Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 23
84%

Capítulo 23

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Daziel MacKay

Brett regresó al patio cuando yo acababa de derribar a uno de los mercenarios que había conseguido acercarse demasiado al rey.

Hundí la espada en el costado del hombre, la retiré de un tirón y apenas tuve tiempo de recuperar el equilibrio antes de que otro apareciera frente a mí.

Lo recibí con el acero en alto y el impacto me sacudió ambos brazos.

Llevábamos demasiado tiempo luchando y empezaba a notarlo.

Los músculos ardían, la respiración pesaba y la empuñadura de la espada resbalaba entre mis dedos a causa del sudor y la sangre.

Entonces vi a mi hermano abrirse paso entre los hombres.

―¡Daziel!

Me giré hacia él justo después de bloquear otro ataque.

Brett alcanzó mi posición y se colocó a mi lado. Tenía sangre en la ropa y una pequeña herida junto a la sien.

―Están a salvo.

Sentí un alivio tan intenso que durante un instante todo el cansancio desapareció. Chloe estaba a salvo.

Sonreí.

Apenas duró un segundo.

―Bien.

No había tiempo para más.

Un mercenario cargó contra Brett y mi hermano giró para enfrentarse a él mientras yo volvía la atención al patio.

Aquello era una maldita carnicería.

Los hombres de Ross habían conseguido entrar en la fortaleza disfrazando a algunos de los suyos con nuestros colores.

El engaño les había permitido abrir varios accesos desde dentro antes de que pudiéramos comprender qué estaba ocurriendo y, cuando sonó la alarma, ya teníamos enemigos atravesando las puertas.

Ahora los cuerpos cubrían parte del patio y la tierra se había convertido en una mezcla de barro y sangre bajo nuestras botas.

Eran demasiados.

Muchos más de los que habíamos calculado.

Albort Ross no había reunido únicamente a los pocos hombres que todavía le eran leales. Había comprado espadas. Mercenarios dispuestos a luchar por cualquiera que tuviera suficiente plata para pagarles y que no sentían lealtad alguna por aquellas tierras.

Pero nosotros teníamos algo que ellos no. No luchábamos por plata. Luchábamos por nuestra casa. Y, en aquel momento, por nuestro rey.

Su majestad estaba a pocos pasos de nosotros con una espada ensangrentada entre las manos.

Sus guardias formaban una defensa alrededor de él, aunque el propio rey parecía bastante poco interesado en permanecer detrás de nadie.

Cada vez que uno de sus hombres intentaba obligarlo a retroceder, él volvía a avanzar.

―¡Majestad! ―grité después de verlo rechazar el ataque de un mercenario―. ¡Atrás!

El rey consiguió herir al hombre y lo derribó antes de mirarme.

―¡Ocúpate de tu espada, muchacho! ¡Yo me ocuparé de la mía!

Maldito viejo testarudo.

No pude evitar sonreír.

―¡Como ordenéis!

Un hombre apareció por mi izquierda.

Giré a tiempo.

Su espada pasó tan cerca de mi rostro que sentí el aire desplazarse. Respondí con un golpe al abdomen y, cuando se dobló por el dolor, terminé el combate. No tuve tiempo de verlo caer. Otro ocupó su lugar. Y después otro. Perdí la cuenta.

Brett luchaba cerca de mí, Munro defendía uno de los accesos al patio junto a varios de nuestros hombres y la guardia real trataba de mantener un círculo alrededor del rey. Cada vez que conseguíamos ganar unos pasos, otra oleada de mercenarios nos obligaba a retroceder.

―¡No podrán mantener esto mucho más! ―gritó Brett.

―¡Nosotros tampoco!

Mi hermano me miró.

―Entonces será mejor que esos malditos jinetes hayan llegado a algún sitio.

Esperaba que así fuera. Porque si la ayuda no llegaba pronto, aquello terminaría de una única manera.

El sonido de un cuerno volvió a escucharse desde las murallas. Durante un instante pensé que eran nuestros centinelas.

Hasta que una voz atravesó el patio.

―¡Ross!

Algunos mercenarios respondieron golpeando sus espadas contra los escudos. Y entonces lo vi. Albort Ross apareció entre sus hombres. El odio me recorrió de inmediato.

Había cambiado desde la última vez que lo vi. Estaba más delgado y llevaba el cabello desordenado sobre los hombros, pero seguía teniendo aquella expresión arrogante de quien consideraba que el mundo le debía algo. Vestía una cota de malla sobre el pecho y sostenía una espada en la mano.

Sus ojos recorrieron el patio, y después se encontraron con los míos.

Sonrió.

―MacKay.

Apreté la empuñadura.

―¡Maldito!

Brett dio un paso hacia él, pero levanté una mano.

―Es mío.

―Daziel...

―Ocúpate del rey.

Mi hermano me conocía demasiado bien para intentar detenerme. Avancé, y Albort hizo lo mismo.

Los hombres que luchaban a nuestro alrededor parecieron abrir un pequeño espacio casi por instinto.

―Te advertí lo que ocurriría si regresabas ―le dije.

Ross soltó una carcajada.

―¿Sigues creyendo que puedes amenazarme dentro de mi propia fortaleza?

―Esta fortaleza dejó de ser tuya cuando huiste de ella.

Su sonrisa desapareció.

―Todo esto me pertenece, ahora y siempre.

―Entonces ven a recuperarlo.

No necesitó más.

Atacó.

Su espada chocó contra la mía con una fuerza brutal. Ross sabía luchar. Siempre lo había sabido. Bloqueé un segundo golpe dirigido hacia mi costado y respondí inmediatamente obligándolo a retroceder.

