Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 24
86%

Capítulo 24

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Cuando vi aparecer a Brett entre los árboles, acompañado de Munro y de varios guerreros, el corazón me dio un vuelco tan fuerte que durante un instante me quedé sin respiración.

Llevábamos demasiado tiempo esperando en aquel claro, ocultas entre la vegetación y lo bastante alejadas de la fortaleza para obedecer las órdenes de Brett, aunque no tanto como para dejar de escuchar los sonidos de la batalla.

Primero los gritos y el choque lejano de las armas, después los cuernos que habían resonado entre las montañas y, finalmente, aquel silencio extraño que había terminado resultando mucho más angustioso que todo lo anterior.

Rose reaccionó antes que ninguna.

―¡Brett!

Echó a correr hacia él sin importarle levantar las faldas del vestido ni las ramas que se interponían en su camino.

Brett apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que ella se lanzara contra su pecho.

La estrechó con tanta fuerza que llegó a levantarla ligeramente del suelo y hundió el rostro en su cabello.

Rose lloraba mientras lo tocaba por todas partes, como si necesitara comprobar que no estaba herido, y él no dejaba de besarle la frente, las mejillas y el cabello.

Màiri sostenía a Sìne entre sus brazos y permanecía junto a mí. La pequeña se había quedado dormida después de llorar durante buena parte de nuestra espera, completamente ajena al horror que acababa de ocurrir dentro de aquellos muros.

Yo apenas veía a Brett. Buscaba detrás de él. Entre los guerreros, pero Daziel no estaba.

El alivio que había sentido al verlos aparecer se convirtió inmediatamente en algo frío y doloroso que me atravesó el pecho. Miré otra vez, convencida de que aparecería detrás de los demás en cualquier momento.

Nada.

―¿Dónde está Daziel?

Munro me miró.

Debió de ver algo en mi cara porque respondió enseguida.

―Está vivo.

Las rodillas estuvieron a punto de fallarme.

―¿Por qué no está contigo?

―Ha resultado herido.

Sentí que el mundo se detenía.

―¿Herido cómo?

―Chloe, está vivo ―insistió Munro acercándose―. Una espada le alcanzó en el brazo. Ha perdido sangre, pero el médico está ocupándose de él.

―Quiero verlo.

―Lo verás.

―Ahora.

Mi voz salió más desesperada de lo que pretendía.

Munro asintió, y Brett dio un paso hacia mí.

―Hemos ganado. Albort Ross está muerto y los mercenarios que no huyeron han depuesto las armas. Ya podéis regresar.

―¿Albort está muerto? ―preguntó Rose.

Brett asintió.

―Esta vez no regresará.

No pregunté cómo había muerto.

No me importaba.

―Vamos ―dije.

Necesitaba llegar hasta Daziel.

El camino de regreso se me hizo eterno. Avanzábamos acompañadas por Brett, Munro y varios guerreros, pero yo apenas prestaba atención a nada de cuanto ocurría a mi alrededor. Solo podía pensar en aquellas tres palabras.

Ha resultado herido.

Cada vez que las repetía, la visión regresaba.

Donald cayendo sobre mí. Su sangre. Sus ojos. Su cuerpo dejando de respirar.

Intenté convencerme de que aquello era diferente. Daziel estaba vivo. Munro me lo había dicho. Una herida en el brazo no significaba que fuese a morir, pero después de descubrir que ya lo había perdido una vez, la posibilidad de perderlo de nuevo me aterrorizaba de una forma que no podía controlar.

Cuando atravesamos las puertas de la fortaleza comprendí realmente la magnitud de lo ocurrido.

Había sangre por todas partes. Hombres atendiendo a los heridos, otros retirando cuerpos del patio y criados transportando cubos de agua, vendas y cualquier cosa que pudiera resultar útil.

Algunos guerreros permanecían sentados contra las paredes mientras les curaban las heridas y otros se abrazaban al reencontrarse después de la batalla.

El olor a sangre, sudor y humo resultaba tan intenso que tuve que respirar por la boca.

No quería mirar.

Solo quería encontrarlo.

―¿Dónde está? ―pregunté a Munro.

―En sus aposentos.

No esperé a nadie.

Atravesé el gran salón y subí las escaleras prácticamente corriendo. Escuché a Rose llamarme desde atrás, pero no me detuve. Recogí el vestido con ambas manos para subir los últimos peldaños y recorrí el corredor hasta alcanzar la alcoba de Daziel.

Joder, cómo echaba de menos llevar pantalones.

La puerta estaba abierta.

Entré.

Y allí estaba.

Sentado sobre el lecho, con la espalda apoyada contra varios almohadones y el torso desnudo.

Un hombre de edad avanzada se encontraba inclinado sobre él mientras limpiaba una herida que recorría la parte superior de su brazo.

Habían colocado una palangana con agua junto a la cama y varios paños manchados de sangre descansaban sobre una mesa cercana.

Daziel estaba terriblemente pálido. Aquello fue lo primero que vi. No la herida ni la sangre. Su rostro.

―Daziel...

Él levantó inmediatamente la cabeza y nuestros ojos se encontraron. Todo lo que llevaba horas intentando mantener bajo control se rompió.

Caminé hacia él y terminé prácticamente de rodillas junto a la cama. Le cogí la mano sana entre las mías mientras las lágrimas comenzaban a caerme sin ningún permiso.

