Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

―Te encontraré ―susurró.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

―¿Qué?

Su respiración era cada vez más débil.

―Donde quiera que estés...

Una lágrima escapó de sus ojos.

―...te encontraré.

Lo abracé.

El ruido de la batalla comenzó a desaparecer. Ya no escuchaba las espadas. Ni los gritos. Ni siquiera sentía el dolor. Solo a Donald.

Su frente terminó apoyándose contra la mía y nuestros dedos permanecieron entrelazados sobre la hierba manchada de sangre.

Supe exactamente cuándo dejó de respirar.

Y entonces algo dentro de mí también se apagó.

Abrí los ojos con un grito ahogado.

El aire entró violentamente en mis pulmones y me incorporé como pude, completamente desorientada. Las lágrimas me caían por el rostro y durante varios segundos no vi la cabaña, ni el fuego, ni a Rose arrodillada junto a mí.

Solo veía sangre.

Y aquellos ojos azules.

―Donald...

Me llevé una mano al pecho.

Dolía.

Dios, dolía de verdad.

―Chloe.

Rose intentó acercarse, pero levanté una mano.

―No...

No podía respirar.

Cerré los ojos y otra imagen apareció inmediatamente.

Daziel.

Su rostro.

Sus ojos.

Aquella cicatriz.

Pero ya no veía únicamente a Daziel. Veía al hombre que me había sostenido entre sus brazos mientras moría. El hombre que me había prometido casarse conmigo. El hombre cuya última promesa había sido encontrarme.

Abrí nuevamente los ojos y miré a Sienna entre lágrimas.

―Era él.

Mi voz apenas salió.

Sienna no preguntó a quién me refería.

―Donald era Daziel.

Rose se quedó inmóvil.

Yo negué una y otra vez mientras las lágrimas continuaban cayendo.

―Yo era Danielle... La hermana de Catalina. Estaba allí. Estaba en vuestra boda.

Rose perdió el color del rostro.

―¿Qué?

―Él me amaba.

Me tapé la boca intentando contener un sollozo.

―Íbamos a casarnos.

Y entonces comprendí por qué aquel dolor se sentía tan real. No acababa de contemplar la muerte de dos desconocidos. Acababa de recordar la nuestra.

Ahora todo dentro de mí era diferente.

No sabía explicar exactamente qué había cambiado, pero lo sentía.

Era como si aquella visión hubiese abierto una puerta que llevaba siglos cerrada y, al hacerlo, hubiese dejado escapar emociones que no pertenecían a Chloe Finner y que, sin embargo, ahora reconocía como propias.

El amor de Danielle por Donald seguía instalado en mi pecho con una intensidad insoportable.

Podía recordar cómo me miraba, cómo me había tomado de las manos al confesarme lo que sentía, la ilusión con la que había imaginado nuestro matrimonio y, sobre todo, podía sentir otra vez el peso de su cuerpo sobre el mío mientras la vida lo abandonaba.

Me llevé las manos a la cabeza.

―Estamos malditas.

Rose reaccionó inmediatamente. Se acercó y me rodeó con los brazos, pero yo estaba demasiado alterada para encontrar consuelo en aquel abrazo.

―No, Chloe. No lo estamos.

―¡Claro que sí! ―Me separé lo suficiente para mirarla―.

¿Cómo llamas tú a esto? Tú eras Catalina y yo era Danielle.

Brett era Malcolm y Daziel era Donald. Nosotras morimos, ellos murieron y, seiscientos años después, aparecemos precisamente en el mismo maldito lugar donde están ellos.

¿De verdad quieres convencerme de que esto es una casualidad?

―No creo que sea una casualidad.

―¡Pues eso es todavía peor!

Rose negó con suavidad.

―No necesariamente.

―¿Cómo que no?

Mi amiga me sostuvo por los brazos.

―Puede que hayamos regresado junto a ellos por una razón, Chloe. Puede que hayamos tenido otra oportunidad para vivir aquello que nos fue arrebatado.

La miré sin comprender cómo podía decirlo con tanta serenidad.

―¿Otra oportunidad?

―Sí. A Catalina y Malcolm apenas les concedieron unos minutos como marido y mujer.

A Danielle y Donald ni siquiera les permitieron llegar a casarse.

Los cuatro morimos aquel día y todo cuanto habíamos imaginado desapareció con nosotros.

Quizá nuestras almas hayan regresado para terminar lo que comenzó entonces.

Para estar junto a ellos y vivir el amor que se nos negó en aquella vida.

Sentí que las paredes de la cabaña se acercaban.

―Esto es demasiado.

―Chloe...

―Necesito salir de aquí.

Me aparté de Rose y caminé hacia la puerta. Necesitaba aire. Espacio. Necesitaba alejarme del olor de aquellas hierbas, del fuego y del lugar donde acababa de descubrir que mi existencia podía estar ligada desde hacía siglos a la de un hombre al que apenas conocía.

―Chloe ―me llamó Sienna.

Me detuve con la mano sobre la puerta y volví la cabeza.

Ella permanecía junto al fuego, observándome con aquella serenidad que en esos momentos me resultaba imposible compartir.

―Puedes regresar cuando quieras ―me dijo―. Las puertas de esta casa estarán siempre abiertas para vosotras.

No tenía fuerzas para responder. Me limité a asentir y salí.

