Capítulo 21 #3
―Escúchame, Chloe. Si deseas regresar a tu hogar, haré cuanto esté en mi mano para ayudarte a conseguirlo. Si necesitas tiempo, lo tendrás. Y si decides cualquier otra cosa... también la aceptaré. No voy a utilizar lo que mi madre te haya mostrado para obligarte a permanecer aquí conmigo.
Aquello me golpeó de una manera inesperada.
―¿Aunque supuestamente nuestras almas estén unidas?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
―No sé nada de almas unidas. Sé lo que tengo delante.
―¿Y qué tienes delante?
―Una mujer aterrorizada que necesita dejar de pensar que debe resolver toda su vida antes de que termine el día.
Una risa pequeña y húmeda escapó entre mis lágrimas.
―Eso ha sonado sorprendentemente sensato viniendo de ti.
―También puedo ser sensato.
―De vez en cuando.
―Muy de vez en cuando.
Sonreí.
Y aquel fue el momento en que todo cambió.
Daziel levantó una mano y retiró con los dedos una lágrima que descendía por mi mejilla. Su caricia fue lenta, delicada, completamente distinta a cualquiera de las que habíamos compartido aquella mañana. Después dejó la palma apoyada contra mi rostro y me observó como si estuviera esperando algo.
No me aparté.
Tampoco quería hacerlo.
Se inclinó lentamente y sus labios encontraron los míos.
Aquel beso no se pareció en nada a los anteriores.
No hubo urgencia ni deseo descontrolado. No intentó arrastrarme hacia él ni convertir el consuelo en otra cosa. Simplemente me besó. Despacio. Con una ternura que me desarmó mucho más que toda la pasión que habíamos compartido en la cama.
Cerré los ojos y me aferré a su camisa.
Entonces lo sentí.
No supe si pertenecía a Chloe, a Danielle o a las dos.
Solo supe que estaba allí.
Una sensación profunda y abrumadora de reconocimiento.
Como si aquellos labios no fueran nuevos.
Como si mi cuerpo recordara algo que mi cabeza apenas acababa de descubrir.
Me acerqué más a él y Daziel me rodeó la cintura mientras el beso se hacía lentamente más profundo.
Su boca encajaba con la mía de una forma que me pareció demasiado perfecta, demasiado fácil, y por un momento dejé de luchar contra todo cuanto sentía.
Me fundí en él, en su calor, en sus brazos.
En aquella seguridad absurda que encontraba cuando me apretaba contra su cuerpo.
Y entonces comprendí algo que me aterrorizó.
Quería aquello. No solo acostarme con él.
No solo volver a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo o perderme otra vez entre las sábanas.
Quería despertarme entre sus brazos. Quería discutir con él.
Quería escucharlo burlarse de mis palabras extrañas y verlo fruncir el ceño cada vez que yo decía algo que no comprendía.
Quería que me cogiera de la mano como había hecho después de encontrarme en el patio.
Quería ser parte de su vida. Y aquella certeza apareció con tanta fuerza que durante un instante me quedé sin respiración, porque detrás de ella llegó otra todavía más aterradora: quería quedarme.
Por primera vez desde que había aparecido en aquella época, pensar en regresar a casa no provocó en mí el alivio que debería haber sentido.
Al contrario. La idea de marcharme y no volver a verlo me produjo un vacío doloroso en el pecho.
Quería seguir allí, junto a él. Quería descubrir qué podía existir entre nosotros y, por absurdo que resultara después de tan poco tiempo, una parte de mí incluso deseó que aquella mentira que habíamos contado al rey fuese cierta. Deseé ser realmente su esposa.
La intensidad de aquel pensamiento me asustó tanto que abrí los ojos y rompí el beso de golpe.
Me aparté de Daziel casi con desesperación, intentando poner distancia entre nuestros cuerpos mientras recuperaba el aire.
Él tardó unos instantes en reaccionar y se quedó observándome, desconcertado por aquel cambio repentino que ni siquiera yo sabía cómo explicarle.
―¿Estás bien?
―No.
Retrocedí.
Mi respiración volvió a acelerarse.
―¿Qué ocurre?
―No puedo.
―¿No puedes qué?
Negué con la cabeza. Ni siquiera yo sabía responder a aquella pregunta.
No podía quedarme. No podía marcharme. No podía amar a un hombre al que apenas conocía solo porque otra mujer que había sido yo lo había amado siglos atrás.
Y, sobre todo, no podía aceptar que una parte de mí acabara de desear exactamente la vida que unas horas antes me parecía imposible.
―Necesito... necesito estar sola.
Me giré hacia la puerta y tiré del picaporte. Seguía cerrada. La llave seguía sobre la mesa.
Fui hasta ella, la cogí con manos temblorosas y escuché a Daziel acercarse detrás de mí.
―Chloe, espera.
―Por favor, necesito aire.
Mi voz se rompió.
Aquello consiguió detenerlo.
Introduje la llave en la cerradura y tuve que intentarlo dos veces porque apenas conseguía controlar los dedos. Finalmente escuché el mecanismo ceder, abrí la puerta y salí al corredor.
Las lágrimas ya me corrían por las mejillas mientras avanzaba cada vez más deprisa por el pasillo. No estaba huyendo de Daziel. Estaba huyendo de mí misma.