Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Lo primero que escuché fue música.

Una melodía suave de arpas y flautas se mezclaba con el murmullo de muchas voces, con risas, conversaciones y el sonido del viento atravesando los árboles.

Después llegaron los olores. Flores recién cortadas, hierba húmeda, humo, comida y ese aroma limpio de la primavera que parecía llenar cada rincón.

Abrí los ojos.

Durante unos segundos no comprendí dónde estaba.

Ya no me encontraba en la cabaña de Sienna.

Estaba sentada entre decenas de personas, en el exterior, bajo un cielo despejado y rodeada de montañas verdes. Hombres y mujeres vestidos con sus mejores ropas ocupaban bancos de madera colocados frente a un pequeño altar adornado con flores y telas que se agitaban suavemente con el viento.

El corazón comenzó a golpearme. Conocía aquel lugar. No porque hubiera estado allí antes. Porque Rose me lo había contado. La boda.

Era la boda de Catalina y Malcolm.

Intenté levantarme, pero mi cuerpo no respondió.

Entonces bajé la mirada.

Mis manos descansaban sobre un vestido que no reconocía.

Eran mis manos y, al mismo tiempo, no lo eran.

Parecían más jóvenes. Sobre mi regazo caía una falda confeccionada con una tela suave de color verde apagado, ceñida a la cintura y decorada con pequeños bordados.

Mi cabello rojizo descendía parcialmente trenzado sobre uno de mis hombros.

Y entonces lo supe.

No hubo nadie que me lo explicara.

El nombre simplemente apareció dentro de mí acompañado de cientos de recuerdos que no deberían haberme pertenecido.

Danielle.

Me llamaba Danielle.

Y Catalina era mi hermana mayor.

La emoción me atravesó con tanta intensidad que tuve que respirar profundamente.

No estaba contemplando la vida de otra persona desde fuera.

Estaba dentro de ella. Sentía lo que ella sentía.

Sabía lo que sabía. Recordaba su infancia, su familia, las discusiones con Catalina y el cariño inmenso que sentía por aquella hermana que en esos momentos estaba a punto de casarse.

Un movimiento a varios lugares de distancia llamó mi atención.

Giré la cabeza. Y dejé de respirar.

Donald.

Su nombre apareció antes incluso de que pudiera preguntarme quién era.

Estaba entre los hombres del clan MacKay, cerca del lugar donde aguardaba su hermano mayor.

Era más joven que Malcolm, pero no había ninguna duda sobre el parentesco entre ambos.

Alto, ancho de hombros y vestido con los colores de su familia, mantenía una postura seria mientras esperaba el comienzo de la ceremonia.

Pero yo no veía a Donald.

Veía a Daziel.

Sentí que el corazón se me detenía.

Era él.

No exactamente el hombre que había dejado aquella mañana en la fortaleza, porque su cabello era algo diferente y su rostro pertenecía indudablemente a otro tiempo, pero aquellos ojos azules, aquella mandíbula, la forma de mantenerse erguido y hasta aquella cicatriz que endurecía una de sus cejas...

Era Daziel.

No.

Donald.

Y estaba perdidamente enamorada de él.

La certeza llegó acompañada de un golpe de emociones tan intenso que me dejó sin aliento.

Lo amaba. Danielle lo amaba con todo cuanto era. Y él la amaba a ella.

Mi mirada volvió a buscarlo casi por instinto y, como si hubiera sentido que lo observaba, Donald giró la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Tuve que bajar la mirada para ocultar una sonrisa.

Dios.

Conocía aquella sensación.

Recordaba perfectamente la primera vez que los hermanos MacKay acudieron para hablar del compromiso entre Malcolm y Catalina.

Recordaba a Donald entrando junto a su hermano y la impresión absurda que me había causado verlo.

Después llegaron más visitas. Conversaciones robadas.

Miradas cuando nadie estaba pendiente de nosotros.

Encuentros breves que siempre parecían terminar demasiado pronto.

Hasta que, durante la última visita, Donald me había encontrado sola.

El recuerdo me golpeó con una claridad absoluta.

Sus manos sujetando las mías. Su voz diciéndome que me amaba. Y aquella promesa. En cuanto Malcolm y Catalina estuvieran casados, hablaría con mi familia. Después sería nuestro turno. Donald me había prometido que se casaría conmigo.

Levanté nuevamente la mirada.

Seguía observándome.

Esta vez fue él quien sonrió.

Sentí cómo mis mejillas se calentaban y bajé los ojos mientras una felicidad que no era mía y, sin embargo, sentía como propia me llenaba el pecho.

Pronto.

Eso pensaba Danielle.

«Pronto seremos nosotros».

La música cambió y todos los invitados se pusieron en pie.

Giré la cabeza.

Catalina apareció al comienzo del camino acompañada por nuestro tío. Y por un momento olvidé incluso a Donald. Mi hermana estaba preciosa.

El vestido marfil, las flores blancas entrelazadas en su cabello rubio, la expresión emocionada de su rostro... La felicidad que sentí al verla fue inmensa.

Entonces miré hacia Malcolm. Él no veía a nadie más. Solo a ella.

Sonreí.

Sabía cuánto se amaban. Todo el mundo lo sabía. Y mientras Catalina avanzaba hacia el hombre con quien llevaba soñando desde niña, mis ojos buscaron una vez más a Donald.

Él ya estaba mirándome.