El aire frío me golpeó el rostro, y lo agradecí. Respiré profundamente y comencé a caminar entre los árboles siguiendo el mismo sendero por el que habíamos llegado. Apenas había avanzado unos metros cuando escuché los pasos de Rose detrás de mí.

―Chloe, espera.

Seguí caminando.

―Chloe, detente.

Esta vez lo hice.

Me giré bruscamente.

―¿Esto era lo que querías que viese?

Rose se detuvo frente a mí.

―No.

―¿No?

―No sabía qué ibas a ver. Solo quería ayudarte a encontrar una explicación para tu llegada. Pensé que Sienna podría darte respuestas, igual que me las dio a mí.

Solté una risa nerviosa que no tenía absolutamente nada de divertida.

―Pues enhorabuena. Ya tengo una explicación. Resulta que hace seiscientos años estaba enamorada de Daziel, solo que Daziel no era Daziel y yo tampoco era yo. Íbamos a casarnos, nos asesinaron a los dos y ahora hemos vuelto a encontrarnos. Perfecto. Todo perfectamente normal.

―Sé que necesitas tiempo para asimilarlo.

―¿Tiempo? Rose, hace unos días mi mayor preocupación era llegar a tiempo a trabajar.

Ahora resulta que he viajado al siglo XV, que mi mejor amiga lleva un año aquí, que tienes una hija con un highlander y que yo acabo de recordar cómo morí en otra vida entre los brazos del hombre con el que me he acostado esta mañana.

Perdona si necesito algo más que unos minutos para procesarlo.

Rose permaneció callada.

Reanudé la marcha.

―¿Y ahora qué? ―pregunté mientras avanzaba entre los árboles―. ¿Me quedo aquí y comemos perdices los cuatro?

―Eso lo decides tú, Chloe.

Me detuve otra vez.

Aquella respuesta consiguió enfadarme todavía más.

―No. No lo decido yo.

Rose frunció el ceño.

―Claro que sí.

―¿Y si no puedo volver?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.

Me giré hacia ella.

Rose estaba unos pasos por detrás.

―¿Y si no puedo? ―repetí, esta vez mucho más bajo.

Su expresión se suavizó.

―Si deseas regresar, lo conseguirás. Estoy segura.

Negué con la cabeza.

―Joder...

Me llevé una mano al cabello y miré hacia los árboles. El miedo volvía a apoderarse de mí, pero esta vez era diferente. Ya no temía únicamente quedarme atrapada en aquella época.

Había aparecido un miedo nuevo.

Uno mucho peor.

―No creo que pueda.

Rose guardó silencio unos segundos.

―¿Por qué?

La miré.

No quería reconocerlo.

Ni siquiera ante ella.

Pero ya no podía seguir fingiendo que aquella visión no había cambiado nada.

―Porque algo ha cambiado dentro de mí.

Me llevé una mano al pecho y apreté los dedos contra la tela del vestido.

―Aquí.

Rose no dijo nada.

―Antes de beber aquello quería volver a casa y punto. Daziel me atraía, sí. Me volvía loca, me ponía como una moto y me había acostado con él porque me apetecía. Pero podía separar una cosa de la otra. Podía disfrutar de él y después marcharme porque no formaba parte de mi vida.

Tragué saliva.

―Ahora cierro los ojos y veo a Donald.

Mi voz se quebró.

―Recuerdo cómo me miraba. Recuerdo cuánto lo amaba, Rose. No es algo que me hayan contado. Lo he sentido. He estado allí. He sentido lo que Danielle sentía por él y ahora esos recuerdos están aquí dentro mezclados con los míos. No sé dónde termina ella y dónde empiezo yo.

Rose se acercó lentamente.

―Te entiendo.

―No sé qué hacer con todo esto.

―No tienes que decidirlo hoy.

―Pero duele.

Las lágrimas volvieron a acumularse en mis ojos.

―Joder, Rose, ahora me duele.

Mi amiga llegó hasta mí.

―Lo siento muchísimo.

Negué mientras las primeras lágrimas comenzaban a caer.

―Y verte morir...

Aquello fue lo que terminó de romperme.

Porque en mitad de toda aquella confusión también había recuerdos de Catalina. De mi hermana. De la mujer a la que Danielle había querido durante toda su vida.

―Dios... Verte morir ha sido horrible.

Rose me abrazó.

Esta vez no intenté apartarme. Me aferré a ella con todas mis fuerzas y enterré el rostro contra su hombro mientras lloraba.

―Te amaba ―conseguí decir―. Danielle amaba muchísimo a Catalina.

Sentí que Rose también empezaba a llorar.

―Y Catalina a ella.

Aquellas palabras consiguieron que la abrazara todavía más fuerte.

Durante unos instantes dejaron de existir Chloe y Rose. Éramos dos mujeres abrazadas bajo los árboles mientras soportábamos juntas el peso de dos vidas distintas y, al mismo tiempo, extrañamente nuestras.

No sabía cuánto tiempo permanecimos así. Solo sabía que no quería soltarla. Porque acababa de recuperar recuerdos de una hermana que había perdido hacía siglos mientras abrazaba a la mejor amiga que había llorado durante todo un año.

Y, por primera vez desde que había llegado a aquella época, regresar a casa ya no me pareció una decisión tan sencilla.