Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Tragué saliva y aparté la mirada. No sabía por dónde empezar.

Ni siquiera sabía si sería capaz de pronunciar aquellas palabras en voz alta sin volver a derrumbarme.

Una cosa era haberle contado a Rose lo que acababa de ver y otra muy distinta explicárselo a él, mirarlo a la cara mientras le decía que acababa de recordar cómo lo había amado y cómo lo había visto morir en otra vida.

―No ha sido exactamente lo que me ha contado tu madre ―murmuré al fin―. Ha sido lo que me ha hecho ver.

Daziel frunció ligeramente el ceño, pero no me interrumpió.

―Me preparó una infusión. La misma que le dio a Rose cuando ella fue a verla.

Me dijo que mi alma había llegado hasta aquí por alguna razón y que las respuestas estaban dentro de mí.

Después la bebí y... ―Tuve que detenerme un instante porque solo recordarlo consiguió que volviera a sentir aquella presión insoportable en el pecho―.

Vi otra vida, Daziel. Mi vida. Una que ocurrió hace cientos de años.

Su expresión cambió. Sabía lo ocurrido con Rose. Evidentemente conocía aquella historia y, por eso, no me miró como si acabara de volverme loca.

―¿Qué viste?

Respiré profundamente.

―Una boda. La boda de Catalina y Malcolm MacKay.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

―La misma que vio Rose.

Asentí.

―Pero esta vez… yo era su hermana pequeña, de Catalina. Me llamaba Danielle.

Pronunciar aquel nombre volvió a remover algo dentro de mí. Cerré los ojos durante un segundo y vi de nuevo el vestido sobre mis piernas, las flores, el altar y a Donald mirándome entre los asistentes. Cuando volví a abrirlos, Daziel seguía esperando.

―Danielle estaba enamorada de un hombre.

Llevaba tiempo enamorada de él y él de ella.

Se habían conocido durante las visitas que los MacKay hicieron para acordar el matrimonio entre Malcolm y Catalina.

Se veían cada vez que ellos regresaban y, durante una de aquellas visitas, él le confesó que la amaba.

Le prometió que, después de la boda de su hermano, hablaría con su familia y se casaría con ella.

Daziel permaneció completamente quieto.

Sentí que las lágrimas comenzaban a quemarme los ojos.

―Se llamaba Donald MacKay.

La respiración de Daziel cambió apenas.

―Era el hermano menor de Malcolm ―continué―. Y eras tú.

El silencio se hizo absoluto.

Daziel me observó durante unos segundos sin decir nada. Esperaba incredulidad, quizá alguna pregunta, pero lo único que vi fue desconcierto.

―¿Yo?

―Tú. ―Una lágrima terminó escapando y me la limpié con rabia―.

Tenía tu cara, Daziel. Tus ojos. Incluso algunos de tus gestos.

No sé explicarlo mejor. No era exactamente como verte ahora, porque sabía que aquel hombre era Donald, pero al mismo tiempo sabía que eras tú.

De la misma manera que Rose supo que Malcolm era Brett.

Me abracé a mí misma, intentando contener el temblor que había comenzado a recorrerme.

―Entonces comenzó el ataque.

Aquello fue lo más difícil.

Le conté cómo los Ross aparecieron durante la boda y cómo todo se convirtió en un caos.

Le hablé de los gritos, de la gente corriendo y de las espadas.

Le expliqué que Danielle había resultado gravemente herida y que Donald corrió hasta ella y la sostuvo entre sus brazos mientras intentaba impedir que muriera.

Cuando llegué a aquel punto, mi voz comenzó a quebrarse.

―Yo sabía que me estaba muriendo. Podía sentirlo.

Sentía el dolor, la sangre... todo. Y él no dejaba de decirme que aguantara.

―Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza―.

Le dije que lo amaba y él me dijo que su corazón y su alma me pertenecían.

Después apareció un hombre detrás de él y yo intenté avisarlo, pero no pude hacerlo a tiempo. Le clavó una espada por la espalda.

Daziel cerró los ojos un instante.

―Murió conmigo ―continué, ya incapaz de contener el llanto―. Lo tuve entre mis brazos y sentí cómo dejaba de respirar. Y después morí yo.

No pude seguir.

Me tapé la boca mientras intentaba controlar el sollozo que acababa de escapárseme.

Todo aquel dolor que había conseguido mantener a raya durante el camino de regreso volvió de golpe, brutal e incomprensible, porque una parte de mí seguía diciéndome que aquello no podía haber ocurrido y otra lloraba a un hombre muerto hacía siglos como si acabara de perderlo.

Daziel se acercó.

―Chloe, lo siento mucho. Siento mucho que hayas tenido que ver eso.

―No entiendo nada ―dije antes de que pudiera continuar―.

Eso es lo peor. No entiendo qué demonios está pasando conmigo.

Hace unas semanas estaba en Londres. Tenía un trabajo, una vida y sabía quién era.

Ahora estoy aquí y resulta que ya estuve aquí antes, que fui otra persona y que tú también fuiste otra persona.

―Negué mientras las lágrimas seguían cayendo―.

Y puedo sentirla, Daziel. Puedo sentir lo que Danielle sentía.

Puedo recordar cuánto amaba a Donald. No como si alguien me hubiera contado una historia, sino como si esos recuerdos hubieran estado siempre dentro de mí esperando a que alguien los despertara.

Él ya estaba tan cerca que apenas quedaba espacio entre nosotros.

―Tengo miedo ―confesé.

Aquellas dos palabras consiguieron que su expresión se suavizara por completo.

―No sé qué pensar. No sé qué se supone que debo hacer con todo esto y tampoco sé si sigo queriendo las mismas cosas que quería esta mañana.

Vine hasta aquí convencida de que encontraría la manera de regresar a casa.

Eso era todo lo que quería. Volver. Y ahora...

―Me llevé una mano al pecho―. Ahora siento algo aquí que no sé explicar.

Cuando te he visto luchando con Munro, durante un instante he visto morir a Donald otra vez.

Por eso he corrido hacia ti. Necesitaba tocarte. Necesitaba saber que estabas vivo.

Daziel no dijo nada. Simplemente me envolvió entre sus brazos.

Y yo me dejé hacer. Apoyé la frente contra su pecho y cerré los ojos mientras sus brazos me rodeaban con tanta fuerza que casi desaparecí dentro de ellos.

Escuché el latido de su corazón bajo mi oído y me aferré a su camisa.

Aquel sonido era exactamente lo que necesitaba. Un corazón latiendo. Su corazón. Vivo.

―No voy a decirte qué significa todo esto ―murmuró contra mi cabello―, porque tampoco lo sé. Pero no tienes que decidir nada ahora.

Inspiré profundamente.

―¿Y si no deseo volver? No puedo quedarme aquí. Este no es mi sitio. No soy como Rose.

Daziel se apartó apenas lo suficiente para mirarme.

―No tienes que decidirlo ahora. Está claro que estás confundida, asustada por lo que has visto.

Sus manos permanecieron sobre mis brazos y sus ojos buscaron los míos.