sìne corría por la hierba detrás de una lagartija.

Había crecido muchísimo. Sus pequeñas piernas se movían tan deprisa que en cualquier momento esperaba verla terminar de bruces contra el suelo, pero ella parecía tener un equilibrio sorprendente para su edad.

Había heredado los ojos de Brett, el cabello claro de Rose y, por desgracia para sus padres, el carácter de ambos.

―No corras tanto, cariño ―le advirtió Rose desde su asiento.

Sìne no le hizo el menor caso.

―Te obedece muchísimo ―comenté.

Rose me lanzó una mirada.

―Es una niña de dos años.

―Una niña de dos años que ya sabe perfectamente que su padre es incapaz de negarle nada.

―Eso es culpa de Brett.

―Por supuesto. Tú no tienes nada que ver.

―Absolutamente nada.

Me reí y volví a acomodarme.

Rose estaba sentada a mi lado con una mano sobre un vientre tan enorme que llevaba varios días asegurando que aquel niño tenía que nacer de un momento a otro.

El médico todavía calculaba que faltaba algo de tiempo, pero ella sostenía que después de haber pasado por aquello una vez conocía su cuerpo bastante mejor que él.

Yo tampoco estaba precisamente en condiciones de burlarme.

Miré mi propia barriga. A mí todavía me quedaban algunas semanas. O eso esperaba.

El pequeño MacKay que llevaba dentro parecía tener una opinión diferente y llevaba toda la mañana moviéndose como si estuviera entrenando para convertirse en guerrero antes de salir de mi cuerpo.

―Como vuelvas a darme una patada ahí, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria cuando nazcas ―murmuré.

Rose me escuchó.

―¿Estás amenazando a tu hijo?

―Estoy estableciendo límites.

―Todavía no ha nacido.

―Nunca es demasiado pronto.

Sienna, sentada frente a nosotras, soltó una carcajada.

―Pobre criatura.

La miré.

―No empieces tú.

―No he dicho nada.

―No hace falta. Tienes esa cara.

Sienna sonrió con aquella expresión misteriosa que seguía consiguiendo ponerme nerviosa después de dos años.

―¿Qué cara?

―La de que sabes algo que las demás ignoramos.

―Quizá lo sepa.

―¿Ves? Eso. Eso es exactamente lo que odio.

Rose comenzó a reír.

―Yo ya he aprendido a no preguntarle.

―Pues yo no. ―Me incliné ligeramente hacia Sienna―. ¿Cuándo va a nacer?

―Cuando esté preparado.

La miré indignada.

―Fantástico. Muchísimas gracias. Qué precisión.

Rose soltó una carcajada.

Aquella era nuestra vida ahora. Y todavía había días en los que me parecía completamente imposible.

Dos años.

Dos años desde que desperté empapada y aterrorizada en una orilla que no reconocía. Dos años desde que encontré a Daziel junto a aquella hoguera y pensé que había tenido la mala suerte de toparme con el hombre más grande y posiblemente más peligroso de toda Escocia.

No sabía entonces que ya lo había amado una vez.

No sabía que mi alma lo recordaba aunque mi cabeza no pudiera hacerlo. Y, sobre todo, no sabía que aquel lugar terminaría convirtiéndose en mi hogar.

Escuchamos voces procedentes del otro extremo del jardín y Sìne dejó inmediatamente de perseguir la lagartija.

―¡Papá!

La niña salió corriendo.

Brett apareció acompañado de Daziel y apenas tuvo tiempo de inclinarse antes de que su hija se lanzara contra él. La levantó en brazos con facilidad y Sìne comenzó a contarle algo incomprensible acerca de la lagartija mientras señalaba hacia los árboles.

Sonreí.

Después miré a Daziel.

Y él ya estaba mirándome.

Tanto tiempo y todavía me ocurría. Aquel pequeño vuelco en el estómago.

Bueno, ahora resultaba difícil distinguir entre un vuelco provocado por Daziel y una patada de su hijo, pero estaba casi segura de que aquello había sido culpa de él.

Seguía siendo el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Y sí, después de dos años de matrimonio probablemente debería haberme acostumbrado.

No lo había hecho.

Se acercó hacia mí con aquella forma de caminar tan segura que siempre había tenido y se detuvo frente a mi asiento.

―Esposa.

Levanté una ceja.

―Marido.

Se inclinó y me besó.

Un beso breve.

Demasiado breve.

―Eso ha sido bastante pobre.

Daziel sonrió contra mis labios.

―Mi madre está delante.

―He visto cosas peores ―intervino Sienna.

Me separé de él para mirarla.

―¿Qué? ―preguntó ella inocente.

Rose se estaba riendo.

Daziel aprovechó para besarme nuevamente, esta vez un poco más despacio, antes de agacharse frente a mí y colocar ambas manos sobre mi vientre.

Su expresión cambió de inmediato.

Siempre ocurría.

Aquel guerrero gigantesco capaz de enfrentarse a una docena de hombres se transformaba completamente cada vez que tocaba mi barriga.

―¿Cómo está hoy?

―Intentando romperme una costilla.

―Es fuerte.

―Es un salvaje. Como su padre.

Daziel sonrió orgulloso.

―Entonces todo marcha bien.

Besó mi vientre.

