Capítulo 22 #3
Entonces lo reconocí.
―¡Brett!
Tenía sangre en la ropa y sostenía una espada en una mano.
―¡Rose!
Brett recorrió los últimos pasos prácticamente corriendo.
Rose fue hacia él.
Brett rodeó a su esposa y a su hija con un brazo y besó primero la frente de Rose y después la pequeña cabeza de Sìne. Durante un instante pareció olvidar que la fortaleza estaba siendo atacada. Solo las miraba, comprobando que ambas estuvieran enteras.
―¿Estáis bien?
―Sí.
―¿Estás herida?
―No. Estamos bien.
Brett cerró los ojos un instante y apoyó la frente contra la de su esposa.
―Gracias a Dios.
Los gritos procedentes del patio volvieron a hacerse más fuertes.
Brett reaccionó.
―Debéis poneros a salvo. Ahora.
Rose se aferró a su brazo.
―¿Qué está pasando?
―Han entrado por varios puntos. Nos atacan y estábamos desprevenidos.
Miré hacia atrás.
―¿Dónde está Daziel? ―pregunté.
Brett me miró.
―Junto al rey. Están luchando en el patio.
El corazón se me encogió.
Otra vez las imágenes de Donald aparecieron en mi cabeza.
―¿Está bien?
―Lo estaba cuando me separé de ellos.
No era la respuesta que necesitaba. Quería verlo. Necesitaba comprobarlo.
Rose parecía tan asustada como yo.
―¿Crees que ganaremos?
Brett tardó demasiado en contestar.
―Son más hombres de los que imaginábamos.
Albort Ross lleva meses reuniendo mercenarios y ha debido de gastar cuanto posee para levantar este ejército.
―Miró hacia el extremo del corredor antes de continuar―.
El rey ha conseguido enviar a dos jinetes antes de que cerraran completamente los accesos.
Los clanes cercanos sabrán que su rey está siendo atacado y acudirán en su defensa, pero necesitamos resistir hasta que lleguen.
Rose apretó a Sìne contra su pecho.
―Brett...
Él le sujetó el rostro.
―Escúchame. Vas a entrar en nuestra alcoba y utilizarás el pasadizo secreto. Saldréis de la fortaleza y os esconderéis en el bosque.
―No puedo dejarte aquí. Ven con nosotras.
―Rose, sabes que no puedo abandonar a los míos. Es mi deber como laird .
Aquellas palabras la hicieron callar.
Brett miró a la pequeña.
Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.
―Tienes que salvarla.
Rose comenzó a llorar.
―No me pidas esto.
―Escúchame. ―Brett la sostuvo con ambas manos―. Saldréis por el pasadizo y os alejaréis de la fortaleza. No regreséis por nada del mundo hasta que yo vaya a buscaros. ¿Me has entendido?
Rose negó entre lágrimas.
El rostro de Brett se endureció, aunque sus ojos decían algo completamente diferente.
―Mi hermano está ahí abajo. Mis hombres están luchando. Y el rey está dentro de estas murallas. Debo regresar con ellos, pero estaré más tranquilo sabiendo que estáis a salvo.
Rose cerró los ojos.
―Tengo miedo.
Brett acercó su frente a la de ella.
―Yo también.
Aquella confesión me destrozó.
No era un guerrero prometiéndole que nada malo podía ocurrir. Era un hombre que sabía perfectamente que podía morir y que, aun así, iba a regresar a la batalla.
Rose levantó una mano y acarició su mejilla.
―Te amo.
―Y yo a ti.
Entonces lo besó.
No fue un beso breve ni desesperado. Fue uno de esos besos que contienen demasiadas cosas para poder expresarlas con palabras.
Rose se aferró a su esposo mientras Sìne permanecía entre ambos y Brett la sostuvo con una mano en la nuca, besándola como si necesitara llevarse consigo el recuerdo de su boca antes de regresar al combate.
Sentí un nudo insoportable en la garganta. Había visto ese amor aquella misma mañana. Catalina y Malcolm. Y ahora los tenía frente a mí.
Rose se separó de él llorando. Brett besó nuevamente la frente de su hija.
―Cuídala.
―Vuelve conmigo.
Él sostuvo la mirada de su esposa.
―Siempre.
Un ruido al final del corredor consiguió que todos reaccionáramos.
Brett desenvainó nuevamente la espada.
―¡Dentro! ¡Ahora!
Rose entró en la alcoba abrazando a Sìne y Màiri fue detrás. Yo permanecí un instante más junto a la puerta.
―Chloe.
Miré a Brett.
―Sácala de aquí.
Asentí.
―Lo haré.
Entré y cerré la puerta.
Rose y yo empujamos inmediatamente un pesado arcón contra ella mientras Màiri arrastraba una pequeña mesa. Apenas terminamos de bloquear la entrada, alguien golpeó una puerta en algún lugar del corredor y las tres nos sobresaltamos.
―El pasadizo ―dije―. ¿Dónde está?
Rose fue hacia una de las paredes.
Apartó un tapiz y comenzó a buscar algo entre las piedras con una mano mientras sostenía a Sìne con la otra. Finalmente presionó una pequeña pieza oculta y escuché un chasquido.
Parte de la pared se desplazó. Detrás apareció una abertura estrecha y completamente oscura. Rose me miró. Durante un instante ninguna dijo nada. Después otro golpe resonó contra la puerta de la alcoba.
―Vamos ―dije.
Màiri entró primero. Rose la siguió con Sìne apretada contra su pecho y yo fui la última. Antes de cerrar, miré una última vez hacia la habitación.
Pensé en Brett, en el rey y pensé en Daziel luchando en algún lugar de aquel infierno. El miedo volvió a apoderarse de mí.
«No vuelvas a morir».
Cerré la entrada del pasadizo y la oscuridad nos envolvió.