Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Salí del despacho prácticamente sin ver por dónde caminaba.

Las lágrimas me empañaban la vista y apenas conseguía respirar con normalidad mientras avanzaba por el largo corredor de piedra intentando alejarme de aquella habitación, de Daziel y, sobre todo, de los pensamientos que acababan de instalarse dentro de mí con una fuerza que me resultaba imposible controlar.

Necesitaba espacio. Necesitaba silencio.

Necesitaba convencerme de que seguía siendo Chloe y no Danielle.

Doblé una esquina demasiado deprisa y choqué de lleno contra alguien.

―¡Ay!

Escuché el sonido de algo golpeando el suelo y, antes de poder reaccionar, dos manos sujetaron mis brazos para evitar que terminara cayendo.

―¡Señora Mackay! ¿Estáis bien?

Levanté la vista.

Màiri me observaba con los ojos muy abiertos mientras una cesta de ropa recién doblada descansaba desparramada a nuestros pies.

Durante unos segundos no fui capaz de responder.

Debía de ofrecer una imagen lamentable, con las mejillas completamente húmedas, el cabello algo desordenado y la respiración entrecortada.

La joven frunció el ceño con preocupación.

―¿Qué ha sucedido?

Negué lentamente.

―No estoy bien.

Mi voz salió tan rota que ni siquiera intenté fingir lo contrario.

Màiri dejó de recoger la ropa y se acercó un poco más.

―¿Puedo ayudaros?

Solté una pequeña risa sin humor.

―Ahora mismo no creo que nadie pueda.

Ella permaneció callada, esperando.

Aquello fue suficiente para que acabara confesando lo único que sabía con certeza.

―Necesito salir de aquí. Aunque solo sea un rato. Necesito tomar el aire lejos de estos muros porque siento que me voy a volver loca si permanezco un minuto más dentro de esta fortaleza.

Màiri inclinó ligeramente la cabeza como si estuviera pensando en algo.

De pronto sonrió.

―Conozco un lugar.

La miré.

―¿Un lugar?

―Sí. Cuando necesito escapar de la cocina, de los gritos del cocinero o de las discusiones de los guerreros, voy allí. Nadie suele acercarse porque está escondido entre los árboles.

No pude evitar que una pequeña sonrisa apareciera en mis labios.

―¿Tú también huyes de la gente?

―Constantemente.

Aquello consiguió arrancarme la primera risa sincera desde que había regresado de casa de Sienna.

―Entonces llévame.

Recogimos rápidamente la ropa que había caído al suelo y Màiri me condujo por varios pasillos que jamás había recorrido.

Descendimos una escalera estrecha utilizada por los sirvientes, atravesamos una despensa repleta de sacos y barriles y finalmente llegamos a una pequeña puerta de madera situada en la parte trasera de la fortaleza.

La joven miró a ambos lados antes de abrirla.

―Por aquí.

Salimos al exterior.

Detrás de la fortaleza el paisaje cambiaba por completo.

El bullicio del patio principal desapareció y fue sustituido por el canto de los pájaros, el murmullo del viento entre las ramas y el aroma húmedo del bosque.

Caminamos durante unos minutos por un sendero apenas visible entre la hierba hasta que la vegetación comenzó a abrirse.

Entonces apareció ante mí un pequeño lago.

No era enorme ni especialmente profundo.

Más bien parecía una poza natural alimentada por un arroyo que descendía desde las montañas y formaba una lámina de agua tan transparente que podían distinguirse las piedras del fondo junto a la orilla.

Estaba completamente rodeado de árboles y altos helechos, convirtiéndolo en un rincón escondido donde apenas llegaba el ruido de la fortaleza.

Me quedé inmóvil contemplándolo.

―Es precioso.

Màiri sonrió orgullosa.

―Os dije que merecía la pena.

Nos acercamos hasta la orilla y, sin necesidad de decir nada, ambas comenzamos a quitarnos los zapatos. Dejé las botas junto a un tronco y levanté ligeramente la falda del vestido antes de sentarme sobre una piedra lisa. Introduje los pies en el agua.

Estaba fría. Tan fría que solté un pequeño grito.

Màiri comenzó a reír inmediatamente.

―¡Sabía que haríais esa cara!

―¡Está congelada!

―Es verano.

―Pues las montañas no se han enterado.

Ella terminó sentándose a mi lado y metió también los pies mientras suspiraba satisfecha. Durante unos minutos permanecimos completamente en silencio. El sol calentaba agradablemente nuestro rostro y el agua producía pequeñas ondas cada vez que movíamos los tobillos.

Entonces sentí que podía respirar de nuevo. Inspiré profundamente llenando los pulmones de aire limpio.

―Gracias por traerme.

Màiri sonrió sin mirarme.

―Parecíais necesitarlo.

―Muchísimo.

La joven comenzó a hablar.

Y cuando digo que comenzó a hablar, me refiero a que descubrí que era absolutamente incapaz de permanecer callada más de treinta segundos seguidos.

Me contó que Fergoll había quemado accidentalmente una hogaza aquella mañana porque estaba discutiendo con su ayudante, que uno de los perros de la fortaleza llevaba tres días robando trozos de tocino de la despensa y que Munro tenía la extraña costumbre de hablar dormido cuando regresaba demasiado cansado de las patrullas.