Aquella vez no aparté la vista.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios y supe exactamente qué estaba pensando porque yo pensaba lo mismo.

La ceremonia comenzó y escuché las palabras del sacerdote mientras Catalina y Malcolm permanecían frente al altar con las manos entrelazadas.

A mi alrededor había sonrisas, alguna lágrima emocionada y murmullos discretos.

Yo intentaba prestar atención, pero cada poco tiempo mi mirada escapaba hacia Donald.

Él hacía exactamente lo mismo.

Y cuando el sacerdote pronunció las palabras que los convertían en marido y mujer, sentí una felicidad enorme por mi hermana.

No duró.

Un estruendo rompió la celebración.

Durante un instante nadie entendió qué estaba ocurriendo. Después llegaron los gritos.

Hombres armados aparecieron entre los árboles y todo se convirtió en caos.

Los Ross.

La música se interrumpió bruscamente. Las personas comenzaron a correr mientras los guerreros MacKay desenvainaban sus espadas. Escuché órdenes, gritos de mujeres y el choque brutal del acero mientras intentaba encontrar a Catalina entre la multitud.

―¡Catalina!

No conseguía verla.

Entonces busqué a Donald.

Él ya venía hacia mí.

Había desenvainado la espada y avanzaba entre el caos intentando alcanzarme.

―¡Danielle!

Me levanté.

Alguien chocó contra mí y estuve a punto de caer.

―¡Donald!

Intenté avanzar hacia él.

Todo ocurrió demasiado deprisa.

Un hombre apareció a mi izquierda. Vi el destello de una hoja y apenas tuve tiempo de comprender qué sucedía antes de sentir un dolor terrible atravesándome el costado.

El aire abandonó mis pulmones y miré hacia abajo. La sangre comenzó a extenderse sobre mi vestido.

―No...

Las piernas dejaron de sostenerme.

Escuché mi nombre.

―¡Danielle!

Donald llegó hasta mí antes de que tocara el suelo.

Me sujetó entre sus brazos y cayó de rodillas conmigo sobre la hierba. Su espada quedó abandonada a nuestro lado mientras una de sus manos presionaba desesperadamente mi herida.

―No. No, no, no... mírame.

Su voz estaba rota.

Nunca lo había escuchado hablar así.

―Mírame, Danielle.

Lo hice.

Sus ojos.

Eran los ojos de Daziel.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer por mis mejillas.

―Donald...

―No hables.

Presionó con más fuerza.

El dolor me arrancó un gemido.

―Aguanta. Voy a sacarte de aquí.

Sabía que no era cierto.

Y él también.

―Donald...

―He dicho que no hables.

―Te amo.

Se quedó inmóvil.

El miedo que había en sus ojos terminó de romperme.

Levanté una mano con enorme esfuerzo y acaricié su mejilla.

―Te amo ―repetí.

Donald atrapó mi mano y la apretó contra su rostro.

―Y yo a ti.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

―Mi corazón te pertenece, Danielle. Y mi alma también. Siempre te pertenecerán.

Una sonrisa débil apareció en mis labios.

Habíamos tenido tantos planes… Íbamos a casarnos, a tener nuestra propia casa. Hijos. Una vida entera. Y de pronto comprendí que no tendríamos nada de aquello.

―Prometiste... casarte conmigo.

Su rostro se contrajo.

―Y lo haré.

Negué débilmente.

―Donald...

―Lo haré. ¿Me escuchas? Cuando todo esto termine, me casaré contigo.

Una lágrima cayó sobre mi mejilla.

Quise decirle que no importaba, que yo sabía que habría cumplido su promesa si nos hubieran concedido el tiempo suficiente y que, si realmente existía algo después de aquella vida, sería yo quien lo buscara hasta encontrarlo.

Quería que aquellas fueran mis últimas palabras para él, que supiera que ni siquiera la muerte conseguiría borrar todo lo que habíamos sentido y todos los planes que habíamos hecho juntos.

Sin embargo, el dolor se había vuelto insoportable y apenas conseguía respirar.

Abrí los labios intentando hablar, pero ningún sonido llegó a salir de ellos.

Fue entonces cuando, por encima de su hombro, distinguí movimiento entre el caos que seguía desarrollándose a nuestro alrededor.

Un hombre avanzaba hacia nosotros con la espada ensangrentada entre las manos.

Sentí que el miedo sustituía de golpe al dolor cuando comprendí que Donald estaba completamente de espaldas a él, demasiado concentrado en mantenerme con vida para advertir el peligro que se acercaba.

Intenté avisarlo, obligar a mi voz a salir mientras levantaba una mano hacia su hombro, pero todo sucedió demasiado deprisa. Demasiado tarde.

La espada atravesó su espalda. Su cuerpo se tensó violentamente entre mis brazos y sus ojos se abrieron.

―¡No!

Donald soltó un sonido ahogado y durante un instante permaneció completamente inmóvil.

El hombre retiró la espada.

La sangre apareció en los labios de Donald.

―No... no, por favor... ―mi voz apenas era audible.

Cayó sobre mí.

El peso de su cuerpo me hizo gemir, pero no me importó. Lo abracé con las pocas fuerzas que me quedaban mientras él intentaba respirar.

―Donald...

Consiguió levantar ligeramente la cabeza.

Nuestros rostros quedaron muy cerca.

Sus ojos seguían clavados en los míos.