―Estás vivo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

―Empiezo a pensar que tienes muy poca confianza en mis habilidades.

Solté una especie de risa mezclada con un sollozo.

―No tiene ninguna gracia.

―Un poco sí.

Ese era él. Siempre dispuesto a bromear conmigo incluso en la peor de las circunstancias.

―Estás blanco.

―Siempre he sido bastante pálido.

―Daziel.

―Estoy bien, Chloe.

―¡No estás bien! Te han atravesado el brazo con una espada.

El hombre que lo atendía levantó brevemente la vista.

―No lo han atravesado, señora. Es un corte profundo, pero limpio. Tendrá que mantener el brazo inmóvil durante unos días y habrá que vigilar la herida, pero ha tenido fortuna.

«¡Fortuna!».

Miré la sangre acumulada en los paños y decidí que aquella gente tenía un concepto bastante particular de la fortuna.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no estábamos solos. El rey se encontraba junto a la chimenea. No sé cómo demonios no lo había visto al entrar. Me puse rígida y me limpié las lágrimas con rapidez, pero su majestad pareció más divertido que ofendido por mi completa falta de protocolo.

―Tranquilizaos, señora MacKay ―dijo―. Vuestro esposo es un gran guerrero. No morirá por semejante nimiedad.

Miré nuevamente a Daziel.

―¿Una nimiedad?

El rey soltó una carcajada.

―He visto a hombres continuar luchando con heridas bastante peores.

―Pues esos hombres estaban locos.

Daziel sonrió.

―En eso quizá tenga razón.

―Tú cállate.

La sonrisa del rey se ensanchó.

―Ahora entiendo algunas cosas.

Lo miré con desconfianza.

―¿Qué cosas?

―Por qué este muchacho tuvo tanta prisa por casarse.

«Dios. La mentira».

Después de todo lo ocurrido, casi la había olvidado.

Sentí que las mejillas empezaban a arder y bajé la vista hacia la mano de Daziel, que todavía permanecía entre las mías.

―Majestad ―intervino él―, creo que ya ha atormentado bastante a mi esposa por hoy.

―Es cierto, muchacho.

El médico terminó de limpiar la herida y comenzó a vendarle el brazo con una larga tira de lino. Observé cada uno de sus movimientos como si de aquello dependiera la vida de Daziel. Cuando finalmente anudó el vendaje, volvió a examinarlo con detenimiento.

―Nada de espada durante unos días.

Daziel frunció el ceño.

―Trataré de tomármelo con calma, se lo prometo.

No pude evitar sonreír.

―La herida debe mantenerse limpia ―continuó el hombre―. Cambiaré el vendaje mañana y comprobaré que no aparezca fiebre. Esta noche debe descansar.

―Me ocuparé de que lo haga ―dije.

Las palabras salieron de mi boca sin pensarlas.

El rey sonrió.

―Entonces queda en buenas manos ―declaró su majestad.

El médico recogió sus utensilios y el rey se acercó a la cama antes de marcharse. Apoyó una mano sobre el hombro sano de Daziel.

―Has luchado bien hoy.

―Cumplí con mi deber, mi señor.

―Hiciste bastante más que eso. Descansa. Mañana hablaremos de lo sucedido.

Daziel inclinó la cabeza.

―Sí, majestad.

El rey caminó hacia la puerta acompañado por el médico. Munro, que había permanecido discretamente junto a la entrada, los siguió después de dedicarme una mirada que no supe interpretar.

La puerta se cerró, y el silencio llenó la habitación. Yo todavía sostenía su mano entre las mías.

Entonces comprendí que estábamos solos. Daziel y yo. Y todavía sostenía su mano entre las mías.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Afuera continuaba escuchándose movimiento en los corredores, pasos apresurados, voces dando órdenes y el ruido inevitable de una fortaleza que intentaba recuperarse después de una batalla.

Sin embargo, dentro de aquella alcoba todo parecía haberse detenido.

Ya no había mercenarios, ni Ross, ni un rey al que engañar fingiendo un matrimonio inexistente.

Solo estaba Daziel, vivo frente a mí, y la certeza de que durante aquellas horas había sentido un miedo tan intenso a perderlo que ya no podía seguir fingiendo que lo que ocurría entre nosotros era únicamente deseo.

Acaricié lentamente el dorso de su mano con el pulgar y bajé la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.

―He tenido mucho miedo.

Daziel apretó suavemente mi mano.

―Lo sé.

―No, no lo sabes.

Levanté los ojos hacia él y tuve que contener nuevamente las lágrimas.

―Cuando estábamos escondidas en el bosque y escuchábamos todo lo que estaba ocurriendo dentro de la fortaleza, no podía dejar de pensar en ti.

Después apareció Brett y tú no venías con él...

―Tuve que detenerme para tragar el nudo que se había formado en mi garganta―.

Durante esos segundos pensé que estabas muerto.

La expresión de Daziel cambió.

―Chloe...

―Y ha sido horrible. Muchísimo peor de lo que debería haber sido.

―¿Por qué dices eso?

Solté una pequeña risa nerviosa.

―Porque apenas te conozco.

―Eso no significa que no puedas preocuparte por mí.

―No estoy hablando de preocuparme.

Daziel se quedó en silencio.