Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Daziel

Dos semanas después, la fortaleza apenas conservaba señales del ataque.

Los cuerpos habían desaparecido del patio, las manchas de sangre se habían limpiado de las piedras y los daños en las puertas y las murallas estaban siendo reparados por carpinteros y hombres del clan.

Algunos guerreros todavía llevaban vendajes y otros caminaban con las heridas recientes recordándonos que la victoria había tenido un precio, pero Kinlochewe volvía poco a poco a respirar.

Los animales regresaban a los establos, Fergoll volvía a gritar desde las cocinas y los entrenamientos se habían reanudado cada mañana.

Hasta Munro había comenzado a insistir en que mi brazo estaba suficientemente recuperado para volver a empuñar una espada, aunque el médico y Chloe compartían una opinión bastante diferente.

Sobre todo Chloe.

Durante aquellas dos semanas se había convertido en mi sombra.

Al principio pensé que sería algo pasajero, consecuencia del miedo que había sentido durante el ataque, pero pronto comprendí que algo entre nosotros había cambiado definitivamente desde aquella tarde en mi alcoba.

Chloe se ocupaba personalmente de comprobar mi vendaje, vigilaba que no hiciera esfuerzos y aparecía cada vez que intentaba hacer algo que, según ella, podía abrir nuevamente la herida.

Incluso había conseguido enfrentarse al médico cuando consideró que no estaba limpiándola suficientemente bien, utilizando palabras de su época que ninguno de nosotros comprendía mientras insistía en que una infección podía ser más peligrosa que la propia espada.

Yo me limitaba a observarla, y a enamorarme todavía más.

Dormíamos juntos todas las noches. Ya no porque el rey estuviera bajo nuestro techo ni porque necesitáramos mantener la mentira de nuestro matrimonio.

Simplemente ninguno de los dos había sugerido volver a dormir separado.

Chloe se acostaba junto a mí, apoyaba la cabeza sobre mi pecho y por las mañanas solía despertarme con una pierna sobre las mías y el cabello completamente desordenado sobre la almohada.

Desayunábamos juntos cuando mis obligaciones lo permitían, discutíamos por cualquier estupidez y algunas tardes desaparecía con Rose o con Màiri para regresar horas después cargada de historias.

Parecíamos un matrimonio. Un matrimonio de verdad. Y me gustaba demasiado.

Ese era precisamente el problema. Porque cada día que pasaba resultaba más difícil recordar que Chloe todavía tenía un camino de regreso.

Nunca habíamos vuelto a hablar seriamente de ello. Después de confesarme que creía amarme, dejó de mencionar constantemente Londres, el río o aquel lugar de las montañas desde el que supuestamente podría regresar a su época. Yo tampoco preguntaba.

Cobarde.

Sabía que lo era.

Había combatido contra hombres armados, había defendido aquellas tierras y me había enfrentado a Ross sin saber si saldría vivo del patio, pero no encontraba el valor suficiente para preguntarle a una mujer si seguía pensando abandonarme.

Porque temía su respuesta.

Chloe tenía una vida en otro tiempo. Un mundo que yo apenas podía imaginar y que, según todo cuanto me había contado, estaba lleno de maravillas imposibles. Tenía libertad, comodidades y oportunidades que ninguna mujer poseía aquí. ¿Qué podía ofrecerle yo a cambio?

Una fortaleza de piedra, inviernos interminables. Guerras. Una vida que no había elegido.

Y a mí.

Quería creer que sería suficiente.

Pero si algún día Chloe me miraba y me decía que deseaba regresar, cumpliría mi promesa. La llevaría personalmente hasta aquel lugar si era necesario y la dejaría marchar.

Después probablemente se me rompería el corazón.

Y tendría que aprender a vivir con ello.

Por suerte, el rey se encargó de que durante aquellos días tuviera asuntos suficientes para mantener la cabeza ocupada.

Su majestad había decidido permanecer en Kinlochewe hasta comprobar que la situación estaba completamente controlada.

