Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

―¡Deja tú de secuestrarme!

―No te estoy secuestrando.

―¡Voy colgada de tu hombro!

―Porque no confío en que vengas voluntariamente.

―¡Ni siquiera me has dicho adónde vamos!

―Ya lo verás.

Aquello era surrealista.

Atravesamos la entrada de la fortaleza mientras yo continuaba protestando y Daziel ignoraba cada una de mis amenazas.

Desde mi humillante posición solo alcanzaba a ver el suelo de piedra pasando bajo nosotros y, de vez en cuando, los pies de algún criado que se detenía para contemplar el espectáculo.

Escuché varias risas ahogadas a nuestro paso y supe que antes de la cena toda Kinlochewe estaría hablando de cómo su nuevo laird había atravesado la fortaleza con su supuesta esposa colgada del hombro.

―Daziel MacKay, te advierto que cuando me bajes voy a matarte.

―Tendrás que esperar.

―¿Por qué?

―Porque tengo planes antes.

―Eso no me tranquiliza en absoluto.

Rose volvió a reír detrás de nosotros.

―Estoy empezando a odiarte, Rose.

―Yo no he hecho nada.

―¡Estás disfrutando!

―Muchísimo.

―¡Rose! ―la reprendió Sienna, aunque también escuché diversión en su voz.

Daziel atravesó el vestíbulo y se dirigió hacia el gran salón. En ese momento empecé a notar algo extraño. Había demasiadas voces. Demasiada gente reunida allí para una tarde cualquiera.

Las puertas se abrieron.

Escuché varias carcajadas.

―¿Qué demonios...?

Daziel me bajó finalmente.

Tuve que agarrarme a sus brazos para recuperar el equilibrio y, en cuanto mis pies tocaron el suelo, estuve a punto de comenzar a gritarle.

Hasta que miré alrededor. Y me quedé muda. El gran salón estaba lleno.

Criados, guerreros y buena parte de los habitantes de la fortaleza se habían reunido allí. Fergoll estaba entre ellos con una sonrisa enorme. Màiri parecía a punto de explotar de emoción. Munro se encontraba junto a Brett y ambos mostraban una expresión de absoluta diversión.

Y frente a todos ellos esperaba un sacerdote.

Abrí mucho los ojos.

Miré al sacerdote.

Después a Daziel.

Volví a mirar al sacerdote.

―No.

Daziel sonrió.

―Sí.

―No puede ser.

―Puede.

Rose y Sienna acababan de entrar en el salón y mi amiga se detuvo en seco al comprender lo que estaba ocurriendo.

―Oh, Dios mío.

Yo seguía sin saber si reír, llorar o golpear al hombre que tenía delante.

―¿Has organizado todo esto mientras yo pensaba que te habías enfadado?

―Me dijiste que esperabas que te pidiera matrimonio.

―¡Que me lo pidieras! No que organizaras una boda sin avisarme.

Daziel se volvió hacia el sacerdote.

―Hágalo, padre. Cásenos.

El pobre hombre parpadeó.

―Mi señor, quizá la joven...

―¡Ahora!

―¡Daziel!

Me miró.

―¿Qué?

―¿Qué clase de petición de matrimonio es esta?

―La única que se me ha ocurrido después de que me dijeras que no había sido suficientemente romántico.

Lo observé completamente atónita.

¿Aquello era el acto más maravilloso y romántico que un hombre había hecho por mí o el más demencial?

Probablemente ambas cosas.

―Estás loco.

Daziel se acercó hasta quedar frente a mí.

―Estoy loco, mujer. Pero estoy loco por ti. ¿Es que todavía no lo entiendes?

El salón se quedó mucho más silencioso.

Mi corazón comenzó a latir deprisa.

La diversión desapareció poco a poco de sus ojos y Daziel cogió mis manos.

―Deseo todo contigo, Chloe. Quiero despertarme a tu lado cada mañana.

Quiero que sigas llenando mi fortaleza de esas palabras extrañas que nadie comprende y que continúes discutiendo conmigo por cosas que jamás se le ocurriría discutir a ninguna otra mujer.

Quiero verte reír. Quiero verte enfadada.

Quiero que me vuelvas loco todos los días que me queden de vida.

Quiero compartir mi cama contigo, mi casa, mis tierras... todo cuanto tengo.

Sentí que los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas.

Daziel apretó mis manos.

―Quiero que seas mi esposa de verdad. Te deseo a ti, Chloe. Joder, deseo...

―¡Daziel! ―lo reprendió Sienna.

Todo el mundo comenzó a reír.

Daziel cerró los ojos con resignación.

―Madre...

