Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Me levanté del suelo y me senté con cuidado en el borde de la cama, procurando no rozar su brazo herido. Él no apartó la mirada de mí en ningún momento y aquello hizo que resultara todavía más difícil encontrar las palabras.

―Esta mañana estaba convencida de que sabía lo que quería.

―Respiré profundamente―. Quería volver a casa.

Encontrar la manera de regresar a Londres, recuperar mi vida y fingir que todo esto había sido una especie de locura...

Entonces fui a ver a tu madre y descubrí lo de Danielle y Donald.

Regresé aquí completamente destrozada, te vi luchando y casi me da algo porque durante unos segundos volví a verte morir.

Después me besaste y pensé que quería quedarme.

Me asusté tanto que salí corriendo de tu despacho.

―Eso lo recuerdo.

―Daziel, hablo en serio. Trata de no hacer bromas esta vez.

―Perdona.

Daziel sonrió apenas.

Lo fulminé con la mirada, pero aquella pequeña sonrisa consiguió relajar algo dentro de mí.

―Y después atacaron la fortaleza. ―Mi voz volvió a suavizarse―.

He visto morir a un hombre delante de mí.

He matado a otro para proteger a Rose y a Sìne.

He corrido por esos pasillos pensando que cualquiera de nosotros podía morir y, mientras estaba escondida en el bosque, esperando sin saber qué estaba ocurriendo aquí, comprendí algo.

La sonrisa desapareció de sus labios.

―¿Qué?

Lo miré. De verdad lo miré.

Su cabello revuelto, el cansancio dibujado en el rostro, aquellos ojos azules que ya no sabía si pertenecían únicamente a Daziel o si una parte de mí seguiría viendo siempre a Donald en ellos.

Pero aquello ya no importaba. No amaba a un recuerdo.

Donald podía explicar por qué nuestros caminos parecían haberse cruzado de nuevo, pero el hombre que tenía delante era Daziel.

El arrogante que me había encontrado junto al río.

El que se divertía provocándome. El que había dormido en el suelo para respetarme.

El que escuchó fascinado mis historias sobre el futuro y me había prometido ayudarme a regresar aunque eso significara perderme.

Las lágrimas volvieron a llenar mis ojos.

―Creo que te amo.

Daziel se quedó completamente inmóvil.

Yo también.

Ya estaba. Lo había dicho. Y de repente sentí unas ganas tremendas de salir corriendo otra vez.

Su ceja se arqueó ligeramente.

―¿Crees?

Abrí la boca.

―Bueno, yo...

―¿Crees que me amas?

―Daziel, no me lo pongas más difícil.

Su expresión se suavizó.

Levantó la mano sana y acarició mi mejilla con los nudillos.

―Yo no lo creo.

El corazón me dio un vuelco.

Durante un instante interpreté aquellas palabras de la peor manera posible y debió de notarse en mi cara, porque una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

―Estoy seguro.

Dejé de respirar.

Daziel deslizó los dedos hasta mi nuca.

―Estoy seguro de que te amo, Chloe.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Pero esta vez no dolió.

―¿Qué?

―Te amo.

―No puedes decirlo así como si nada.

―¿Cómo quieres que lo diga?

―No sé. ―Me limpié una lágrima mientras una risa absurda se mezclaba con el llanto―. Dame un poco de tiempo para asimilarlo.

―Has sido tú quien ha empezado.

―He dicho que creo que te amo.

―Y yo te estoy diciendo que no tengo ninguna duda.

Lo miré sin saber si quería besarlo o estrangularlo.

Probablemente ambas cosas.

―¿Desde cuándo?

Daziel pensó durante unos instantes.

―No lo sé.

―Muy esclarecedor.

―Sé cuándo comprendí que estaba ocurriendo.

―¿Cuándo?

Su pulgar acarició mi mejilla.

―Cuando me dijiste que querías regresar a tu tiempo y lo primero que pensé fue que no quería dejarte marchar.