La muerte de Albort Ross había terminado con la amenaza principal, pero todavía era necesario asegurar las tierras, reorganizar las patrullas y resolver qué hacer con los hombres que habían colaborado con él.

Además, los jefes de varios de los clanes que habían acudido en nuestra ayuda permanecieron en la fortaleza.

La mañana anterior a su partida, el rey me hizo llamar.

Pensé que deseaba hablar conmigo sobre la seguridad de las fronteras.

Me equivocaba.

Había reunido a los principales hombres de los clanes aliados en el gran salón. Cuando entré, Brett ya estaba allí junto a Munro y varios de los hombres que habían luchado con nosotros. Mi madre también había acudido a la fortaleza aquella mañana y permanecía junto a Rose.

Y Chloe estaba con ellas. Nuestros ojos se encontraron y sonrió. Con esa sonrisa enorme que iluminaba toda una estancia.

«Maldita mujer».

Todavía conseguía que olvidara lo que estaba haciendo con una simple sonrisa.

―Acércate, Daziel MacKay ―ordenó el rey.

Obedecí.

El gran salón estaba más solemne de lo habitual.

Los estandartes colgaban de las paredes y los representantes de los clanes formaban un amplio semicírculo frente al monarca.

No era una coronación ni una de las grandes ceremonias de la corte.

Allí, en las Highlands, ciertas decisiones necesitaban menos adornos y muchos más testigos.

Me detuve frente a él.

―Arrodíllate.

Lo hice.

El rey permaneció en silencio durante unos instantes antes de hablar.

―Cuando te entregué la responsabilidad de estas tierras esperaba lealtad. Me has dado más que eso. Has mantenido Kinlochewe, has protegido a sus habitantes y defendiste a tu rey cuando un traidor levantó sus armas contra nosotros.

Incliné la cabeza.

―Cumplí con mi deber, majestad.

―Y por eso tendrás uno mayor.

Escuché algún murmullo entre los presentes.

El rey continuó.

―Ante los hombres aquí reunidos y con ellos como testigos, te reconozco como señor de Kinlochewe y de las tierras que dependen de esta fortaleza. Desde este día responderás ante la Corona por su defensa, su justicia y sus gentes.

Sentí el peso de aquellas palabras.

Ya administraba la fortaleza. Llevaba meses tomando decisiones y organizando sus tierras, pero aquello era diferente.

Ahora era oficial.

El rey extendió una mano y uno de sus hombres le entregó una espada. La sostuvo ante mí mientras pronunciaba las palabras que confirmaban mi deber hacia la Corona y mi obligación de proteger aquellas tierras.

―¿Juras lealtad a tu rey y a la Corona?

―Lo juro.

―¿Juras defender estas tierras y a quienes viven bajo tu protección?

―Lo juro.

El rey apoyó brevemente la hoja sobre mi hombro.

―Entonces levántate, Daziel MacKay, laird de Kinlochewe.

Me puse en pie.

Los hombres reunidos respondieron golpeando las manos contra las mesas y algunos levantaron sus copas. Brett fue uno de los primeros en acercarse y me dio un golpe en el hombro sano.

―Mi laird ―dijo con una sonrisa.

―No empieces.

―Oh, pienso recordártelo constantemente.

Munro apareció detrás.

―Mi señor.

―Tú tampoco.

Se rio.

Pero yo buscaba a otra persona.

Chloe permanecía junto a mi madre. Y la expresión de su rostro hizo que todo lo demás perdiera importancia.

Estaba sonriendo. No aquella sonrisa burlona que utilizaba cuando pretendía provocarme. Era otra. Había orgullo en sus ojos. Caminó hacia mí cuando los demás comenzaron a dispersarse.

―Así que ahora eres oficialmente importante.

―Siempre he sido importante.

―Claro que sí.

Se detuvo frente a mí y arregló con los dedos una pequeña arruga de mi jubón.

Aquel gesto tan sencillo me dejó inmóvil.

―Enhorabuena ―murmuró.

―Gracias.

― Laird MacKay.