―Estás delante de un sacerdote. Deja de blasfemar de esa manera.

―Estoy intentando decirle a la mujer que amo que deseo pasar el resto de mi vida con ella.

―Puedes hacerlo sin ofender a Dios mientras lo haces.

No pude contener la carcajada.

Daziel me miró.

―¿Ves lo que tengo que soportar?

―Pobre hombre.

―Padre ―dijo sin apartar los ojos de mí―, continúe antes de que alguien vuelva a interrumpirme.

El sacerdote carraspeó, intentando recuperar una solemnidad que aquella boda claramente no estaba dispuesta a concederle.

Entonces comenzó la ceremonia.

Y yo permanecí allí, con las manos entre las de Daziel y una sonrisa que era incapaz de borrar de mi rostro.

No llevaba un vestido especial. No había flores preparadas ni músicos ni ninguno de los detalles que alguna vez había imaginado que tendría el día de mi boda. Ni siquiera sabía que iba a casarme hasta unos minutos antes.

Y, sin embargo, nunca había vivido algo tan perfecto.

Miré al hombre que tenía delante.

Aquel highlander gigantesco, testarudo, arrogante y completamente loco que había aparecido en mi vida después de que un río me arrastrara más de seiscientos años hacia el pasado.

El hombre que había dormido en el suelo para respetarme, que había escuchado fascinado mis historias sobre el futuro, que me había hecho perder la cabeza entre las sábanas y que estaba dispuesto a ayudarme a regresar a mi tiempo aunque eso significara quedarse sin mí.

Donald había amado a Danielle. Pero aquello no era Donald y Danielle. Éramos nosotros. Chloe y Daziel. Y esta vez teníamos nuestra oportunidad.

El sacerdote pronunció unas palabras que apenas escuché porque no conseguía apartar los ojos de él. Cuando llegó el momento de preguntar por mi voluntad, la sala quedó completamente en silencio.

―Chloe ―dijo el sacerdote―, ¿aceptáis a este hombre como vuestro esposo y consentís libremente esta unión?

Miré a Daziel.

Él dejó de sonreír.

Por primera vez desde que había entrado cargándome como una salvaje, pareció nervioso. Y aquello me enamoró todavía más.

―Sí.

Daziel soltó lentamente el aire.

Sonreí.

―Sí, acepto. Con todas las consecuencias.

Alguien soltó una carcajada detrás de nosotros.

El sacerdote se volvió hacia Daziel y formuló la misma pregunta.

Él ni siquiera esperó a que terminara.

―Sí.

―Mi señor, debo terminar la pregunta.

―Termine, pero la respuesta seguirá siendo sí.

Las risas volvieron a llenar el salón.

El sacerdote consiguió finalmente concluir y Daziel asintió con absoluta seguridad.

―Sí, la acepto. Aunque tenga que cargarla sobre mi hombro durante el resto de nuestra vida para impedir que huya.

Le di un golpe en el pecho.

―Inténtalo y nuestro matrimonio durará muy poco.

―Ya veremos.

―Daziel...

―Chloe...

―¿Podéis permitir que termine? ―preguntó el sacerdote con resignación.

Todo el salón estalló en carcajadas.

Me tapé la boca para contener la mía.

―Perdón, padre.

La ceremonia continuó y, cuando finalmente el sacerdote declaró nuestra unión ante Dios y los presentes, sentí que las lágrimas que llevaba intentando contener comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Daziel las vio.

Su expresión cambió inmediatamente.

Me acarició el rostro.

―Ahora sí eres mi esposa.

Negué entre lágrimas y risas.

―Ahora sí.

―¿Y sigues pensando que no soy romántico?

―Todavía estoy decidiendo si esto ha sido romántico o un secuestro.

―Puedes decidirlo mañana.

Y me besó.

Lo hizo delante de todos, rodeándome la cintura con el brazo sano y acercándome contra su cuerpo mientras yo le pasaba los brazos alrededor del cuello. El gran salón se llenó de aplausos, silbidos y carcajadas, pero durante unos segundos dejé de escuchar absolutamente todo.

Solo sentí sus labios. Su calor.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

―Te amo, esposa.

Sonreí.

Aquella palabra ya no formaba parte de ninguna mentira.

―Y yo a ti, marido.

Los aplausos volvieron a estallar a nuestro alrededor.

Y mientras miraba a Daziel comprendí algo que, por primera vez, no me produjo miedo.

Que no quería estar en ningún otro lugar. Porque seiscientos años atrás nos habían arrebatado nuestro futuro antes de que pudiéramos comenzar a vivirlo.

Esta vez pensaba disfrutar hasta el último segundo.