Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Fortaleza de Kinlocheve,

propiedad del laird Daziel MacKay.

Aquella tarde estaba en el jardín con Rose, Sienna y Sìne, disfrutando de una tranquilidad que después de las últimas semanas me parecía casi sospechosa.

Sienna y Rose conversaban sentadas bajo la sombra de uno de los árboles mientras yo tenía a Sìne sobre mis piernas y me entretenía haciéndole cosquillas en la barriga para escuchar sus pequeños sonidos.

Aquella niña conseguía que olvidara cualquier preocupación durante unos minutos y, después de todo lo ocurrido, había decidido permitírmelo.

No preguntarme cuánto tiempo permanecería allí ni qué significaba que cada mañana despertara junto a Daziel sintiéndome un poco más en casa.

Precisamente él apareció mientras Sìne intentaba atrapar uno de mis dedos con sus pequeñas manos.

Lo vi acercarse desde el otro extremo del jardín y su expresión consiguió que mi sonrisa desapareciera poco a poco. Daziel no parecía enfadado, pero tampoco traía aquella media sonrisa arrogante que utilizaba casi siempre que venía a buscarme. Estaba serio. Demasiado serio.

―¿Puedo hablar contigo un momento?

Miré a Rose y después a Sienna. Mi amiga extendió los brazos para coger a su hija.

―Ve. Yo me quedo con ella.

Le entregué a Sìne y me puse en pie.

―¿Ha ocurrido algo?

―No. Solo quiero hablar contigo.

Aquello era exactamente lo que decía alguien justo antes de comunicarte que había ocurrido algo.

Lo seguí por el jardín hasta una zona más apartada, cerca del muro, donde los árboles y los arbustos nos ocultaban de las demás.

Daziel se detuvo y permaneció unos segundos de espaldas a mí, como si estuviera buscando la manera correcta de comenzar la conversación.

Después se volvió y, para mi sorpresa, cogió mis dos manos entre las suyas.

―Chloe, necesitamos hablar.

―Eso suele decirse justo antes de una conversación horrible.

―No estoy bromeando.

―Ya lo veo.

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos.

―Me estoy acostumbrando a esto.

Fruncí el ceño.

―¿A qué?

―A ti.

Aquello consiguió que dejara de bromear.

Daziel respiró profundamente antes de continuar.

―Me estoy acostumbrando a despertarme contigo, a encontrarte sentada a mi lado durante las comidas, a verte caminando por la fortaleza como si siempre hubieras vivido aquí. Me he acostumbrado incluso a escucharte discutir con Fergoll porque según tú utiliza demasiada grasa para cocinar.

―Utiliza demasiada grasa.

―Chloe.

―Perdón.

No sonrió.

―También me he acostumbrado a que duermas en mi cama.

Sentí que algo se encogía dentro de mi pecho. Ya sabía adónde conducía aquello.

―Te refieres a regresar.

―Sí. ¿A qué iba a referirme?

Aparté la mirada.

Daziel soltó una de mis manos únicamente para levantarme suavemente el mentón.

―Necesito saber qué vas a hacer.

―Daziel...

―No te estoy exigiendo que te quedes.

―Ya lo sé.

―Y tampoco voy a impedirte regresar si eso es lo que deseas. Te lo prometí y mantendré mi palabra. Pero necesito saberlo, Chloe. Quiero hacerme a la idea cuanto antes porque no puedo seguir viviendo con esta duda.

La vulnerabilidad de aquellas palabras me sorprendió. Daziel no era un hombre acostumbrado a reconocer sus miedos y, sin embargo, en ese momento podía ver perfectamente cuánto le estaba afectando aquella incertidumbre.

―Siento que te sientas así.

―Eso no responde a mi pregunta.

―Porque todavía no sé qué responderte.

Su mandíbula se tensó.

―Han pasado dos semanas.

―Lo sé.

―Dos semanas en las que no has vuelto a mencionar tu hogar.

―Porque estaba disfrutando de no pensar.

Me separé ligeramente de él, aunque no retiré las manos.

―Eso es exactamente lo que he estado haciendo, Daziel.

Vivir el momento. Después de todo lo que ocurrió con Sienna, con el ataque, contigo herido y con todas esas malditas revelaciones sobre vidas pasadas, necesitaba dejar de preguntarme continuamente qué iba a ocurrir mañana.

Por una vez quería despertarme, disfrutar del día y ya está.

Su expresión se suavizó un poco.

―Me alegra que estés a gusto aquí.

―Lo estoy.

―Pero yo estoy de los nervios.

No pude evitarlo.

Me reí.

Daziel me miró con absoluta indignación.

―No tiene gracia.

Aquello hizo que todavía me resultara más difícil contener la sonrisa.

―¿Ahora no te gusta que me ría?

―No cuando estoy intentando hablar seriamente contigo.

―Vaya, qué curioso. Te recuerdo que eres tú quien nunca se toma nada en serio cuando soy yo la que está preocupada.

―Eso es diferente.

―¿Por qué?

―Porque ahora el preocupado soy yo.

Solté otra carcajada.

―Magnífico argumento.

Daziel dejó caer mis manos.

―Está bien.

―¿Está bien qué?

―Ya hablaremos en otro momento. Veo que hoy no tienes ganas de mantener esta conversación.

Se dio media vuelta.

Me quedé mirándolo mientras comenzaba a alejarse y algo dentro de mí protestó inmediatamente. No quería que se marchara así. Y, sobre todo, no entendía cómo aquel hombre podía estar hablando de nuestro futuro con aquella solemnidad sin darse cuenta de algo bastante evidente.

―Pensé que me pedirías que me casara contigo.

Daziel se detuvo.

Completamente.

