Capítulo 19 #2
La carreta terminó deteniéndose mucho antes de que apareciera ninguna casa a la vista.
De hecho, cuando uno de los hombres de Brett abrió la portezuela y Rose comenzó a bajar, miré alrededor intentando averiguar qué demonios hacíamos allí.
No había absolutamente nada. Solo árboles.
Árboles enormes, viejos y tan juntos en algunos puntos que sus ramas se entrelazaban sobre nuestras cabezas, ocultando buena parte del cielo.
―¿Hemos llegado? ―pregunté mientras aceptaba la mano del guerrero para bajar.
―Casi.
Miré a mi alrededor otra vez.
―Rose, aquí no hay nada.
―La carreta no puede continuar. Desde aquí tendremos que ir andando.
―¿Cuánto?
―No demasiado.
Aquella respuesta no me gustó.
―Cuando alguien dice «no demasiado» siempre significa demasiado.
Rose sonrió y comenzó a caminar hacia el bosque. Los dos hombres que nos habían acompañado se quedaron junto a la carreta y los caballos, así que fui detrás de ella mientras me levantaba ligeramente la falda para evitar que se enganchara con la maleza.
―¿Ellos no vienen?
―No.
―¿Y eso no te preocupa?
Rose volvió la cabeza.
―Sé perfectamente adónde vamos.
―Fantástico. Porque yo no tengo ni idea.
Nos internamos en el bosque y, al cabo de unos pasos, dejé de escuchar incluso a los caballos.
Aquello era completamente distinto a cualquier bosque que hubiera conocido en mi tiempo.
Los árboles eran enormes y parecían llevar allí cientos de años; sus troncos estaban cubiertos de musgo y el suelo era una mezcla de tierra húmeda, raíces y hojas.
Rose avanzaba con una seguridad que me confirmó, una vez más, cuánto había cambiado durante aquel año.
Yo iba detrás procurando no dejarme los dientes contra alguna raíz.
―¿Sienna vive aquí?
―Sí.
―¿Voluntariamente?
Rose soltó una carcajada.
―Voluntariamente.
―Tu familia política es cada vez más interesante.
―Espera a conocerla.
Continuamos caminando durante un buen trecho hasta que la vegetación comenzó a abrirse. Primero vi el humo. Una fina columna gris ascendía entre las ramas y se perdía sobre las copas de los árboles. Después apareció la cabaña.
Reduje el paso.
Era pequeña, construida en piedra y madera, y estaba tan escondida entre los árboles que habría resultado fácil pasar relativamente cerca sin verla.
El musgo cubría parte de las piedras y contribuía todavía más a que pareciera formar parte del propio bosque.
Junto a las ventanas colgaban algunas hierbas puestas a secar y el humo que había visto poco antes salía de una chimenea estrecha.
―Vaya... ―murmuré.
Rose me miró.
―¿Qué?
―Nada. Solo esperaba...
―¿Qué?
Pensé un instante.
―No sé qué esperaba exactamente.
Antes de que pudiéramos avanzar mucho más, la puerta de madera se abrió.
Una mujer apareció en el umbral.
Debía de rondar los cincuenta años. Llevaba el cabello gris recogido en una larga trenza y tenía unos ojos claros que se fijaron inmediatamente en nosotras. No pareció sorprendida. Ni siquiera curiosa. Al contrario, sonrió como si nuestra llegada no tuviera absolutamente nada de inesperado.
Rose aceleró el paso.
―Sienna.
La mujer abrió los brazos y Rose se refugió en ellos. Se abrazaron con un cariño que me sorprendió y, cuando finalmente se separaron, Sienna sostuvo el rostro de mi amiga entre las manos durante un instante.
―Me alegra verte, muchacha.
―Y a mí.
Entonces Sienna me miró.
Me quedé quieta.
Había algo extraño en la forma en que lo hacía. No me estudiaba como haría alguien que ve por primera vez a una desconocida. Era más bien como si estuviera comprobando que la persona que esperaba era realmente la que tenía delante.
Se acercó.
―Y me alegra conocerte al fin, Chloe.
Fruncí el ceño.
―¿Al fin?
Sienna sonrió y, antes de que pudiera reaccionar, me abrazó. Me quedé completamente tiesa.
Aquello empezaba raro.
Cuando me soltó, la observé desconcertada.
―¿Rose te ha hablado de mí?
―No necesito que nadie me hable de ti.
Miré a Rose.
Ella permaneció callada.
―Entonces no entiendo...
―Sabía que vendrías.
Sentí que algo se removía dentro de mi estómago.
―¿Que vendría hoy?
―Que llegarías aquí.
Mi expresión debió de ser bastante elocuente porque Rose se acercó y me tocó el brazo.
―Tranquila. Hay algo que todavía no te he explicado sobre Sienna.
―Pues creo que este sería un momento estupendo.
Sienna soltó una pequeña risa.
―Pasad. Os estaba esperando.
Aquella frase consiguió ponerme todavía más nerviosa.
Entramos en la cabaña y el cambio de temperatura fue inmediato.
El fuego ardía en el hogar y calentaba una estancia sencilla, abarrotada de objetos que hicieron que mis ojos fueran de un lado a otro.
Había recipientes de barro, plantas y hierbas secándose, pequeños frascos, velas, cuencos de madera y algunos libros cuidadosamente colocados. Todo olía a humo, tierra y plantas.