Yo la escuchaba cada vez más divertida.

―Espera, espera... ¿Munro habla dormido?

―¡Y mucho! El otro día uno de los guerreros aseguró que estuvo media noche dando órdenes a un ejército imaginario.

No pude contener la carcajada.

―¿Y nadie lo despierta?

―¿Quién se atreve?

Volvimos a reír.

Aquella muchacha tenía una facilidad increíble para convertir cualquier tontería en una historia digna de ser contada durante una cena.

Hablaba utilizando las manos, imitaba voces y cambiaba la expresión del rostro cada pocos segundos, de manera que terminé completamente entretenida escuchándola relatar cómo una gallina había conseguido entrar en el gran salón durante un banquete y que un noble escocés había terminado persiguiéndola  debajo de la mesa.

―Eres imposible.

―Eso dice Fergoll constantemente.

La miré sonriendo.

―Màiri.

―¿Sí?

―Puedes tutearme.

La joven abrió mucho los ojos.

―¿Cómo?

―Que me llames Chloe. Nada de señora Mackay, ni señora de la fortaleza, ni todas esas cosas. Me hacen sentir como si tuviera setenta años.

Màiri soltó una risita nerviosa.

―No sé si debería.

―Deberías.

―¿Y si alguien nos escucha?

―Entonces diremos que soy una mujer muy rebelde.

Me observó unos segundos y finalmente asintió.

―Está bien.

Sonrió con timidez.

―Chloe.

No sé por qué, pero escuchar mi nombre en aquella época pronunciado por alguien que ya consideraba casi una amiga consiguió hacerme sentir extrañamente bien.

―Mucho mejor.

Continuamos allí bastante rato. El sol avanzó lentamente sobre el cielo y terminé apoyando las manos detrás de mi espalda mientras cerraba los ojos para disfrutar del calor sobre el rostro.

Durante unos minutos conseguí olvidarme de Sienna, de Danielle, de Donald, de la boda y de aquella terrible certeza que había cambiado por completo mi manera de mirar a Daziel.

Incluso conseguí reír y, durante un rato, aquella pequeña poza escondida entre los árboles consiguió hacerme olvidar todo lo demás.

Hasta que un estruendo lejano atravesó el bosque y acabó de golpe con nuestra tranquilidad.

Abrí los ojos y me incorporé, buscando instintivamente a Màiri, que también había dejado de sonreír y miraba en dirección a la fortaleza.

El sonido había llegado desde allí y, antes de que ninguna de las dos pudiera decir nada, se escuchó un segundo golpe, mucho más fuerte que el anterior.

Esta vez pude distinguir también el sonido metálico del acero y, poco después, unos gritos lejanos que consiguieron que un escalofrío me recorriera la espalda.

Màiri se puso en pie con tanta rapidez que estuvo a punto de resbalar sobre las piedras húmedas. Yo hice lo mismo, sacando los pies del agua y mirando hacia los árboles como si desde allí pudiera ver qué estaba ocurriendo al otro lado.

Màiri perdió el color del rostro.

―No...

Otro estruendo.

Esta vez acompañado del sonido inconfundible de un cuerno de alarma.

La joven corrió hasta recoger sus zapatos.

―Están atacando la fortaleza.

Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro.

Durante un segundo volvieron a aparecer imágenes de la visión. Espadas. Sangre. Gritos. El caos de una boda convertida en una matanza.

«No. Otra vez, no».

Màiri me agarró del brazo.

―No podemos regresar.

La miré completamente desconcertada.

―¿Qué?

―Si los enemigos han atravesado las murallas iremos directas hacia ellos. Debemos escondernos aquí hasta que termine.

Negué inmediatamente.

―No puedo.

―Chloe, escuchadme...

―Rose está dentro.

Mi voz salió temblando.

―Y Sìne.

Miré hacia la fortaleza.

La hija de Rose.

Aquel bebé que apenas unas horas antes había sostenido entre mis brazos mientras le prometía que siempre sería su tía.

―Pueden estar en peligro.

Màiri apretó con fuerza mi brazo.

―Los guerreros las protegerán.

―¿Y si no llegan a tiempo?

Ella abrió la boca para responder, pero fui yo quien terminó la frase.

―Daziel.

El nombre escapó de mis labios casi en un susurro.

Màiri comprendió inmediatamente que ya no lograría detenerme.

―Es una locura.

―Lo sé.

―Podríais morir.

La miré.

―Ya morí una vez.

Aquella frase consiguió que se quedara completamente inmóvil.

No esperé ninguna respuesta.

Comencé a correr por el sendero en dirección a la fortaleza.

―¡Chloe!

Escuché sus pasos detrás de mí.

―¡Esperad!

No tardó en alcanzarme y continuamos juntas atravesando el bosque mientras el sonido del combate se hacía cada vez más intenso. Cuando por fin salimos de entre los árboles descubrimos que las puertas traseras seguían abiertas.

Y el infierno había descendido sobre Kinlochewe.

Los gritos llenaban el aire. Hombres luchaban por todas partes.

Guerreros MacKay se enfrentaban a enemigos vestidos con otros colores mientras el acero brillaba bajo la luz de la tarde.

Vi cuerpos tendidos sobre la tierra, caballos aterrorizados intentando escapar entre los hombres y manchas de sangre extendiéndose sobre el patio de piedra.