Durante unos segundos permaneció de espaldas a mí y llegué a preguntarme si realmente me había escuchado.

Entonces se volvió muy despacio. La expresión de su rostro fue tan extraordinaria que tuve que morderme el interior de la mejilla para no volver a reír.

―¿Qué has dicho?

Me encogí de hombros intentando aparentar una tranquilidad que no sentía.

―Que pensé que me pedirías que me casara contigo.

Me observó como si acabara de hablarle en uno de esos términos de mi época que tanto le costaba comprender.

―¿Casarte conmigo?

―Sí.

―¿De verdad?

―Bueno, llevas semanas diciéndole a todo el mundo que soy tu esposa. Creí que en algún momento se te ocurriría preguntarme si quería serlo de verdad.

Sus ojos se entrecerraron.

―Chloe...

―¿Qué?

―¿Te estás burlando de mí?

―No.

Esta vez hablaba completamente en serio.

―Solo pensaba que serías un poco más romántico.

Su expresión cambió.

―¿Romántico?

―Sí. Ya sabes. Una declaración bonita, unas palabras, quizá arrodillarte...

―¿Arrodillarme?

―Es una costumbre de mi época.

―Por supuesto que lo es.

―Tampoco hace falta que pongas esa cara.

Daziel me observó durante varios segundos. Después negó lentamente con la cabeza y una expresión que no supe interpretar apareció en su rostro.

―Maldita sea, mujer.

―¿Qué?

―Así que con esas estamos.

―¿Con cuáles estamos?

No respondió.

Simplemente se dio media vuelta.

―Daziel.

Continuó caminando.

―¡Daziel!

Ni siquiera volvió la cabeza.

Me quedé allí plantada, completamente desconcertada, viendo cómo atravesaba el jardín y desaparecía en dirección a la fortaleza.

―Pues muy bien ―murmuré―. Estupendo.

Esperé. Porque estaba convencida de que regresaría.

Pero no lo hizo.

La seguridad con la que había soltado aquello comenzó a desaparecer poco a poco. ¿Y si se había enfadado?

«Mierda, qué complicados son los highlander».

Quizá no debería haberlo dicho así. El hombre acababa de abrirse conmigo, había reconocido que temía perderme y yo prácticamente me había reído de él antes de reprocharle que no me hubiese pedido matrimonio con suficiente romanticismo.

―Muy bien, Chloe ―murmuré para mí misma―. Sensibilidad extraordinaria.

Esperé un poco más por si aparecía.

Nada.

Finalmente regresé hacia el lugar donde había dejado a las demás. Rose seguía sentada junto a Sienna y tenía a Sìne en brazos. Ambas levantaron la mirada al verme llegar.

Intenté comportarme con naturalidad.

No debí de conseguirlo.

Rose arqueó una ceja.

―¿Qué has hecho?

―¿Por qué das por hecho que he hecho algo?

―Porque te conozco.

Me senté junto a ellas y miré hacia la fortaleza.

Daziel no había regresado.

Por primera vez empecé a sentirme realmente nerviosa.

Quizá debería haber hablado de otra manera.

Daziel tardó tanto en regresar que terminé convencida de que realmente se había enfadado conmigo.

Rose y Sienna habían retomado su conversación, Sìne dormía plácidamente entre los brazos de su madre y yo fingía escuchar mientras miraba hacia la fortaleza cada pocos instantes.

Cuanto más tiempo pasaba, peor me sentía.

Quizá me había excedido. Él había acudido a mí preocupado, dispuesto a hablar de algo que evidentemente llevaba días atormentándolo, y yo había terminado soltándole que esperaba una petición de matrimonio romántica como si estuviéramos en pleno siglo XXI y el pobre hombre supiera siquiera qué demonios esperaba yo de él.

Estaba a punto de preguntarle a Rose si creía que debía ir a buscarlo cuando Sienna dejó de hablar y miró hacia algún punto situado a mi espalda.

―¿Qué hace mi hijo?

Me giré.

Daziel caminaba hacia nosotras.

Y caminaba deprisa.

Muy deprisa.

No parecía enfadado. Parecía decidido, que tratándose de Daziel podía resultar bastante más peligroso. Atravesó el jardín con grandes zancadas, sin apartar los ojos de mí, y conforme se acercaba tuve la extraña sensación de que debía empezar a preocuparme.

―Daziel...

No contestó.

―¿Estás bien?

Nada.

Llegó hasta mí y, antes de que pudiera ponerme en pie completamente, se inclinó, me rodeó la cintura y me cargó sobre su hombro como si no pesara absolutamente nada.

Solté un grito.

―¡¿Pero es que te has vuelto loco?!

Rose abrió la boca.

Sienna hizo exactamente lo mismo.

Yo me encontré de repente contemplando el trasero de Daziel y el suelo detrás de él mientras aquel maldito hombre comenzaba a caminar conmigo colgada del hombro.

―¡Daziel! ¡Bájame!

―No.

―¡Bájame ahora mismo!

―Tampoco.

Le golpeé la espalda con ambas manos.

―¡Te juro que como no me bajes...!

―Hijo ―intervino Sienna detrás de nosotros―, ¿se puede saber qué estás haciendo?

Daziel ni siquiera disminuyó el paso.

―Hacerlo a la antigua usanza.

Hubo unos segundos de silencio.

―¿Qué? ―pregunté.

―Con esta mujer no tengo más opciones.

Rose soltó una carcajada.

―¡No te rías! ―grité intentando girarme para verla.

―¡Lo siento! ―contestó ella, aunque claramente no lo sentía en absoluto.

Daziel continuó caminando.

―Venid conmigo ―les dijo.

―¡Que no venga nadie! ¡Tú bájame!

―Deja de moverte.