Sentí que el bebé se movía justo debajo de su mano. Los ojos de Daziel se iluminaron. Y mi corazón hizo aquella cosa estúpida que llevaba años haciendo cada vez que lo veía así.

Lo amaba. Dios, cómo lo amaba. Ya no existían dudas. No había creo .

No necesitaba una visión de Danielle y Donald para explicarlo.

Amaba a Daziel MacKay. Al hombre que había conocido junto al fuego.

Al que había fingido ser mi esposo ante un rey y después había terminado convirtiéndose en mi marido de verdad.

Al que todavía no comprendía la mitad de las expresiones que utilizaba y que seguía preguntándome cosas sobre mi tiempo cuando estábamos tumbados en la cama por la noche.

―¿Por qué me miras así? ―preguntó Daziel.

―Porque estás bueno ―solté en tono de burla.

Rose soltó una carcajada.

Brett frunció el ceño.

―¿Qué significa eso?

―Nada que necesites aprender ―contestó Rose rápidamente a su esposo.

―Significa que soy un hombre atractivo ―explicó Daziel con absoluta satisfacción.

Lo miré sorprendida.

―¿Quién te ha enseñado eso?

―Tú. Lo dices constantemente.

―Traidor.

Me cogió de las manos y me ayudó a levantarme.

―Vamos a caminar.

―No quiero caminar.

―El médico dijo que te conviene.

―El médico no lleva una criatura de este tamaño presionándole la vejiga.

―Chloe.

―Daziel.

Me miró.

Lo miré.

Sienna suspiró.

―Dos años casados y todavía parecéis dos niños.

―Él empezó.

―Ella siempre dice eso ―protestó Daziel.

―Porque siempre empiezas tú.

Rose negó con la cabeza.

―Idos. Los dos.

Daziel sonrió y pasó un brazo alrededor de mi cintura.

Al final caminé.

Por supuesto que caminé.

Aquella noche cenamos todos juntos.

La visita a la fortaleza MacKay se había alargado más de lo previsto, pero a ninguno parecía importarle. Daziel podía ausentarse durante algunos días de Kinlochewe sin problemas y yo estaba encantada de tener a Rose tan cerca.

Sobre todo entonces. Nuestros hijos nacerían con pocas semanas de diferencia. Aquello me emocionaba más de lo que quería reconocer.

Mientras cenábamos, observé a Sìne sentada sobre las piernas de Brett, intentando robar pequeños trozos de pan del plato de su padre. Rose hablaba con Sienna y Daziel discutía con su hermano acerca de unas tierras que necesitaban preparar antes del invierno.

Me limité a escucharlos.

A mi familia.

Porque eso eran.

Mi familia.

Y de pronto pensé en Londres.

Ya no dolía como antes.

A veces todavía recordaba mi tiempo con una nostalgia extraña. Echaba de menos cosas absurdas. Una ducha caliente. La música. El café decente. Poder encender una luz sin necesitar una vela. Incluso llegué a echar de menos el ruido de los coches.

Pero también echaba de menos a personas. Eso era lo difícil. Había aprendido a vivir con ello. Rose también.

Nunca regresamos al yacimiento de Beinn Eighe. Al principio evitábamos hablar de aquel lugar. Después, poco a poco, dejó de tener importancia.

La puerta seguía existiendo. Al menos eso suponíamos. Pero ninguna volvió a buscarla. Porque regresar significaba abandonar aquello. A ellos. A nuestros hijos. Y yo ya había perdido a Daziel una vez.

Habían hecho falta más de seiscientos años para encontrarlo nuevamente. No pensaba volver a despedirme de él.

Sentí una mano sobre la mía. Levanté la mirada.

Daziel.

―¿Dónde estabas?

―Aquí.

―No. ―Entrelazó sus dedos con los míos―. Estabas muy lejos.

Sonreí. Me conocía demasiado bien.

―Pensaba en mi tiempo.

Su expresión cambió ligeramente. Aquel miedo seguía escondido en alguna parte.

―¿Lo echas de menos?

Pensé la respuesta.

―Algunas cosas.

Sus dedos se tensaron apenas alrededor de los míos.

Me incliné hacia él.

―Pero no quiero regresar.

Daziel me miró.

―¿No?

―No.

―¿Nunca?

Sonreí.

―¿Todavía necesitas preguntármelo?

―Probablemente siempre.

Aquello me rompió un poco el corazón.

Me acerqué más.

―Entonces te responderé todas las veces que haga falta.

Le acaricié la mejilla.

―No voy a marcharme, Daziel.

Sus ojos permanecieron clavados en los míos.

―¿Lo prometes?

―Lo prometo.

Entonces su mirada descendió hacia mi vientre.

―Además ―añadí―, no creo que tu hijo me permitiera llegar demasiado lejos.

Daziel sonrió.

―Mi hijo.

―Nuestro hijo.

―Eso he dicho.

―No. Has dicho mi hijo .

―Porque es mío.

―También es mío.

―Pero es un MacKay.

―Y yo soy una MacKay.

Daziel se quedó callado.

Sonreí.

Había ganado.

―Maldita mujer.

―Te quiero también.

Más tarde salimos al exterior.

La noche estaba despejada y las estrellas cubrían las Tierras Altas con una claridad que jamás había visto en mi época. El aire era agradable y desde las murallas llegaba el olor de la hierba húmeda.