Capítulo 22 #2
Me quedé petrificada durante apenas un segundo.
La realidad era todavía peor que la visión.
―¡Por aquí! ―gritó Màiri.
Corrimos pegadas a una de las paredes intentando pasar desapercibidas entre el caos. Esquivamos a dos guerreros que luchaban junto a los establos y después tuvimos que detenernos cuando otro grupo atravesó el patio corriendo hacia la puerta principal.
Mi único pensamiento era llegar hasta Rose.
Hasta su habitación.
Sabía que Sìne debía de estar con su nana y, si el ataque había alcanzado el interior de la fortaleza, necesitaba comprobar con mis propios ojos que ambas estaban bien.
Atravesamos un pequeño arco de piedra y corrimos hacia la escalera principal.
Un hombre cayó a escasos metros de nosotras después de recibir un golpe y el sonido de su cuerpo contra el suelo me hizo perder el equilibrio.
Tropecé con una de las piedras irregulares del patio y terminé cayendo de rodillas.
―¡Chloe!
Màiri se apresuró a ayudarme, pero apoyé una mano en el suelo para incorporarme antes de que pudiera alcanzarme y mis dedos rozaron algo frío y metálico.
Bajé la mirada y descubrí una daga abandonada entre las piedras, con la hoja cubierta de sangre.
Durante unos segundos me limité a observarla, paralizada por la imagen, hasta que otro grito procedente del patio me devolvió bruscamente a la realidad.
No sabía manejar un arma y mucho menos utilizarla contra alguien, pero en medio de aquel caos la idea de continuar desarmada me aterrorizó todavía más.
Quizá fue el miedo, el recuerdo demasiado reciente de Danielle o simplemente el instinto de supervivencia lo que me hizo cerrar los dedos alrededor de la empuñadura.
La recogí y me puse en pie sujetándola con fuerza, intentando ignorar la sangre que todavía manchaba la hoja.
―Vamos.
Màiri asintió.
Entramos en la fortaleza mientras el estruendo de la batalla continuaba resonando tras nosotros y comenzamos a subir las escaleras de piedra hacia los aposentos superiores.
Cada peldaño hacía latir mi corazón con más fuerza.
Solo podía pensar en Rose y en Sìne.
«Por favor... que estén bien».
Subimos las escaleras tan deprisa como nos permitieron los vestidos.
Màiri iba unos pasos por delante y yo continuaba aferrando la daga ensangrentada con tanta fuerza que los dedos comenzaban a dolerme.
El estruendo de la batalla parecía haberse apoderado de toda la fortaleza.
Ya no procedía únicamente del patio; el choque de las espadas resonaba también en los corredores, mezclado con órdenes, gritos y carreras precipitadas.
Cada vez que doblábamos una esquina esperaba encontrar a alguien frente a nosotras, y el corazón me golpeaba con tanta violencia que casi podía escucharlo por encima de todo aquel caos.
Cuando alcanzamos el corredor donde se encontraban los aposentos, aceleré todavía más. La puerta de la habitación de Sìne estaba entreabierta y desde el interior llegaba un estrépito que consiguió que se me helara la sangre.
―¡Rose! ―grité.
Empujé la puerta.
La escena que encontré al otro lado me paralizó.
Rose estaba de rodillas junto a la cama con Sìne estrechamente abrazada contra el pecho.
La pequeña lloraba desconsoladamente mientras su madre intentaba protegerla con su propio cuerpo.
Frente a ellas, dos guerreros luchaban con una violencia brutal.
Reconocí los colores de los MacKay en uno de ellos, pero el otro vestía unos colores que no había visto hasta entonces.
Las espadas chocaron con tal fuerza que saltaron pequeñas chispas del acero y Rose se encogió todavía más sobre su hija.
El guerrero desconocido consiguió finalmente imponerse. Su espada alcanzó al otro hombre y lo derribó de un solo estocazo.