Esperé hasta que Sienna cerró la puerta.
―Vale. ¿Alguien puede explicarme qué significa exactamente eso de que me estaba esperando?
Rose respiró profundamente.
―Tienes que saber que Sienna es especial.
―¿Especial cómo?
―Puede ver cosas.
La miré.
―¿Qué clase de cosas?
―Cosas que han ocurrido. Otras que todavía no han ocurrido. No siempre puede controlarlo.
Mi mirada pasó lentamente de Rose a Sienna.
―¿Me estás diciendo que puede ver el futuro?
―A veces ―respondió la propia Sienna―. Aunque no funciona exactamente de esa manera.
―Claro. Porque eso habría sido demasiado sencillo.
Sienna sonrió.
―Fui yo quien escribió a Daziel para que acudiera al río.
Aquello me dejó completamente quieta.
―¿Qué?
―Sabía que alguien llegaría y que mi hijo debía estar allí para encontrarla.
De repente recordé la hoguera. El caballo. Daziel en mitad del bosque precisamente la noche en que yo había salido de aquel maldito río.
―¿Daziel estaba allí por ti?
―Sí.
―¿Él sabía que yo iba a aparecer?
―No. Mi hijo únicamente hizo lo que le pedí. No sabía a quién encontraría.
Me pasé una mano por el cabello.
―No entiendo nada.
―Lo sé.
―No, de verdad. Nada.
Rose me cogió suavemente de la mano.
―Yo tampoco entendía nada cuando vine aquí por primera vez. Sienna me ayudó.
La miré.
Entonces comprendí.
―¿Aquí ocurrió lo que me contaste?
Rose asintió.
Miré nuevamente a Sienna.
―Lo de tus recuerdos.
―Sí.
Sienna ya se había acercado al fuego.
―Y ahora Chloe, necesitas encontrar los suyos.
Aquello consiguió que se me erizara la piel.
―Un momento. Yo recuerdo perfectamente mi vida.
―Recuerdas esta vida ―contestó Sienna.
No me gustó absolutamente nada cómo sonó aquello.
La mujer comenzó a preparar algo junto al fuego con una tranquilidad desesperante. Vertió agua en un pequeño recipiente y añadió unas hierbas mientras yo permanecía de pie observándola.
―¿Qué estás haciendo?
―Preparar algo para ti.
―Esa frase tampoco me tranquiliza.
Rose sonrió.
―Confía en ella.
―Es muy fácil decirlo cuando no eres tú la que va a beberse el brebaje misterioso.
―Yo ya lo hice.
―Cierto. Y acabaste viendo una vida anterior. Magnífico precedente.
Sienna terminó la preparación y vertió el líquido en una pequeña copa. Después se acercó y me la ofreció.
La miré con bastante desconfianza.
―¿Qué va a pasarme?
―Verás lo que necesitas ver.
―Seguimos con las respuestas ambiguas.
―Porque no puedo darte las respuestas que buscas, Chloe. Solo puedo ayudarte a encontrarlas.
Bajé la mirada hacia la copa.
Sienna continuó:
―Tu alma ha llegado hasta aquí por una razón. No apareciste en este tiempo por accidente. La respuesta está dentro de ti.
Tragué saliva.
―¿Y esto va a enseñármela?
―Sí.
Cogí finalmente la copa. La sostuve entre las manos, pero no bebí. No estaba nada convencida. De hecho, estaba empezando a arrepentirme seriamente de haber salido de la fortaleza aquella mañana.
―¿Es seguro?
―Lo es.
―¿No voy a morirme?
―No.
―¿Ni a despertarme dentro de otros seiscientos años?
Rose soltó una carcajada.
―Bébelo, Chloe.
―Claro. Tú ríete.
Volví a mirar el contenido.
Entonces Sienna habló con absoluta tranquilidad.
―Y deja de preocuparte. No estás embarazada.
Me quedé congelada. Levanté la cabeza muy despacio.
―¿Qué?
Sienna no cambió de expresión.
Mis ojos volaron inmediatamente hacia Rose. Ella sonrió dulcemente y asintió. No porque se lo hubiera contado, sino porque acababa de comprobar, una vez más, que Sienna sabía cosas que nadie le había dicho.
―No puede ser...
―Puedes estar tranquila ―repitió Sienna.
Miré la copa.
Después a ella.
Y finalmente a Rose.
―Esta mujer empieza a darme muchísimo miedo.
―Te acostumbrarás.
―No estoy segura de querer acostumbrarme.
Respiré profundamente y levanté la copa.
―Como esto salga mal, pienso perseguirte como fantasma durante el resto de tu vida.
Rose sonrió.
―Lo tendré en cuenta.
Me llevé el recipiente a los labios y bebí. El sabor era amargo y extraño. Hice una mueca, pero terminé hasta la última gota y le devolví la copa a Sienna.
―Pues tampoco ha sido tan...
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
Parpadeé.
―...terrible.
La imagen de Rose comenzó a desenfocarse.
―Oh, mierda.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Rose avanzó rápidamente hacia mí.
―Chloe.
Intenté agarrarme a ella, pero mis manos parecían haberse vuelto demasiado pesadas. Escuché su voz muy cerca y sentí unos brazos sujetándome antes de caer.
Después, todo desapareció.