Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

La carreta se detuvo frente a las puertas de la fortaleza cuando la tarde empezaba a avanzar.

El traqueteo de las ruedas cesó y, durante unos instantes, permanecí sentada sin moverme, contemplando mis propias manos sobre el vestido.

El viaje de regreso había sido mucho más silencioso que el de ida.

Rose y yo apenas intercambiamos unas palabras después de abandonar el bosque de Sienna.

No porque quedara nada entre nosotras por decir, sino porque yo necesitaba ordenar demasiadas cosas dentro de mi cabeza y no estaba consiguiendo ordenar absolutamente ninguna.

Uno de los hombres de Brett abrió la portezuela y Rose descendió primero.

La seguí, agradeciendo el aire fresco en cuanto mis pies tocaron el suelo.

Las enormes puertas estaban abiertas y el patio se extendía frente a nosotras lleno del movimiento habitual de la fortaleza.

Criados transportando provisiones, caballos entrando y saliendo de los establos, guerreros apostados sobre las murallas...

Todo parecía exactamente igual que cuando me había marchado aquella mañana.

Yo era la que ya no era la misma.

Rose me observó durante unos segundos.

―¿Estás bien?

Solté el aire lentamente.

―Necesito caminar un poco. Y estar sola, si no te importa.

No intentó convencerme de lo contrario.

―Claro.

Le agradecí en silencio que lo entendiera.

―Voy a ver a Sìne ―añadió―. La echo de menos.

Aquello consiguió arrancarme una pequeña sonrisa.

―Rose, la has visto esta mañana.

―Lo sé.

―Han sido unas horas.

―También lo sé.

Negué con la cabeza.

―Estás perdida.

―Completamente.

Nos despedimos con un último roce de manos y Rose entró en la fortaleza mientras yo comenzaba a caminar sin un destino concreto. No quería encerrarme en una habitación. Necesitaba aire, movimiento y, sobre todo, unos minutos en los que nadie me preguntara qué había ocurrido en casa de Sienna.

Atravesé el patio principal absorta en mis pensamientos y terminé dirigiéndome hacia la zona de entrenamiento casi sin ser consciente de ello.

El sonido del acero me alcanzó antes incluso de llegar al patio de entrenamiento.

Reconocí el choque violento de dos espadas y, aunque sabía perfectamente que los guerreros entrenaban allí a diario, aquel sonido consiguió que algo se tensara dentro de mí.

Después de lo que acababa de vivir en casa de Sienna, escuchar acero golpeando contra acero ya no me resultaba tan indiferente.

Continué avanzando y, cuando finalmente doblé la esquina, descubrí a dos hombres enfrentándose en mitad del terreno. Uno de ellos era Munro. El otro hizo que el corazón me diese un vuelco.

Daziel estaba en mitad del patio de entrenamiento con una espada entre las manos, enfrentándose a Munro.

Ambos se movían con rapidez sobre la tierra mientras varios guerreros observaban alrededor.

Tenía la camisa pegada al cuerpo por el esfuerzo y el cabello húmedo en las sienes.

Bloqueó un ataque de Munro, giró sobre sí mismo y respondió con otro golpe que su adversario consiguió detener por muy poco.

Era un entrenamiento y lo sabía perfectamente.

Munro no pretendía hacerle daño y Daziel tampoco estaba luchando por su vida, pero mi cuerpo pareció incapaz de comprender algo tan sencillo.

El sonido del acero comenzó a confundirse con el que todavía resonaba en mi memoria y, durante unos segundos, el patio desapareció a mi alrededor.

Volví a escuchar los gritos de aquella boda, el choque de las espadas y las voces aterrorizadas de quienes intentaban escapar.

Volví a ver la sangre sobre la hierba y a Donald arrodillado frente a mí, sujetándome entre sus brazos mientras yo me desangraba.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme cada vez más deprisa y traté de recordarme que aquello ya había ocurrido, que pertenecía a otra vida y que el hombre que tenía delante era Daziel.

Estaba vivo. Estaba bien. Sin embargo, justo entonces Munro lanzó un nuevo ataque y Daziel retrocedió para esquivarlo.

Bastó aquel movimiento para que mi mente confundiera definitivamente el recuerdo con la realidad.

Durante una fracción de segundo ya no vi a Daziel entrenando con su segundo, sino a Donald de rodillas frente a mí, completamente ajeno al hombre que se aproximaba por su espalda.

Vi nuevamente la espada hundirse en su cuerpo, sus ojos abrirse por la sorpresa y la sangre aparecer entre sus labios antes de desplomarse sobre mí.

―¡No! ―grité.

Daziel se volvió inmediatamente hacia mí y Munro detuvo el movimiento de su espada antes de completar el ataque.

Varias cabezas se giraron en mi dirección, pero apenas fui consciente de las miradas que acababan de clavarse sobre mí.

El miedo seguía oprimiéndome el pecho y, antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, levanté las faldas del vestido y eché a correr hacia Daziel.

―¿Chloe?

Daziel bajó el arma, completamente desconcertado.

―¿Qué ocurre?

No respondí.