Después se volvió hacia Rose, y levantó la espada.
Ella abrió los ojos aterrorizada.
―¡No!
No pensé.
Solo vi aquella espada elevándose sobre Rose y su hija y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Corrí hacia él.
El guerrero apenas tuvo tiempo de volverse cuando me lancé contra su espalda. Levanté la daga que todavía sujetaba entre los dedos y la hundí en un lateral de su cuello con todas mis fuerzas.
Sentí resistencia. Después calor sobre mi mano.
El hombre emitió un sonido ahogado y su espada cayó al suelo con un estrépito.
Durante un instante permaneció erguido, como si su propio cuerpo todavía no hubiese comprendido lo que acababa de ocurrir, pero enseguida sus rodillas cedieron y cayó pesadamente sobre las piedras.
Yo me quedé inmóvil con la daga que seguía en mi mano. Había mucha sangre sobre mis dedos. Miré al hombre tendido a mis pies y sentí que todo el ruido de la fortaleza desaparecía.
Lo había hecho.
Había matado a alguien. Entonces el arma cayó de mis manos. Estaba paralizada.
―Chloe.
No reaccioné.
―¡Chloe!
La voz de Rose consiguió atravesar aquella especie de niebla que me envolvía.
Parpadeé y levanté la cabeza.
Rose seguía en el suelo abrazando a Sìne. Lloraba. La pequeña también.
La daga se me escapó de los dedos.
―Oh, Dios mío...
Retrocedí un paso, horrorizada por lo que acababa de hacer, pero otro grito procedente del corredor me recordó que aquello todavía no había terminado.
Corrí hacia ellas y me dejé caer de rodillas. Rose liberó uno de sus brazos y me abrazó con tanta fuerza que durante unos segundos las tres quedamos apretadas unas contra otras.
―Tranquila ―murmuré mientras acariciaba el cabello de mi amiga y después la pequeña cabeza de Sìne―. Estáis bien. Las dos estáis bien. Saldremos de esta, ¿de acuerdo?
Rose estaba temblando.
―Chloe...
―Tenemos que movernos. No podemos quedarnos aquí.
Me puse en pie y la ayudé a levantarse sin que soltara a su hija.
―Venid conmigo.
Rose me miró aterrorizada.
―¿Adónde? Están atacando toda la fortaleza.
―Lo sé. Está lleno de hombres.
―Son mercenarios ―dijo ella.
Fruncí el ceño.
―¿Mercenarios?
Rose asintió rápidamente.
―Los ha contratado Albort Ross. Ha regresado, Chloe. Ha regresado para recuperar Kinlochewe y acabar con nosotros.
Sentí un escalofrío.
Otro estruendo resonó en algún lugar de la planta inferior. Màiri apareció junto a la puerta.
―Tenemos que escondernos.
―¿Dónde? ―pregunté―. Porque aquí desde luego que no.
Rose respiraba con dificultad mientras intentaba calmar a Sìne. De pronto levantó la cabeza.
―Mi alcoba. Allí hay un pasadizo escondido. Brett me lo enseñó por si alguna vez ocurría algo así. Podemos salir de la fortaleza sin atravesar el patio.
No necesitaba escuchar nada más.
―Entonces vamos.
Salimos al corredor. Aquello se había convertido en una pesadilla.
Había hombres luchando en distintas zonas de la fortaleza y tuvimos que retroceder en dos ocasiones para evitar cruzarnos directamente con ellos.
Màiri nos guio por un corredor lateral mientras yo caminaba junto a Rose, intentando cubrirla en la medida de lo posible.
No llevaba ningún arma. La daga se había quedado junto al cadáver de aquel hombre y, después de lo que acababa de hacer, no sabía si habría sido capaz de volver a tocarla.
Nos encontrábamos a pocos pasos de la alcoba cuando un hombre apareció frente a nosotras.
Rose soltó un grito.
Yo me interpuse instintivamente entre ella y el desconocido.