Sonreí.

―Me gusta cómo suena cuando lo dices tú.

Mi madre, que se encontraba lo bastante cerca para escucharnos, soltó una carcajada.

―No tienes remedio, hijo.

―Eso me dicen.

Chloe me miró.

―Constantemente.

La celebración terminó prolongándose hasta la noche.

Fergoll se tomó el nombramiento como un desafío personal y consiguió llenar las mesas con suficiente comida para alimentar a media Escocia.

Hubo carne asada, panes recién hechos, quesos, pescados, pasteles y jarras que parecían rellenarse solas cada vez que alguien conseguía vaciarlas.

Los hombres de los distintos clanes bebieron juntos, intercambiaron historias de la batalla y convirtieron algunos de sus propios actos en hazañas cada vez más extraordinarias conforme avanzaba la noche.

Mi madre ocupó un lugar cercano a nosotros.

Rose y Brett estaban también allí, con Sìne pasando de unos brazos a otros hasta que el sueño terminó venciéndola.

Munro discutía con uno de los guerreros acerca de quién había derribado a más mercenarios durante el ataque y el rey parecía disfrutar enormemente de una conversación en la que todos sabíamos que la mitad de cuanto se contaba era mentira.

Chloe permanecía a mi lado. Mi esposa. Al menos eso seguía creyendo el rey. Sin embargo, aquella noche no tuve que recordarle que representara ningún papel.

Cuando alguien se dirigía a ella como señora MacKay, respondía con naturalidad. Cuando hablaba con los invitados, lo hacía sentada junto a mí. Y en algún momento de la cena apoyó distraídamente una mano sobre mi muslo mientras se inclinaba para decirme algo al oído.

Parecía pertenecer allí. Aquello debería haberme hecho feliz. En cambio, también consiguió despertar nuevamente el miedo que llevaba dos semanas intentando ignorar.

La observé mientras reía con Rose. ¿Qué ocurriría cuando tuviera que elegir?

La mañana siguiente llegó demasiado pronto.

El rey partió al amanecer acompañado por su guardia y por algunos de los hombres de los clanes que regresaban a sus propias tierras.

Todos salimos al patio para despedirlo. Su majestad me recordó por última vez mis nuevas obligaciones, me ordenó mantenerlo informado sobre cualquier movimiento sospechoso en la región y, antes de montar, me dio un golpe en el hombro.

―Cuida bien estas tierras, muchacho.

―Lo haré, majestad.

Después miró a Chloe.

―Y cuidad bien a vuestra esposa.

Chloe sonrió.

―Creo que soy yo quien lleva dos semanas cuidándolo a él, majestad.

El rey soltó una carcajada.

―Entonces estás en mejores manos de lo que mereces, MacKay.

No pude discutir aquello.

Los caballos comenzaron a alejarse poco después y permanecimos frente a las puertas hasta que el último estandarte desapareció por el camino.

Entonces ocurrió algo que llevaba semanas esperando.

La fortaleza quedó en silencio. No un silencio absoluto, sino el nuestro. El de Kinlochewe.

Los criados regresaron a sus tareas, los guerreros volvieron a sus puestos y Fergoll comenzó a gritar desde las cocinas porque alguien había dejado una puerta abierta.

Mi madre se quedaría todavía unos días con nosotros y Brett, Rose y la pequeña tampoco parecían tener demasiada prisa por regresar a sus tierras.

Todo volvía a la normalidad. O a una nueva normalidad.

Miré hacia Chloe.

Estaba de pie junto a Rose, con el sol de la mañana iluminándole el cabello mientras ambas hablaban y reían por algo que no alcancé a escuchar.

Semanas atrás aquella mujer había aparecido en mi vida procedente de un mundo que no podía comprender. Ahora dormía en mi cama. Cuidaba mis heridas. Se sentaba a mi lado como señora de aquellas tierras. Y me había dicho que creía amarme.

Yo sabía que la amaba.

Lo único que todavía ignoraba era cuánto tiempo podría conservarla a mi lado.