Llegué hasta él y me lancé directamente a sus brazos.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba por la sorpresa, pero apenas tardó un instante en reaccionar. Sus brazos me rodearon con fuerza y me apretaron contra su pecho.

―Estás bien ―murmuré.

Necesitaba sentirlo, sentir su calor, la firmeza de su cuerpo. El latido acelerado de su corazón bajo mi mejilla.

―Estás bien ―repetí, más para mí que para él.

Daziel dejó caer la espada al suelo y una de sus manos subió hasta mi nuca.

―Chloe, ¿qué sucede?

No sabía qué contestarle.

Ni siquiera sabía por qué había corrido hacia él de aquella manera. Solo sabía que durante unos segundos lo había visto morir y que la necesidad de tocarlo, de comprobar que seguía allí, había sido más fuerte que cualquier pensamiento racional.

Hundí un poco más el rostro contra su pecho. Olía a sudor, cuero y a él.

Daziel me acarició lentamente el cabello.

―¿Te ha ocurrido algo?

Negué contra su pecho.

―No.

―Entonces ¿por qué tiemblas?

No me había dado cuenta de ello hasta que lo dijo.

Me separé apenas lo suficiente para mirarlo y mis ojos recorrieron su rostro. Aquellos ojos azules. La cicatriz sobre la ceja. La mandíbula. Todos los rasgos que unas horas antes había visto en otro hombre y que ahora resultaba imposible separar de él.

Sentí otra punzada en el pecho, y después escuché un carraspeo detrás de nosotros.

Esta vez sí reaccioné.

Me giré. Y quise que la tierra me tragara. El rey estaba allí. Brett también.

Ambos nos observaban.

Aparté las manos del pecho de Daziel y retrocedí inmediatamente, sintiendo cómo el calor me subía hasta las orejas. No sabía cuánto tiempo llevaban presenciando la escena y tampoco quería saberlo.

El rey, por supuesto, estaba sonriendo.

―Es hermoso contemplar tanto afecto entre una pareja recién casada.

Cerré los ojos un instante.

«Tierra, trágame».

Daziel, el muy condenado, no pareció avergonzado en absoluto.

El rey nos miró alternativamente a uno y a otro.

―Puede que los tortolitos necesiten algo de intimidad.

Brett carraspeó para disimular lo que sospeché que era una sonrisa.

―Majestad, podríamos aprovechar para montar un rato. Hay una zona de las tierras que todavía no os he mostrado.

El rey pareció considerar la propuesta.

―Buena idea, MacKay.

Brett me dirigió una breve mirada antes de acompañarlo hacia las caballerizas.

En cuanto se alejaron, miré a Daziel.

Él ya me estaba observando.

―No digas nada.

―No he dicho nada, todavía.

―Pero estás a punto.

―En realidad estaba intentando comprender por qué mi esposa ha atravesado el patio corriendo para arrojarse a mis brazos.

―Falsa esposa.

―Eso no parecía importarte hace un momento.

Lo fulminé con la mirada.

Daziel sonrió apenas, pero la diversión desapareció enseguida. Debió de ver algo en mi expresión porque su rostro volvió a ponerse serio.

―Ven conmigo.

Me cogió de la mano.

Daziel recogió su espada y se la entregó a Munro.

―Después continuamos.

Munro asintió.

―Cuando queráis.

Caminé junto a Daziel hacia el interior de la fortaleza con su mano rodeando la mía. Cada pocos pasos bajaba la mirada hacia nuestros dedos entrelazados y una sensación extraña se instalaba en mi pecho.

No era la primera vez que me tocaba. Dios sabía que después de aquella mañana quedaban pocas partes de mi cuerpo que aquel hombre no hubiera tocado. Pero aquello era diferente. Demasiado familiar. Y, después de lo que acababa de recordar, incluso inquietante.

Atravesamos el gran salón, subimos las escaleras y recorrimos el corredor hasta llegar a su despacho. Daziel abrió la puerta y esperó a que entrara antes de hacerlo él.

Entonces escuché el sonido de la llave.

Me giré.

―¿Acabas de encerrarme?

―He cerrado la puerta.

―Con llave.

―Porque no quiero que nadie nos interrumpa.

Se acercó y dejó la llave sobre la mesa.

Por primera vez desde que había corrido hacia él pude observarlo con calma.

Grave error.

El entrenamiento había dejado su cabello revuelto y la camisa todavía estaba húmeda y pegada a su pecho. Pero ya no podía mirarlo únicamente como al hombre con quien había compartido una cama.

Ahora veía destellos de otro.

Un hombre que había vivido siglos atrás. Uno que me había prometido una vida que jamás llegamos a tener.

Daziel se acercó.

―Chloe.

Levanté los ojos.

Su expresión era completamente seria.

―¿Qué ha ocurrido?

No contesté.

―Has regresado pálida, has gritado en mitad del patio y has corrido hacia mí como si acabaras de verme regresar de entre los muertos.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. Si supiera lo cerca que estaba de la verdad.

Daziel dio un último paso y se detuvo frente a mí.

―¿Qué te ha contado mi madre?