Ross volvió a atacar con una violencia renovada y nuestras espadas chocaron una y otra vez mientras ambos buscábamos el menor descuido del contrario.

A nuestro alrededor continuaban los gritos, las órdenes y el estruendo de la batalla, pero poco a poco todo aquello dejó de importarme.

Mi atención estaba puesta únicamente en el hombre que tenía delante, en cada movimiento de sus hombros y en la dirección de su espada, esperando el momento preciso para atravesar su defensa y terminar de una vez por todas con aquella amenaza.

Lanzó un golpe hacia mi cabeza.

Me agaché.

Respondí contra su costado y mi espada encontró la cota de malla. Ross gruñó y retrocedió.

―¿Eso es todo? ―lo provoqué.

―Todavía no.

Se abalanzó sobre mí y lo recibí preparado. Bloqueé su espada, giré la muñeca y conseguí desequilibrarlo. Ross tropezó, pero recuperó la posición antes de caer.

Volví a atacar. Esta vez lo alcancé en el muslo, y él gruño. Su pierna cedió ligeramente. Lo tenía. Avancé dispuesto a terminarlo. Entonces sentí un dolor abrasador en el brazo.

―¡Maldita sea!

Un mercenario había aparecido por mi costado y su espada había atravesado la manga, abriendo un corte desde el hombro hacia el bíceps. Retrocedí mientras la sangre comenzaba a empapar la tela.

El hombre levantó nuevamente la espada.

No llegó a descargarla. Brett apareció y lo derribó de un golpe.

―¿Cuántas veces te he dicho que no pierdas de vista el resto del patio?

―Estaba ocupado.

―Ya lo veo.

Ross aprovechó aquellos segundos para alejarse.

―¡Albort! ―grité―. ¡Maldito cobarde!

Entonces ocurrió. Un cuerno sonó más allá de las murallas y todo el patio pareció detenerse durante una fracción de segundo.

Eran la respuesta. La ayuda había llegado. Desde lo alto de la muralla alguien gritó:

―¡Guerreros en el camino!

Una nueva llamada de cuerno resonó entre las montañas. Después otra respondió desde una dirección diferente.

Los clanes.

El rey levantó su espada.

―¡Resistid! ¡Nuestros hombres han llegado!

Un rugido surgió de los guerreros que todavía permanecían en pie. Los mercenarios reaccionaron de manera muy distinta. Comenzaron a mirarse unos a otros. Y Ross lo comprendió. Sus hombres estaban dispuestos a matar por dinero. No a morir por él.

―¡Mantened las posiciones! ―gritó―. ¡Os pagaré el doble!

Nadie pareció demasiado convencido.

Entonces las puertas principales comenzaron a ceder desde el exterior.

Ross retrocedió. Lo vi mirar hacia uno de los accesos laterales.

―Va a huir ―dijo Brett.

Albort echó a correr.

Mi hermano soltó una maldición.

―Esta vez no, malnacido.

Brett fue tras él.

Yo intenté seguirlo, pero el dolor del brazo me hizo perder unos segundos. Cuando conseguí abrirme paso entre los hombres, ambos ya estaban cerca de los establos.

Ross se volvió y atacó. Brett detuvo el golpe.

Mi hermano estaba furioso. Y un Brett furioso era algo que ningún hombre sensato querría tener delante.

Ross retrocedió una vez. Después otra. Pero Brett no le dio descanso. Atacaba con una violencia controlada, obligándolo a ceder terreno hasta que Ross tropezó con uno de los cuerpos tendidos en el suelo y cayó de espaldas.

Brett colocó inmediatamente la punta de la espada contra su garganta.

―Se acabó.

Ross respiraba con dificultad.

―Mátame.

―Todavía no.

Brett presionó ligeramente la hoja.

―Ordena a tus hombres que depongan las armas.

Albort sonrió con desprecio.

―¡Vete al infierno!

―Puedes ordenarles que se rindan o puedes ver cómo mueren todos antes que tú. Elige.

Los cuernos volvieron a sonar. Esta vez mucho más cerca. Las puertas se abrieron y comenzaron a entrar guerreros de los clanes que habían respondido a la llamada del rey. Los primeros mercenarios arrojaron sus armas prácticamente en el mismo instante. Otros huyeron.

En cuestión de minutos, el ataque comenzó a desmoronarse.

Ross lo contempló desde el suelo. Había perdido otra vez. Solo que aquella vez no tendría la oportunidad de desaparecer entre las montañas.

El rey se aproximó. Los hombres fueron apartándose a su paso. Yo llegué junto a Brett mientras me sujetaba el brazo herido. Munro apareció poco después.

Albort levantó la mirada hacia el rey.

―Majestad, yo...

―Silencio.

La voz del rey consiguió que todo el mundo callara.

Se detuvo frente a él y contempló durante unos instantes los cuerpos esparcidos por el patio.

―Has atacado una fortaleza bajo mi autoridad. Has contratado mercenarios, asesinado a mis hombres y levantado tu espada contra tu rey.

Ross abrió la boca.

―Mi señor, estas tierras...

―Tu juicio será rápido.

El rey extendió una mano.

Uno de sus guardias le entregó una espada.

Ross palideció.

―Majestad, tengo derecho a...

No terminó. El rey descargó la espada en un corte limpio. La cabeza de Albort Ross cayó sobre la tierra ante la mirada de todos. Durante unos segundos nadie pronunció una sola palabra. El rey bajó lentamente el arma ensangrentada.

―Ahora sí ―dijo―. Se acabó.