Aquello consiguió que las lágrimas terminaran cayendo.

―Pero dijiste que me ayudarías.

―Y lo haré.

Fruncí el ceño.

―¿Aunque me ames?

―Sobre todo porque te amo.

No pude decir nada.

―Si tu felicidad está en ese lugar del que vienes, Chloe, no seré yo quien te impida regresar.

No sé qué ocurrió entre Donald y Danielle ni qué significa que nuestras almas hayan vuelto a encontrarse.

Pero sé una cosa: no quiero que permanezcas conmigo porque una visión te haya hecho creer que debes hacerlo.

Me incliné hacia él.

―Eres bastante menos bruto de lo que aparentas.

―No se lo cuentes a nadie.

Solté una pequeña carcajada.

Daziel sonrió y apoyó su frente contra la mía.

―Quédate porque quieras quedarte.

Cerré los ojos.

Aquellas palabras hicieron más por mí que cualquier explicación de Sienna.

No tenía que decidir aquella noche dónde estaba mi hogar. No tenía que saber si Chloe y Danielle eran la misma alma, ni comprender por qué el destino nos había llevado hasta allí. Podía limitarme a sentir.

Y en aquel momento solo quería estar con él.

―Bésame.

No necesitó que se lo pidiera dos veces.

Daziel acercó sus labios a los míos y me besó con una dulzura que consiguió que todo el miedo acumulado durante el día comenzara a desaparecer.

Deslicé una mano por su rostro y respondí lentamente, disfrutando de aquel beso sin urgencia, sin necesidad de convertirlo en algo más.

No había deseo desesperado ni cuerpos buscando perder el control. Había algo mucho más íntimo.

Era un beso que decía estás vivo . Un beso que decía he vuelto . Y quizá también uno que decía esta vez tenemos tiempo .

Cuando nos separamos, mantuve la frente apoyada contra la suya.

―Creo que estoy empezando a odiar la palabra destino.

―Yo ni siquiera sé qué significa exactamente.

Me reí.

Daziel se acomodó contra los almohadones y una mueca de dolor cruzó fugazmente su rostro.

―¿Te duele?

―Un poco.

―Mentiroso.

―Cierto, me duele mucho.

―Eso está mejor. A mí no tienes que mentirme.

Me levanté para ayudarlo a acomodarse y coloqué los almohadones de manera que el brazo herido quedara en una posición más cómoda. Después hice ademán de apartarme.

Daziel sujetó mi mano.

―¿Adónde vas?

―A dejarte descansar.

―Quédate.

Lo miré. No había provocación en sus ojos. Solo cansancio. Y algo que hizo que mi pecho se llenara de una calidez desconocida.

Rodeé la cama y me tumbé con cuidado a su lado, procurando mantenerme lejos de la herida. Daziel abrió el brazo sano y no necesité ninguna invitación más. Me acomodé contra su costado, apoyé la cabeza sobre su pecho y dejé una mano descansando sobre su abdomen.

Escuché su corazón. Fuerte. Regular.

Cerré los ojos.

―Me gusta escucharlo.

―¿El qué?

―Tu corazón.

Daziel depositó un beso sobre mi cabello.

―Pues espero conservarlo durante bastante tiempo.

Sonreí contra su pecho.

Su mano comenzó a acariciar lentamente mi espalda. Una y otra vez. Sin prisa. Sentí cómo su respiración se hacía cada vez más profunda mientras el cansancio terminaba imponiéndose.

Yo también estaba agotada.

Había vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo.

―Daziel...

―¿Sí?

―No sé qué voy a hacer todavía.

Su mano no dejó de acariciarme.

―Lo sé.

―Pero ahora mismo no quiero irme.

Noté cómo sus labios volvían a rozar mi cabello.

―Entonces no te vayas ahora.

Aquella respuesta fue suficiente.

Me acurruqué un poco más contra él y cerré los ojos.